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Fandom: Bungou stray dogs

Creado: 22/6/2026

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Tinta, caligrafía y otros descuidos del corazón

El sol de la tarde se filtraba por las altas ventanas de la biblioteca de la Academia Yokohama, iluminando las motas de polvo que flotaban sobre los estantes cargados de libros antiguos. En una de las mesas del rincón, la viva imagen de la perfección académica se encontraba sentada con la espalda rígidamente recta. Ryunosuke Akutagawa, el estudiante modelo, el joven de mirada gélida y modales impecables que siempre obtenía la nota máxima, sostenía una pluma estilográfica con una precisión casi quirúrgica.

Frente a él, Atsushi Nakajima dormitaba sobre un libro de historia abierto, con un hilo de baba amenazando con manchar las páginas sobre la Restauración Meiji.

Akutagawa suspiró, un sonido sutil que denotaba una paciencia que nadie más en el mundo lograba extraer de él. Con un movimiento fluido, tomó el cuaderno de Atsushi. El desorden en los apuntes del chico peliblanco era, a ojos de Ryunosuke, una ofensa a la literatura y al orden público. Había frases a medio terminar, dibujos de tigres pequeños en los márgenes y manchas de mermelada del desayuno.

—Jinko —susurró Akutagawa, usando el apodo que solo él pronunciaba con esa mezcla de desdén y posesividad—. Si repruebas este ensayo, no podré ayudarte a estudiar para el examen final.

Atsushi soltó un ronquido suave y se acomodó mejor, hundiendo la mejilla en el papel.

Akutagawa lo observó por un momento. Sus ojos grises se suavizaron apenas una fracción, algo imperceptible para cualquier extraño. Atsushi era un desastre. Olvidaba dónde dejaba las llaves, perdía los bolígrafos cada dos días y, por supuesto, siempre olvidaba las tareas más importantes. Eran como el agua y el aceite: uno, una tormenta de seriedad y disciplina; el otro, un rayo de sol caótico y distraído.

Sin decir una palabra más, Akutagawa abrió su propio tintero. Había practicado durante semanas. Conocía cada curva temblorosa de la letra de Atsushi, la forma en que el chico solía inclinar las "t" hacia la izquierda y cómo siempre dejaba demasiado espacio entre las vocales. Era una falsificación perfecta.

Empezó a escribir el ensayo de Atsushi sobre la estructura social del periodo Edo. Sin embargo, había un problema que Ryunosuke, en su perfeccionismo, no podía evitar: su vocabulario.

—"La hegemonía del shogunato se vio irrevocablemente socavada por las fluctuaciones intrínsecas del sistema económico feudal" —escribió con la letra desordenada de Atsushi.

Cualquiera que conociera a Atsushi sabría que él habría escrito algo como: "Las cosas se pusieron difíciles para el Shogun porque la gente no tenía dinero y todo era muy confuso". Pero Akutagawa se negaba a escribir algo intelectualmente mediocre, incluso si estaba fingiendo ser un despiste andante.

Media hora después, Atsushi se despertó con un respingo, parpadeando con sus ojos bicolores.

—¡Ah! ¡La tarea! —exclamó, ganándose una mirada de reproche de la bibliotecaria.

—Ya está terminada —dijo Akutagawa, cerrando el cuaderno de Atsushi y deslizándolo hacia él—. Intenta no mancharlo con el almuerzo antes de entregarlo.

Atsushi abrió el cuaderno y sus ojos se agrandaron.

—¡Akutagawa! Te dije que no tenías que hacer esto. Es mi responsabilidad. Además... —Atsushi leyó las primeras líneas y se puso pálido—. ¿"Socavada"? ¿"Fluctuaciones intrínsecas"? Ryu, nadie va a creer que yo escribí esto. Uso palabras que ni siquiera sé pronunciar.

—Deberías agradecer que elevo tu nivel académico, Jinko —respondió Akutagawa, recogiendo sus cosas con elegancia—. Vámonos. El club de literatura empezará pronto.

Caminaron por los pasillos de la escuela manteniendo una distancia prudencial. Para el resto del mundo, eran rivales o, en el mejor de los casos, conocidos distantes que compartían algunas clases. Akutagawa caminaba con las manos en los bolsillos de su abrigo negro, con el rostro inexpresivo, mientras Atsushi tropezaba con sus propios pies mientras intentaba leer el ensayo que "él mismo" había escrito.

Sin embargo, cuando doblaron por un pasillo vacío que llevaba a los antiguos salones de música, la distancia se acortó. La mano de Akutagawa buscó la de Atsushi, entrelazando sus dedos con una firmeza silenciosa. Atsushi sonrió, apretando el agarre.

—En serio, Akutagawa —insistió Atsushi en voz baja—, el profesor Kunikida se va a dar cuenta. Es muy estricto con estas cosas.

—Que se dé cuenta —sentenció el pelinegro—. No permitiré que mi pareja tenga una calificación inferior a la excelencia.

El desastre ocurrió al día siguiente, durante la clase de Literatura Clásica.

El profesor Kunikida, un hombre que vivía por y para sus ideales y su agenda perfectamente organizada, golpeó el escritorio con el fajo de ensayos. Sus gafas brillaron de una manera amenazadora.

—Nakajima, Akutagawa. Al frente. Ahora.

Atsushi se levantó como si le hubieran disparado, temblando de pies a cabeza. Akutagawa se puso de pie con la calma de un verdugo, ajustándose el cuello de la camisa.

—¿Pasa algo, profesor? —preguntó Akutagawa con voz gélida.

—Pasa —dijo Kunikida, señalando el ensayo de Atsushi— que Nakajima ha entregado un análisis sobre la métrica de la poesía Heian que utiliza términos que solo he visto en tesis doctorales. Y lo más curioso es que la caligrafía es idéntica a la suya, Nakajima, pero el estilo de redacción es... —miró a Akutagawa— sospechosamente familiar.

Atsushi empezó a sudar frío.

—Bueno, verá, yo... yo busqué mucho en el diccionario... —balbuceó el peliblanco.

—No mientas, Jinko —lo interrumpió Akutagawa, cruzándose de brazos—. Profesor, yo escribí el ensayo. Atsushi estaba agotado por el entrenamiento del club y no quería que su promedio bajara.

—¡Akutagawa! —susurró Atsushi, horrorizado por la confesión tan directa.

Kunikida suspiró profundamente, quitándose las gafas para frotarse el puente de la nariz. Miró a los dos jóvenes. Era un secreto a voces en la sala de profesores que estos dos, a pesar de ser polos opuestos, pasaban cada minuto libre juntos. Eran tranquilos, no causaban peleas y, salvo por este incidente de "colaboración excesiva", eran estudiantes ejemplares.

—Es un fraude académico —dijo Kunikida, aunque su tono había perdido parte de la agresividad—. Akutagawa, tu talento no debe usarse para encubrir la falta de memoria de Nakajima. Y tú, Nakajima, debes esforzarte más.

—Lo siento mucho —dijo Atsushi, inclinándose casi noventa grados—. No volverá a pasar, se lo prometo.

—No prometas cosas que no vas a cumplir, Jinko —añadió Akutagawa, ganándose un pisotón de Atsushi en el pie.

Kunikida volvió a suspirar. Al verlos allí parados, uno tan nervioso y el otro tan desafiante pero claramente protector, no pudo evitar recordar su propia juventud. Eran jóvenes, estaban enamorados y, honestamente, no le hacían daño a nadie más que a la integridad de sus propios expedientes.

—Vuelvan a sus asientos —ordenó el profesor—. Nakajima, repetirás el ensayo en mi presencia durante la hora del almuerzo. Akutagawa, tienes prohibido entrar al salón mientras él lo escribe. Si vuelvo a ver una "fluctuación intrínseca" en el papel de Nakajima, ambos tendrán detención por un mes.

—Entendido —dijeron ambos al unísono.

Al salir de la clase, después de que Atsushi terminara su nuevo (y mucho más simple) ensayo, se encontraron bajo el gran cerezo del patio trasero. Era su lugar seguro, lejos de las miradas curiosas.

Atsushi se dejó caer sobre la hierba, soltando un largo suspiro de alivio.

—Te lo dije. Casi nos expulsan.

—Exageras —respondió Akutagawa, sentándose a su lado con elegancia—. Kunikida-sensei no nos expulsaría por algo tan trivial.

—¿Trivial? ¡Hiciste trampa por mí! —Atsushi se giró para mirarlo, sus ojos brillando con una mezcla de molestia y cariño—. Ryunosuke, agradezco que quieras ayudarme, de verdad. Sé que lo haces porque me quieres, a tu manera extraña y fría. Pero quiero ganarme mis notas, aunque sean bajas.

Akutagawa desvió la mirada, un ligero tinte rosado apareciendo en sus pálidas mejillas.

—Simplemente no soporto verte fracasar.

—No voy a fracasar si me ayudas a estudiar en lugar de hacer el trabajo por mí —dijo Atsushi, acercándose un poco más—. ¿Trato hecho?

Akutagawa guardó silencio por un momento, observando los pétalos de cerezo que caían sobre el cabello desordenado de su novio. Extendió una mano y, con una delicadeza que nunca mostraba en público, retiró un pétalo de la frente de Atsushi.

—Trato hecho —concedió finalmente—. Pero si vuelves a olvidar el cuaderno en la cafetería, no prometo no intervenir.

Atsushi se rió y, aprovechando que no había nadie cerca, se lanzó hacia adelante para rodear el cuello de Akutagawa con sus brazos. El pelinegro se tensó por un segundo, como siempre le ocurría ante las muestras repentinas de afecto, pero rápidamente se relajó, rodeando la cintura de Atsushi y atrayéndolo hacia él.

—Eres un idiota, Jinko —susurró Akutagawa contra su oído.

—Y tú eres un sabelotodo —respondió Atsushi antes de unir sus labios en un beso suave.

En ese momento, las diferencias no importaban. No importaba que uno fuera el mejor de la clase y el otro olvidara hasta su propio cumpleaños. No importaba que el mundo los viera como el hielo y el fuego. Allí, bajo la sombra del cerezo, eran simplemente dos piezas de un rompecabezas que, a pesar de no encajar a simple vista, formaban una imagen perfecta.

—¿Ryu? —preguntó Atsushi después de un rato, apoyando la cabeza en el hombro de su novio.

—¿Qué?

—¿Qué significa "socavada"?

Akutagawa cerró los ojos, exhalando un suspiro de resignación.

—Mañana empezaremos con el vocabulario básico, Nakajima. Prepárate.

Atsushi sonrió, cerrando los ojos también. El camino no sería fácil, y probablemente Kunikida tendría que regañarlos un par de veces más, pero mientras Akutagawa estuviera allí para corregir sus errores (y él para suavizar el carácter del pelinegro), sabía que todo estaría bien. Al final del día, el amor tenía su propia caligrafía, y esa era una lección que ambos estaban aprendiendo a escribir juntos.
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