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Inconveniente complicado
Fandom: Jujutsu kaisen
Creado: 22/6/2026
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RomanceAngustiaDramaPsicológicoEstudio de PersonajeAmbientación CanonLenguaje Explícito
Mercancía Inestimable
El olor a incienso barato y madera vieja de la finca Zenin siempre le había parecido a Naoya una soga al cuello. Todo en ese lugar gritaba tradición, jerarquía y un desprecio absoluto por cualquier cosa que no fuera la fuerza bruta o la técnica maldita perfecta. Naoya creció sabiéndose superior a todos, excepto a un hombre. Un hombre que no tenía ni una gota de energía maldita, pero que caminaba entre las sombras del clan como un depredador entre ganado.
Toji Fushiguro.
Para Naoya, Toji no era solo un paria; era una deidad de carne y hueso, una anomalía que desafiaba las leyes del mundo que su padre, Naobito, tanto intentaba proteger. Y por eso, cuando Naoya tuvo la edad suficiente y el dinero necesario, decidió que quería poseer un trozo de ese dios.
Sus encuentros siempre habían sido transaccionales. Un fajo de billetes sobre la mesa desvencijada de algún hotel de mala muerte o de la residencia privada que Naoya mantenía lejos de los ojos de los ancianos del clan. Dinero a cambio de horas. Dinero a cambio de piel.
A Naoya le gustaba. Le gustaba el peso de Toji sobre él, el calor sofocante de su cuerpo que parecía irradiar una vitalidad que ningún hechicero poseía. Le gustaba cuando Toji, en esos raros momentos de post-coito donde el cinismo se relajaba, le acariciaba el cabello rubio con una torpeza casi tierna, o cuando permitía que Naoya apoyara la mejilla en su pecho, escuchando el latido rítmico y poderoso de su corazón.
Pero Naoya no sabía qué era eso. En el clan Zenin, el amor era una debilidad o una herramienta política. No existía el "querer". Solo existía el poseer o ser poseído. Por eso, Naoya simplemente asumía que estaba comprando un servicio de lujo, uno que se había vuelto adictivo.
Esa tarde, el sol se filtraba de color naranja por las ventanas de la habitación. Toji estaba sentado al borde de la cama, vistiéndose con esa parsimonia que lo caracterizaba. Naoya, envuelto en una bata de seda, contaba los billetes con dedos ágiles.
—Aquí tienes lo de hoy, Toji-kun —dijo Naoya con su habitual tono arrogante, aunque sus ojos buscaban desesperadamente la mirada del mayor—. Y un extra por... bueno, por lo de la semana pasada.
Toji no tomó el dinero. Se quedó mirando la pared un momento y luego soltó un suspiro que pareció venir desde el fondo de sus pulmones.
—Yo... ya no necesito más dinero, sabes... así que... —Toji dejó la frase en el aire, rascándose la nuca.
El corazón de Naoya dio un vuelco violento. El aire en la habitación se volvió pesado. "Oh", pensó. "Se acabó".
Era lógico. Toji era un espíritu libre, un mercenario. Se habría cansado de jugar a los amantes con un mocoso engreído del clan que tanto odiaba. Seguramente había encontrado un trabajo mejor pagado o simplemente ya no soportaba su presencia.
—Entiendo —respondió Naoya, forzando una sonrisa gélida, la misma que usaba para humillar a sus primos—. Sabía que este momento llegaría. Alguien como tú no perdería el tiempo aquí para siempre.
Toji se giró para mirarlo. Su expresión, normalmente apática, vaciló. Una pequeña y extraña sonrisa curvó sus labios y, para sorpresa absoluta de Naoya, las puntas de las orejas del hombre más fuerte del mundo se tiñeron de un rojo tenue.
—Bien. Voy a salir un momento —dijo Toji, levantándose y caminando hacia la puerta sin mirar atrás.
Naoya se quedó solo en el silencio de la habitación. El vacío lo golpeó como un impacto físico. Sin perder tiempo, con el orgullo herido y el pecho ardiendo, comenzó a sacar una caja de madera del armario. Si Toji ya no quería su dinero, no había contrato. Si no había contrato, Naoya no tenía motivos para estar allí esperándolo como un perro faldero. Empezó a guardar sus pertenencias, sus aceites, sus túnicas de repuesto, sus manos temblando ligeramente mientras doblaba la ropa.
Media hora después, la puerta se abrió de golpe. Toji regresaba con una bolsa de plástico de una tienda de conveniencia, pero se detuvo en seco al ver el desastre en el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó Toji con una cara de incredulidad absoluta.
Naoya no levantó la vista. Estaba de rodillas en el suelo, metiendo un kimono en la caja con movimientos bruscos.
—Yo... si no necesitas más dinero, ¿para qué me querrías aquí? —espetó Naoya, su voz rompiéndose apenas un milímetro—. No voy a quedarme a darte lástima, Toji-kun. Si la transacción terminó, me largo.
Toji dejó caer la bolsa al suelo. El sonido de unas latas de café chocando fue lo único que rompió el silencio antes de que él hablara.
—¿Eres idiota? Me gustas.
Naoya se quedó petrificado de rodillas. El silencio que siguió fue tan largo que podía oír el zumbido de las cigarras afuera. Luego, soltó una carcajada seca, casi histérica.
—No juegues conmigo, Toji-kun —dijo Naoya, volviendo a su tarea con renovado frenesí—. Entiendo, las cosas tienen un fin. Solo no digas cosas tan descabelladas. ¿Tú? ¿Gustar de mí? Soy un Zenin. Soy todo lo que desprecias. Solo soy un cliente que te paga para que me jodas. No intentes ser amable ahora, es patético.
Toji cerró la distancia entre ellos en dos zancadas. Se detuvo justo frente a Naoya, proyectando una sombra inmensa sobre él. Naoya, desde su posición vulnerable en el suelo, levantó la vista, encontrándose con esos ojos verdes que parecían pozos de instinto puro.
—... Realmente olvidé lo que ese clan de mierda te enseñó —gruñó Toji, su voz descendiendo a un registro peligroso—. Pero sabes qué.
Toji se inclinó, agarrando a Naoya por las muñecas con una fuerza que no admitía réplica.
—... Te follaré hasta que lo entiendas.
—¡T-Toji-kun, ya deja de bromear! —exclamó Naoya, forcejeando mientras Toji lo empujaba hacia atrás contra el suelo de tatami.
Sus manos fueron inmovilizadas por encima de su cabeza con una sola mano de Toji. La diferencia de fuerza era abismal; era como intentar luchar contra una montaña. Toji usó su mano libre para deshacer el cinturón de los pantalones de Naoya con una eficacia brutal.
—No estoy bromeando, Naoya —susurró Toji cerca de su oído, su aliento caliente erizando el vello de la nuca del rubio—. Nunca me ha importado tu dinero tanto como para aguantar tus quejas durante horas. Si me quedé, fue por esto.
Naoya estaba sofocado. El sonrojo se extendía desde sus mejillas hasta su cuello. Ver a Toji así, tan enfocado, tan posesivo, despertaba algo en él que la lógica del clan no podía explicar. Para Naoya, Toji siempre había sido un ideal inalcanzable, un hombre que no podía ser atado por nada ni nadie. La idea de que Toji realmente sintiera algo por él, que lo deseara más allá de los billetes, era un cortocircuito en su cerebro.
Toji le quitó los pantalones de un tirón, dejando la piel pálida de Naoya expuesta al aire fresco de la habitación. Naoya se retorció, pero no era un intento real de escape; era una mezcla de ansiedad y anticipación.
—Mírame —ordenó Toji.
Naoya obedeció, sus ojos entrecerrados y brillantes por las lágrimas de frustración y deseo. Toji se deshizo de su propia camiseta, revelando ese torso lleno de cicatrices y músculos tallados por la restricción celestial. La vista era abrumadora. Naoya se sentía pequeño, insignificante y, al mismo tiempo, la persona más importante del mundo bajo esa mirada depredadora.
Toji bajó la mano y comenzó a preparar a Naoya con dedos expertos, pero esta vez no había la paciencia profesional de otras veces. Había una urgencia nueva, un hambre que hizo que Naoya soltara un gemido agudo.
—Ah... Toji... espera...
—No voy a esperar —dijo Toji, su voz vibrando en el pecho de Naoya—. Llevas meses pensando que eres solo un fajo de billetes para mí. Voy a borrarte esa idea de la cabeza.
Toji se posicionó entre sus piernas, separándolas con brusquedad. Naoya se veía increíblemente sexy en ese estado de desorden: el cabello rubio esparcido sobre el tatami, la bata de seda abierta mostrando su pecho agitado, y esa expresión de confusión y entrega total. Se veía indefenso, una presa perfecta para el hombre que había nacido para cazar.
Toji sintió una punzada de deseo tan intensa que le dolió. "Tengo que entrar, ya, ya", pensó, su autocontrol pendiendo de un hilo ante la visión de Naoya rogando en silencio con la mirada.
Sin más preámbulos, Toji se impulsó hacia adelante, llenando a Naoya por completo. El rubio arqueó la espalda, soltando un grito que fue ahogado por la boca de Toji, que lo besó con una ferocidad que nunca antes habían compartido. No era el beso de un mercenario; era el beso de alguien que reclama lo que es suyo.
El ritmo que Toji impuso fue implacable. Cada embestida hacía que Naoya se golpeara contra el suelo, sus sentidos colapsando bajo la presión y el calor. Toji lo sujetaba con fuerza, sus dedos hundiéndose en la cadera de Naoya, dejando marcas que seguramente durarían días.
—¿Lo entiendes ya? —gruñó Toji entre dientes, aumentando la velocidad—. ¿Crees que le haría esto a cualquiera por un poco de oro?
Naoya no podía hablar. Solo podía sollozar y clavar sus uñas en los hombros de Toji. El placer era tan abrumador que sentía que su propia energía maldita se agitaba en su interior, respondiendo al vacío absoluto que era Toji. En ese momento, las enseñanzas del clan Zenin se desintegraron. No importaba la jerarquía, no importaba el linaje. Solo importaba el hombre que lo estaba poseyendo con una devoción violenta.
—Toji... Toji... —gemía Naoya, su nombre sonando como una oración—. Por favor...
Toji lo giró, poniéndolo a cuatro patas sobre el tatami desordenado. La visión de la espalda de Naoya, temblando y sudorosa, terminó de romper la poca cordura que le quedaba al Fushiguro. Se inclinó sobre él, mordiendo con cuidado la nuca de Naoya, justo donde el sello del clan debería estar, pero donde ahora solo había marcas de dientes.
—Eres mío, Naoya —le susurró al oído, su voz como un trueno—. Ni del clan, ni de tu padre. Mío. Y no necesito que me pagues por ello.
Naoya sintió que el mundo estallaba. El orgasmo lo alcanzó con una violencia tal que sus piernas cedieron, siendo sostenido únicamente por los brazos de Toji. Poco después, Toji se unió a él, exhalando un gruñido profundo mientras se vaciaba dentro del rubio, marcando su territorio de la manera más primitiva posible.
Minutos después, el silencio regresó, solo interrumpido por sus respiraciones agitadas. Toji no se alejó. Se dejó caer sobre Naoya, envolviéndolo en sus brazos y rodando hasta que ambos quedaron de lado, con la espalda de Naoya pegada al pecho de Toji.
Naoya todavía estaba procesando todo. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Sentía el calor de Toji rodeándolo, una protección que nunca había pedido pero que ahora se sentía indispensable.
—Toji-kun... —susurró Naoya, su voz apenas un hilo—. ¿Realmente... no es por el dinero?
Toji suspiró, enterrando el rostro en el cuello de Naoya.
—Si vuelves a mencionar el dinero, te vuelvo a follar ahora mismo —amenazó sin malicia—. Quédate. Deja de empacar esa estúpida caja.
Naoya cerró los ojos, dejando que una pequeña sonrisa, una de verdad, apareciera en su rostro. Por primera vez en su vida, no se sentía como el heredero de una técnica prestigiosa o el hijo de Naobito. Se sentía simplemente Naoya. Y por extraño que pareciera, el único hombre que lo trataba como a una basura frente a los demás, era el único que lo veía de verdad.
—Está bien —cedió Naoya, relajándose en el abrazo—. Me quedaré. Pero... tendrás que buscarte un trabajo de verdad si no quieres mi dinero.
Toji soltó una risita ronca, apretando más el agarre.
—Ya veremos, princesa. Ya veremos.
Naoya se durmió poco después, por primera vez comprendiendo que el valor de una persona no se medía en energía maldita ni en yenes, sino en la intensidad con la que alguien estaba dispuesto a reclamarte. Y Toji Fushiguro lo había reclamado por completo.
Toji Fushiguro.
Para Naoya, Toji no era solo un paria; era una deidad de carne y hueso, una anomalía que desafiaba las leyes del mundo que su padre, Naobito, tanto intentaba proteger. Y por eso, cuando Naoya tuvo la edad suficiente y el dinero necesario, decidió que quería poseer un trozo de ese dios.
Sus encuentros siempre habían sido transaccionales. Un fajo de billetes sobre la mesa desvencijada de algún hotel de mala muerte o de la residencia privada que Naoya mantenía lejos de los ojos de los ancianos del clan. Dinero a cambio de horas. Dinero a cambio de piel.
A Naoya le gustaba. Le gustaba el peso de Toji sobre él, el calor sofocante de su cuerpo que parecía irradiar una vitalidad que ningún hechicero poseía. Le gustaba cuando Toji, en esos raros momentos de post-coito donde el cinismo se relajaba, le acariciaba el cabello rubio con una torpeza casi tierna, o cuando permitía que Naoya apoyara la mejilla en su pecho, escuchando el latido rítmico y poderoso de su corazón.
Pero Naoya no sabía qué era eso. En el clan Zenin, el amor era una debilidad o una herramienta política. No existía el "querer". Solo existía el poseer o ser poseído. Por eso, Naoya simplemente asumía que estaba comprando un servicio de lujo, uno que se había vuelto adictivo.
Esa tarde, el sol se filtraba de color naranja por las ventanas de la habitación. Toji estaba sentado al borde de la cama, vistiéndose con esa parsimonia que lo caracterizaba. Naoya, envuelto en una bata de seda, contaba los billetes con dedos ágiles.
—Aquí tienes lo de hoy, Toji-kun —dijo Naoya con su habitual tono arrogante, aunque sus ojos buscaban desesperadamente la mirada del mayor—. Y un extra por... bueno, por lo de la semana pasada.
Toji no tomó el dinero. Se quedó mirando la pared un momento y luego soltó un suspiro que pareció venir desde el fondo de sus pulmones.
—Yo... ya no necesito más dinero, sabes... así que... —Toji dejó la frase en el aire, rascándose la nuca.
El corazón de Naoya dio un vuelco violento. El aire en la habitación se volvió pesado. "Oh", pensó. "Se acabó".
Era lógico. Toji era un espíritu libre, un mercenario. Se habría cansado de jugar a los amantes con un mocoso engreído del clan que tanto odiaba. Seguramente había encontrado un trabajo mejor pagado o simplemente ya no soportaba su presencia.
—Entiendo —respondió Naoya, forzando una sonrisa gélida, la misma que usaba para humillar a sus primos—. Sabía que este momento llegaría. Alguien como tú no perdería el tiempo aquí para siempre.
Toji se giró para mirarlo. Su expresión, normalmente apática, vaciló. Una pequeña y extraña sonrisa curvó sus labios y, para sorpresa absoluta de Naoya, las puntas de las orejas del hombre más fuerte del mundo se tiñeron de un rojo tenue.
—Bien. Voy a salir un momento —dijo Toji, levantándose y caminando hacia la puerta sin mirar atrás.
Naoya se quedó solo en el silencio de la habitación. El vacío lo golpeó como un impacto físico. Sin perder tiempo, con el orgullo herido y el pecho ardiendo, comenzó a sacar una caja de madera del armario. Si Toji ya no quería su dinero, no había contrato. Si no había contrato, Naoya no tenía motivos para estar allí esperándolo como un perro faldero. Empezó a guardar sus pertenencias, sus aceites, sus túnicas de repuesto, sus manos temblando ligeramente mientras doblaba la ropa.
Media hora después, la puerta se abrió de golpe. Toji regresaba con una bolsa de plástico de una tienda de conveniencia, pero se detuvo en seco al ver el desastre en el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó Toji con una cara de incredulidad absoluta.
Naoya no levantó la vista. Estaba de rodillas en el suelo, metiendo un kimono en la caja con movimientos bruscos.
—Yo... si no necesitas más dinero, ¿para qué me querrías aquí? —espetó Naoya, su voz rompiéndose apenas un milímetro—. No voy a quedarme a darte lástima, Toji-kun. Si la transacción terminó, me largo.
Toji dejó caer la bolsa al suelo. El sonido de unas latas de café chocando fue lo único que rompió el silencio antes de que él hablara.
—¿Eres idiota? Me gustas.
Naoya se quedó petrificado de rodillas. El silencio que siguió fue tan largo que podía oír el zumbido de las cigarras afuera. Luego, soltó una carcajada seca, casi histérica.
—No juegues conmigo, Toji-kun —dijo Naoya, volviendo a su tarea con renovado frenesí—. Entiendo, las cosas tienen un fin. Solo no digas cosas tan descabelladas. ¿Tú? ¿Gustar de mí? Soy un Zenin. Soy todo lo que desprecias. Solo soy un cliente que te paga para que me jodas. No intentes ser amable ahora, es patético.
Toji cerró la distancia entre ellos en dos zancadas. Se detuvo justo frente a Naoya, proyectando una sombra inmensa sobre él. Naoya, desde su posición vulnerable en el suelo, levantó la vista, encontrándose con esos ojos verdes que parecían pozos de instinto puro.
—... Realmente olvidé lo que ese clan de mierda te enseñó —gruñó Toji, su voz descendiendo a un registro peligroso—. Pero sabes qué.
Toji se inclinó, agarrando a Naoya por las muñecas con una fuerza que no admitía réplica.
—... Te follaré hasta que lo entiendas.
—¡T-Toji-kun, ya deja de bromear! —exclamó Naoya, forcejeando mientras Toji lo empujaba hacia atrás contra el suelo de tatami.
Sus manos fueron inmovilizadas por encima de su cabeza con una sola mano de Toji. La diferencia de fuerza era abismal; era como intentar luchar contra una montaña. Toji usó su mano libre para deshacer el cinturón de los pantalones de Naoya con una eficacia brutal.
—No estoy bromeando, Naoya —susurró Toji cerca de su oído, su aliento caliente erizando el vello de la nuca del rubio—. Nunca me ha importado tu dinero tanto como para aguantar tus quejas durante horas. Si me quedé, fue por esto.
Naoya estaba sofocado. El sonrojo se extendía desde sus mejillas hasta su cuello. Ver a Toji así, tan enfocado, tan posesivo, despertaba algo en él que la lógica del clan no podía explicar. Para Naoya, Toji siempre había sido un ideal inalcanzable, un hombre que no podía ser atado por nada ni nadie. La idea de que Toji realmente sintiera algo por él, que lo deseara más allá de los billetes, era un cortocircuito en su cerebro.
Toji le quitó los pantalones de un tirón, dejando la piel pálida de Naoya expuesta al aire fresco de la habitación. Naoya se retorció, pero no era un intento real de escape; era una mezcla de ansiedad y anticipación.
—Mírame —ordenó Toji.
Naoya obedeció, sus ojos entrecerrados y brillantes por las lágrimas de frustración y deseo. Toji se deshizo de su propia camiseta, revelando ese torso lleno de cicatrices y músculos tallados por la restricción celestial. La vista era abrumadora. Naoya se sentía pequeño, insignificante y, al mismo tiempo, la persona más importante del mundo bajo esa mirada depredadora.
Toji bajó la mano y comenzó a preparar a Naoya con dedos expertos, pero esta vez no había la paciencia profesional de otras veces. Había una urgencia nueva, un hambre que hizo que Naoya soltara un gemido agudo.
—Ah... Toji... espera...
—No voy a esperar —dijo Toji, su voz vibrando en el pecho de Naoya—. Llevas meses pensando que eres solo un fajo de billetes para mí. Voy a borrarte esa idea de la cabeza.
Toji se posicionó entre sus piernas, separándolas con brusquedad. Naoya se veía increíblemente sexy en ese estado de desorden: el cabello rubio esparcido sobre el tatami, la bata de seda abierta mostrando su pecho agitado, y esa expresión de confusión y entrega total. Se veía indefenso, una presa perfecta para el hombre que había nacido para cazar.
Toji sintió una punzada de deseo tan intensa que le dolió. "Tengo que entrar, ya, ya", pensó, su autocontrol pendiendo de un hilo ante la visión de Naoya rogando en silencio con la mirada.
Sin más preámbulos, Toji se impulsó hacia adelante, llenando a Naoya por completo. El rubio arqueó la espalda, soltando un grito que fue ahogado por la boca de Toji, que lo besó con una ferocidad que nunca antes habían compartido. No era el beso de un mercenario; era el beso de alguien que reclama lo que es suyo.
El ritmo que Toji impuso fue implacable. Cada embestida hacía que Naoya se golpeara contra el suelo, sus sentidos colapsando bajo la presión y el calor. Toji lo sujetaba con fuerza, sus dedos hundiéndose en la cadera de Naoya, dejando marcas que seguramente durarían días.
—¿Lo entiendes ya? —gruñó Toji entre dientes, aumentando la velocidad—. ¿Crees que le haría esto a cualquiera por un poco de oro?
Naoya no podía hablar. Solo podía sollozar y clavar sus uñas en los hombros de Toji. El placer era tan abrumador que sentía que su propia energía maldita se agitaba en su interior, respondiendo al vacío absoluto que era Toji. En ese momento, las enseñanzas del clan Zenin se desintegraron. No importaba la jerarquía, no importaba el linaje. Solo importaba el hombre que lo estaba poseyendo con una devoción violenta.
—Toji... Toji... —gemía Naoya, su nombre sonando como una oración—. Por favor...
Toji lo giró, poniéndolo a cuatro patas sobre el tatami desordenado. La visión de la espalda de Naoya, temblando y sudorosa, terminó de romper la poca cordura que le quedaba al Fushiguro. Se inclinó sobre él, mordiendo con cuidado la nuca de Naoya, justo donde el sello del clan debería estar, pero donde ahora solo había marcas de dientes.
—Eres mío, Naoya —le susurró al oído, su voz como un trueno—. Ni del clan, ni de tu padre. Mío. Y no necesito que me pagues por ello.
Naoya sintió que el mundo estallaba. El orgasmo lo alcanzó con una violencia tal que sus piernas cedieron, siendo sostenido únicamente por los brazos de Toji. Poco después, Toji se unió a él, exhalando un gruñido profundo mientras se vaciaba dentro del rubio, marcando su territorio de la manera más primitiva posible.
Minutos después, el silencio regresó, solo interrumpido por sus respiraciones agitadas. Toji no se alejó. Se dejó caer sobre Naoya, envolviéndolo en sus brazos y rodando hasta que ambos quedaron de lado, con la espalda de Naoya pegada al pecho de Toji.
Naoya todavía estaba procesando todo. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Sentía el calor de Toji rodeándolo, una protección que nunca había pedido pero que ahora se sentía indispensable.
—Toji-kun... —susurró Naoya, su voz apenas un hilo—. ¿Realmente... no es por el dinero?
Toji suspiró, enterrando el rostro en el cuello de Naoya.
—Si vuelves a mencionar el dinero, te vuelvo a follar ahora mismo —amenazó sin malicia—. Quédate. Deja de empacar esa estúpida caja.
Naoya cerró los ojos, dejando que una pequeña sonrisa, una de verdad, apareciera en su rostro. Por primera vez en su vida, no se sentía como el heredero de una técnica prestigiosa o el hijo de Naobito. Se sentía simplemente Naoya. Y por extraño que pareciera, el único hombre que lo trataba como a una basura frente a los demás, era el único que lo veía de verdad.
—Está bien —cedió Naoya, relajándose en el abrazo—. Me quedaré. Pero... tendrás que buscarte un trabajo de verdad si no quieres mi dinero.
Toji soltó una risita ronca, apretando más el agarre.
—Ya veremos, princesa. Ya veremos.
Naoya se durmió poco después, por primera vez comprendiendo que el valor de una persona no se medía en energía maldita ni en yenes, sino en la intensidad con la que alguien estaba dispuesto a reclamarte. Y Toji Fushiguro lo había reclamado por completo.
