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Anhelo prohibido
Fandom: Percy jackson
Creado: 22/6/2026
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RomanceDramaAngustiaFantasíaOscuroAmbientación CanonPedofiliaLenguaje ExplícitoEstudio de PersonajeRecontarSandalpunkDivergencia
Entre Sombras y Estrategias
El Campamento Mestizo siempre me había parecido un lugar de reglas estrictas y jerarquías claras. Hija de Atenea, la diosa de la sabiduría y la estrategia; se esperaba de mí que fuera racional, que calculara cada movimiento, que nunca dejara que mis emociones nublaran mi juicio. Pero cuando se trataba de Luke Castellan, toda mi lógica se desmoronaba como un castillo de naipes frente a una tormenta.
Llevaba años enamorada de él. Desde que lo conocí en aquel callejón, cuando era apenas una niña asustada, él había sido mi ancla. A medida que crecíamos, mis sentimientos se transformaron. Ya no era solo gratitud; era una devoción ardiente que consumía mis pensamientos. Me daba igual lo que dijeran en el campamento. Sabía que algunos murmuraban que Luke jamás se fijaría en alguien como yo, que me veía solo como a una hermana pequeña o una protegida. Pero yo veía cómo me miraba cuando nadie más prestaba atención.
Esa noche, el aire en la Cabaña Seis era denso y cálido. Mis hermanos y hermanas dormían profundamente, sus respiraciones rítmicas llenando el espacio silencioso. Mi cama estaba situada en el rincón más alejado, rodeada de planos arquitectónicos y libros de historia antigua. Luke no debería estar allí. Un chico de la cabaña de Hermes en los dormitorios de Atenea tras el toque de queda era una receta para el desastre, pero a ninguno de los dos parecía importarle.
Él estaba sentado en el borde de mi colchón, con su característica chaqueta de cuero descansando sobre sus hombros y esa cicatriz en su mejilla que, lejos de afearlo, le daba un aire de guerrero curtido que me fascinaba. Su cabello rubio estaba desordenado, y sus ojos azules brillaban con una intensidad que me cortaba la respiración. Yo, con mi melena negra enrulada cayendo sobre mis hombros y mi piel morena brillando bajo la tenue luz de una linterna, me sentía más viva que nunca.
—Annabeth, sabes que si Quirón nos atrapa, estaremos en serios problemas —susurró él, aunque su sonrisa decía que no tenía intención de irse.
—Que nos atrapen —respondí, mi voz apenas un hilo de desafío—. No me importa nada ahora mismo, Luke.
No esperé a que respondiera. Me incliné hacia adelante y acorté la distancia entre nosotros. Lo besé con toda la urgencia que había estado acumulando durante meses. Fue un beso hambriento, desesperado. Luke se tensó por un segundo, sorprendido por mi audacia, pero rápidamente respondió con la misma intensidad. Sus manos subieron a mis mejillas, acunando mi rostro mientras nuestras lenguas se encontraban en un baile frenético.
Nos dejamos caer hacia atrás sobre la cama, el sonido de los muelles crujiendo levemente bajo nuestro peso. No nos detuvimos. Me subí sobre él, horcajadas sobre sus muslos, sintiendo la dureza de su cuerpo contra el mío. Empecé a frotarme rítmicamente contra él, buscando aliviar un calor que nacía desde lo más profundo de mis entrañas.
—Annabeth... —jadeó él entre besos, sus manos bajando hasta mi cintura para apretarme contra él.
Un gemido escapó de mis labios cuando Luke bajó la cabeza hacia mi cuello. Sus labios eran calientes y su lengua trazaba senderos de fuego sobre mi piel morena. Sentía que me derretía. Estaba tan mojada, tan desesperadamente necesitada de él, que la fricción a través de mi ropa me estaba volviendo loca.
—Luke, por favor... —supliqué, arqueando mi espalda.
—Shh... —me cortó él, aunque su respiración era tan errática como la mía—. Annabeth, estamos siendo muy ruidosos. Tus hermanos se van a despertar.
Se movió con agilidad, acomodándonos para que quedáramos acostados de lado, y tiró de la pesada manta de lana para cubrirnos por completo. Bajo el refugio de las sábanas, el mundo exterior desapareció. Solo existíamos nosotros dos, el calor de nuestros cuerpos y el olor a cuero y lluvia que siempre lo rodeaba.
Luke me miró a los ojos, su expresión suavizándose. Con manos temblorosas pero decididas, levantó el borde de mi camiseta naranja del campamento. Mi corazón latía tan fuerte que temía que pudiera escucharlo. Cuando su boca encontró mis pechos, solté un suspiro que habría sido un grito si no hubiera enterrado mi cara en su hombro. Me besó, me lamió y succionó con una devoción que me hizo retorcerme de placer.
—Más... más, Luke —susurré, enterrando mis dedos en su cabello rubio.
Él bajó una mano, deslizándola por mi vientre hasta llegar al borde de mi ropa interior. Empezó a acariciarme por encima de la tela, encontrando el punto exacto que me hacía ver estrellas. El placer era tan intenso que mis piernas temblaban.
—¿Segura? —preguntó él, su voz ronca de deseo.
—Sí, por los dioses, sí.
Luke finalmente respondió a mis súplicas. Deslizó su mano bajo la tela y me tocó de verdad. El contacto directo de sus dedos contra mi intimidad me hizo dar un respingo. Estaba tan caliente, tan lista para él. Comenzó a mover sus dedos con una maestría que solo un hijo de Hermes, el dios de los ladrones y la destreza, podría poseer.
—Eres increíble, Annabeth —murmuró al oído mientras aumentaba el ritmo.
Yo no podía articular palabras. Solo podía sentir. Sus dedos me exploraban, entrando y saliendo de mí mientras su pulgar trabajaba sin descanso en mi centro. El placer se acumulaba como una marea creciente, una presión insoportable que amenazaba con estallar. Me aferré a sus hombros, mis uñas clavándose en su piel, mientras mis gemidos eran ahogados por la almohada.
De repente, el mundo explotó. Mi cuerpo se tensó y una ola de calor me recorrió de pies a cabeza. Me corrí con una intensidad que me dejó sin aliento, mi interior contrayéndose alrededor de sus dedos mientras las lágrimas de alivio asomaban a mis ojos. Era la primera vez que sentía algo así, y el hecho de que fuera Luke quien me llevara allí lo hacía perfecto.
Cuando finalmente recuperé el aliento, Luke retiró la mano y me atrajo hacia su pecho, abrazándome con fuerza bajo las sábanas. Me sentía vulnerable, expuesta, pero extrañamente segura.
—Te amo, Luke —dije, mi voz apenas un susurro cargado de sinceridad.
Él guardó silencio por un momento, acariciando mis rizos negros con ternura. El corazón de un hijo de Hermes siempre era difícil de leer, un laberinto de secretos y sombras.
—Lo sé, Annabeth —respondió finalmente, besando mi frente—. Y yo siempre voy a cuidar de ti. Pase lo que pase.
—No quiero que me cuides —le repliqué, mirándolo a los ojos—. Quiero estar contigo. En todo. En lo que sea que estés planeando.
Luke me miró con una sombra de tristeza en los ojos, una mirada que no logré comprender del todo en ese momento. Sabía que él guardaba rencor contra los dioses, que sentía que nos habían abandonado, pero en ese rincón de la Cabaña Seis, nada de eso importaba.
—Eres demasiado inteligente para tu propio bien —dijo con una pequeña sonrisa—. Pero ahora, descansa. Mañana tenemos entrenamiento de captura la bandera y necesito que mi estratega favorita esté despierta.
—Me quedaré contigo —insistí, acomodándome en el hueco de su brazo.
—Solo por un rato —prometió él.
Nos quedamos allí, entrelazados bajo las mantas, mientras el eco de nuestro encuentro aún vibraba en el aire. Sabía que el camino que Luke estaba trazando era peligroso, que las sombras se cernían sobre el Olimpo, pero mientras estuviera en sus brazos, sentía que podía enfrentar cualquier monstruo o profecía. Porque para Annabeth Chase, la sabiduría no residía en los libros, sino en la certeza de que Luke Castellan era su único y verdadero hogar.
Llevaba años enamorada de él. Desde que lo conocí en aquel callejón, cuando era apenas una niña asustada, él había sido mi ancla. A medida que crecíamos, mis sentimientos se transformaron. Ya no era solo gratitud; era una devoción ardiente que consumía mis pensamientos. Me daba igual lo que dijeran en el campamento. Sabía que algunos murmuraban que Luke jamás se fijaría en alguien como yo, que me veía solo como a una hermana pequeña o una protegida. Pero yo veía cómo me miraba cuando nadie más prestaba atención.
Esa noche, el aire en la Cabaña Seis era denso y cálido. Mis hermanos y hermanas dormían profundamente, sus respiraciones rítmicas llenando el espacio silencioso. Mi cama estaba situada en el rincón más alejado, rodeada de planos arquitectónicos y libros de historia antigua. Luke no debería estar allí. Un chico de la cabaña de Hermes en los dormitorios de Atenea tras el toque de queda era una receta para el desastre, pero a ninguno de los dos parecía importarle.
Él estaba sentado en el borde de mi colchón, con su característica chaqueta de cuero descansando sobre sus hombros y esa cicatriz en su mejilla que, lejos de afearlo, le daba un aire de guerrero curtido que me fascinaba. Su cabello rubio estaba desordenado, y sus ojos azules brillaban con una intensidad que me cortaba la respiración. Yo, con mi melena negra enrulada cayendo sobre mis hombros y mi piel morena brillando bajo la tenue luz de una linterna, me sentía más viva que nunca.
—Annabeth, sabes que si Quirón nos atrapa, estaremos en serios problemas —susurró él, aunque su sonrisa decía que no tenía intención de irse.
—Que nos atrapen —respondí, mi voz apenas un hilo de desafío—. No me importa nada ahora mismo, Luke.
No esperé a que respondiera. Me incliné hacia adelante y acorté la distancia entre nosotros. Lo besé con toda la urgencia que había estado acumulando durante meses. Fue un beso hambriento, desesperado. Luke se tensó por un segundo, sorprendido por mi audacia, pero rápidamente respondió con la misma intensidad. Sus manos subieron a mis mejillas, acunando mi rostro mientras nuestras lenguas se encontraban en un baile frenético.
Nos dejamos caer hacia atrás sobre la cama, el sonido de los muelles crujiendo levemente bajo nuestro peso. No nos detuvimos. Me subí sobre él, horcajadas sobre sus muslos, sintiendo la dureza de su cuerpo contra el mío. Empecé a frotarme rítmicamente contra él, buscando aliviar un calor que nacía desde lo más profundo de mis entrañas.
—Annabeth... —jadeó él entre besos, sus manos bajando hasta mi cintura para apretarme contra él.
Un gemido escapó de mis labios cuando Luke bajó la cabeza hacia mi cuello. Sus labios eran calientes y su lengua trazaba senderos de fuego sobre mi piel morena. Sentía que me derretía. Estaba tan mojada, tan desesperadamente necesitada de él, que la fricción a través de mi ropa me estaba volviendo loca.
—Luke, por favor... —supliqué, arqueando mi espalda.
—Shh... —me cortó él, aunque su respiración era tan errática como la mía—. Annabeth, estamos siendo muy ruidosos. Tus hermanos se van a despertar.
Se movió con agilidad, acomodándonos para que quedáramos acostados de lado, y tiró de la pesada manta de lana para cubrirnos por completo. Bajo el refugio de las sábanas, el mundo exterior desapareció. Solo existíamos nosotros dos, el calor de nuestros cuerpos y el olor a cuero y lluvia que siempre lo rodeaba.
Luke me miró a los ojos, su expresión suavizándose. Con manos temblorosas pero decididas, levantó el borde de mi camiseta naranja del campamento. Mi corazón latía tan fuerte que temía que pudiera escucharlo. Cuando su boca encontró mis pechos, solté un suspiro que habría sido un grito si no hubiera enterrado mi cara en su hombro. Me besó, me lamió y succionó con una devoción que me hizo retorcerme de placer.
—Más... más, Luke —susurré, enterrando mis dedos en su cabello rubio.
Él bajó una mano, deslizándola por mi vientre hasta llegar al borde de mi ropa interior. Empezó a acariciarme por encima de la tela, encontrando el punto exacto que me hacía ver estrellas. El placer era tan intenso que mis piernas temblaban.
—¿Segura? —preguntó él, su voz ronca de deseo.
—Sí, por los dioses, sí.
Luke finalmente respondió a mis súplicas. Deslizó su mano bajo la tela y me tocó de verdad. El contacto directo de sus dedos contra mi intimidad me hizo dar un respingo. Estaba tan caliente, tan lista para él. Comenzó a mover sus dedos con una maestría que solo un hijo de Hermes, el dios de los ladrones y la destreza, podría poseer.
—Eres increíble, Annabeth —murmuró al oído mientras aumentaba el ritmo.
Yo no podía articular palabras. Solo podía sentir. Sus dedos me exploraban, entrando y saliendo de mí mientras su pulgar trabajaba sin descanso en mi centro. El placer se acumulaba como una marea creciente, una presión insoportable que amenazaba con estallar. Me aferré a sus hombros, mis uñas clavándose en su piel, mientras mis gemidos eran ahogados por la almohada.
De repente, el mundo explotó. Mi cuerpo se tensó y una ola de calor me recorrió de pies a cabeza. Me corrí con una intensidad que me dejó sin aliento, mi interior contrayéndose alrededor de sus dedos mientras las lágrimas de alivio asomaban a mis ojos. Era la primera vez que sentía algo así, y el hecho de que fuera Luke quien me llevara allí lo hacía perfecto.
Cuando finalmente recuperé el aliento, Luke retiró la mano y me atrajo hacia su pecho, abrazándome con fuerza bajo las sábanas. Me sentía vulnerable, expuesta, pero extrañamente segura.
—Te amo, Luke —dije, mi voz apenas un susurro cargado de sinceridad.
Él guardó silencio por un momento, acariciando mis rizos negros con ternura. El corazón de un hijo de Hermes siempre era difícil de leer, un laberinto de secretos y sombras.
—Lo sé, Annabeth —respondió finalmente, besando mi frente—. Y yo siempre voy a cuidar de ti. Pase lo que pase.
—No quiero que me cuides —le repliqué, mirándolo a los ojos—. Quiero estar contigo. En todo. En lo que sea que estés planeando.
Luke me miró con una sombra de tristeza en los ojos, una mirada que no logré comprender del todo en ese momento. Sabía que él guardaba rencor contra los dioses, que sentía que nos habían abandonado, pero en ese rincón de la Cabaña Seis, nada de eso importaba.
—Eres demasiado inteligente para tu propio bien —dijo con una pequeña sonrisa—. Pero ahora, descansa. Mañana tenemos entrenamiento de captura la bandera y necesito que mi estratega favorita esté despierta.
—Me quedaré contigo —insistí, acomodándome en el hueco de su brazo.
—Solo por un rato —prometió él.
Nos quedamos allí, entrelazados bajo las mantas, mientras el eco de nuestro encuentro aún vibraba en el aire. Sabía que el camino que Luke estaba trazando era peligroso, que las sombras se cernían sobre el Olimpo, pero mientras estuviera en sus brazos, sentía que podía enfrentar cualquier monstruo o profecía. Porque para Annabeth Chase, la sabiduría no residía en los libros, sino en la certeza de que Luke Castellan era su único y verdadero hogar.
