
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Un abrazo inesperado
Fandom: One pice
Creado: 22/6/2026
Etiquetas
RomanceViajes en el TiempoPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje ExplícitoUA (Universo Alternativo)Divergencia
Sinfonía de dos tiempos
El nido del cuervo se había convertido en una cámara de calor sofocante, donde el oxígeno escaseaba y el aroma a sexo, sudor y almizcle llenaba cada rincón. Zoro estaba suspendido en un limbo de sensaciones que desafiaban cualquier lógica. Su cuerpo, el arma más letal de la Grand Line, se sentía reducido a un manojo de nervios expuestos, una vasija que estaba siendo desbordada por dos versiones del mismo hombre.
Sanji del futuro, con su experiencia y esa sonrisa de quien ya ha conquistado mil batallas y el corazón del espadachín, mantenía el control. Sus manos, grandes y firmes, sujetaban a Zoro por las caderas, asegurando que el ángulo fuera perfecto. Sanji del pasado, impulsado por una mezcla de furia, deseo reprimido y la necesidad de reclamar lo que su yo futuro ya poseía, se movía con una urgencia eléctrica.
— Eso es, Marimo... —susurró Sanji F, con la voz rota por el placer, mientras sentía cómo el cuerpo de Zoro se ajustaba a la doble presencia en su interior—. Siente cómo te reclamamos. No hay escapatoria para ti hoy.
Zoro echó la cabeza hacia atrás, golpeando el pecho de Sanji F. Sus ojos estaban en blanco, las pupilas dilatadas hasta casi borrar el iris grisáceo. Un grito gutural, que no era de dolor sino de una estimulación insoportable, rasgó el aire.
— ¡Ah... malditos... los dos...! —logró articular Zoro, aunque sus palabras se perdieron en un gemido cuando Sanji P, en un arrebato de pasión ciega, empujó sus caderas con una fuerza bruta, encontrando el punto exacto que hizo que las piernas del espadachín flaquearan por completo.
— No hables, estúpido musgo —siseó Sanji P al oído de Zoro, mordiendo el lóbulo de su oreja con una posesividad que lo sorprendió incluso a él mismo—. Solo déjanos entrar.
El ritmo se volvió frenético. Era una danza coordinada por el destino. Sanji F marcaba el tempo, profundo y constante, mientras Sanji P añadía una cadencia rápida y desesperada. Zoro estaba atrapado en medio, sus músculos abdominales contraídos, sus manos aferrándose a los brazos de los dos cocineros como si fueran sus únicos anclajes en un mar embravecido. Cada embestida lo elevaba más alto, cada roce de las dos pollas en su interior lo hacía convulsionar.
— ¡Voy a... no puedo... Sanji! —gritó Zoro, su voz quebrándose.
— ¿Cuál de nosotros, Marimo? —preguntó Sanji F con una risa ronca, aumentando la velocidad—. ¿Cuál de los dos te hace sentir así de bien?
Zoro no pudo responder. El placer era una marea roja que lo arrastraba. Sentía la fricción abrasadora, el calor de la piel de ambos contra la suya, y la presión interna que parecía querer partirlo en dos de la manera más deliciosa posible. Sus sentidos estaban saturados: el sabor del tabaco y las especias en los besos que ambos le repartían, el sonido de los cuerpos chocando rítmicamente, y la visión borrosa de las dos cabelleras rubias flanqueándolo.
Sanji P estaba en su límite. Ver a su yo futuro compartiendo esta intimidad, ver a Zoro tan destrozado de placer, lo llevó al borde del abismo. Sus embestidas se volvieron espasmódicas, su respiración era un rugido constante.
— ¡Ahora, Marimo! —exclamó Sanji F, sintiendo cómo sus propios músculos se tensaban para el final—. ¡Ríndete!
Zoro se arqueó violentamente. Un grito largo y agudo escapó de su garganta mientras su cuerpo entraba en una serie de espasmos incontrolables. Su propia semilla salió disparada por sexta vez, manchando el pecho de Sanji P y su propio abdomen, pero el clímax apenas comenzaba.
Casi al unísono, los dos hombres rubios alcanzaron su punto de no retorno. Sanji F hundió sus caderas con una fuerza devastadora, anclándose profundamente en el fondo de Zoro, mientras Sanji P se aferraba a los hombros del espadachín, empujando una última vez con todo su ser.
— ¡Zoro! —rugieron ambos nombres al unísono.
El espadachín sintió la explosión doble. Fue como si un volcán entrara en erupción dentro de él. El calor líquido de Sanji F inundó sus profundidades, seguido inmediatamente por la carga ardiente y abundante de Sanji P. El interior de Zoro se llenó hasta el tope, la sensación de plenitud era tan absoluta que sus ojos se pusieron en blanco una vez más y su cuerpo se desplomó, sostenido únicamente por los brazos de los dos hombres.
El silencio que siguió solo estaba roto por tres respiraciones pesadas y erráticas. Sanji F no se retiró de inmediato; disfrutaba de la calidez, de la unión, del momento en que el tiempo parecía detenerse. Sanji P, tembloroso y con el corazón martilleando contra sus costillas, apoyó la frente en el hombro de Zoro, procesando lo que acababa de ocurrir.
— Increíble... —susurró Sanji P, con la voz apagada—. Realmente... es increíble.
Sanji F acarició el cabello verde de un Zoro ahora inconsciente, que roncaba suavemente con una expresión de paz absoluta en su rostro, a pesar de estar cubierto de sudor y fluidos.
— Te lo dije, mi yo del pasado —dijo el hombre mayor, con una mirada llena de una ternura infinita—. El Marimo es un tesoro que solo nosotros sabemos apreciar. Cuídalo bien. Algún día, este será tu pan de cada día, y créeme, nunca te cansarás de él.
Sanji P levantó la vista, encontrándose con los ojos de su futuro yo. Por primera vez, no hubo rivalidad, ni confusión, solo una comprensión profunda. Miró a Zoro, el hombre que siempre consideró su rival, y sintió un peso nuevo en su pecho. Un peso que se sentía como una promesa.
Lentamente, Sanji F comenzó a desvanecerse. La luz azul que lo trajo empezó a brillar nuevamente, envolviendo su cuerpo.
— Mi tiempo se acaba —dijo Sanji F, depositando un último beso en la sien de Zoro—. No le digas que estuve aquí... aunque con lo que tiene dentro, le costará olvidarlo mañana.
Con un guiño final hacia el joven cocinero, la figura madura desapareció por completo, dejando a Sanji P solo en el nido del cuervo, con un espadachín dormido y saciado entre sus brazos. Sanji P suspiró, ajustando a Zoro contra su pecho y cubriéndolo con su propia chaqueta, sabiendo que a partir de mañana, nada en el Thousand Sunny volvería a ser igual.
Sanji del futuro, con su experiencia y esa sonrisa de quien ya ha conquistado mil batallas y el corazón del espadachín, mantenía el control. Sus manos, grandes y firmes, sujetaban a Zoro por las caderas, asegurando que el ángulo fuera perfecto. Sanji del pasado, impulsado por una mezcla de furia, deseo reprimido y la necesidad de reclamar lo que su yo futuro ya poseía, se movía con una urgencia eléctrica.
— Eso es, Marimo... —susurró Sanji F, con la voz rota por el placer, mientras sentía cómo el cuerpo de Zoro se ajustaba a la doble presencia en su interior—. Siente cómo te reclamamos. No hay escapatoria para ti hoy.
Zoro echó la cabeza hacia atrás, golpeando el pecho de Sanji F. Sus ojos estaban en blanco, las pupilas dilatadas hasta casi borrar el iris grisáceo. Un grito gutural, que no era de dolor sino de una estimulación insoportable, rasgó el aire.
— ¡Ah... malditos... los dos...! —logró articular Zoro, aunque sus palabras se perdieron en un gemido cuando Sanji P, en un arrebato de pasión ciega, empujó sus caderas con una fuerza bruta, encontrando el punto exacto que hizo que las piernas del espadachín flaquearan por completo.
— No hables, estúpido musgo —siseó Sanji P al oído de Zoro, mordiendo el lóbulo de su oreja con una posesividad que lo sorprendió incluso a él mismo—. Solo déjanos entrar.
El ritmo se volvió frenético. Era una danza coordinada por el destino. Sanji F marcaba el tempo, profundo y constante, mientras Sanji P añadía una cadencia rápida y desesperada. Zoro estaba atrapado en medio, sus músculos abdominales contraídos, sus manos aferrándose a los brazos de los dos cocineros como si fueran sus únicos anclajes en un mar embravecido. Cada embestida lo elevaba más alto, cada roce de las dos pollas en su interior lo hacía convulsionar.
— ¡Voy a... no puedo... Sanji! —gritó Zoro, su voz quebrándose.
— ¿Cuál de nosotros, Marimo? —preguntó Sanji F con una risa ronca, aumentando la velocidad—. ¿Cuál de los dos te hace sentir así de bien?
Zoro no pudo responder. El placer era una marea roja que lo arrastraba. Sentía la fricción abrasadora, el calor de la piel de ambos contra la suya, y la presión interna que parecía querer partirlo en dos de la manera más deliciosa posible. Sus sentidos estaban saturados: el sabor del tabaco y las especias en los besos que ambos le repartían, el sonido de los cuerpos chocando rítmicamente, y la visión borrosa de las dos cabelleras rubias flanqueándolo.
Sanji P estaba en su límite. Ver a su yo futuro compartiendo esta intimidad, ver a Zoro tan destrozado de placer, lo llevó al borde del abismo. Sus embestidas se volvieron espasmódicas, su respiración era un rugido constante.
— ¡Ahora, Marimo! —exclamó Sanji F, sintiendo cómo sus propios músculos se tensaban para el final—. ¡Ríndete!
Zoro se arqueó violentamente. Un grito largo y agudo escapó de su garganta mientras su cuerpo entraba en una serie de espasmos incontrolables. Su propia semilla salió disparada por sexta vez, manchando el pecho de Sanji P y su propio abdomen, pero el clímax apenas comenzaba.
Casi al unísono, los dos hombres rubios alcanzaron su punto de no retorno. Sanji F hundió sus caderas con una fuerza devastadora, anclándose profundamente en el fondo de Zoro, mientras Sanji P se aferraba a los hombros del espadachín, empujando una última vez con todo su ser.
— ¡Zoro! —rugieron ambos nombres al unísono.
El espadachín sintió la explosión doble. Fue como si un volcán entrara en erupción dentro de él. El calor líquido de Sanji F inundó sus profundidades, seguido inmediatamente por la carga ardiente y abundante de Sanji P. El interior de Zoro se llenó hasta el tope, la sensación de plenitud era tan absoluta que sus ojos se pusieron en blanco una vez más y su cuerpo se desplomó, sostenido únicamente por los brazos de los dos hombres.
El silencio que siguió solo estaba roto por tres respiraciones pesadas y erráticas. Sanji F no se retiró de inmediato; disfrutaba de la calidez, de la unión, del momento en que el tiempo parecía detenerse. Sanji P, tembloroso y con el corazón martilleando contra sus costillas, apoyó la frente en el hombro de Zoro, procesando lo que acababa de ocurrir.
— Increíble... —susurró Sanji P, con la voz apagada—. Realmente... es increíble.
Sanji F acarició el cabello verde de un Zoro ahora inconsciente, que roncaba suavemente con una expresión de paz absoluta en su rostro, a pesar de estar cubierto de sudor y fluidos.
— Te lo dije, mi yo del pasado —dijo el hombre mayor, con una mirada llena de una ternura infinita—. El Marimo es un tesoro que solo nosotros sabemos apreciar. Cuídalo bien. Algún día, este será tu pan de cada día, y créeme, nunca te cansarás de él.
Sanji P levantó la vista, encontrándose con los ojos de su futuro yo. Por primera vez, no hubo rivalidad, ni confusión, solo una comprensión profunda. Miró a Zoro, el hombre que siempre consideró su rival, y sintió un peso nuevo en su pecho. Un peso que se sentía como una promesa.
Lentamente, Sanji F comenzó a desvanecerse. La luz azul que lo trajo empezó a brillar nuevamente, envolviendo su cuerpo.
— Mi tiempo se acaba —dijo Sanji F, depositando un último beso en la sien de Zoro—. No le digas que estuve aquí... aunque con lo que tiene dentro, le costará olvidarlo mañana.
Con un guiño final hacia el joven cocinero, la figura madura desapareció por completo, dejando a Sanji P solo en el nido del cuervo, con un espadachín dormido y saciado entre sus brazos. Sanji P suspiró, ajustando a Zoro contra su pecho y cubriéndolo con su propia chaqueta, sabiendo que a partir de mañana, nada en el Thousand Sunny volvería a ser igual.
