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Nadie te Odia
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 21/6/2026
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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoFantasíaAcciónEstudio de PersonajeAmbientación CanonRomance
El Reflejo en el Agua Estancada
La nieve caía con una parsimonia cruel sobre el sendero boscoso, cubriendo las huellas de dos figuras que caminaban en un silencio sepulcral. Giyu Tomioka mantenía la vista clavada en el horizonte blanquecino, sus ojos azul lapislázuli lucían más opacos que de costumbre, como dos pozos de agua estancada donde la luz se negaba a penetrar. Cada paso que daba le pesaba en el alma; cada respiración se sentía como un permiso que no debería haber solicitado.
"Cobarde".
"Inservible".
"Ni siquiera deberías ser un Pilar. Ni siquiera deberías estar vivo".
Esas palabras no eran susurros de enemigos, sino la constante melodía de su propia conciencia. El peso del haori mitad y mitad le recordaba, con cada roce contra su piel, que él era un impostor. Llevaba sobre sus hombros el legado de dos personas que realmente merecían vivir: su hermana Tsutako y su mejor amigo Sabito. Ellos eran los valientes. Él solo era el residuo de un sacrificio que nunca pidió y que no sabía cómo honrar.
A su lado, Shinobu Kocho caminaba con su habitual ligereza, sus pies casi sin tocar la nieve. Su haori de alas de mariposa ondeaba suavemente, y su rostro, como siempre, estaba adornado con esa sonrisa imperturbable que servía de máscara para su propio odio.
—¿Por qué tan callado hoy, Tomioka-san? —preguntó ella, inclinando la cabeza con una gracia fingida—. Si sigues con ese rostro tan severo, vas a asustar incluso a los cuervos mensajeros. Por eso es que le caes mal a todo el mundo, ¿sabes?
Giyu no respondió. Ni siquiera la miró. Normalmente, ese comentario habría provocado un breve intercambio o, al menos, una negación interna, pero hoy el vacío dentro de él era demasiado vasto. Solo quería terminar la misión. Quería encontrar al demonio, hundir su espada en su cuello y desaparecer en la oscuridad de su propia melancolía.
—Ignorarme es de mala educación —continuó Shinobu, aunque sus ojos púrpura, agudos como los de un insecto, notaron algo extraño.
La postura de Giyu no era solo la de un hombre serio; era la de un hombre que se estaba desmoronando por dentro. Sus hombros estaban ligeramente más hundidos y su mano derecha apretaba la empuñadura de su nichirin con una fuerza innecesaria, como si temiera que, de soltarla, él mismo se desvanecería.
De repente, un olor pútrido inundó el aire. El demonio apareció entre los árboles, una criatura de extremidades alargadas y piel translúcida. No parecía fuerte, pero sus ojos brillaban con una luz hipnótica. Antes de que pudieran atacar, el demonio sopló una neblina rojiza que se extendió rápidamente por el claro.
—Técnica de Sangre: Espejismo del Remordimiento —siseó la criatura.
Shinobu retrocedió, agitando su haori para dispersar la bruma, pero Giyu se quedó inmóvil. La niebla lo envolvió por completo.
En un instante, el bosque desapareció. Giyu ya no estaba en una misión; estaba frente a una casa pequeña. El olor a sangre era insoportable. Vio a Tsutako, vestida de novia, con el pecho atravesado, mirándolo con ojos vidriosos mientras le pedía que corriera. Luego, el escenario cambió. El monte Fujikasane, el frío de la selección final. Sabito estaba allí, de espaldas, con su máscara de zorro rota.
—¿Por qué estás aquí, Giyu? —la voz de Sabito resonó, fría y decepcionada—. Yo morí para que tú hicieras algo con tu vida, no para que fueras una cáscara vacía. No eres un Pilar. Eres un error.
Un grito desgarrador escapó de la garganta de Tomioka. No era un grito de miedo, sino de una furia ciega y desesperada. La ira, acumulada durante años de silencio y autodesprecio, estalló como una presa rota.
—¡Cállate! —rugió.
Con un movimiento que Shinobu apenas pudo seguir con la vista, Giyu se lanzó hacia adelante. La Undécima Postura de la Respiración del Agua, Calma, se manifestó de una forma aterradora. No fue una defensa pasiva; fue un torbellino de cortes precisos que no solo disiparon la niebla, sino que redujeron al demonio a jirones en un parpadeo. La cabeza de la criatura rodó por el suelo antes de que pudiera comprender que su técnica había tenido el efecto contrario al deseado.
Giyu se quedó de pie, jadeando, con la espada aún desenvainada. Sus ojos estaban fijos en el lugar donde el demonio se desintegraba, pero su mente seguía atrapada en las visiones.
Shinobu se acercó lentamente. Había visto a Giyu pelear muchas veces, pero nunca con esa ferocidad suicida. Se percató de que su mano temblaba violentamente.
—Tomioka-san... —comenzó ella, suavizando su tono—. La misión ha terminado. Vámonos.
Él no se movió. Simplemente guardó su espada con un clic metálico y comenzó a caminar en dirección opuesta a la sede, con paso errático. Sus ojos, antes opacos, estaban ahora al borde de quebrarse. Había una vulnerabilidad en él que resultaba casi obscena de ver en un Pilar.
Shinobu, movida por un instinto que iba más allá de su curiosidad o sus bromas, corrió hacia él y lo tomó del brazo con firmeza.
—¡Espera! —exclamó ella, obligándolo a detenerse—. No puedes irte así. ¿Qué viste en esa técnica? Estás temblando.
—Suéltame, Kocho —dijo él con una voz tan quebrada que apenas era un susurro—. No tiene importancia.
—Claro que la tiene —replicó ella, poniéndose frente a él, bloqueándole el paso—. Siempre actúas como si no te importara nada, como si estuvieras por encima de nosotros, pero lo que acabo de ver... eso fue puro dolor. Cuéntame.
Giyu intentó apartar la mirada, pero Shinobu lo obligó a mirarla a los ojos. Fue en ese momento cuando la última barrera de Tomioka cedió. El peso de los años, de las muertes que cargaba, de la culpa de estar vivo cuando otros mejores que él habían caído, se volvió insoportable.
—No debería estar aquí —sollozó Giyu, y el sonido fue como el crujido del hielo rompiéndose—. No soy un Pilar. No aprobé la selección. Sabito mató a casi todos los demonios de la montaña y yo solo sobreviví porque él me salvó. Mi hermana murió para que yo viviera... ¡Y no he hecho nada que valga la pena! Soy un cobarde, un inservible... Solo quiero dejar de sentir que les robé la vida a ellos.
Se derrumbó. Sus rodillas golpearon la nieve y su rostro terminó oculto en el pecho de Shinobu, quien se quedó paralizada por un breve segundo. Giyu Tomioka, el hombre de piedra, estaba llorando como un niño perdido. Sus manos se aferraron al haori de ella con una desesperación desgarradora.
Shinobu sintió que su propio corazón se apretaba. Ella conocía ese sentimiento. Conocía el odio que nace de la pérdida y la culpa del sobreviviente que te susurra al oído que no eres suficiente. Sus ojos se cristalizaron, reflejando el dolor del hombre que sostenía.
Con una ternura que rara vez mostraba, Shinobu comenzó a acariciar el cabello desordenado de Giyu.
—No eres un impostor, Giyu —susurró ella, usando su nombre de pila por primera vez—. Estás vivo porque ellos decidieron que tu vida valía más que las suyas. Si te desprecias a ti mismo, estás despreciando el regalo que ellos te dieron.
Giyu continuó desahogándose, liberando años de palabras no dichas, de lutos no procesados. El silencio del bosque se llenó con sus sollozos, mientras Shinobu lo sostenía con una fuerza sorprendente para su pequeña complexión. Ella entendía que, en ese momento, ella no era solo su compañera, sino su ancla en un mar de autodesprecio.
—Estamos vivos por algo —continuó ella, con la voz suave pero firme—. Estamos aquí para demostrar que sus sacrificios no fueron en vano. Para vengar a los que perdimos y proteger a los que aún quedan. No estás solo en esto, aunque te empeñes en creer que sí.
Después de un tiempo que pareció eterno, el llanto de Giyu cesó, dejando paso a un silencio exhausto. Él intentó separarse, avergonzado por su arrebato, pero Shinobu no se lo permitió. Tomó su rostro entre sus manos pequeñas y cálidas, obligándolo a levantar la cabeza. Sus ojos se encontraron: el azul profundo de Giyu y el púrpura neblinoso de Shinobu.
En un gesto impulsado por una compasión pura y un afecto que había crecido en las sombras de sus misiones compartidas, Shinobu se inclinó y presionó sus labios contra los de él.
Fue un beso cálido, con sabor a sal por las lágrimas y a frío por la nieve, pero cargado de una promesa silenciosa. Era una declaración: "No dejaré que sufras esto solo".
Giyu se quedó helado por un instante, pero pronto, sus ojos se cerraron y devolvió el beso con una intensidad que buscaba consuelo. En ese contacto, el vacío que sentía en su pecho pareció llenarse un poco. No era una cura mágica, pero era un comienzo. Era la sensación de que, por primera vez en años, alguien lo veía de verdad y no lo rechazaba.
Cuando se separaron, la respiración de ambos era visible en el aire gélido. Shinobu lo miró con una sonrisa, pero esta vez no era su máscara habitual; era una sonrisa genuina, impregnada de una dulce melancolía.
—¿Ves? —dijo ella, dándole un suave golpecito en la frente—. Nadie te odia, Tomioka-san. Al menos yo no. Y eso debería ser suficiente por ahora.
Giyu parpadeó, procesando sus palabras. El peso en su pecho no había desaparecido por completo, pero ya no sentía que lo estuviera asfixiando. Se puso de pie con la ayuda de Shinobu, limpiándose los restos de lágrimas con la manga de su uniforme.
—Gracias... Shinobu —murmuró él, todavía un poco aturdido.
Ella soltó una pequeña risa y comenzó a caminar de regreso por el sendero, recuperando su tono juguetón para aliviar la tensión del momento.
—Pero no te acostumbres, ¿eh? Si te vuelves demasiado dependiente, tendré que cobrarte por mis servicios de terapia. Además, todavía tienes que explicarle al Patrón por qué tardamos tanto en una misión tan sencilla.
Giyu la observó caminar unos pasos por delante de él. El haori de mariposa brillaba contra la nieve. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba caminando hacia la nada. Caminó hacia ella, alcanzándola y manteniendo un ritmo constante a su lado.
—Lo haré —respondió él de forma escueta, pero con una determinación renovada en su voz.
El camino hacia la sede de los Cazadores de Demonios era largo y estaba lleno de peligros, pero mientras caminaban juntos bajo la nieve que empezaba a amainar, Giyu Tomioka comprendió que ya no tenía que cargar con el peso del mundo sobre sus hombros solitarios. El agua estancada de su alma finalmente había comenzado a fluir de nuevo.
"Cobarde".
"Inservible".
"Ni siquiera deberías ser un Pilar. Ni siquiera deberías estar vivo".
Esas palabras no eran susurros de enemigos, sino la constante melodía de su propia conciencia. El peso del haori mitad y mitad le recordaba, con cada roce contra su piel, que él era un impostor. Llevaba sobre sus hombros el legado de dos personas que realmente merecían vivir: su hermana Tsutako y su mejor amigo Sabito. Ellos eran los valientes. Él solo era el residuo de un sacrificio que nunca pidió y que no sabía cómo honrar.
A su lado, Shinobu Kocho caminaba con su habitual ligereza, sus pies casi sin tocar la nieve. Su haori de alas de mariposa ondeaba suavemente, y su rostro, como siempre, estaba adornado con esa sonrisa imperturbable que servía de máscara para su propio odio.
—¿Por qué tan callado hoy, Tomioka-san? —preguntó ella, inclinando la cabeza con una gracia fingida—. Si sigues con ese rostro tan severo, vas a asustar incluso a los cuervos mensajeros. Por eso es que le caes mal a todo el mundo, ¿sabes?
Giyu no respondió. Ni siquiera la miró. Normalmente, ese comentario habría provocado un breve intercambio o, al menos, una negación interna, pero hoy el vacío dentro de él era demasiado vasto. Solo quería terminar la misión. Quería encontrar al demonio, hundir su espada en su cuello y desaparecer en la oscuridad de su propia melancolía.
—Ignorarme es de mala educación —continuó Shinobu, aunque sus ojos púrpura, agudos como los de un insecto, notaron algo extraño.
La postura de Giyu no era solo la de un hombre serio; era la de un hombre que se estaba desmoronando por dentro. Sus hombros estaban ligeramente más hundidos y su mano derecha apretaba la empuñadura de su nichirin con una fuerza innecesaria, como si temiera que, de soltarla, él mismo se desvanecería.
De repente, un olor pútrido inundó el aire. El demonio apareció entre los árboles, una criatura de extremidades alargadas y piel translúcida. No parecía fuerte, pero sus ojos brillaban con una luz hipnótica. Antes de que pudieran atacar, el demonio sopló una neblina rojiza que se extendió rápidamente por el claro.
—Técnica de Sangre: Espejismo del Remordimiento —siseó la criatura.
Shinobu retrocedió, agitando su haori para dispersar la bruma, pero Giyu se quedó inmóvil. La niebla lo envolvió por completo.
En un instante, el bosque desapareció. Giyu ya no estaba en una misión; estaba frente a una casa pequeña. El olor a sangre era insoportable. Vio a Tsutako, vestida de novia, con el pecho atravesado, mirándolo con ojos vidriosos mientras le pedía que corriera. Luego, el escenario cambió. El monte Fujikasane, el frío de la selección final. Sabito estaba allí, de espaldas, con su máscara de zorro rota.
—¿Por qué estás aquí, Giyu? —la voz de Sabito resonó, fría y decepcionada—. Yo morí para que tú hicieras algo con tu vida, no para que fueras una cáscara vacía. No eres un Pilar. Eres un error.
Un grito desgarrador escapó de la garganta de Tomioka. No era un grito de miedo, sino de una furia ciega y desesperada. La ira, acumulada durante años de silencio y autodesprecio, estalló como una presa rota.
—¡Cállate! —rugió.
Con un movimiento que Shinobu apenas pudo seguir con la vista, Giyu se lanzó hacia adelante. La Undécima Postura de la Respiración del Agua, Calma, se manifestó de una forma aterradora. No fue una defensa pasiva; fue un torbellino de cortes precisos que no solo disiparon la niebla, sino que redujeron al demonio a jirones en un parpadeo. La cabeza de la criatura rodó por el suelo antes de que pudiera comprender que su técnica había tenido el efecto contrario al deseado.
Giyu se quedó de pie, jadeando, con la espada aún desenvainada. Sus ojos estaban fijos en el lugar donde el demonio se desintegraba, pero su mente seguía atrapada en las visiones.
Shinobu se acercó lentamente. Había visto a Giyu pelear muchas veces, pero nunca con esa ferocidad suicida. Se percató de que su mano temblaba violentamente.
—Tomioka-san... —comenzó ella, suavizando su tono—. La misión ha terminado. Vámonos.
Él no se movió. Simplemente guardó su espada con un clic metálico y comenzó a caminar en dirección opuesta a la sede, con paso errático. Sus ojos, antes opacos, estaban ahora al borde de quebrarse. Había una vulnerabilidad en él que resultaba casi obscena de ver en un Pilar.
Shinobu, movida por un instinto que iba más allá de su curiosidad o sus bromas, corrió hacia él y lo tomó del brazo con firmeza.
—¡Espera! —exclamó ella, obligándolo a detenerse—. No puedes irte así. ¿Qué viste en esa técnica? Estás temblando.
—Suéltame, Kocho —dijo él con una voz tan quebrada que apenas era un susurro—. No tiene importancia.
—Claro que la tiene —replicó ella, poniéndose frente a él, bloqueándole el paso—. Siempre actúas como si no te importara nada, como si estuvieras por encima de nosotros, pero lo que acabo de ver... eso fue puro dolor. Cuéntame.
Giyu intentó apartar la mirada, pero Shinobu lo obligó a mirarla a los ojos. Fue en ese momento cuando la última barrera de Tomioka cedió. El peso de los años, de las muertes que cargaba, de la culpa de estar vivo cuando otros mejores que él habían caído, se volvió insoportable.
—No debería estar aquí —sollozó Giyu, y el sonido fue como el crujido del hielo rompiéndose—. No soy un Pilar. No aprobé la selección. Sabito mató a casi todos los demonios de la montaña y yo solo sobreviví porque él me salvó. Mi hermana murió para que yo viviera... ¡Y no he hecho nada que valga la pena! Soy un cobarde, un inservible... Solo quiero dejar de sentir que les robé la vida a ellos.
Se derrumbó. Sus rodillas golpearon la nieve y su rostro terminó oculto en el pecho de Shinobu, quien se quedó paralizada por un breve segundo. Giyu Tomioka, el hombre de piedra, estaba llorando como un niño perdido. Sus manos se aferraron al haori de ella con una desesperación desgarradora.
Shinobu sintió que su propio corazón se apretaba. Ella conocía ese sentimiento. Conocía el odio que nace de la pérdida y la culpa del sobreviviente que te susurra al oído que no eres suficiente. Sus ojos se cristalizaron, reflejando el dolor del hombre que sostenía.
Con una ternura que rara vez mostraba, Shinobu comenzó a acariciar el cabello desordenado de Giyu.
—No eres un impostor, Giyu —susurró ella, usando su nombre de pila por primera vez—. Estás vivo porque ellos decidieron que tu vida valía más que las suyas. Si te desprecias a ti mismo, estás despreciando el regalo que ellos te dieron.
Giyu continuó desahogándose, liberando años de palabras no dichas, de lutos no procesados. El silencio del bosque se llenó con sus sollozos, mientras Shinobu lo sostenía con una fuerza sorprendente para su pequeña complexión. Ella entendía que, en ese momento, ella no era solo su compañera, sino su ancla en un mar de autodesprecio.
—Estamos vivos por algo —continuó ella, con la voz suave pero firme—. Estamos aquí para demostrar que sus sacrificios no fueron en vano. Para vengar a los que perdimos y proteger a los que aún quedan. No estás solo en esto, aunque te empeñes en creer que sí.
Después de un tiempo que pareció eterno, el llanto de Giyu cesó, dejando paso a un silencio exhausto. Él intentó separarse, avergonzado por su arrebato, pero Shinobu no se lo permitió. Tomó su rostro entre sus manos pequeñas y cálidas, obligándolo a levantar la cabeza. Sus ojos se encontraron: el azul profundo de Giyu y el púrpura neblinoso de Shinobu.
En un gesto impulsado por una compasión pura y un afecto que había crecido en las sombras de sus misiones compartidas, Shinobu se inclinó y presionó sus labios contra los de él.
Fue un beso cálido, con sabor a sal por las lágrimas y a frío por la nieve, pero cargado de una promesa silenciosa. Era una declaración: "No dejaré que sufras esto solo".
Giyu se quedó helado por un instante, pero pronto, sus ojos se cerraron y devolvió el beso con una intensidad que buscaba consuelo. En ese contacto, el vacío que sentía en su pecho pareció llenarse un poco. No era una cura mágica, pero era un comienzo. Era la sensación de que, por primera vez en años, alguien lo veía de verdad y no lo rechazaba.
Cuando se separaron, la respiración de ambos era visible en el aire gélido. Shinobu lo miró con una sonrisa, pero esta vez no era su máscara habitual; era una sonrisa genuina, impregnada de una dulce melancolía.
—¿Ves? —dijo ella, dándole un suave golpecito en la frente—. Nadie te odia, Tomioka-san. Al menos yo no. Y eso debería ser suficiente por ahora.
Giyu parpadeó, procesando sus palabras. El peso en su pecho no había desaparecido por completo, pero ya no sentía que lo estuviera asfixiando. Se puso de pie con la ayuda de Shinobu, limpiándose los restos de lágrimas con la manga de su uniforme.
—Gracias... Shinobu —murmuró él, todavía un poco aturdido.
Ella soltó una pequeña risa y comenzó a caminar de regreso por el sendero, recuperando su tono juguetón para aliviar la tensión del momento.
—Pero no te acostumbres, ¿eh? Si te vuelves demasiado dependiente, tendré que cobrarte por mis servicios de terapia. Además, todavía tienes que explicarle al Patrón por qué tardamos tanto en una misión tan sencilla.
Giyu la observó caminar unos pasos por delante de él. El haori de mariposa brillaba contra la nieve. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba caminando hacia la nada. Caminó hacia ella, alcanzándola y manteniendo un ritmo constante a su lado.
—Lo haré —respondió él de forma escueta, pero con una determinación renovada en su voz.
El camino hacia la sede de los Cazadores de Demonios era largo y estaba lleno de peligros, pero mientras caminaban juntos bajo la nieve que empezaba a amainar, Giyu Tomioka comprendió que ya no tenía que cargar con el peso del mundo sobre sus hombros solitarios. El agua estancada de su alma finalmente había comenzado a fluir de nuevo.
