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En el pasillo del hospital
Fandom: Zootopia
Creado: 23/6/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaRecortes de VidaEstudio de PersonajePelícula de AmigosRomanceAcciónDolor/ConsueloAngustia
Corazones de Hierro y Voluntad de Acero
El Hospital General de Zootopia se alzaba en el centro de la ciudad como un monumento al progreso médico. Sus paredes de cristal reflejaban el sol de la mañana, y en su interior, el aire vibraba con una mezcla de antiséptico, café cargado y la urgencia constante de salvar vidas. Para Judy Hopps, cruzar esas puertas automáticas no era solo ir al trabajo; era la culminación de años de noches sin dormir, de ser la primera en llegar a la facultad y la última en irse.
A sus veinticinco años, Judy no solo era una coneja con un título; era una especialista en anestesiología y cirugía general que había roto todos los récords académicos. Su bata blanca estaba impecablemente planchada y su estetoscopio brillaba sobre su cuello. Tenía una misión: demostrar que una presa de las madrigueras podía mantener a raya a la muerte en la gran metrópolis.
—¡Buenos días, Garraza! —exclamó Judy con una sonrisa radiante al pasar por la recepción principal.
El guepardo, rodeado de cajas de donas y pantallas de monitoreo, levantó una pata en señal de saludo.
—¡Hola, Hopps! Llegas temprano. Tu primer día oficial y ya pareces lista para un maratón. Ten cuidado, el Jefe Bogo está de un humor... bueno, de su humor habitual. Te espera en el quirófano cuatro para la presentación del equipo de trauma.
Judy asintió, sintiendo un cosquilleo de emoción en sus orejas. Se dirigió a los vestidores, se puso su pijama quirúrgica de color azul intenso y se ajustó el gorro. Al llegar al pasillo de cirugía, el ambiente cambió. Aquí, el silencio era sagrado, interrumpido solo por el pitido rítmico de los monitores.
Al entrar al área de lavado previa al quirófano cuatro, se encontró con una figura que destacaba sobre las demás. Un zorro alto, de pelaje rojizo y expresión lánguida, se lavaba las manos con una parsimonia casi insultante. Vestía una pijama verde oscuro que denotaba su rango superior y movía sus dedos largos con la precisión de un pianista.
Judy se colocó a su lado y comenzó su propio ritual de lavado, frotando con energía desde las uñas hasta los codos.
—Buenos días —dijo ella, tratando de contagiar su entusiasmo—. Soy la doctora Judy Hopps, la nueva anestesióloga.
El zorro ni siquiera giró la cabeza. Cerró el grifo con el pie y dejó que el agua escurriera antes de hablar con una voz profunda, cargada de un sarcasmo que cortaba más que un bisturí.
—Vaya, así que tú eres la nueva "maravilla" de las madrigueras. Me habían dicho que eras pequeña, pero no mencionaron que venías con un exceso de cafeína incluido en el contrato.
Judy frunció el ceño, deteniendo su frotado por un segundo.
—Perdone, ¿doctor...?
—Wilde. Nick Wilde —respondió él, girándose finalmente para mirarla con sus ojos verdes entornados. Había una inteligencia afilada en su mirada, pero también una frialdad que la hizo ponerse a la defensiva—. Jefe de cardiología y, por desgracia para ti hoy, el cirujano principal de este caso.
—Es un honor, doctor Wilde —replicó Judy, recuperando su compostura y forzando una sonrisa profesional—. He leído sus artículos sobre la revascularización coronaria en mamíferos pequeños. Son impresionantes.
Nick soltó una risa seca mientras se secaba las manos con aire comprimido.
—No intentes adularme, zanahorias. No funciona. Aquí no me importan tus notas de la universidad ni lo mucho que muevas la nariz cuando estás nerviosa. Solo me importa que mantengas al paciente dormido y vivo mientras yo reparo su motor. Si te distraes un segundo, si tu optimismo nubla tu juicio clínico... bueno, no querrás saber cómo reacciono ante la incompetencia.
—Le aseguro que soy todo menos incompetente —respondió Judy con firmeza, enderezando su pequeña estatura—. Mi trabajo es tan vital como el suyo. Usted puede ser el mejor mecánico de corazones de este hospital, pero si yo no hago bien mi labor, usted no tendrá un motor sobre el cual trabajar.
Nick arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por la respuesta de la coneja. Nadie solía contestarle, mucho menos una recién llegada.
—Ya veremos, doctora Hopps. Ya veremos.
Entraron al quirófano. El paciente era un lobo gris de gran tamaño con una disección aórtica de emergencia. El ambiente era tenso. El Jefe Bogo, un búfalo de proporciones masivas, observaba desde la galería superior.
—Signos vitales estables, inducción completada —anunció Judy, moviéndose con una agilidad que Nick no pudo evitar notar. Sus manos eran rápidas, ajustando los niveles de sevoflurano y monitoreando la presión arterial con una concentración absoluta.
Nick tomó el bisturí.
—Empezamos. Esternotomía media.
Durante las siguientes tres horas, el quirófano se convirtió en un campo de batalla silencioso. Nick trabajaba con una destreza casi sobrenatural. Sus dedos se movían dentro de la cavidad torácica con una delicadeza que contrastaba con su personalidad cínica. Sin embargo, la situación se complicó.
—La presión está cayendo —informó Judy, su voz clara y sin rastro de pánico—. 80/50... 70/40. Doctor Wilde, tenemos una hemorragia masiva en el plano posterior.
—Lo veo, lo veo —gruñó Nick, cuya frente empezaba a sudar—. Necesito más visibilidad. Succión, ¡ahora!
—El ritmo cardíaco entra en fibrilación —continuó Judy, sus dedos volando sobre la consola de anestesia para compensar la pérdida de volumen—. Doctor, si no detiene ese sangrado en treinta segundos, entraremos en choque hipovolémico irreversible.
—¡No me digas lo que ya sé, Hopps! —espetó Nick, aunque sus manos no temblaban—. ¡Carga el desfibrilador y prepárame una unidad de plasma de emergencia!
—Ya está hecho —respondió ella con una calma gélida—. El plasma está entrando y las paletas están listas. A mi señal... ¡Fuera todos!
El cuerpo del lobo se arqueó sobre la mesa tras la descarga. Nick no esperó ni un segundo para volver a meter las manos.
—Sigue perdiendo presión —dijo Nick, su voz perdiendo un poco de su habitual suficiencia—. No encuentro el origen del desgarro. Está demasiado profundo.
Judy se asomó por encima del campo quirúrgico, ignorando el protocolo que dictaba que debía quedarse tras su monitor. Sus ojos de coneja, capaces de percibir detalles minúsculos, escanearon la zona inundada de sangre.
—A la izquierda, debajo de la vena cava —dijo ella de repente—. Hay una rama accesoria que no debería estar ahí. Es una malformación. Ahí está el desgarro.
Nick la miró por encima de su mascarilla, dudó una fracción de segundo y luego movió su pinza hacia donde ella indicaba.
—Maldita sea... tienes razón.
Con un movimiento preciso, Nick clampó el vaso y el sangrado se detuvo casi instantáneamente. Los monitores empezaron a estabilizarse. El sonido rítmico del corazón volvió a llenar la sala.
Nick terminó de suturar en silencio. Cuando finalmente cerraron al paciente y el equipo de enfermería comenzó a limpiar, el zorro se quitó los guantes con un suspiro largo. Judy estaba anotando los últimos detalles en el gráfico del paciente, con los hombros caídos por el cansancio pero con la mirada aún encendida.
—Hopps —llamó Nick mientras se quitaba la mascarilla.
Judy levantó la vista.
—¿Sí, doctor Wilde?
—Esa observación... no fue mala. Para ser una principiante —dijo él, tratando de recuperar su tono sarcástico, aunque sus ojos mostraban un respeto reacio—. Pero no dejes que se te suba a la cabeza. Mañana tenemos una doble cirugía de reemplazo valvular a las seis de la mañana. No llegues tarde.
Judy sonrió, esta vez con una pizca de triunfo.
—Estaré aquí a las cinco, doctor. Para asegurarme de que el equipo esté listo para usted.
Nick resopló y caminó hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta, se detuvo.
—Y Hopps...
—¿Dígame?
—El café de la cafetería es veneno puro. Si vas a sobrevivir a este hospital, busca la máquina que está en la sala de cardiología. Es la única que no sabe a cartón quemado. Consideralo un consejo profesional.
Sin esperar respuesta, el zorro desapareció por el pasillo. Judy se quedó sola un momento en el quirófano, dejando escapar un suspiro de alivio. Nick Wilde era exasperante, arrogante y probablemente el animal más difícil con el que le tocaría trabajar en su vida. Pero también era brillante.
—Exasperante —susurró Judy para sí misma, guardando su bolígrafo—. Pero al menos no será aburrido.
Al salir hacia el área de descanso, Judy se encontró con Clawhauser, quien la miraba con ojos como platos.
—¡Hopps! ¡Sobreviviste a una cirugía completa con Wilde sin que te hiciera llorar! Eso es un récord mundial. La última anestesióloga salió de aquí pidiendo un traslado a pediatría después de diez minutos.
Judy se rió, sintiendo que el peso del día se desvanecía.
—Es un poco difícil de tratar, sí. Pero creo que podemos trabajar juntos. Solo necesita acostumbrarse a que no soy de las que se rinden fácilmente.
—Oh, él no sabe lo que le espera —comentó el guepardo, ofreciéndole una dona—. Por cierto, el Jefe Bogo quiere el reporte en su oficina en diez minutos. Dice que quiere saber por qué "la coneja" estaba dándole instrucciones al "mejor cirujano de la ciudad".
Judy tomó la dona y le dio un mordisco con determinación.
—Dile que no eran instrucciones, solo era... colaboración interdisciplinaria.
Mientras tanto, en su oficina, Nick Wilde se dejó caer en su silla de cuero, observando la ciudad a través del ventanal. Tenía una pila de expedientes por revisar, pero su mente volvía una y otra vez a la imagen de la pequeña coneja manteniendo la calma mientras el mundo se desangraba en la mesa de operaciones.
Había algo en su optimismo que no era solo ingenuidad; era una fuerza de voluntad que Nick no había visto en mucho tiempo. En un lugar tan lleno de cinismo y muerte como un hospital, la luz de Judy Hopps resultaba casi cegadora.
—Anestesióloga, ¿eh? —murmuró Nick para sí mismo, permitiéndose una pequeña y casi imperceptible sonrisa—. Esto va a ser muy interesante, zanahorias.
El reloj de la pared marcaba las siete de la tarde. En el Hospital General de Zootopia, la noche apenas comenzaba, y con ella, una de las alianzas más improbables y poderosas de la medicina moderna empezaba a tomar forma entre latidos, bisturíes y un persistente olor a café.
A sus veinticinco años, Judy no solo era una coneja con un título; era una especialista en anestesiología y cirugía general que había roto todos los récords académicos. Su bata blanca estaba impecablemente planchada y su estetoscopio brillaba sobre su cuello. Tenía una misión: demostrar que una presa de las madrigueras podía mantener a raya a la muerte en la gran metrópolis.
—¡Buenos días, Garraza! —exclamó Judy con una sonrisa radiante al pasar por la recepción principal.
El guepardo, rodeado de cajas de donas y pantallas de monitoreo, levantó una pata en señal de saludo.
—¡Hola, Hopps! Llegas temprano. Tu primer día oficial y ya pareces lista para un maratón. Ten cuidado, el Jefe Bogo está de un humor... bueno, de su humor habitual. Te espera en el quirófano cuatro para la presentación del equipo de trauma.
Judy asintió, sintiendo un cosquilleo de emoción en sus orejas. Se dirigió a los vestidores, se puso su pijama quirúrgica de color azul intenso y se ajustó el gorro. Al llegar al pasillo de cirugía, el ambiente cambió. Aquí, el silencio era sagrado, interrumpido solo por el pitido rítmico de los monitores.
Al entrar al área de lavado previa al quirófano cuatro, se encontró con una figura que destacaba sobre las demás. Un zorro alto, de pelaje rojizo y expresión lánguida, se lavaba las manos con una parsimonia casi insultante. Vestía una pijama verde oscuro que denotaba su rango superior y movía sus dedos largos con la precisión de un pianista.
Judy se colocó a su lado y comenzó su propio ritual de lavado, frotando con energía desde las uñas hasta los codos.
—Buenos días —dijo ella, tratando de contagiar su entusiasmo—. Soy la doctora Judy Hopps, la nueva anestesióloga.
El zorro ni siquiera giró la cabeza. Cerró el grifo con el pie y dejó que el agua escurriera antes de hablar con una voz profunda, cargada de un sarcasmo que cortaba más que un bisturí.
—Vaya, así que tú eres la nueva "maravilla" de las madrigueras. Me habían dicho que eras pequeña, pero no mencionaron que venías con un exceso de cafeína incluido en el contrato.
Judy frunció el ceño, deteniendo su frotado por un segundo.
—Perdone, ¿doctor...?
—Wilde. Nick Wilde —respondió él, girándose finalmente para mirarla con sus ojos verdes entornados. Había una inteligencia afilada en su mirada, pero también una frialdad que la hizo ponerse a la defensiva—. Jefe de cardiología y, por desgracia para ti hoy, el cirujano principal de este caso.
—Es un honor, doctor Wilde —replicó Judy, recuperando su compostura y forzando una sonrisa profesional—. He leído sus artículos sobre la revascularización coronaria en mamíferos pequeños. Son impresionantes.
Nick soltó una risa seca mientras se secaba las manos con aire comprimido.
—No intentes adularme, zanahorias. No funciona. Aquí no me importan tus notas de la universidad ni lo mucho que muevas la nariz cuando estás nerviosa. Solo me importa que mantengas al paciente dormido y vivo mientras yo reparo su motor. Si te distraes un segundo, si tu optimismo nubla tu juicio clínico... bueno, no querrás saber cómo reacciono ante la incompetencia.
—Le aseguro que soy todo menos incompetente —respondió Judy con firmeza, enderezando su pequeña estatura—. Mi trabajo es tan vital como el suyo. Usted puede ser el mejor mecánico de corazones de este hospital, pero si yo no hago bien mi labor, usted no tendrá un motor sobre el cual trabajar.
Nick arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por la respuesta de la coneja. Nadie solía contestarle, mucho menos una recién llegada.
—Ya veremos, doctora Hopps. Ya veremos.
Entraron al quirófano. El paciente era un lobo gris de gran tamaño con una disección aórtica de emergencia. El ambiente era tenso. El Jefe Bogo, un búfalo de proporciones masivas, observaba desde la galería superior.
—Signos vitales estables, inducción completada —anunció Judy, moviéndose con una agilidad que Nick no pudo evitar notar. Sus manos eran rápidas, ajustando los niveles de sevoflurano y monitoreando la presión arterial con una concentración absoluta.
Nick tomó el bisturí.
—Empezamos. Esternotomía media.
Durante las siguientes tres horas, el quirófano se convirtió en un campo de batalla silencioso. Nick trabajaba con una destreza casi sobrenatural. Sus dedos se movían dentro de la cavidad torácica con una delicadeza que contrastaba con su personalidad cínica. Sin embargo, la situación se complicó.
—La presión está cayendo —informó Judy, su voz clara y sin rastro de pánico—. 80/50... 70/40. Doctor Wilde, tenemos una hemorragia masiva en el plano posterior.
—Lo veo, lo veo —gruñó Nick, cuya frente empezaba a sudar—. Necesito más visibilidad. Succión, ¡ahora!
—El ritmo cardíaco entra en fibrilación —continuó Judy, sus dedos volando sobre la consola de anestesia para compensar la pérdida de volumen—. Doctor, si no detiene ese sangrado en treinta segundos, entraremos en choque hipovolémico irreversible.
—¡No me digas lo que ya sé, Hopps! —espetó Nick, aunque sus manos no temblaban—. ¡Carga el desfibrilador y prepárame una unidad de plasma de emergencia!
—Ya está hecho —respondió ella con una calma gélida—. El plasma está entrando y las paletas están listas. A mi señal... ¡Fuera todos!
El cuerpo del lobo se arqueó sobre la mesa tras la descarga. Nick no esperó ni un segundo para volver a meter las manos.
—Sigue perdiendo presión —dijo Nick, su voz perdiendo un poco de su habitual suficiencia—. No encuentro el origen del desgarro. Está demasiado profundo.
Judy se asomó por encima del campo quirúrgico, ignorando el protocolo que dictaba que debía quedarse tras su monitor. Sus ojos de coneja, capaces de percibir detalles minúsculos, escanearon la zona inundada de sangre.
—A la izquierda, debajo de la vena cava —dijo ella de repente—. Hay una rama accesoria que no debería estar ahí. Es una malformación. Ahí está el desgarro.
Nick la miró por encima de su mascarilla, dudó una fracción de segundo y luego movió su pinza hacia donde ella indicaba.
—Maldita sea... tienes razón.
Con un movimiento preciso, Nick clampó el vaso y el sangrado se detuvo casi instantáneamente. Los monitores empezaron a estabilizarse. El sonido rítmico del corazón volvió a llenar la sala.
Nick terminó de suturar en silencio. Cuando finalmente cerraron al paciente y el equipo de enfermería comenzó a limpiar, el zorro se quitó los guantes con un suspiro largo. Judy estaba anotando los últimos detalles en el gráfico del paciente, con los hombros caídos por el cansancio pero con la mirada aún encendida.
—Hopps —llamó Nick mientras se quitaba la mascarilla.
Judy levantó la vista.
—¿Sí, doctor Wilde?
—Esa observación... no fue mala. Para ser una principiante —dijo él, tratando de recuperar su tono sarcástico, aunque sus ojos mostraban un respeto reacio—. Pero no dejes que se te suba a la cabeza. Mañana tenemos una doble cirugía de reemplazo valvular a las seis de la mañana. No llegues tarde.
Judy sonrió, esta vez con una pizca de triunfo.
—Estaré aquí a las cinco, doctor. Para asegurarme de que el equipo esté listo para usted.
Nick resopló y caminó hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta, se detuvo.
—Y Hopps...
—¿Dígame?
—El café de la cafetería es veneno puro. Si vas a sobrevivir a este hospital, busca la máquina que está en la sala de cardiología. Es la única que no sabe a cartón quemado. Consideralo un consejo profesional.
Sin esperar respuesta, el zorro desapareció por el pasillo. Judy se quedó sola un momento en el quirófano, dejando escapar un suspiro de alivio. Nick Wilde era exasperante, arrogante y probablemente el animal más difícil con el que le tocaría trabajar en su vida. Pero también era brillante.
—Exasperante —susurró Judy para sí misma, guardando su bolígrafo—. Pero al menos no será aburrido.
Al salir hacia el área de descanso, Judy se encontró con Clawhauser, quien la miraba con ojos como platos.
—¡Hopps! ¡Sobreviviste a una cirugía completa con Wilde sin que te hiciera llorar! Eso es un récord mundial. La última anestesióloga salió de aquí pidiendo un traslado a pediatría después de diez minutos.
Judy se rió, sintiendo que el peso del día se desvanecía.
—Es un poco difícil de tratar, sí. Pero creo que podemos trabajar juntos. Solo necesita acostumbrarse a que no soy de las que se rinden fácilmente.
—Oh, él no sabe lo que le espera —comentó el guepardo, ofreciéndole una dona—. Por cierto, el Jefe Bogo quiere el reporte en su oficina en diez minutos. Dice que quiere saber por qué "la coneja" estaba dándole instrucciones al "mejor cirujano de la ciudad".
Judy tomó la dona y le dio un mordisco con determinación.
—Dile que no eran instrucciones, solo era... colaboración interdisciplinaria.
Mientras tanto, en su oficina, Nick Wilde se dejó caer en su silla de cuero, observando la ciudad a través del ventanal. Tenía una pila de expedientes por revisar, pero su mente volvía una y otra vez a la imagen de la pequeña coneja manteniendo la calma mientras el mundo se desangraba en la mesa de operaciones.
Había algo en su optimismo que no era solo ingenuidad; era una fuerza de voluntad que Nick no había visto en mucho tiempo. En un lugar tan lleno de cinismo y muerte como un hospital, la luz de Judy Hopps resultaba casi cegadora.
—Anestesióloga, ¿eh? —murmuró Nick para sí mismo, permitiéndose una pequeña y casi imperceptible sonrisa—. Esto va a ser muy interesante, zanahorias.
El reloj de la pared marcaba las siete de la tarde. En el Hospital General de Zootopia, la noche apenas comenzaba, y con ella, una de las alianzas más improbables y poderosas de la medicina moderna empezaba a tomar forma entre latidos, bisturíes y un persistente olor a café.
