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Gate Pokémon
Fandom: Gate Pokémon
Creado: 22/6/2026
Etiquetas
CrossoverIsekai / Fantasía PortalFantasíaCiencia FicciónAventuraAcciónUA (Universo Alternativo)HumorDramaBiopunk
El Eco del Rayo y el Acero
El cielo sobre la región de Alnus nunca volvería a ser el mismo. Primero fue el Portal, esa estructura de mármol que vomitó legiones imperiales y dragones sobre el Japón moderno. Luego, meses después, se abrió la Segunda Puerta, conectando mundos que la ciencia apenas empezaba a comprender. Pero lo que ocurrió esa mañana de martes superó cualquier protocolo de las Fuerzas de Autodefensa de Japón (JSDF).
Un estruendo sordo, similar al de un trueno contenido en una botella, sacudió la base militar. En medio del valle, a pocos kilómetros de la colina de Alnus, el aire comenzó a distorsionarse. No era piedra lo que se materializaba, sino una grieta de luz prismática, un desgarro en la realidad que emitía un zumbido eléctrico constante.
Itami Youji, recientemente ascendido y perpetuamente cansado, observaba el fenómeno a través de sus binoculares desde una de las torres de vigilancia. A su lado, la elfa Shino y la semidiosa Rory Mercury observaban con curiosidad y una pizca de inquietud.
—Eso no huele a magia de este mundo —murmuró Rory, acariciando el mango de su enorme hacha—. Se siente... vibrante. Como si la naturaleza misma estuviera gritando de alegría.
—Otra puerta —suspiró Itami, ajustándose el casco—. Justo cuando empezaba a ponerme al día con mis mangas.
El reconocimiento no se hizo esperar. Un convoy de tres vehículos blindados se dirigió hacia la anomalía. El sargento Kuribata conducía el primer vehículo, con los nervios tensos. Al acercarse, la luz de la grieta se suavizó, revelando un paisaje que parecía sacado de un sueño: praderas de un verde imposible, flores que brillaban con luz propia y un cielo de un azul tan puro que dolía mirarlo.
—Atención a todas las unidades —la voz de Itami resonó por la radio—, algo está saliendo. Mantengan la calma. No disparen a menos que yo lo ordene.
De la grieta no salió un ejército. No hubo gritos de guerra ni el choque de escudos de bronce. Lo primero que cruzó fue una pequeña criatura de pelaje amarillo brillante, con mejillas rojas que chispeaban y una cola en forma de rayo. Se detuvo en seco frente al parachoques del vehículo de cabeza, ladeando la cabeza con curiosidad.
—¿Qué demonios es esa cosa? —preguntó Kuribata, bajando la ventanilla—. ¿Es un conejo? ¿Un hámster gigante?
—Pika... —La criatura olfateó el aire y luego emitió un sonido agudo—. ¡Pikachu!
—Es... adorable —dijo una de las soldados en el asiento trasero, bajando su arma instintivamente.
Pero la ternura duró poco. Tras el pequeño ratón eléctrico, el suelo comenzó a temblar. De la grieta emergió una figura colosal, un monstruo que parecía un dinosaurio acorazado en piedra verde, con ojos que irradiaban una furia ancestral. No llevaba armadura, no empuñaba espadas. Él mismo era el arma.
—¡Retrocedan! —gritó Itami por la radio—. ¡Eso no es un animal común!
El Tyranitar rugió, un sonido que hizo vibrar los pulmones de los soldados y que fue escuchado hasta en el campamento de refugiados de Alnus. Con un movimiento de su cola, golpeó una roca cercana, pulverizándola en un instante. El mensaje era claro: este territorio ahora tenía un nuevo depredador.
—Señor, detectamos múltiples señales biológicas cruzando la puerta —informó el centro de mando desde la base—. No son humanos. Repito, no hay presencia humana. Son... criaturas. Cientos de ellas.
Itami bajó del vehículo, ignorando las advertencias de Kuribata. Sabía que si esto era una invasión de monstruos, las armas de fuego podrían escalar la situación hacia una masacre innecesaria. Se detuvo a diez metros del Tyranitar. El Pikachu, que parecía no temerle al gigante de piedra, saltó sobre el hombro del monstruo y observó al soldado japonés.
—Hola, grandullón —dijo Itami, levantando las manos abiertas para mostrar que no sostenía armas—. No queremos pelear.
El Tyranitar entrecerró los ojos, bufando un vapor caliente que olía a ozono y tierra antigua. En ese momento, Shino y Rory llegaron al lugar. La elfa retrocedió un paso, sintiendo la inmensa energía vital que emanaba de la grieta.
—Itami, ten cuidado —advirtió Shino, con su arco listo—. Esas cosas... no tienen malicia, pero su poder es abrumador. Es como si cada uno de ellos fuera un espíritu de la naturaleza encarnado.
—No son monstruos del Imperio —añadió Rory, con una sonrisa depredadora—. No tienen alma de esclavos. Son libres.
De repente, el cielo se oscureció. Un ave de plumaje naranja y fuego, con una envergadura que rivalizaba con los dragones de fuego de este mundo, sobrevoló la zona. El calor que desprendía era tal que la hierba debajo de su vuelo comenzó a marchitarse.
—¿Un fénix? —preguntó Kuribata, asombrado.
—No —respondió Itami, recordando vagamente algo que había visto en los escaparates de Akihabara antes de que todo esto empezara—. Creo que esto es algo mucho más complicado.
Mientras los soldados observaban al cielo, un grupo de criaturas más pequeñas, similares a tortugas con cañones en sus caparazones y lagartos con llamas en la cola, comenzaron a dispersarse por el valle. No atacaban a los soldados; simplemente exploraban, como colonos llegando a una tierra virgen.
—Parece que la Tercera Puerta no conecta con otra civilización —concluyó Itami, viendo cómo un grupo de Bulbasaur empezaba a usar sus lianas para recoger bayas silvestres—. Conecta con un ecosistema puro. Un mundo donde ellos son los dueños.
—¿Y qué vamos a hacer, Itami-san? —preguntó Shino—. El Imperio no tardará en enterarse. Si intentan capturar a estas criaturas como hicieron con los dragones...
—Habrá una guerra —completó Itami—. Y por lo que veo, el Imperio no tiene ni idea de lo que es un "Hiperrayo".
Lejos de allí, en la capital imperial, los espías ya corrían con noticias de "bestias mágicas de colores brillantes" que habían aparecido cerca de Alnus. Para los senadores, eran nuevos recursos, nuevas monturas, nuevos símbolos de estatus. Para la JSDF, era una pesadilla logística y diplomática.
Pero para Itami, mientras veía al Pikachu saltar al suelo y acercarse a él con curiosidad, era algo más. El pequeño Pokémon se detuvo frente a sus botas y, con un movimiento rápido, frotó sus mejillas contra la tela del pantalón, provocando pequeñas chispas estáticas.
—¿Quieres ser amigo, eh? —Itami se puso de cuclillas, extendiendo un dedo.
—¡Cuidado, señor! —advirtió Kuribata.
El Pikachu lamió el dedo de Itami y luego señaló hacia la grieta con una expresión seria. Del otro lado, sombras más grandes empezaban a moverse. Criaturas que parecían dioses, envueltas en nubes y relámpagos.
—Esto no es solo una migración —murmuró Itami, sintiendo un escalofrío—. Algo los está empujando hacia nuestro lado. O algo los ha invitado.
—¿A qué te refieres? —preguntó Rory, acercándose.
—Mira el portal, Rory. No se está cerrando. Se está expandiendo.
Itami se puso de pie y activó su radio de largo alcance.
—Aquí Itami. Solicito comunicación inmediata con el General Hazama. Díganle que necesitamos a todos los biólogos, expertos en comportamiento animal y... —hizo una pausa, rascándose la nuca— y que busquen en los archivos de la cultura popular cualquier cosa relacionada con "Pocket Monsters".
—¿Señor? —la voz al otro lado de la radio sonó confundida.
—Solo hazlo. Y dile al gobierno que la Tercera Puerta no es una amenaza militar. Es un cambio de paradigma. El mundo de Gate acaba de volverse mucho más salvaje.
En ese momento, un rugido ensordecedor provino del bosque cercano. Un Gyarados había aparecido en el río que bordeaba la base, lanzando un chorro de agua a alta presión que volcó un camión de suministros como si fuera un juguete.
—¡Bueno, tal vez un poco de amenaza militar sí sea! —gritó Itami, corriendo hacia su vehículo—. ¡Kuribata, saca los sedantes de alto calibre! ¡No quiero bajas, ni humanas ni de... lo que sea que sean ellos!
—¡Entendido! —respondió el sargento, maniobrando el blindado.
Rory Mercury soltó una carcajada, saltando sobre el techo del vehículo con su hacha en alto.
—¡Esto va a ser mucho más divertido que matar soldados imperiales! —exclamó la semidiosa, sus ojos brillando de emoción.
—¡No los mates, Rory! —le gritó Itami—. ¡Son especies protegidas... supongo!
Mientras el sol se ponía, bañando el valle de Alnus en tonos púrpura y oro, la realidad de la situación se asentaba. La convivencia entre la tecnología de la JSDF, la magia del mundo de Gate y la fuerza elemental de los Pokémon acababa de comenzar. Y en las sombras de la Tercera Puerta, un par de ojos psíquicos de color violeta observaban todo con una inteligencia fría y calculadora, esperando el momento justo para intervenir.
—Mew... —susurró una voz que no fue escuchada por nadie, pero que resonó en la mente de todos los presentes.
El juego había cambiado. El tablero era ahora un mundo de tres aristas, y nadie estaba preparado para lo que vendría a continuación. Itami solo esperaba que, al menos, hubiera suficientes Pokébolas en alguna parte del mundo, aunque sabía que en este nuevo escenario, las reglas tendrían que escribirse desde cero.
—Señor, el radar detecta algo enorme acercándose desde el norte del portal —informó Shino, señalando hacia el horizonte donde las nubes se arremolinaban en un torbellino perfecto—. Viene rápido.
Itami miró hacia donde ella señalaba. Una silueta plateada, elegante y poderosa, surcaba los cielos a una velocidad que desafiaba la física. Un Lugia lanzó un grito que calmó instantáneamente a los Pokémon más pequeños en el campo de batalla improvisado.
—Parece que el comité de bienvenida ha llegado —dijo Itami, recostándose contra el metal frío de su vehículo—. Shino, ¿tienes algún amuleto para la suerte?
—Creo que vamos a necesitar más que suerte, Itami-san.
—Sí —asintió él, observando cómo el guardián de los mares descendía sobre la colina de Alnus—. Vamos a necesitar un milagro. O un entrenador muy bueno.
La noche cayó sobre la región, pero no hubo oscuridad. Los fuegos de los Charizard, la electricidad de los Jolteon y la luz mística de los Celebi iluminaron el nuevo mundo. La Tercera Puerta estaba abierta, y la historia de la humanidad, el Imperio y los Pokémon apenas comenzaba a entrelazarse en un tapiz de acero, magia y evolución.
Un estruendo sordo, similar al de un trueno contenido en una botella, sacudió la base militar. En medio del valle, a pocos kilómetros de la colina de Alnus, el aire comenzó a distorsionarse. No era piedra lo que se materializaba, sino una grieta de luz prismática, un desgarro en la realidad que emitía un zumbido eléctrico constante.
Itami Youji, recientemente ascendido y perpetuamente cansado, observaba el fenómeno a través de sus binoculares desde una de las torres de vigilancia. A su lado, la elfa Shino y la semidiosa Rory Mercury observaban con curiosidad y una pizca de inquietud.
—Eso no huele a magia de este mundo —murmuró Rory, acariciando el mango de su enorme hacha—. Se siente... vibrante. Como si la naturaleza misma estuviera gritando de alegría.
—Otra puerta —suspiró Itami, ajustándose el casco—. Justo cuando empezaba a ponerme al día con mis mangas.
El reconocimiento no se hizo esperar. Un convoy de tres vehículos blindados se dirigió hacia la anomalía. El sargento Kuribata conducía el primer vehículo, con los nervios tensos. Al acercarse, la luz de la grieta se suavizó, revelando un paisaje que parecía sacado de un sueño: praderas de un verde imposible, flores que brillaban con luz propia y un cielo de un azul tan puro que dolía mirarlo.
—Atención a todas las unidades —la voz de Itami resonó por la radio—, algo está saliendo. Mantengan la calma. No disparen a menos que yo lo ordene.
De la grieta no salió un ejército. No hubo gritos de guerra ni el choque de escudos de bronce. Lo primero que cruzó fue una pequeña criatura de pelaje amarillo brillante, con mejillas rojas que chispeaban y una cola en forma de rayo. Se detuvo en seco frente al parachoques del vehículo de cabeza, ladeando la cabeza con curiosidad.
—¿Qué demonios es esa cosa? —preguntó Kuribata, bajando la ventanilla—. ¿Es un conejo? ¿Un hámster gigante?
—Pika... —La criatura olfateó el aire y luego emitió un sonido agudo—. ¡Pikachu!
—Es... adorable —dijo una de las soldados en el asiento trasero, bajando su arma instintivamente.
Pero la ternura duró poco. Tras el pequeño ratón eléctrico, el suelo comenzó a temblar. De la grieta emergió una figura colosal, un monstruo que parecía un dinosaurio acorazado en piedra verde, con ojos que irradiaban una furia ancestral. No llevaba armadura, no empuñaba espadas. Él mismo era el arma.
—¡Retrocedan! —gritó Itami por la radio—. ¡Eso no es un animal común!
El Tyranitar rugió, un sonido que hizo vibrar los pulmones de los soldados y que fue escuchado hasta en el campamento de refugiados de Alnus. Con un movimiento de su cola, golpeó una roca cercana, pulverizándola en un instante. El mensaje era claro: este territorio ahora tenía un nuevo depredador.
—Señor, detectamos múltiples señales biológicas cruzando la puerta —informó el centro de mando desde la base—. No son humanos. Repito, no hay presencia humana. Son... criaturas. Cientos de ellas.
Itami bajó del vehículo, ignorando las advertencias de Kuribata. Sabía que si esto era una invasión de monstruos, las armas de fuego podrían escalar la situación hacia una masacre innecesaria. Se detuvo a diez metros del Tyranitar. El Pikachu, que parecía no temerle al gigante de piedra, saltó sobre el hombro del monstruo y observó al soldado japonés.
—Hola, grandullón —dijo Itami, levantando las manos abiertas para mostrar que no sostenía armas—. No queremos pelear.
El Tyranitar entrecerró los ojos, bufando un vapor caliente que olía a ozono y tierra antigua. En ese momento, Shino y Rory llegaron al lugar. La elfa retrocedió un paso, sintiendo la inmensa energía vital que emanaba de la grieta.
—Itami, ten cuidado —advirtió Shino, con su arco listo—. Esas cosas... no tienen malicia, pero su poder es abrumador. Es como si cada uno de ellos fuera un espíritu de la naturaleza encarnado.
—No son monstruos del Imperio —añadió Rory, con una sonrisa depredadora—. No tienen alma de esclavos. Son libres.
De repente, el cielo se oscureció. Un ave de plumaje naranja y fuego, con una envergadura que rivalizaba con los dragones de fuego de este mundo, sobrevoló la zona. El calor que desprendía era tal que la hierba debajo de su vuelo comenzó a marchitarse.
—¿Un fénix? —preguntó Kuribata, asombrado.
—No —respondió Itami, recordando vagamente algo que había visto en los escaparates de Akihabara antes de que todo esto empezara—. Creo que esto es algo mucho más complicado.
Mientras los soldados observaban al cielo, un grupo de criaturas más pequeñas, similares a tortugas con cañones en sus caparazones y lagartos con llamas en la cola, comenzaron a dispersarse por el valle. No atacaban a los soldados; simplemente exploraban, como colonos llegando a una tierra virgen.
—Parece que la Tercera Puerta no conecta con otra civilización —concluyó Itami, viendo cómo un grupo de Bulbasaur empezaba a usar sus lianas para recoger bayas silvestres—. Conecta con un ecosistema puro. Un mundo donde ellos son los dueños.
—¿Y qué vamos a hacer, Itami-san? —preguntó Shino—. El Imperio no tardará en enterarse. Si intentan capturar a estas criaturas como hicieron con los dragones...
—Habrá una guerra —completó Itami—. Y por lo que veo, el Imperio no tiene ni idea de lo que es un "Hiperrayo".
Lejos de allí, en la capital imperial, los espías ya corrían con noticias de "bestias mágicas de colores brillantes" que habían aparecido cerca de Alnus. Para los senadores, eran nuevos recursos, nuevas monturas, nuevos símbolos de estatus. Para la JSDF, era una pesadilla logística y diplomática.
Pero para Itami, mientras veía al Pikachu saltar al suelo y acercarse a él con curiosidad, era algo más. El pequeño Pokémon se detuvo frente a sus botas y, con un movimiento rápido, frotó sus mejillas contra la tela del pantalón, provocando pequeñas chispas estáticas.
—¿Quieres ser amigo, eh? —Itami se puso de cuclillas, extendiendo un dedo.
—¡Cuidado, señor! —advirtió Kuribata.
El Pikachu lamió el dedo de Itami y luego señaló hacia la grieta con una expresión seria. Del otro lado, sombras más grandes empezaban a moverse. Criaturas que parecían dioses, envueltas en nubes y relámpagos.
—Esto no es solo una migración —murmuró Itami, sintiendo un escalofrío—. Algo los está empujando hacia nuestro lado. O algo los ha invitado.
—¿A qué te refieres? —preguntó Rory, acercándose.
—Mira el portal, Rory. No se está cerrando. Se está expandiendo.
Itami se puso de pie y activó su radio de largo alcance.
—Aquí Itami. Solicito comunicación inmediata con el General Hazama. Díganle que necesitamos a todos los biólogos, expertos en comportamiento animal y... —hizo una pausa, rascándose la nuca— y que busquen en los archivos de la cultura popular cualquier cosa relacionada con "Pocket Monsters".
—¿Señor? —la voz al otro lado de la radio sonó confundida.
—Solo hazlo. Y dile al gobierno que la Tercera Puerta no es una amenaza militar. Es un cambio de paradigma. El mundo de Gate acaba de volverse mucho más salvaje.
En ese momento, un rugido ensordecedor provino del bosque cercano. Un Gyarados había aparecido en el río que bordeaba la base, lanzando un chorro de agua a alta presión que volcó un camión de suministros como si fuera un juguete.
—¡Bueno, tal vez un poco de amenaza militar sí sea! —gritó Itami, corriendo hacia su vehículo—. ¡Kuribata, saca los sedantes de alto calibre! ¡No quiero bajas, ni humanas ni de... lo que sea que sean ellos!
—¡Entendido! —respondió el sargento, maniobrando el blindado.
Rory Mercury soltó una carcajada, saltando sobre el techo del vehículo con su hacha en alto.
—¡Esto va a ser mucho más divertido que matar soldados imperiales! —exclamó la semidiosa, sus ojos brillando de emoción.
—¡No los mates, Rory! —le gritó Itami—. ¡Son especies protegidas... supongo!
Mientras el sol se ponía, bañando el valle de Alnus en tonos púrpura y oro, la realidad de la situación se asentaba. La convivencia entre la tecnología de la JSDF, la magia del mundo de Gate y la fuerza elemental de los Pokémon acababa de comenzar. Y en las sombras de la Tercera Puerta, un par de ojos psíquicos de color violeta observaban todo con una inteligencia fría y calculadora, esperando el momento justo para intervenir.
—Mew... —susurró una voz que no fue escuchada por nadie, pero que resonó en la mente de todos los presentes.
El juego había cambiado. El tablero era ahora un mundo de tres aristas, y nadie estaba preparado para lo que vendría a continuación. Itami solo esperaba que, al menos, hubiera suficientes Pokébolas en alguna parte del mundo, aunque sabía que en este nuevo escenario, las reglas tendrían que escribirse desde cero.
—Señor, el radar detecta algo enorme acercándose desde el norte del portal —informó Shino, señalando hacia el horizonte donde las nubes se arremolinaban en un torbellino perfecto—. Viene rápido.
Itami miró hacia donde ella señalaba. Una silueta plateada, elegante y poderosa, surcaba los cielos a una velocidad que desafiaba la física. Un Lugia lanzó un grito que calmó instantáneamente a los Pokémon más pequeños en el campo de batalla improvisado.
—Parece que el comité de bienvenida ha llegado —dijo Itami, recostándose contra el metal frío de su vehículo—. Shino, ¿tienes algún amuleto para la suerte?
—Creo que vamos a necesitar más que suerte, Itami-san.
—Sí —asintió él, observando cómo el guardián de los mares descendía sobre la colina de Alnus—. Vamos a necesitar un milagro. O un entrenador muy bueno.
La noche cayó sobre la región, pero no hubo oscuridad. Los fuegos de los Charizard, la electricidad de los Jolteon y la luz mística de los Celebi iluminaron el nuevo mundo. La Tercera Puerta estaba abierta, y la historia de la humanidad, el Imperio y los Pokémon apenas comenzaba a entrelazarse en un tapiz de acero, magia y evolución.
