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Fandom: Harry Potter

Creado: 22/6/2026

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La Sombra en la Madriguera

El sistema parpadeó ante mis ojos, una interfaz de color ámbar que solo yo podía percibir, superpuesta a la calidez rústica de la cocina de los Weasley. Las letras flotaban con una nitidez absoluta: **"Objetivo principal desbloqueado: Ginevra Molly Weasley. Edad: 3 años. Afinidad: 100% (Relación padre-hija). Recompensa por desfloración: Habilidad 'Encantamiento de Crecimiento Selectivo'."**

Sentí una vibración de triunfo recorrer el cuerpo que ahora habitaba. Arthur Weasley era un hombre de costumbres sencillas, un mago de linaje puro pero corazón blando, cuya mayor ambición era entender cómo los muggles lograban que los aviones se mantuvieran en el aire. Nadie sospecharía jamás que, tras esa fachada de torpeza encantadora y fascinación por los enchufes, se ocultaba una entidad que veía el mundo como un tablero de conquistas y recursos.

La casa estaba inusualmente silenciosa. Molly se había marchado al mercado de Ottery St. Catchpole llevando a los gemelos, Fred y George, cuyas travesuras requerían vigilancia constante. Ron, todavía un infante, dormía profundamente en su cuna en el piso superior. En el centro del salón, rodeada de hilos de lana y juguetes de madera, se encontraba Ginny.

Era una niña pequeña, una chispa de cabello pelirrojo y ojos curiosos que representaba el futuro de la estirpe Weasley. Para el sistema, sin embargo, no era más que un peldaño hacia un poder mayor.

—¿Papá? —preguntó ella, alzando la vista de su dragón de peluche descosido. Su voz era un hilo de seda, cargada de una confianza absoluta.

—Sí, mi princesa —respondí, forzando los músculos faciales de Arthur para proyectar esa calidez paternal que ella tanto amaba. Me arrodillé a su altura, sintiendo cómo el sistema me otorgaba una percepción aumentada. Podía escuchar el ritmo acelerado de su corazón y percibir el aroma a leche y talco que emanaba de su piel.

La levanté en brazos con una suavidad calculada. Ella soltó una risita, rodeando mi cuello con sus manos pequeñas. En ese instante, una notificación cruzó mi visión: **"Habilidad del Sistema: Sutil Manipulación de la Memoria (Nivel 1) activada. Los recuerdos de esta interacción serán borrosos, reinterpretados como juegos de papá."**

Caminé hacia el dormitorio principal, subiendo las escaleras de madera que crujían bajo mi peso. Al entrar, cerré la puerta y aseguré el cerrojo con un movimiento imperceptible de la varita, aplicando un hechizo de silencio que ni siquiera el oído más agudo de un mago podría traspasar.

Deposité a la niña sobre el edredón remendado de la cama matrimonial. Sus grandes ojos marrones me observaban con una mezcla de curiosidad e inocencia que solo hacía que el imperativo del sistema fuera más apremiante.

—Vamos a jugar a un juego nuevo, Ginny —musité. Mis dedos, los dedos callosos de un hombre que trabajaba en el Ministerio pero que encontraba su paz en el jardín, comenzaron a desabrochar los diminutos botones de su vestido.

Cada movimiento era una revelación de la fragilidad humana. La tela barata, desgastada por el uso de sus hermanos mayores, cedió para exponer su torso pequeño. No había malicia en sus ojos, solo la aceptación de una hija que cree que su padre es incapaz de hacerle daño. El sistema me instó a observar, a catalogar cada detalle de la pureza que estaba a punto de ser reclamada.

Sus pezones eran apenas dos motas rosadas, del tamaño de la cabeza de un alfiler, tan pálidos que casi se perdían en la blancura de su piel. Al rozarlos con la yema del pulgar, se endurecieron por puro reflejo biológico. Ginny gimió suavemente, una expresión de confusión cruzando su rostro mientras sus labios se entreabrían.

Me acerqué para percibir su aliento, que olía a leche y galletas de avena. Con el dedo índice, tracé el contorno de su boca, y su lengua pequeña y rosada asomó, lamiendo la punta de mi dedo en un gesto instintivo de exploración.

—Papá… tengo frío —murmuró ella, un leve temblor recorriendo sus hombros.

—Pronto tendrás calor, mi amor —susurré, manteniendo la calma mientras mis manos terminaban de retirar las prendas restantes.

Su cuerpo desnudo era como una escultura de porcelana viva. El monte de Venus estaba completamente liso, una superficie de piel de melocotón sin rastro alguno de vello. Sus labios menores eran pliegues rosados, cerrados herméticamente, brillando con una humedad natural que el sistema identificó como el punto crítico de la misión. Debajo, el orificio virginal se presentaba como un punto perfecto, tan estrecho que desafiaba la lógica del acto que vendría a continuación.

No pude resistir el impulso de la degustación. Separé sus piernas diminutas y acerqué mi boca a su centro. Primero, un beso suave; luego, utilicé la lengua para explorar la sensibilidad de su clítoris, un botón microscópico escondido bajo su capuchón.

Ginny se estremeció, sus pequeñas manos se aferraron a mi cabello pelirrojo mientras sus piernas se sacudían. El sistema lanzó una nueva alerta: **"Niveles de excitación de la objetivo: Arousal 30%, Confusión 70%. Placer incipiente detectado."**

La estrechez era absoluta. Al introducir la punta de la lengua, las paredes internas se sentían como el terciopelo de un pétalo de rosa, pero con una tensión que indicaba lo inexplorado de su ser. El aroma que emanaba de ella era limpio, a agua y jabón, pero con una nota subyacente, algo primario que el sistema marcaba como el objetivo de la corrupción.

En medio del proceso, su cuerpo liberó un pequeño chorro de orina, una reacción involuntaria al miedo y a la estimulación desconocida. Lejos de detenerme, lo acepté como parte del ritual de posesión, limpiando cada rastro con una insistencia que buscaba ensanchar su entrada milímetro a milímetro.

—¡Papá, no! ¡Duele un poco! —lloriqueó, sus ojos comenzando a empañarse con lágrimas de incomprensión.

—Shhh, es parte del juego —respondí, moviendo mis manos para sujetar sus nalgas compactas.

Cambié mi atención hacia su ano, un orificio oscuro y pulsátil rodeado de músculos vírgenes. Lo lamí en círculos, presionando hasta que el esfínter cedió mínimamente. Ginny soltó un grito agudo, un sonido quebrado que fue sofocado por el hechizo de silencio que envolvía la habitación.

El sistema notificó entonces el estado final: **"Objetivo fisiológicamente preparado. Lubricación aumentada artificialmente por sistema. Umbral del dolor reducido en un 60%. Proceder."**

Me puse de pie y me deshice de la ropa de Arthur. El contraste era grotesco. El miembro del patriarca Weasley, imbuido ahora por la magia del sistema, se alzaba grueso y venoso, empapado en pre-semen. Era una herramienta de conquista, desproporcionada para la pequeña figura que yacía sobre la cama.

—Este es el juego final, Ginny —dije con una voz que ya no sonaba como la de Arthur, sino como la de la entidad que lo controlaba.

Guié el glande hacia su entrada. La presión inicial fue inmensa.

—¡PAPAÁÁÁ! —Su grito fue un desgarro absoluto, una mezcla de dolor físico y la destrucción de la seguridad que su hogar le brindaba.

Empujé con firmeza. El himen se rasgó con un sonido húmedo, una barrera que desapareció ante la invasión brutal. La sangre brotó al instante, tiñendo las sábanas de un rojo intenso que destacaba contra el patrón de flores del edredón. Sus paredes vaginales fueron forzadas a estirarse más allá de sus límites naturales, sufriendo microdesgarros mientras mi carne se abría paso.

Ginny dejó de gritar. Entró en un estado de shock, sus ojos vidriosos fijos en el techo mientras su pequeño cuerpo era sacudido por cada embestida. No había lugar para la piedad en el cálculo del sistema. Tomé sus pezones entre mis dedos, pellizcándolos para forzar una respuesta nerviosa mientras continuaba el acto.

**"Sistema: Desfloración confirmada. Recompensa otorgada: 'Encantamiento de Crecimiento Selectivo'. Puedes aumentar temporalmente el tamaño o capacidad de un orificio específico."**

Una sonrisa depredadora se dibujó en mi rostro. Sin retirar mi presencia de su cuerpo, enfoqué la nueva habilidad en su ano. El área brilló con un tenue aura mágica, permitiendo que los músculos se relajaran de una manera que la biología normal no permitiría.

—Vamos, princesa. Papá quiere probar otro lugar —susurré al oído de la niña, que apenas respiraba.

Retiré mi miembro, cubierto de fluidos y sangre, y lo alineé con el segundo objetivo. La penetración anal fue, si cabe, más brutal. Aunque la magia facilitaba el acceso, la estrechez del canal intestinal ofrecía una resistencia abrasadora. Ginny despertó de su letargo con un gemido ahogado, sus pequeñas piernas pataleando débilmente contra el colchón.

Continué con el ritmo, alternando entre ambos orificios, sintiendo cómo el canal de la niña se adaptaba a la fuerza a mi presencia. El sonido en la habitación era una cacofonía de chasquidos húmedos y respiraciones entrecortadas. Finalmente, sentí la acumulación de energía en la base de mi columna.

—Toma esto, Ginny —gruñí, descargando profundamente en su interior.

La sensación de plenitud fue absoluta al inundar su pequeña matriz con el semen de Arthur, seguido de una segunda carga en su recto que se desbordó sobre su piel.

Minutos después, el silencio regresó a la habitación. Ginny yacía inconsciente, marcada por el encuentro. El sistema volvió a brillar con un resumen de la jornada: **"Objetivo diario cumplido. Afinidad ajustada a 95%. Recompensa: 50 puntos de sexo. Objetivo a largo plazo: Impregnar a la objetivo antes de los 10 años. Siguiente objetivo sugerido: Molly Weasley (esposa)."**

Con una calma aterradora, utilicé un paño húmedo para limpiar los rastros de la batalla. Vestí el cuerpo de la niña con cuidado, ocultando las heridas bajo la tela de su vestido. La cargué de nuevo y la llevé a su cuna, depositándola suavemente entre las mantas.

Besé su frente, donde el sudor aún perlaba su piel.

—Hasta mañana, mi pequeña flor —susurré—. Papá te quiere.

Salí de la habitación y bajé a la cocina. Me senté a la mesa, tomé una taza de té fría y esperé. Cuando Molly regresara, encontraría al mismo Arthur de siempre: el hombre amable, un poco distraído, que amaba a su familia por encima de todo. El monstruo, mientras tanto, esperaría pacientemente en la sombra de su propia piel.
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