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Fandom: From

Creado: 22/6/2026

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El Lazo de la Espuela de Plata

El silencio en el pueblo de *From* nunca era un silencio de paz; era una soga que se apretaba lentamente alrededor del cuello de todos sus habitantes. En la oficina del sheriff, el aire estaba cargado de un olor a madera vieja, sudor frío y el miedo metálico que emanaba de Jude Matthews.

Jude, sentada en una silla desvencijada, apretaba sus manos en el regazo hasta que sus nudillos perdieron todo color. Era una mujer de naturaleza bondadosa, de las que siempre tenían una palabra amable para los recién llegados, pero esa noche el valor que solía guardar en su interior se había evaporado, dejando solo una vulnerabilidad temblorosa.

Boyd Stevens caminaba de un lado a otro, su rostro surcado por líneas de cansancio que parecían grietas en una roca. Detrás de él, Kenny y Donna observaban a Jude con una mezcla de lástima y horror.

—Dilo otra vez, Jude —ordenó Boyd, aunque su voz no era dura, sino desesperada—. Necesito que seas precisa.

—No sé cómo explicarlo —susurró Jude, su voz apenas un hilo—. No es que lo vea... es que lo *siento*. Sé en qué calle está antes de que doble la esquina. Sé cuándo está mirando hacia esta ventana. Y cuando él... cuando él sonríe, siento un frío en la base de mi nuca, como si tuviera hielo en la sangre.

Donna dio un paso al frente, cruzándose de brazos.

—Estamos hablando del Cowboy, ¿verdad? El del sombrero negro y la casaca larga. El que siempre camina como si fuera el dueño del maldito infierno.

Jude asintió, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

—Él me llama. No con palabras. Es un tirón en mi pecho. Esta noche, cuando las campanas sonaron... él no fue por la familia en la casa de la esquina. Se detuvo frente a mi puerta. Se quedó allí, simplemente parado. Y yo sabía que me estaba oliendo.

Un golpe seco resonó en el exterior. No era el golpe de una rama, sino el sonido rítmico de unas botas pesadas sobre el porche de madera. Un sonido metálico, el tintineo de unas espuelas que no deberían existir en ese plano de la realidad, cortó el aire.

—Ya está aquí —dijo Jude, poniéndose en pie de un salto, su cuerpo sacudido por un espasmo de terror.

—¡A las ventanas! —gritó Boyd, sacando su arma—. ¡Kenny, vigila la puerta trasera!

—No servirá de nada —murmuró Jude, retrocediendo hacia la pared más alejada—. No quiere entrar a matar a todos. Me quiere a mí.

Desde la ventana, Boyd lo vio. La figura era alta, imponente bajo la luz de la luna llena. Llevaba un sombrero de ala ancha que ocultaba sus ojos, pero la sonrisa... esa sonrisa fija, inhumana y perfecta, brillaba en la oscuridad. El Cowboy no corría, no gritaba. Simplemente esperaba.

—¡Vete al infierno! —rugió Boyd a través del cristal.

El monstruo inclinó la cabeza hacia un lado, un movimiento mecánico y fluido a la vez. Lentamente, levantó una mano enguantada y señaló hacia el interior. No señaló a Boyd. Señaló directamente al corazón de Jude.

—Él dice... —Jude cerró los ojos, apretándolos con fuerza— dice que el tiempo de las paredes se ha terminado. Que el bosque reclama lo que es suyo.

De repente, el talismán colgado junto a la puerta comenzó a vibrar. Nunca había sucedido antes. La piedra grabada con runas antiguas pareció palidecer, perdiendo su brillo protector. Un crujido sordo llenó la habitación.

—¿Qué está pasando? —preguntó Kenny, con la voz quebrada—. ¡El talismán debería protegernos!

—No está tratando de entrar —dijo Jude, con una claridad aterradora en su voz mientras sus ojos se abrían, revelando unas pupilas dilatadas por el pánico—. Está rompiendo el vínculo. Me está arrastrando hacia afuera.

Sin previo aviso, la puerta de la oficina, que estaba cerrada con llave y protegida por el talismán, se abrió de par en par con una violencia inaudita. El aire frío de la noche entró como un vendaval, apagando las lámparas de aceite.

—¡Jude, agárrate a algo! —gritó Boyd, lanzándose hacia ella.

Pero fue demasiado tarde. Una fuerza invisible, una marea de oscuridad y voluntad, tiró de Jude. Ella gritó, sus dedos arañando el suelo de madera, dejando marcas de desesperación, pero fue succionada hacia el porche como si el mundo exterior fuera un vacío hambriento.

El Cowboy la atrapó antes de que tocara el suelo. Sus manos eran frías como el mármol, pero la presión con la que la sujetó fue sorprendentemente firme, casi posesiva.

—No... por favor... —sollozó Jude, mirando de cerca aquel rostro.

De cerca, el Cowboy no parecía un cadáver podrido como algunos de los otros. Su piel era pálida y tersa, sus rasgos eran afilados y hermosos de una manera cruel y antigua. Sus ojos no eran vacíos; eran pozos de una inteligencia malévola que la recorría como si estuviera leyendo su alma.

—Dulce Jude —la voz del monstruo era un susurro que no salía de su garganta, sino que resonaba directamente en la mente de la joven—. Has estado sola en este pueblo de sombras tanto tiempo... pero yo te he visto desde el primer día.

—¡Suéltala! —Boyd apareció en la puerta, apuntando con su pistola.

El Cowboy ni siquiera miró al sheriff. Simplemente movió una mano y una ráfaga de viento oscuro golpeó a Boyd, lanzándolo de vuelta al interior de la oficina y cerrando las puertas de golpe. El talismán cayó al suelo, rompiéndose en dos pedazos.

Jude temblaba tanto que sus dientes castañeteaban. El miedo la paralizaba, pero había algo más, algo oscuro y retorcido que nacía en su pecho: la conexión. Podía sentir el hambre del monstruo, pero no era un hambre de carne. Era un hambre de pertenencia.

—¿Por qué yo? —logró preguntar ella entre espasmos de terror.

El Cowboy acercó su rostro al de ella, rozando su mejilla con el borde de su sombrero negro.

—Porque tú eres la única que tiene suficiente luz para que mi oscuridad tenga sentido —dijo él, y por un segundo, su sonrisa se suavizó en algo que se parecía horriblemente a la ternura—. No te voy a devorar, Jude. Te voy a transformar. Serás la reina de este bosque, y yo seré tu verdugo y tu amante.

—¡Prefiero morir! —gritó Jude, encontrando una chispa de valentía en su desesperación.

El monstruo soltó una carcajada silenciosa que hizo que los árboles del bosque cercano se agitaran con violencia.

—La muerte es un regalo que no te daré.

Con una fuerza sobrenatural, la levantó en vilo y se adentró en la oscuridad del bosque. Jude gritó el nombre de Boyd, de Kenny, de cualquiera que pudiera oírla, pero las sombras se cerraron tras ellos.

Caminaron durante lo que parecieron horas, aunque Jude sabía que el tiempo en aquel lugar no seguía las reglas de los hombres. El Cowboy la llevaba en brazos, y ella, agotada por el terror y la extraña energía que emanaba de él, acabó apoyando la cabeza en su hombro, odiándose a sí misma por buscar calor en un ser que no tenía pulso.

Llegaron a un claro donde la vegetación formaba una especie de cúpula natural. En el centro, una cabaña de piedra que Jude nunca había visto parecía emerger de la misma tierra.

—Este es tu nuevo hogar —dijo el Cowboy, bajándola al suelo con delicadeza, aunque no soltó sus muñecas.

—Déjame ir... por favor —suplicó Jude, sus ojos bondadosos nublados por las lágrimas—. Yo no te he hecho nada.

—Me has sentido —respondió él, estrechando el cerco a su alrededor, obligándola a retroceder contra la pared de piedra fría—. En tus sueños, antes de que llegaras aquí, ya me buscabas. Este lugar no es una prisión para ti, Jude. Es el destino.

Él tomó su mentón con los dedos, obligándola a mirarlo. La cercanía era asfixiante. Jude podía oler el aroma a tierra húmeda y a flores secas que se desprendía de él.

—Tengo miedo de ti —confesó ella, con la voz rota.

—Lo sé —dijo el Cowboy, y su sonrisa regresó, más amplia y aterradora que nunca—. El miedo es la forma más pura de la devoción. Y tú me pertenecerás hasta que el último árbol de este mundo se convierta en ceniza.

Jude sintió un beso frío en su frente, un beso que selló un contrato que ella no recordaba haber firmado. El terror seguía allí, vibrando en cada fibra de su ser, pero mientras el monstruo la arrastraba hacia el interior de la cabaña, una parte de ella, la parte conectada a él por ese hilo invisible, dejó de luchar.

En la oscuridad del bosque de *From*, una nueva leyenda comenzaba, una escrita con sangre, sombras y una devoción tan oscura que incluso la noche parecía palidecer ante ella.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella en un susurro, justo antes de que la puerta se cerrara.

El monstruo se detuvo y la miró con sus ojos de medianoche.

—Para ellos, soy el final. Para ti... soy el dueño de tu aliento.

Y por primera vez, Jude no solo sintió miedo. Sintió el abismo abriéndose bajo sus pies, y se dio cuenta de que ya no quería que nadie la rescatara. El Cowboy la había reclamado, y el bosque no devolvía lo que consideraba suyo.

Afuera, el tintineo de las espuelas cesó, sustituido por el sonido del viento entre las hojas, susurrando el nombre de Jude como una advertencia que nadie llegaría a tiempo de escuchar.
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