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No tan inocente

Fandom: Harry potter

Creado: 22/6/2026

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La fragilidad como arma de doble filo

El silencio de la mansión Black durante las mañanas era la única bendición que Severus Snape rescataba de su actual y bizarra existencia. Sin el estrépito de Sirius corriendo por los pasillos, sin las preguntas inquisitivas de Regulus sobre su temperatura corporal y sin las visitas ruidosas de James Potter, Severus podía ser simplemente él mismo: un hombre de treinta y ocho años atrapado en el cuerpo de un adolescente de quince que parecía hecho de cristal soplado.

Sentado en el diván del salón principal, Severus cerró el libro de química avanzada que estaba estudiando. Sus dedos, largos y pálidos, rozaron las venas azuladas de su muñeca. Era frustrante. En su vida anterior, su cuerpo había sido un instrumento de voluntad, capaz de aguantar noches en vela preparando pociones y duelos a muerte. Aquí, subir las escaleras demasiado rápido le provocaba una taquicardia que hacía que Sirius entrara en pánico y llamara al médico de la familia.

Escuchó el sonido de la puerta principal abrirse. El reloj marcaba las tres de la tarde. La paz había terminado.

—¡Ya estamos en casa! —La voz de Sirius retumbó en el vestíbulo, seguida por el habitual estrépito de mochilas cayendo al suelo.

Severus suspiró, ajustándose la manta de lana sobre las piernas. No la necesitaba, la calefacción estaba encendida, pero sabía por experiencia que si no la tenía puesta, Sirius empezaría con su interrogatorio sobre la hipotermia.

—¿Sev? ¿Estás en el salón? —Regulus apareció primero. A sus trece años, el menor de los Black ya mostraba esa eficiencia metódica que tanto irritaba y aliviaba a Severus a partes iguales. Se acercó al diván y, antes de decir "hola", puso el dorso de su mano sobre la frente de Severus.

—No tengo fiebre, Regulus —dijo Severus con voz arrastrada, aunque no se apartó. Había aprendido que resistirse solo prolongaba el contacto físico.

—Estás un poco frío —dictaminó Regulus con el ceño fruncido—. ¿Has tomado el té que te dejó la señora Walburga? ¿Y tus vitaminas de las dos?

—Lo he hecho todo, madre —ironizó Severus, entornando los ojos.

—No seas sarcástico —intervino Sirius, entrando en la habitación seguido de James y Remus—. Solo nos preocupamos. Te ves... no sé, más pálido de lo normal. ¿James, no te parece que está muy pálido?

James Potter, que llevaba la camiseta del equipo de fútbol del instituto medio salida del pantalón y el cabello como si hubiera sobrevivido a un huracán, se inclinó sobre el sofá con una expresión de genuina preocupación.

—Es verdad, Canuto. Parece un fantasma de esos victorianos. —James sonrió de esa manera suya, tan brillante que resultaba ofensiva—. Pero no te preocupes, Sev, hemos traído los apuntes de hoy. Y Sirius te ha comprado esos pastelitos de limón que te gustan porque dice que necesitas "azúcar para la sangre".

—No necesito azúcar, necesito que dejen de gritar como mandriles —replicó Severus, aunque sus ojos se fijaron en la bolsa de la pastelería.

Remus Lupin, el último en entrar, se quedó un poco al margen. Sus ojos color miel recorrieron la escena: Sirius acomodando los cojines detrás de la espalda de Severus, Regulus revisando el frasco de las pastillas en la mesa auxiliar y James sosteniendo la bolsa de dulces como si fuera un tesoro. Remus notó la pequeña y casi imperceptible curva en la comisura de los labios de Severus.

—¿Cómo ha ido el estudio, Severus? —preguntó Remus con suavidad, acercándose para dejar su propia mochila en una silla.

—Productivo —respondió Severus, clavando su mirada intensa en la de Remus—. Al menos hasta hace cinco minutos.

—¡Oh, vamos! —Sirius se sentó en el suelo, al lado del diván, y apoyó la cabeza en el brazo del mueble, mirando a Severus hacia arriba—. Mañana es sábado. El médico dijo que si te sentías bien y no había humedad, podíamos llevarte al parque a ver el partido de James.

Severus sintió una punzada de fastidio. Odiaba el parque. Odiaba la silla de ruedas ligera que guardaban en el maletero del coche para esas ocasiones. Y, sobre todo, odiaba la mirada de lástima de los extraños cuando veían a dos chicos atléticos empujando a un adolescente que parecía que se iba a romper con la brisa.

—No creo que sea una buena idea —dijo Severus, bajando la voz y dándole a su tono un matiz de cansancio calculado—. Me he sentido un poco... mareado esta mañana. Quizás el esfuerzo del aire libre sea demasiado.

Al instante, la atmósfera en la habitación cambió. Sirius se tensó, Regulus sacó su libreta de notas de salud y James dejó de sonreír.

—¿Mareado? —preguntó Sirius, su voz llena de una ansiedad casi infantil—. ¿Llamo al doctor Miller?

—No, no es para tanto —dijo Severus, fingiendo una debilidad que no sentía mientras cerraba los ojos lentamente—. Solo necesito... tranquilidad. Y quizás que alguien me traiga un vaso de agua con hielo. Me arde un poco la garganta.

—¡Yo voy! —exclamó James, saliendo disparado hacia la cocina.

—Yo buscaré el termómetro digital, el de mercurio a veces falla —añadió Regulus, desapareciendo escaleras arriba.

Sirius se quedó allí, sosteniendo la mano de Severus entre las suyas. Sus manos eran cálidas y fuertes, un contraste doloroso con la fragilidad de las de Severus.

—¿Quieres que te lea algo, Sev? —susurró Sirius—. ¿O prefieres dormir un poco?

Severus mantuvo los ojos cerrados. Sabía que Remus lo estaba observando. Podía sentir la mirada del castaño, analítica y sospechosamente divertida. Pero no importaba. Mientras Sirius creyera que estaba al borde de un desmayo, no habría excursiones al parque, ni ruidos molestos, y probablemente conseguiría que Sirius le hiciera los deberes de literatura que le daban tanta pereza.

—Un poco de silencio sería suficiente, Sirius —murmuró Severus.

—Claro, claro. Chicos, ¡silencio absoluto! —ordenó Sirius cuando James regresó con el agua y Regulus con el termómetro.

James se acercó de puntillas, dejando el vaso en la mesa con una delicadeza exagerada, como si el cristal pudiera estallar si lo apoyaba con demasiada fuerza.

—Pobrecito —susurró James a Sirius—. Debe ser agotador ser tan pequeño y estar siempre tan mal.

Severus estuvo a punto de abrir los ojos y morderle. ¿Pequeño? Tenían la misma edad. Pero se contuvo. La manipulación requería sacrificio.

—Es que es muy delicado, James —respondió Sirius en el mismo tono de voz, como si hablaran de un cachorro herido—. Por eso tenemos que estar siempre pendientes. ¿Te imaginas si se quedara solo y le pasara algo?

—No digas eso, Sirius, es horrible —dijo Regulus, colocando el termómetro en el oído de Severus. El pitido rompió el silencio—. Treinta y seis con cuatro. No tiene fiebre, pero está un poco bajo.

—Es el agotamiento —sentenció James con total convicción—. Estudiar tanto le quita las energías que no tiene.

Remus Lupin soltó una risita ahogada. Todos se giraron a mirarlo.

—¿Qué es tan gracioso, Remus? —preguntó Sirius, frunciendo el ceño.

—Nada —respondió Remus, cruzándose de brazos y apoyándose en la pared—. Solo pensaba que Severus es realmente muy afortunado por tenernos.

Severus abrió un ojo y miró a Remus. El licántropo (que en este mundo no lo era, pero conservaba esa agudeza sensorial) le devolvió una sonrisa cómplice. Remus sabía. Sabía que Severus acababa de fingir ese mareo para librarse del partido de fútbol. Sabía que Severus disfrutaba, a su manera retorcida, de ser el centro de atención y cuidados.

—Sí, soy un hombre afortunado —dijo Severus con una voz que goteaba un sarcasmo que los otros tres confundieron con resignación—. Ahora, si no les importa, me gustaría tomar mi agua en paz.

James se apresuró a ayudarle a incorporarse, poniendo una mano firme en su espalda.

—Cuidado, Sev, no bebas demasiado rápido, que te puedes atragantar.

Severus tomó el vaso, ignorando el hecho de que James todavía mantenía su mano en su espalda "por si acaso". Bebió un sorbo y miró a través de la ventana.

A veces, la culpa le escocía un poco. En su otra vida, Sirius Black y James Potter habían sido sus peores pesadillas. Aquí, eran sus guardianes más fervientes. La ironía era tan espesa que casi podía saborearla. Pero no iba a renunciar a esto. No después de haber vivido una vida de soledad y amargura. Si tenía que ser el "hermano enfermo" para tener una familia que lo amara, aceptaría el papel con la dedicación de un actor de método.

—James —dijo Severus de repente, dejando el vaso.

—¿Dime, Sev?

—Ese libro de historia que tienes en la mochila... los capítulos sobre la Revolución Industrial son soporíferos. ¿Podrías hacerme un resumen? Me duele un poco la cabeza para leer tanto texto pequeño.

James se iluminó. Le encantaba sentirse útil.

—¡Por supuesto! Yo lo leo y te lo explico mañana. O mejor, te lo grabo en el casete para que lo escuches mientras descansas.

—Eres muy amable, James —dijo Severus, cerrando los ojos de nuevo con una expresión de fingida fatiga.

Sirius le acomodó la manta, subiéndola hasta el pecho.

—Descansa, Sev. Estaremos aquí mismo si necesitas algo. No te muevas.

—No pensaba hacerlo —murmuró Severus.

Cuando los tres se alejaron hacia la mesa del comedor para empezar sus propios deberes en voz baja, Remus se acercó un momento al diván. Se inclinó como si fuera a recoger un libro del suelo y susurró al oído de Severus:

—Esa actuación del mareo ha sido de diez, Severus. Casi me la creo hasta yo.

Severus no abrió los ojos, pero una pequeña sonrisa, astuta y oscura, apareció en su rostro.

—No sé de qué me hablas, Lupin. Estoy exhausto.

—Claro que sí —rio Remus en voz baja—. Por cierto, Sirius te ha comprado también los chocolates caros, los que guardó en el cajón de la cocina para dártelos después de la cena. Si "te sientes mejor", quizás podrías pedírselos ahora.

Severus abrió ambos ojos y miró a Remus con intensidad.

—Lupin... a veces creo que eres el único con cerebro en esta habitación.

—Y yo creo que tú eres el único que sabe exactamente cómo conseguir lo que quiere sin mover un dedo —respondió Remus, guiñándole un ojo antes de retirarse.

Severus volvió a acomodarse. Sí, su cuerpo era débil. Sí, dependía de una silla de ruedas para las distancias largas y de una farmacia entera para mantener sus pulmones funcionando. Pero en este mundo, su mente seguía siendo la de un maestro. Y mientras Sirius estuviera dispuesto a cargar con él, James a servirle y Regulus a cronometrar su vida, Severus Snape se aseguraría de que su fragilidad fuera el arma más poderosa de la casa Black.

—¡Sirius! —llamó Severus con un tono de voz ligeramente quebradizo.

Sirius saltó de su silla como si lo hubiera picado una avispa.

—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? ¿Necesitas el inhalador?

—No... —Severus suspiró, fingiendo timidez—. Es solo que... creo que me sentiría mejor si tuviera algo de chocolate. He oído que es bueno para la presión baja.

Sirius ni siquiera esperó a que terminara la frase.

—¡Traigo el chocolate ahora mismo! ¡James, trae una servilleta! ¡Regulus, comprueba si puede comer dulce antes de la cena!

Severus se hundió en los cojines, observando el caos benevolente que acababa de provocar. A veces, ser el hermano enfermo no estaba nada mal. Especialmente cuando uno tenía a los Merodeadores comiendo de la palma de su mano.

Remus, desde la mesa, levantó su taza de té en un brindis silencioso. Severus le devolvió una mirada de absoluta suficiencia. El mundo podía haber cambiado, la magia podía haber desaparecido, pero Severus Snape siempre sabía cómo ganar la partida.
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