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A
Fandom: Harry Potter
Creado: 22/6/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaDolor/ConsueloFantasíaAcciónDivergenciaAmbientación CanonOOC (Fuera de Personaje)AngustiaPsicológicoEstudio de PersonajeTragediaIntento de Suicidio
Escudos de Honor y Sangre
El aire en la sala de estar de la Mansión Longbottom estaba saturado con el olor metálico de la sangre y el ozono punzante de la magia oscura. Los gritos de agonía de Alice y Frank aún resonaban en las paredes, un eco fantasmagórico de la tortura que Bellatrix Lestrange les había infligido momentos antes. Pero el ambiente cambió drásticamente cuando Bellatrix, con los ojos inyectados en odio y locura, apuntó su varita hacia la cuna de Neville.
—¡Crucio! —chilló la bruja, pero el rayo de luz roja nunca llegó a su destino.
Rabastan Lestrange, cuya belleza aristocrática contrastaba con la brutalidad de sus acompañantes, se interpuso en la trayectoria. En un movimiento fluido y desesperado, tomó al pequeño Neville en brazos, protegiéndolo con su propio cuerpo.
—¡Basta, Bella! —rugió Rabastan, su voz temblando por una determinación inquebrantable—. No puedo permitir esto. No toquen al bebé. Es un niño, por Merlín, ¡tenemos límites!
Aprovechando la confusión y el asombro de los mortífagos ante la traición de uno de los suyos, Alice Longbottom, cuya voluntad de hierro era legendaria en el cuerpo de Aurores, forzó a sus músculos a reaccionar. El dolor de la maldición Cruciatus aún quemaba sus nervios, pero el instinto maternal fue más fuerte. Se arrastró hacia el pilar central y, con un susurro cargado de magia antigua, activó las protecciones ancestrales de la mansión. Un zumbido sordo recorrió el suelo y las ventanas se sellaron con un brillo dorado.
Frank, recuperando el aliento y viendo a su hijo a salvo —aunque fuera en los brazos de un enemigo—, se puso en pie con la furia de un león herido. La mirada que intercambió con Alice fue suficiente. No necesitaban palabras; años de misiones juntos les habían dado una sincronización perfecta.
—¡Ahora! —gritó Frank.
Los Longbottom se lanzaron al ataque con un poder devastador. Sin el peso de la preocupación inmediata por Neville, sus hechizos eran precisos y letales. Rodolphus y Barty Crouch Jr. retrocedieron ante la embestida de Frank, quien conjuraba ráfagas de viento y estallidos de luz que hacían temblar los cimientos.
Rabastan, atrapado en una esquina de la habitación, sostenía a Neville contra su pecho. El bebé, extrañamente tranquilo ante la calidez del hombre que lo sujetaba, miraba con ojos curiosos el caos a su alrededor. Rabastan intentó dar un paso hacia adelante, con la intención de mediar o quizás ayudar a su hermano y a su cuñada, pero Frank fue más rápido.
Con un movimiento magistral de su varita, Frank desarmó a Rabastan. La varita del Lestrange voló por el aire y aterrizó en la mano del auror. Acto seguido, Frank trazó un arco en el aire, creando un escudo hemisférico de un azul eléctrico que aisló a Rabastan y a Neville del resto de la batalla.
—¡Quédate donde estás! —ordenó Frank, su voz resonando como un trueno.
—¡Déjame salir, Longbottom! —gritó Rabastan, golpeando inútilmente la superficie del escudo, que brilló con más intensidad ante el contacto—. ¡Son mi familia! ¡Tengo que ayudarlos, no puedo dejarlos morir!
—Tu familia está intentando asesinar a mi hijo —replicó Frank sin dejar de lanzar maleficios hacia Rodolphus—. Te quedarás ahí si quieres vivir.
Alice, mientras tanto, se enfrentaba a Bellatrix en un duelo de voluntades y reflejos. La mortífaga reía mientras lanzaba maldiciones asesinas, pero Alice las desviaba con una elegancia feroz, avanzando centímetro a centímetro. La mansión misma parecía responder a la dueña, las sombras se alargaban para atrapar los pies de los intrusos y los muebles se interponían en el camino de los mortífagos.
—¡Son unos traidores! —chillaba Bellatrix, viendo cómo la marea de la batalla cambiaba—. ¡Rabastan, eres una vergüenza para la sangre!
Heridos y superados por la ferocidad de dos de los mejores guerreros de la Orden del Fénix, los mortífagos comprendieron que la misión había fracasado. Las protecciones de la mansión estaban bloqueando su capacidad de aparecerse, pero Bellatrix, en un acto de magia negra desesperada, forzó una brecha en la barrera exterior.
—¡Retirada! —gritó Rodolphus, agarrando a una Bellatrix renuente.
Uno a uno, los atacantes lograron cruzar el umbral de la brecha y desaparecer en la oscuridad de la noche, dejando tras de sí rastros de sangre y el eco de sus maldiciones. Sin embargo, cuando Rabastan intentó seguir el rastro de la magia de su hermano para escapar, el escudo de Frank se debilitó lo justo para permitirle moverse, pero no para salir de la propiedad.
Rabastan dejó a Neville con cuidado en un sofá cercano y corrió hacia la salida, intentando concentrarse para aparecerse antes de que los Longbottom lo alcanzaran. Pero justo cuando la sensación de opresión de la aparición comenzaba a envolverlo, una mano de hierro se cerró sobre su brazo.
Frank lo sacudió con fuerza, interrumpiendo el proceso. Rabastan se giró, forcejeando para soltarse, con el rostro pálido pero los ojos encendidos de orgullo.
—¡Suéltame! —exclamó Rabastan—. No soy tu prisionero. He salvado a tu hijo, ¿es que eso no significa nada?
—Significa que no te lanzaré al departamento de misterios ahora mismo —respondió Frank, apretando el agarre—. Pero tampoco te irás de aquí, Lestrange. Así que ponte cómodo.
Alice se acercó rápidamente, recogiendo a Neville en sus brazos y cubriéndolo de besos mientras las lágrimas de alivio rodaban por sus mejillas. Neville soltó un pequeño balbuceo y estiró la mano hacia Rabastan, reconociendo quizás al hombre que lo había protegido.
—Alice, las protecciones —dijo Frank sin apartar la vista de Rabastan.
Alice asintió. Con un gesto solemne, levantó su varita y murmuró una serie de encantamientos en latín antiguo. El brillo dorado de la mansión se intensificó hasta volverse casi blanco y luego se hundió en los muros. Las protecciones ancestrales estaban ahora en su nivel máximo; nadie podía entrar y, lo más importante para Rabastan, nadie podía salir.
—¿Qué han hecho? —preguntó Rabastan, dejando de forcejear al sentir la densidad del aire—. Me han encerrado en una jaula de oro.
—Te hemos mantenido con vida —sentenció Alice, acercándose a ellos con Neville en brazos—. Si sales ahora, tus propios aliados te matarán por traidor, o los aurores te enviarán a Azkaban sin preguntas. Aquí estarás seguro hasta que decidamos qué hacer contigo.
Rabastan miró a la mujer, luego al niño, y finalmente a Frank. Suspiró, dejando caer los hombros en una señal de derrota momentánea. Sabía que tenían razón. Bellatrix no perdonaba la debilidad, y mucho menos la piedad.
—Iremos a buscar a Bellatrix y a los demás —continuó Frank, recuperando su propia varita y guardando la de Rabastan en su cinturón—. Avisaremos a la oficina de Aurores. Kingsley y Moody necesitan saber que han escapado, pero que tenemos un testigo... o un aliado involuntario.
—No soy un aliado —masculló Rabastan, aunque no había veneno en sus palabras.
—Salvaste a mi hijo —dijo Alice en voz baja, mirándolo a los ojos con una gratitud que parecía dolerle—. Para una madre, eso te hace mucho más que un simple enemigo. Quédate en la biblioteca. Hay comida y agua. No intentes forzar las ventanas, la magia de los Longbottom es implacable con los que intentan romper su hospitalidad forzada.
Frank y Alice se prepararon para salir. Frank activó un traslador de emergencia que los llevaría directamente al Ministerio, dejando a Rabastan en el gran vestíbulo de la mansión.
—Volveremos al amanecer —advirtió Frank—. No me hagas arrepentirme de esto, Lestrange.
Con un destello de luz azul, los Longbottom desaparecieron, dejando a Rabastan solo en el silencio sepulcral de la casa. El joven mortífago miró a su alrededor, a los retratos de los antepasados de Frank que lo observaban con desconfianza desde las paredes. Se pasó una mano por el cabello perfecto, ahora desordenado por la lucha, y caminó hacia la biblioteca como se le había indicado.
Mientras se sentaba en un sillón de cuero frente a una chimenea apagada, Rabastan se dio cuenta de que su vida, tal como la conocía, había terminado esa noche. Había elegido un bando que no era el de los mortífagos ni el de la Orden, sino el de la decencia más básica. Y mientras esperaba el regreso de sus captores, no pudo evitar pensar en el pequeño Neville y en cómo, por un breve momento, el peso de un niño en sus brazos había sido más importante que la lealtad a un Señor Oscuro.
El silencio de la Mansión Longbottom lo envolvió, una fortaleza que ahora era su refugio y su celda. Fuera, la guerra continuaba, pero dentro de esos muros, algo había cambiado para siempre.
—¡Crucio! —chilló la bruja, pero el rayo de luz roja nunca llegó a su destino.
Rabastan Lestrange, cuya belleza aristocrática contrastaba con la brutalidad de sus acompañantes, se interpuso en la trayectoria. En un movimiento fluido y desesperado, tomó al pequeño Neville en brazos, protegiéndolo con su propio cuerpo.
—¡Basta, Bella! —rugió Rabastan, su voz temblando por una determinación inquebrantable—. No puedo permitir esto. No toquen al bebé. Es un niño, por Merlín, ¡tenemos límites!
Aprovechando la confusión y el asombro de los mortífagos ante la traición de uno de los suyos, Alice Longbottom, cuya voluntad de hierro era legendaria en el cuerpo de Aurores, forzó a sus músculos a reaccionar. El dolor de la maldición Cruciatus aún quemaba sus nervios, pero el instinto maternal fue más fuerte. Se arrastró hacia el pilar central y, con un susurro cargado de magia antigua, activó las protecciones ancestrales de la mansión. Un zumbido sordo recorrió el suelo y las ventanas se sellaron con un brillo dorado.
Frank, recuperando el aliento y viendo a su hijo a salvo —aunque fuera en los brazos de un enemigo—, se puso en pie con la furia de un león herido. La mirada que intercambió con Alice fue suficiente. No necesitaban palabras; años de misiones juntos les habían dado una sincronización perfecta.
—¡Ahora! —gritó Frank.
Los Longbottom se lanzaron al ataque con un poder devastador. Sin el peso de la preocupación inmediata por Neville, sus hechizos eran precisos y letales. Rodolphus y Barty Crouch Jr. retrocedieron ante la embestida de Frank, quien conjuraba ráfagas de viento y estallidos de luz que hacían temblar los cimientos.
Rabastan, atrapado en una esquina de la habitación, sostenía a Neville contra su pecho. El bebé, extrañamente tranquilo ante la calidez del hombre que lo sujetaba, miraba con ojos curiosos el caos a su alrededor. Rabastan intentó dar un paso hacia adelante, con la intención de mediar o quizás ayudar a su hermano y a su cuñada, pero Frank fue más rápido.
Con un movimiento magistral de su varita, Frank desarmó a Rabastan. La varita del Lestrange voló por el aire y aterrizó en la mano del auror. Acto seguido, Frank trazó un arco en el aire, creando un escudo hemisférico de un azul eléctrico que aisló a Rabastan y a Neville del resto de la batalla.
—¡Quédate donde estás! —ordenó Frank, su voz resonando como un trueno.
—¡Déjame salir, Longbottom! —gritó Rabastan, golpeando inútilmente la superficie del escudo, que brilló con más intensidad ante el contacto—. ¡Son mi familia! ¡Tengo que ayudarlos, no puedo dejarlos morir!
—Tu familia está intentando asesinar a mi hijo —replicó Frank sin dejar de lanzar maleficios hacia Rodolphus—. Te quedarás ahí si quieres vivir.
Alice, mientras tanto, se enfrentaba a Bellatrix en un duelo de voluntades y reflejos. La mortífaga reía mientras lanzaba maldiciones asesinas, pero Alice las desviaba con una elegancia feroz, avanzando centímetro a centímetro. La mansión misma parecía responder a la dueña, las sombras se alargaban para atrapar los pies de los intrusos y los muebles se interponían en el camino de los mortífagos.
—¡Son unos traidores! —chillaba Bellatrix, viendo cómo la marea de la batalla cambiaba—. ¡Rabastan, eres una vergüenza para la sangre!
Heridos y superados por la ferocidad de dos de los mejores guerreros de la Orden del Fénix, los mortífagos comprendieron que la misión había fracasado. Las protecciones de la mansión estaban bloqueando su capacidad de aparecerse, pero Bellatrix, en un acto de magia negra desesperada, forzó una brecha en la barrera exterior.
—¡Retirada! —gritó Rodolphus, agarrando a una Bellatrix renuente.
Uno a uno, los atacantes lograron cruzar el umbral de la brecha y desaparecer en la oscuridad de la noche, dejando tras de sí rastros de sangre y el eco de sus maldiciones. Sin embargo, cuando Rabastan intentó seguir el rastro de la magia de su hermano para escapar, el escudo de Frank se debilitó lo justo para permitirle moverse, pero no para salir de la propiedad.
Rabastan dejó a Neville con cuidado en un sofá cercano y corrió hacia la salida, intentando concentrarse para aparecerse antes de que los Longbottom lo alcanzaran. Pero justo cuando la sensación de opresión de la aparición comenzaba a envolverlo, una mano de hierro se cerró sobre su brazo.
Frank lo sacudió con fuerza, interrumpiendo el proceso. Rabastan se giró, forcejeando para soltarse, con el rostro pálido pero los ojos encendidos de orgullo.
—¡Suéltame! —exclamó Rabastan—. No soy tu prisionero. He salvado a tu hijo, ¿es que eso no significa nada?
—Significa que no te lanzaré al departamento de misterios ahora mismo —respondió Frank, apretando el agarre—. Pero tampoco te irás de aquí, Lestrange. Así que ponte cómodo.
Alice se acercó rápidamente, recogiendo a Neville en sus brazos y cubriéndolo de besos mientras las lágrimas de alivio rodaban por sus mejillas. Neville soltó un pequeño balbuceo y estiró la mano hacia Rabastan, reconociendo quizás al hombre que lo había protegido.
—Alice, las protecciones —dijo Frank sin apartar la vista de Rabastan.
Alice asintió. Con un gesto solemne, levantó su varita y murmuró una serie de encantamientos en latín antiguo. El brillo dorado de la mansión se intensificó hasta volverse casi blanco y luego se hundió en los muros. Las protecciones ancestrales estaban ahora en su nivel máximo; nadie podía entrar y, lo más importante para Rabastan, nadie podía salir.
—¿Qué han hecho? —preguntó Rabastan, dejando de forcejear al sentir la densidad del aire—. Me han encerrado en una jaula de oro.
—Te hemos mantenido con vida —sentenció Alice, acercándose a ellos con Neville en brazos—. Si sales ahora, tus propios aliados te matarán por traidor, o los aurores te enviarán a Azkaban sin preguntas. Aquí estarás seguro hasta que decidamos qué hacer contigo.
Rabastan miró a la mujer, luego al niño, y finalmente a Frank. Suspiró, dejando caer los hombros en una señal de derrota momentánea. Sabía que tenían razón. Bellatrix no perdonaba la debilidad, y mucho menos la piedad.
—Iremos a buscar a Bellatrix y a los demás —continuó Frank, recuperando su propia varita y guardando la de Rabastan en su cinturón—. Avisaremos a la oficina de Aurores. Kingsley y Moody necesitan saber que han escapado, pero que tenemos un testigo... o un aliado involuntario.
—No soy un aliado —masculló Rabastan, aunque no había veneno en sus palabras.
—Salvaste a mi hijo —dijo Alice en voz baja, mirándolo a los ojos con una gratitud que parecía dolerle—. Para una madre, eso te hace mucho más que un simple enemigo. Quédate en la biblioteca. Hay comida y agua. No intentes forzar las ventanas, la magia de los Longbottom es implacable con los que intentan romper su hospitalidad forzada.
Frank y Alice se prepararon para salir. Frank activó un traslador de emergencia que los llevaría directamente al Ministerio, dejando a Rabastan en el gran vestíbulo de la mansión.
—Volveremos al amanecer —advirtió Frank—. No me hagas arrepentirme de esto, Lestrange.
Con un destello de luz azul, los Longbottom desaparecieron, dejando a Rabastan solo en el silencio sepulcral de la casa. El joven mortífago miró a su alrededor, a los retratos de los antepasados de Frank que lo observaban con desconfianza desde las paredes. Se pasó una mano por el cabello perfecto, ahora desordenado por la lucha, y caminó hacia la biblioteca como se le había indicado.
Mientras se sentaba en un sillón de cuero frente a una chimenea apagada, Rabastan se dio cuenta de que su vida, tal como la conocía, había terminado esa noche. Había elegido un bando que no era el de los mortífagos ni el de la Orden, sino el de la decencia más básica. Y mientras esperaba el regreso de sus captores, no pudo evitar pensar en el pequeño Neville y en cómo, por un breve momento, el peso de un niño en sus brazos había sido más importante que la lealtad a un Señor Oscuro.
El silencio de la Mansión Longbottom lo envolvió, una fortaleza que ahora era su refugio y su celda. Fuera, la guerra continuaba, pero dentro de esos muros, algo había cambiado para siempre.
