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MANCHESTER 2023

Fandom: SCALONETA, MANCHESTER UNITED

Creado: 23/6/2026

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Mate, Pañales y el Manchester United

La lluvia de Mánchester golpeaba con una rítmica monotonía contra los amplios ventanales del departamento. Adentro, el ambiente era drásticamente distinto al gris del exterior. El aire olía a café recién hecho, a suavizante de ropa de bebé y a ese aroma cítrico que Lisandro Martínez siempre llevaba consigo.

Lisandro, apodado "Licha" por medio mundo y "Lisi" solo por la persona que en ese momento intentaba, sin éxito, armar un rompecabezas de piezas gigantes en el suelo, suspiró profundamente. Estaba sentado en el sofá, observando la escena con una mezcla de adoración y autoridad natural.

—Ale, te dije que la pieza azul no va ahí. Mirá la forma, pendejo, no seas terco —dijo Licha, estirando sus piernas cansadas tras el entrenamiento matutino en Carrington.

Alejandro Garnacho, con el cabello oscuro algo revuelto y vistiendo un buzo tres talles más grande que el suyo, levantó la vista y le sacó la lengua.

—¡Hostia, Lisi! Que lo estoy intentando. Además, Enzo dice que aquí queda guay, ¿verdad, campeón?

A su lado, un pequeño de apenas un año, de mejillas gordas y ojos curiosos, balbuceó algo ininteligible mientras golpeaba un bloque de madera contra el suelo. Enzo era el centro del universo de Alejandro, el hijo que había tenido con su pareja anterior pero que ahora, en esta nueva etapa de su vida, compartía con Lisandro. El central argentino no solo había aceptado al niño, sino que se había convertido en su "padre" de facto, el que ponía orden cuando Ale se perdía en su propio mundo de adolescente eterno.

—Enzo no dice eso, Enzo tiene hambre y vos estás más distraído que un cuarto árbitro —sentenció Lisandro, levantándose con esa parsimonia de quien sabe que tiene el control de la situación—. Traelo para acá, vamos a cambiarle el pañal antes de que la situación se vuelva radioactiva.

Alejandro hizo un mohín, ese gesto sumiso que solo reservaba para Lisandro, y levantó al bebé en brazos. Se acercó al sofá y se lo entregó a Licha como quien entrega un tesoro.

—Es todo tuyo, General. Yo voy a ver qué hay de comer, que me ruge el estómago.

—Ni se te ocurra pedir pizza de nuevo, Ale —advirtió Lisandro mientras recostaba a Enzo en el cambiador portátil sobre la mesa ratona—. Mañana tenemos video con Ten Hag y no quiero que estés pesado. Hacé un arroz o algo, aprovechá que tenés manos.

—¡Qué amargado eres! —exclamó Alejandro desde la cocina, aunque su tono era juguetón—. De verdad, pareces mi abuelo. ¿Cuántos años de aportes tienes ya? ¿Te duele la espalda por cargar al equipo o por la edad?

Lisandro soltó una carcajada mientras limpiaba a Enzo con una delicadeza que contrastaba con su fama de "Carnicero" en el campo de juego.

—Vení a decirme eso a la cara, atrevido. Te recuerdo que el "viejo" es el que te saca las papas del fuego cuando te mandás alguna en la cancha.

Alejandro asomó la cabeza por la barra desayunadora, apoyando la barbilla en sus manos. Sus ojos oscuros brillaban con esa mezcla de admiración y cariño que sentía por el hombre que lo cuidaba en todos los sentidos posibles.

—Sabes que te quiero, Lisi. Aunque seas un mandón.

Lisandro terminó de ajustar el pañal, le dio un beso en la panza a un Enzo que se reía a carcajadas y luego miró a Alejandro. La intensidad de su mirada hizo que el más joven se removiera, un poco intimidado pero fascinado.

—Vení acá, gordo —ordenó Licha con voz suave pero firme.

Alejandro obedeció de inmediato. Caminó hacia él y se dejó envolver por los brazos del defensor. Lisandro lo atrajo hacia su pecho, permitiendo que Ale apoyara la cabeza en su hombro. Era un equilibrio extraño: en el mundo exterior, eran dos estrellas del Manchester United; en la selección argentina, eran el presente y el futuro. Pero aquí, entre pañales y juguetes de colores, eran simplemente dos personas tratando de construir una familia.

—¿Cómo vas con lo de la selección? —preguntó Lisandro, acariciándole el pelo oscuro—. Scaloni me preguntó por vos el otro día.

Alejandro suspiró, cerrando los ojos.

—Tengo ganas de ir, Licha. Pero a veces siento que todavía me ven como un crío. Y con Enzo... no quiero estar lejos de él tanto tiempo.

—Ser padre es eso, Ale. Sacrificio —dijo Lisandro, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. Pero mirame. Yo estoy acá. Si vos te vas con la Mayor, yo me quedo con el enano. No te preocupes por eso. Sabés que lo cuido como si fuera mío.

—Lo sé —susurró Alejandro, sintiendo un nudo de gratitud en la garganta—. Eres el mejor padrastro que Enzo podría tener. Y el mejor... bueno, lo mejor que me pasó a mí.

Lisandro sonrió, esa sonrisa ladeada que derretía cualquier defensa.

—Bueno, basta de sentimentalismos que me ponés flojo. Andá a fijarte si el agua del mate ya está, que quiero tomar unos verdes antes de que este bicho se despierte de la siesta.

—¡Pero si está despierto! —protestó Ale, señalando a Enzo, que ahora intentaba comerse un control remoto.

—Por eso mismo, apurate antes de que rompa algo caro.

La tarde transcurrió entre charlas triviales y el caos doméstico que conlleva un bebé de un año. Alejandro intentaba enseñarle a Enzo a decir "gol", mientras Lisandro insistía en que la primera palabra compleja del niño debía ser "defensa".

—No vas a arruinar al niño, Lisi. Tiene que ser delantero, como su padre —decía Alejandro, sentado en el suelo con el bebé.

—Para que sea un canchero que no baja a marcar, ni loco —replicó Lisandro desde el sillón, pasando las hojas de una revista de diseño—. Que aprenda a barrer el piso primero, así ayuda en la casa.

—Eres un dictador —rio Ale, lanzándole un peluche que Lisandro atrapó en el aire con reflejos felinos.

De repente, el celular de Alejandro vibró sobre la mesa. Era una notificación de una red social. Lo tomó y empezó a scrollear con esa velocidad frenética propia de su generación.

—Mirá, Licha. Chano sacó un tema nuevo. ¿Viste que dice que escucha voces? Me preocupa un poco, ¿tendrá esquizofrenia o algo?

Lisandro dejó la revista y se sacó los lentes de descanso, frotándose el puente de la nariz.

—Es un artista, Ale. Es metáfora, es sentimiento. No todo es literal como en tus TikToks de baile.

—¡Hostia, pero si es que lo dice muy en serio! —insistió el joven, acercándole el teléfono—. Escucha la letra.

Lisandro apartó el celular con una mano.

—Prefiero escuchar el silencio un rato, si no te molesta. ¿Hiciste la tarea que te dio el nutricionista?

—¿Qué tarea?

Lisandro se rió de la expresión de confusión de Alejandro. A veces, la diferencia de edad y de madurez era un abismo, pero un abismo que ambos disfrutaban saltar.

—La lista de permitidos para el fin de semana. No quiero verte comiendo esas guarradas españolas que te gustan.

—¡La paella no es una guarrada! —se indignó Alejandro, poniéndose de pie con Enzo en brazos—. Es cultura. Pero claro, tú solo quieres comer asado y polenta.

—Se dice "asado", con respeto, pendejo —dijo Lisandro, levantándose también y acortando la distancia entre ellos.

El ambiente cambió en un segundo. La autoridad de Lisandro se volvió algo más denso, más íntimo. Puso una mano en la nuca de Alejandro, obligándolo a sostenerle la mirada. Enzo, sintiendo que la atención ya no estaba en él, se quedó tranquilo, observando a los dos gigantes que lo protegían.

—A veces sos tan insoportable que me dan ganas de mandarte a dormir al cuarto de invitados —susurró Lisandro, su voz bajando una octava.

Alejandro tragó saliva, sintiendo ese calor familiar subir por su cuello.

—Pero no lo haces. Porque sabes que no puedes dormir sin que te abrace.

—Tenés razón —admitió Lisandro, antes de darle un beso corto pero posesivo en los labios—. Ahora, bajá al nene al corralito. Tenemos diez minutos antes de que empiece el partido de la Champions y quiero que me prestes atención a mí, no al celular.

Alejandro asintió, dócil, y dejó a Enzo entre sus juguetes. Sabía que cuando Lisandro se ponía en ese plan, lo mejor era obedecer y disfrutar de la protección que eso le brindaba. Se sentó en el sofá, pegado al costado de Licha, dejando que el argentino pasara un brazo por sus hombros.

—¿Sabes qué, Lisi? —dijo Ale, acomodándose bajo el brazo firme del defensor.

—¿Qué, gordo?

—Me gusta nuestra vida así. Aunque me regañes por todo.

Lisandro le dio un beso en la sien, cerrando los ojos por un momento y disfrutando de la paz de su hogar en medio de la tormenta de presión que significaba jugar en el club más grande de Inglaterra.

—A mí también, Ale. A mí también.

En el televisor, los jugadores saltaban al campo, pero en ese living de Mánchester, el verdadero triunfo ya se había quedado en casa. Enzo empezó a aplaudir frente a la pantalla, y los dos padres se miraron, compartiendo una sonrisa que valía más que cualquier trofeo. La Scaloneta tenía su futuro asegurado, pero ellos, en esa intimidad, tenían algo mucho más valioso: un refugio donde ser ellos mismos, sin filtros, sin prensa y con todo el amor del mundo.
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