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La Única

Fandom: Resident Evil

Creado: 21/6/2026

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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeAbuso de AlcoholPost-ApocalípticoAmbientación Canon
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Rescoldos en el Vaso

El bar estaba sumido en una penumbra artificial, interrumpida únicamente por el parpadeo errático de un letrero de neón que anunciaba una marca de cerveza barata. El aire era denso, cargado de un olor a tabaco rancio y madera húmeda que, curiosamente, Leon S. Kennedy encontraba reconfortante. Era un refugio contra el mundo exterior, un lugar donde el agente más capaz del gobierno de los Estados Unidos podía permitirse ser simplemente un hombre roto.

Leon observó el líquido ámbar en su vaso. Era el quinto trago de la noche. El hielo se había derretido casi por completo, diluyendo el whisky, pero él no parecía notar la diferencia. Sus ojos azules, antes brillantes y llenos de una determinación inquebrantable, estaban ahora nublados por la bruma del alcohol y el peso de los recuerdos.

A sus treinta y ocho años, Leon sentía que su cuerpo era un mapa de cicatrices y su mente un cementerio de fantasmas.

Cerró los ojos y, de inmediato, el rugido de las llamas de Raccoon City volvió a sus oídos. Podía ver el rostro de Marvin Branagh, su primer mentor, entregándole su arma antes de sucumbir a lo inevitable. Recordó la selva sudamericana, la Operación Javier y la mirada gélida de Jack Krauser antes de que la ambición lo consumiera. España, las Plagas, el horror de Lanshiang, Derek Simmons... cada misión era una muesca en su alma, un recordatorio de que el mundo nunca dejaba de arder.

Y luego estaba ella. Ada Wong.

Leon soltó un suspiro amargo que se perdió en el bullicio del local. ¿Qué sentía realmente por ella? Durante años se había engañado llamándolo amor, pero ahora, bajo la claridad despiadada de la embriaguez, se sentía más como una adicción. Ada era un fantasma que aparecía para salvarlo o para usarlo, dejando siempre un rastro de perfume y misterio antes de desaparecer de nuevo. Era un ciclo agotador. Se sentía como un peón en un tablero que ella manejaba a su antojo.

—Otro —murmuró Leon, levantando apenas el vaso hacia el barman.

—Creo que ya has tenido suficiente por hoy, vaquero.

La voz no pertenecía al barman. Era una voz que Leon reconocería en medio de una explosión o en el silencio más absoluto. Una voz que evocaba una calidez que él creía haber perdido para siempre.

Leon giró la cabeza lentamente, como si temiera que el movimiento brusco hiciera desaparecer la visión. A su lado, apoyada en la barra con una elegancia natural, estaba Claire Redfield.

Su cabello castaño rojizo estaba recogido en su habitual coleta, aunque algunos mechones rebeldes enmarcaban su rostro. Sus ojos azules, del mismo color que los de Leon pero con una chispa de vida mucho más intensa, lo observaban con una mezcla de nostalgia y una tristeza profunda. Claire, a sus treinta y seis años, seguía conservando esa energía valiente que la caracterizaba, pero Leon podía ver las sombras bajo sus ojos. Ella también había visto el fin del mundo demasiadas veces.

—Claire... —Su voz sonó rasposa, casi un susurro—. ¿Qué haces aquí?

—Buscándote —respondió ella, sentándose en el taburete contiguo—. Hacía semanas que no respondías a mis mensajes. Chris estaba empezando a considerar mandar un equipo de rescate, o al menos derribar tu puerta.

Leon soltó una risa seca, sin humor.

—Estoy bien, Claire. Solo... descansando.

—Esto no es descanso, Leon. Esto es hundirse —dijo ella, señalando el vaso vacío—. Sé por lo que estás pasando. Sé que cada vez que cierras los ojos ves las caras de los que no pudimos salvar. Pero no puedes quedarte aquí para siempre.

Leon bajó la mirada, avergonzado. Ver a Claire allí, tan real y tan íntegra, lo hacía sentirse pequeño. Ella no era una espía que jugaba con sus sentimientos, ni un soldado que seguía órdenes ciegas. Era Claire. La chica que buscó a su hermano en medio de un apocalipsis zombi y terminó salvando a una niña y a un extraño policía novato.

—Es demasiado, Claire —confesó él, su voz quebrándose ligeramente—. A veces pienso que mi destino es simplemente ver cómo todo se pudre. Marvin, Luis, la traición de Krauser... Todos se han ido. Y yo sigo aquí, bebiendo en un bar de mala muerte mientras espero la próxima llamada para ir a otro infierno.

Claire extendió la mano y cubrió la de Leon sobre la barra. Su piel estaba tibia, un contraste radical con el frío que Leon sentía en el pecho.

—No eres el único que carga con eso —dijo ella con suavidad—. Yo también sueño con Terragrigia. También sueño con la isla de Zabytij. Pero estamos aquí, Leon. Estamos de pie. Y estamos juntos en esto. No tienes que llevar el peso del mundo tú solo.

Leon la miró a los ojos. En ese momento, se dio cuenta de algo que había estado frente a él durante casi dos décadas. Ada Wong era el enigma, el deseo inalcanzable, la mujer que lo frenaba y lo mantenía anclado a un pasado de incertidumbre. Pero Claire... Claire era la constante. Ella era la que siempre regresaba, la que se preocupaba genuinamente por su bienestar sin pedir nada a cambio.

Su rostro, marcado por la madurez pero innegablemente hermoso, irradiaba una luz que el alcohol no podía apagar. Su figura, fuerte y perfecta, era el ancla que él necesitaba en medio de la tormenta.

—¿Por qué siempre vuelves a por mí? —preguntó Leon, su voz cargada de una emoción nueva.

Claire sonrió de esa forma que siempre lograba desarmarlo.

—Porque alguien tiene que recordarte que eres un buen hombre, Leon S. Kennedy. Aunque seas un testarudo.

Leon sintió que algo se rompía dentro de él, pero no era una ruptura dolorosa. Era como si un dique se hubiera desmoronado, permitiendo que un sentimiento que había estado callado por años inundara su ser. Sin pensarlo, impulsado por un instinto que iba más allá de la razón o el deber, Leon acortó la distancia entre ellos.

Claire no se apartó. Al contrario, sus ojos se abrieron con sorpresa antes de suavizarse, sucumbiendo al mismo deseo que ella también había guardado en un rincón oscuro de su corazón.

Cuando sus labios se encontraron, el mundo alrededor pareció desaparecer. No fue un beso de consuelo, ni un beso nacido de la desesperación por olvidar el dolor. Fue un beso genuino, profundo y cargado de una verdad que ambos habían ignorado durante demasiado tiempo. Era un beso que decía "estoy aquí", un pacto silencioso de compartir el peso de sus cicatrices.

Era el sabor de la redención.

Al separarse, se quedaron a escasos centímetros el uno del otro, sus respiraciones entremezclándose. Leon sintió que el nudo en su garganta se había disuelto.

Claire soltó una pequeña risita, rompiendo el hechizo con su característico sentido del humor, aunque sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.

—Vaya... —murmuró ella, arrugando un poco la nariz—. Tu aliento sabe a un whisky realmente barato, Leon.

Leon sonrió de verdad por primera vez en meses. Una sonrisa que llegó a sus ojos.

—Es el sabor de la derrota —bromeó él, acariciando con el pulgar la mejilla de Claire.

—Pues es bastante embriagante —respondió ella, inclinando la cabeza hacia su mano—. Pero creo que ya hemos tenido suficiente de este lugar. Vamos, te invito a un café. Uno de verdad, nada de esta agua sucia.

Leon asintió, dejando un par de billetes sobre la barra sin siquiera mirar el cambio. Se levantó y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que el suelo se tambaleara bajo sus pies. Tenía un propósito, y ese propósito tenía nombre y apellido.

Salieron del bar juntos. El aire fresco de la noche los recibió, limpiando los restos del humo y el estancamiento. Mientras caminaban por la acera, sus manos se buscaron y se entrelazaron con una naturalidad asombrosa.

—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto? —preguntó Leon mientras caminaban hacia el coche de Claire.

—¿Qué? —preguntó ella, mirándolo de reojo.

—La cara que va a poner Chris cuando se entere —dijo Leon con una chispa de travesura en los ojos.

Claire soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en la calle vacía.

—Oh, Dios mío. Probablemente intentará organizar la boda mañana mismo o te dará una paliza por tardar diecisiete años en darte cuenta. Con Chris, nunca se sabe. Pero sí... creo que se pondrá realmente feliz.

Leon apretó suavemente la mano de Claire. El futuro seguía siendo incierto. El bioterrorismo no iba a desaparecer, y nuevas amenazas surgirían de las sombras de Umbrella y sus sucesores. Pero ya no importaba. Cualquier virus, cualquier conspiración o cualquier monstruo que el destino decidiera poner en su camino, lo enfrentarían juntos.

Ya no era el agente solitario contra el mundo. Era Leon y Claire. Como debió ser desde aquella noche en Raccoon City.

—Compartamos este dolor, Claire —susurró él mientras ella abría la puerta del coche.

—Y todo lo demás también, Leon —respondió ella antes de entrar—. Y todo lo demás.

El motor rugió y el vehículo se alejó, dejando atrás el bar y las sombras del pasado, avanzando hacia un amanecer que, por fin, prometía algo más que cenizas.
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