
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
La Única que me Importa
Fandom: Fairy Tail
Creado: 21/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloFluffHumorAmbientación CanonRecortes de Vida
Llamas de un Pasado Compartido
El estruendo habitual de Fairy Tail era una sinfonía de jarras de cerveza chocando, mesas volando por los aires y las risas estrepitosas de Cana Alberona. Sin embargo, para Natsu Dragneel, el mundo se había vuelto extrañamente silencioso. Sus ojos negros, usualmente encendidos con el deseo de pelear o comer, estaban fijos en una sola figura: Lisanna Strauss.
La veía reírse de algo que decía Levy en una mesa cercana. Su cabello blanco, corto y brillante, enmarcaba un rostro que Natsu conocía desde que eran niños. Pero, al observarla, un nudo de incomodidad se instaló en su pecho, justo debajo de su bufanda de escamas. Había pasado tanto tiempo desde que ella regresó de Edolas. Habían sobrevivido a la Isla Tenrou, a los siete años de vacío, a los Grandes Juegos Mágicos y a amenazas que casi destruyen el mundo. Y, sin embargo, en todo ese caos, se habían convertido en extraños que compartían un techo.
¿Dónde estaban las tardes cuidando el huevo de Happy? ¿Dónde estaban las promesas infantiles y las caminatas bajo las estrellas del Reino de Fiore? Natsu sintió una punzada de culpa. Se dio cuenta de que se había sumergido tanto en su rutina de misiones con Lucy, peleas con Gray y el entrenamiento constante, que había dejado a Lisanna en un rincón de su vida, como un recuerdo preciado pero empolvado.
No podía seguir así. Natsu no era alguien que le diera vueltas a las cosas; él era fuego, y el fuego simplemente avanza.
Se levantó de su asiento con una determinación que hizo que Gray, sentado frente a él, detuviera su insulto a medio camino. Natsu caminó con paso firme, cruzando el salón principal. Al llegar frente a ella, no hubo preámbulos, ni bromas, ni el habitual "¡estoy encendido!".
— Lisanna, hablemos —dijo Natsu, su voz resonando con una seriedad que silenció las mesas circundantes.
Lisanna se quedó muda. Sus ojos azules se agrandaron por la sorpresa, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. El bullicio del gremio bajó de intensidad; incluso Gajeel dejó de masticar el hierro de su plato para observar la escena. Lisanna parpadeó, buscando las palabras, pero su garganta parecía cerrada.
Fue Mirajane, que estaba limpiando la barra con su eterna sonrisa de ángel, quien rompió el hielo. Con un movimiento grácil, se acercó a su hermana menor y le dio un suave empujoncito hacia el Dragon Slayer.
— Ve, Lisanna —susurró Mira, con un brillo de complicidad en los ojos—. El aire fresco les vendrá bien.
Casi por instinto, Lisanna dejó que Natsu la guiara fuera del gremio. Caminaron en silencio hacia las colinas que bordeaban Magnolia, donde el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y violetas. Natsu caminaba con las manos en los bolsillos de su tela negra, su bufanda ondeando levemente con la brisa. Lisanna lo seguía un paso por detrás, mirando su espalda ancha y musculosa, preguntándose en qué momento aquel niño que lloraba por un huevo se había convertido en este hombre imponente.
Finalmente, Natsu se detuvo frente a un viejo árbol que dominaba la vista de la ciudad. Se giró bruscamente, sus ojos negros clavados en los de ella.
— ¿Por qué, Lisanna? —soltó él, sin filtro alguno.
— ¿Por qué qué, Natsu? —preguntó ella en voz baja, entrelazando sus dedos con nerviosismo.
— ¿Por qué ya no somos como antes? —Natsu dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Antes no podíamos pasar un día sin hablar. Reíamos por cualquier tontería. Ahora... ahora parece que solo nos saludamos de lejos. Volviste de entre los muertos, Lisanna. Debería estar celebrando eso todos los días, y en cambio, siento que te estoy perdiendo otra vez.
Lisanna sintió que el corazón se le encogía. Bajó la mirada, incapaz de sostenerle la vista.
— Natsu... han pasado tantas cosas —respondió ella, con la voz quebrada—. Cuando volví de Edolas, todo era diferente. Ustedes habían crecido, tenían nuevas aventuras, nuevos vínculos. Yo sentía que si intentaba forzar mi lugar de nuevo, rompería algo. Tenía miedo de que el espacio que yo ocupaba antes ya estuviera lleno por alguien más.
Natsu frunció el ceño, sus colmillos asomando levemente.
— Eso es una estupidez. Nadie ocupa tu lugar. Nadie podría —dio otro paso, quedando a escasos centímetros de ella—. Pero me di cuenta de algo mientras te miraba en el gremio. La culpa es mía. Me distraje. Me puse a pelear con el cubito de hielo, a hacer misiones con Lucy y Erza, a tontear con Happy... y me olvidé de lo más importante. Me olvidé de decirte que me alegra que estés aquí.
Lisanna levantó la vista, sus ojos cristalinos por las lágrimas contenidas.
— Yo también quería hablarte, Natsu. Pero te veías tan feliz... que no quería interrumpir tu nueva vida. A veces sentía que el pasado era solo eso, pasado.
Natsu no era un hombre de grandes discursos. Las palabras siempre se le quedaban cortas cuando intentaba expresar lo que realmente sentía en el pecho. Sabía que las explicaciones no borrarían los meses de silencio incómodo. Necesitaba una acción. Algo que quemara todas las dudas de un solo golpe.
Extendió sus manos y, con una delicadeza que contrastaba con su naturaleza destructiva, tomó el rostro de Lisanna entre sus palmas. Sus dedos rozaron la piel suave de sus mejillas, y el calor que emanaba de él no era el de un ataque mágico, sino algo mucho más profundo y antiguo.
— No quiero que sea el pasado —susurró Natsu.
Sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y la besó.
Fue un encuentro que pareció haber estado esperando años para suceder. Lisanna dejó escapar un pequeño jadeo de sorpresa que se perdió contra los labios de Natsu. Al principio, fue un contacto exploratorio, casi incrédulo, pero rápidamente se transformó en algo intenso. El fuego de Natsu, esa pasión indomable que definía su magia, se filtró en el beso, envolviéndolos en un calor que no quemaba, sino que reconfortaba.
Lisanna cerró los ojos, dejando que sus manos subieran por el pecho de Natsu hasta enredarse en su cabello rosa y puntiagudo. Se fundió en él, liberando todo el anhelo y la melancolía que había guardado desde su regreso. Natsu bajó sus manos a la cintura de ella, atrayéndola más cerca, como si quisiera asegurarse de que esta vez no desaparecería en un destello de magia de transporte.
El mundo alrededor de ellos desapareció. No había gremios, ni misiones, ni magos oscuros. Solo existía el sabor dulce de Lisanna y el calor ardiente de Natsu, una conexión que ni el tiempo ni las dimensiones habían logrado romper del todo.
Cuando finalmente se separaron para tomar aire, sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra. Lisanna tenía las mejillas encendidas de un rojo vibrante y una sonrisa de absoluta ternura iluminaba su rostro. Sus ojos, aún húmedos, brillaban con una felicidad que no había sentido en mucho tiempo.
— Natsu... —susurró ella, su voz apenas un suspiro.
— Te lo dije —respondió él, con su característica sonrisa de confianza, aunque sus propios ojos delataban lo conmovido que estaba—. No hay nadie que pueda ocupar tu lugar.
— ¡Se lo dije! ¡Se lo dije a todos! —una voz aguda y chillona rompió el momento mágico.
Ambos saltaron ligeramente y miraron hacia un arbusto cercano. De entre las hojas emergió Happy, volando con sus alas blancas extendidas y una expresión de triunfo absoluto.
— ¡Aye! ¡Se gustan! —exclamó el gato azul, moviendo su cola de lado a lado.
Detrás de él, para horror y diversión de la pareja, empezaron a salir otros miembros del gremio. Mirajane lideraba el grupo con un pañuelo en la mano, secándose lágrimas de alegría. Gray estaba apoyado en un árbol cercano, con los brazos cruzados y una sonrisa de medio lado, aunque fingía desinterés. Lucy estaba un poco más atrás, sonriendo con calidez, y hasta Elfman estaba allí, limpiándose los ojos con el dorso de la mano mientras murmuraba algo sobre "hombres de verdad".
— ¡Malditos! ¿Nos estaban siguiendo? —gritó Natsu, aunque no había rastro de verdadera furia en su voz.
— Bueno —dijo Lucy, acercándose—, no es todos los días que Natsu Dragneel se pone serio y pide hablar a solas. Teníamos que asegurarnos de que no ibas a incendiar algo por accidente.
— Aunque parece que sí incendiaste algo —añadió Gray con sorna—, pero en el corazón de Lisanna. ¡Qué cursi eres, flamita!
— ¡Cállate, exhibicionista! —replicó Natsu, aunque esta vez no se lanzó a pelear. En su lugar, pasó un brazo sobre los hombros de Lisanna, manteniéndola pegada a su costado.
Lisanna se rió, ocultando su rostro sonrojado en el hombro de Natsu. A pesar de la interrupción, la sensación de vacío que la había perseguido desde su regreso de Edolas se había esfumado por completo. Miró a sus amigos, a su familia, y luego al chico que siempre había sido su héroe.
— Está bien, Natsu —dijo ella, apretando su mano—. No me importa que miren.
Natsu la miró de reojo y su expresión se suavizó. La bufanda de Igneel, el legado de su padre, rozó la piel de ambos, como si también diera su bendición a ese nuevo comienzo.
— A mí tampoco me importa —afirmó Natsu, mirando al gremio con desafío—. Porque a partir de ahora, no voy a dejar que se olvide ni un solo momento de lo que siento.
El grupo comenzó a caminar de regreso hacia Magnolia, con Happy volando en círculos alrededor de la pareja y canturreando sobre el amor. El sol terminó de ocultarse, dando paso a una noche estrellada. Pero para Natsu y Lisanna, la oscuridad ya no daba miedo. Tenían su propio fuego para iluminar el camino, un fuego que había sobrevivido al tiempo, a la muerte y al olvido, y que ahora ardía más fuerte que nunca.
— Oye, Natsu —dijo Lisanna mientras caminaban por las calles empedradas.
— ¿Qué pasa?
— Mañana... ¿podemos ir a ver si el lugar donde construimos la cabaña sigue ahí?
Natsu sonrió, una sonrisa amplia y genuina que mostraba sus colmillos.
— ¡Claro que sí! Y esta vez, la haremos más grande. ¡Estoy encendido!
Las risas de sus amigos los escoltaron hasta las puertas del gremio, donde la fiesta, como siempre en Fairy Tail, apenas comenzaba. Pero para ellos dos, la verdadera celebración era el simple hecho de caminar juntos, de la mano, hacia un futuro que finalmente se sentía propio.
La veía reírse de algo que decía Levy en una mesa cercana. Su cabello blanco, corto y brillante, enmarcaba un rostro que Natsu conocía desde que eran niños. Pero, al observarla, un nudo de incomodidad se instaló en su pecho, justo debajo de su bufanda de escamas. Había pasado tanto tiempo desde que ella regresó de Edolas. Habían sobrevivido a la Isla Tenrou, a los siete años de vacío, a los Grandes Juegos Mágicos y a amenazas que casi destruyen el mundo. Y, sin embargo, en todo ese caos, se habían convertido en extraños que compartían un techo.
¿Dónde estaban las tardes cuidando el huevo de Happy? ¿Dónde estaban las promesas infantiles y las caminatas bajo las estrellas del Reino de Fiore? Natsu sintió una punzada de culpa. Se dio cuenta de que se había sumergido tanto en su rutina de misiones con Lucy, peleas con Gray y el entrenamiento constante, que había dejado a Lisanna en un rincón de su vida, como un recuerdo preciado pero empolvado.
No podía seguir así. Natsu no era alguien que le diera vueltas a las cosas; él era fuego, y el fuego simplemente avanza.
Se levantó de su asiento con una determinación que hizo que Gray, sentado frente a él, detuviera su insulto a medio camino. Natsu caminó con paso firme, cruzando el salón principal. Al llegar frente a ella, no hubo preámbulos, ni bromas, ni el habitual "¡estoy encendido!".
— Lisanna, hablemos —dijo Natsu, su voz resonando con una seriedad que silenció las mesas circundantes.
Lisanna se quedó muda. Sus ojos azules se agrandaron por la sorpresa, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. El bullicio del gremio bajó de intensidad; incluso Gajeel dejó de masticar el hierro de su plato para observar la escena. Lisanna parpadeó, buscando las palabras, pero su garganta parecía cerrada.
Fue Mirajane, que estaba limpiando la barra con su eterna sonrisa de ángel, quien rompió el hielo. Con un movimiento grácil, se acercó a su hermana menor y le dio un suave empujoncito hacia el Dragon Slayer.
— Ve, Lisanna —susurró Mira, con un brillo de complicidad en los ojos—. El aire fresco les vendrá bien.
Casi por instinto, Lisanna dejó que Natsu la guiara fuera del gremio. Caminaron en silencio hacia las colinas que bordeaban Magnolia, donde el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y violetas. Natsu caminaba con las manos en los bolsillos de su tela negra, su bufanda ondeando levemente con la brisa. Lisanna lo seguía un paso por detrás, mirando su espalda ancha y musculosa, preguntándose en qué momento aquel niño que lloraba por un huevo se había convertido en este hombre imponente.
Finalmente, Natsu se detuvo frente a un viejo árbol que dominaba la vista de la ciudad. Se giró bruscamente, sus ojos negros clavados en los de ella.
— ¿Por qué, Lisanna? —soltó él, sin filtro alguno.
— ¿Por qué qué, Natsu? —preguntó ella en voz baja, entrelazando sus dedos con nerviosismo.
— ¿Por qué ya no somos como antes? —Natsu dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Antes no podíamos pasar un día sin hablar. Reíamos por cualquier tontería. Ahora... ahora parece que solo nos saludamos de lejos. Volviste de entre los muertos, Lisanna. Debería estar celebrando eso todos los días, y en cambio, siento que te estoy perdiendo otra vez.
Lisanna sintió que el corazón se le encogía. Bajó la mirada, incapaz de sostenerle la vista.
— Natsu... han pasado tantas cosas —respondió ella, con la voz quebrada—. Cuando volví de Edolas, todo era diferente. Ustedes habían crecido, tenían nuevas aventuras, nuevos vínculos. Yo sentía que si intentaba forzar mi lugar de nuevo, rompería algo. Tenía miedo de que el espacio que yo ocupaba antes ya estuviera lleno por alguien más.
Natsu frunció el ceño, sus colmillos asomando levemente.
— Eso es una estupidez. Nadie ocupa tu lugar. Nadie podría —dio otro paso, quedando a escasos centímetros de ella—. Pero me di cuenta de algo mientras te miraba en el gremio. La culpa es mía. Me distraje. Me puse a pelear con el cubito de hielo, a hacer misiones con Lucy y Erza, a tontear con Happy... y me olvidé de lo más importante. Me olvidé de decirte que me alegra que estés aquí.
Lisanna levantó la vista, sus ojos cristalinos por las lágrimas contenidas.
— Yo también quería hablarte, Natsu. Pero te veías tan feliz... que no quería interrumpir tu nueva vida. A veces sentía que el pasado era solo eso, pasado.
Natsu no era un hombre de grandes discursos. Las palabras siempre se le quedaban cortas cuando intentaba expresar lo que realmente sentía en el pecho. Sabía que las explicaciones no borrarían los meses de silencio incómodo. Necesitaba una acción. Algo que quemara todas las dudas de un solo golpe.
Extendió sus manos y, con una delicadeza que contrastaba con su naturaleza destructiva, tomó el rostro de Lisanna entre sus palmas. Sus dedos rozaron la piel suave de sus mejillas, y el calor que emanaba de él no era el de un ataque mágico, sino algo mucho más profundo y antiguo.
— No quiero que sea el pasado —susurró Natsu.
Sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y la besó.
Fue un encuentro que pareció haber estado esperando años para suceder. Lisanna dejó escapar un pequeño jadeo de sorpresa que se perdió contra los labios de Natsu. Al principio, fue un contacto exploratorio, casi incrédulo, pero rápidamente se transformó en algo intenso. El fuego de Natsu, esa pasión indomable que definía su magia, se filtró en el beso, envolviéndolos en un calor que no quemaba, sino que reconfortaba.
Lisanna cerró los ojos, dejando que sus manos subieran por el pecho de Natsu hasta enredarse en su cabello rosa y puntiagudo. Se fundió en él, liberando todo el anhelo y la melancolía que había guardado desde su regreso. Natsu bajó sus manos a la cintura de ella, atrayéndola más cerca, como si quisiera asegurarse de que esta vez no desaparecería en un destello de magia de transporte.
El mundo alrededor de ellos desapareció. No había gremios, ni misiones, ni magos oscuros. Solo existía el sabor dulce de Lisanna y el calor ardiente de Natsu, una conexión que ni el tiempo ni las dimensiones habían logrado romper del todo.
Cuando finalmente se separaron para tomar aire, sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra. Lisanna tenía las mejillas encendidas de un rojo vibrante y una sonrisa de absoluta ternura iluminaba su rostro. Sus ojos, aún húmedos, brillaban con una felicidad que no había sentido en mucho tiempo.
— Natsu... —susurró ella, su voz apenas un suspiro.
— Te lo dije —respondió él, con su característica sonrisa de confianza, aunque sus propios ojos delataban lo conmovido que estaba—. No hay nadie que pueda ocupar tu lugar.
— ¡Se lo dije! ¡Se lo dije a todos! —una voz aguda y chillona rompió el momento mágico.
Ambos saltaron ligeramente y miraron hacia un arbusto cercano. De entre las hojas emergió Happy, volando con sus alas blancas extendidas y una expresión de triunfo absoluto.
— ¡Aye! ¡Se gustan! —exclamó el gato azul, moviendo su cola de lado a lado.
Detrás de él, para horror y diversión de la pareja, empezaron a salir otros miembros del gremio. Mirajane lideraba el grupo con un pañuelo en la mano, secándose lágrimas de alegría. Gray estaba apoyado en un árbol cercano, con los brazos cruzados y una sonrisa de medio lado, aunque fingía desinterés. Lucy estaba un poco más atrás, sonriendo con calidez, y hasta Elfman estaba allí, limpiándose los ojos con el dorso de la mano mientras murmuraba algo sobre "hombres de verdad".
— ¡Malditos! ¿Nos estaban siguiendo? —gritó Natsu, aunque no había rastro de verdadera furia en su voz.
— Bueno —dijo Lucy, acercándose—, no es todos los días que Natsu Dragneel se pone serio y pide hablar a solas. Teníamos que asegurarnos de que no ibas a incendiar algo por accidente.
— Aunque parece que sí incendiaste algo —añadió Gray con sorna—, pero en el corazón de Lisanna. ¡Qué cursi eres, flamita!
— ¡Cállate, exhibicionista! —replicó Natsu, aunque esta vez no se lanzó a pelear. En su lugar, pasó un brazo sobre los hombros de Lisanna, manteniéndola pegada a su costado.
Lisanna se rió, ocultando su rostro sonrojado en el hombro de Natsu. A pesar de la interrupción, la sensación de vacío que la había perseguido desde su regreso de Edolas se había esfumado por completo. Miró a sus amigos, a su familia, y luego al chico que siempre había sido su héroe.
— Está bien, Natsu —dijo ella, apretando su mano—. No me importa que miren.
Natsu la miró de reojo y su expresión se suavizó. La bufanda de Igneel, el legado de su padre, rozó la piel de ambos, como si también diera su bendición a ese nuevo comienzo.
— A mí tampoco me importa —afirmó Natsu, mirando al gremio con desafío—. Porque a partir de ahora, no voy a dejar que se olvide ni un solo momento de lo que siento.
El grupo comenzó a caminar de regreso hacia Magnolia, con Happy volando en círculos alrededor de la pareja y canturreando sobre el amor. El sol terminó de ocultarse, dando paso a una noche estrellada. Pero para Natsu y Lisanna, la oscuridad ya no daba miedo. Tenían su propio fuego para iluminar el camino, un fuego que había sobrevivido al tiempo, a la muerte y al olvido, y que ahora ardía más fuerte que nunca.
— Oye, Natsu —dijo Lisanna mientras caminaban por las calles empedradas.
— ¿Qué pasa?
— Mañana... ¿podemos ir a ver si el lugar donde construimos la cabaña sigue ahí?
Natsu sonrió, una sonrisa amplia y genuina que mostraba sus colmillos.
— ¡Claro que sí! Y esta vez, la haremos más grande. ¡Estoy encendido!
Las risas de sus amigos los escoltaron hasta las puertas del gremio, donde la fiesta, como siempre en Fairy Tail, apenas comenzaba. Pero para ellos dos, la verdadera celebración era el simple hecho de caminar juntos, de la mano, hacia un futuro que finalmente se sentía propio.
