
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Los pendejos rabo verde
Fandom: HOMOSEXUALES
Creado: 23/6/2026
Etiquetas
HumorCrack / Humor ParódicoRomanceSátiraLenguaje ExplícitoRecortes de VidaParodia
El idilio de los sapos panzones
La Escuela Secundaria Técnica No. 117 "Margarita Maza de Juárez" era el monumento nacional al abandono. Entre paredes con pintura descarapelada que revelaban capas de grafitis de hace tres décadas y baños que olían a una mezcla de amoniaco con desesperación, dos figuras de autoridad se erigían como los tiranos del asfalto agrietado.
Rico Serch, el profesor de educación física, caminaba por el patio con la elegancia de un hipopótamo con indigestión. Su pants de color azul eléctrico, estirado hasta el límite de la física cuántica por una panza que parecía albergar una familia de sandías, chirriaba con cada paso. Serch no hablaba, él berreaba. Su léxico era una amalgama de insultos de mercado y pretensiones de intelectual que no sabía dónde iba el acento en la palabra "atletismo".
—¡A ver, chamacas, muévanse como si tuvieran sangre en las venas, no parecen más que gelatinas caducadas! —gritó Serch, rascándose la barriga por debajo de la playera percudida—. La fisonomía del deporte exige una estética que ustedes, con esa flojera, no ostentan. ¡Pónganse a trotar o las repruebo por falta de vigor ontológico!
A unos metros, recargado en un pilar que amenazaba con derrumbarse, Suculento Chin observaba la escena. Chin, el profesor de historia, era un hombre que parecía haber sido esculpido en barro por un artesano con mucha prisa y poco talento. Su piel morena y curtida, su nariz chueca que apuntaba hacia el suroeste y su postura de "olmeca desenterrado" le daban un aire prehistórico. Era el chismoso oficial de la zona escolar; sabía quién le debía a quién en la cooperativa y qué maestra se había escapado con el de los jugos.
—Ay, Serch, no me las presione tanto —dijo Chin con una voz que sonaba como lija sobre madera—. Que luego las niñas se quejan con la directora y ya sabe que esa vieja es bien sentida.
Los dos viejos intercambiaron una mirada que los alumnos, en su inocencia o asco, interpretaban como la complicidad de dos depredadores. Todos en la Margarita Maza sabían que Serch y Chin eran unos "viejos cochinos". Siempre estaban haciendo comentarios fuera de lugar a las alumnas, dándoles calificaciones injustas si no les sonreían, o lanzando miradas lascivas que daban ganas de bañarse con cloro después de clase.
Pero lo que nadie sospechaba, ni en sus peores pesadillas, era que todo aquel despliegue de machismo rancio y perversión pública era una cortina de humo. Una fachada tan gruesa como la mugre de sus cuellos.
En realidad, tras la puerta de la bodega de deportes, donde el olor a sudor rancio y balones pinchados era ley, Rico Serch y Suculento Chin vivían un romance tórrido, grasiento y profundamente prohibido.
—¿Trajiste las guajolotas, mi Suculento? —susurró Serch una vez que se encerraron en la bodega, dejando fuera el sol inclemente del mediodía.
—Claro que sí, mi gordo culto —respondió Chin, sacando una bolsa de plástico transparente que goteaba manteca—. Dos de verde y una de dulce, como te gusta, para que agarres fuerza.
Serch soltó un suspiro que fue más bien un eructo contenido y se abalanzó sobre la comida. Comía con un fervor religioso, dejando que la salsa le escurriera por la barbilla doble mientras Chin lo miraba con ojos de borrego a medio morir.
—Eres un semental de la pedagogía, Serch —dijo Chin, acariciándole el hombro al profesor de física—. Cuando te pones así de autoritario con los huercos, me pones bien... histórico. Me dan ganas de conquistarte como los españoles a Tenochtitlán.
—¡Cállate, mi naco hermoso! —exclamó Serch con la boca llena—. Que me sonrojas y luego se me sube la presión. Tú sabes que este pants me aprieta, pero el corazón me late más fuerte cuando te veo chismear en el pasillo.
Se amaban. Se amaban con la intensidad de dos seres que compartían el gusto por la desidia, la comida callejera y el desprecio por el aseo personal. Su relación era un secreto guardado bajo siete llaves de grasa y cinismo. Para el mundo, eran dos cerdos pervertidos; para ellos, eran dos almas gemelas navegando en un mar de negligencia escolar.
El desastre comenzó el martes de la semana siguiente.
Suculento Chin, en un arranque de flojera monumental, incluso para sus estándares, decidió que no quería calificar los exámenes de segundo año. Le pidió a Kevin, el alumno más aplicado (y por ende el más bulleado), que le ayudara a acomodar los exámenes por número de lista en la sala de maestros, mientras él iba "a una junta urgente" que en realidad era una siesta en el carro de Serch.
Kevin, un muchacho con lentes de fondo de botella y una curiosidad peligrosa, empezó a separar las hojas. Entre un examen de historia sobre la Revolución Mexicana y una hoja de cuaderno arrancada con dibujos obscenos, encontró un sobre de color amarillo chillón que olía intensamente a loción barata de siete machos.
—¿Y esto qué es? —se preguntó Kevin, ajustándose los lentes.
El sobre no tenía nombre, pero estaba pegado con una cinta adhesiva que tenía figuritas de corazones. Kevin, movido por el instinto de supervivencia que te da vivir en una colonia popular, lo abrió.
Lo primero que cayó fue una fotografía. Era una selfie de Rico Serch. El profesor de educación física había usado un filtro de calavera de esos que estaban de moda en las aplicaciones más corrientes. Su cara panzona aparecía adornada con huesos digitales mal puestos, un sombrero de charro virtual y unas flores en las cuencas de los ojos. Serch salía sacando la lengua, intentando verse "sexy", pero el resultado era algo que recordaba a un cadáver de la morgue que había intentado maquillarse solo.
Al reverso de la foto, con una caligrafía de doctor borracho, decía: "Para mi olmeca suculento. Tu calaverita quiere que le des hasta por el examen final. Te espero en los vestidores del fondo, donde no llega la luz ni la moral. Tu Serch, el que te hace el 'ejercicio' de noche".
Kevin sintió que el desayuno se le subía a la garganta. Pero eso no era todo. Dentro del sobre había una carta escrita en una hoja de examen reciclada.
"Mi adorado Chin," comenzaba el texto. "Cada vez que te veo caminar con ese pasito de pingüino cansado, se me olvida que somos unos pendejos que no saben ni qué día es hoy. Me encanta cuando me cuentas los chismes de la directora mientras te lamo la oreja chueca. No importa que nos digan viejos asquerosos, ellos no saben que nuestras panzas chocan con la armonía de dos galaxias en colisión. Hoy en la noche, tráete el aceite para bebé y las tortas de tamal. Vamos a ser uno solo entre las colchonetas mugrosas de la bodega. Te amo más que a mi plaza sindical".
Kevin no pudo más. El horror era tal que el papel le quemaba las manos. En ese momento, la puerta de la sala de maestros se abrió de golpe. Era Rico Serch, buscando desesperadamente su sobre perdido, con el sudor corriéndole por la frente y el pants más arriba de lo normal.
—¡Oye, tú, chamaco piojoso! —gritó Serch, señalando a Kevin—. ¿Qué haces con mis documentos privados? ¡Eso es propiedad intelectual del departamento de educación física!
Kevin, en un acto de pánico puro, soltó los papeles y salió corriendo por el pasillo gritando como si lo persiguiera el mismo diablo.
—¡El profesor Serch y el profesor Chin se lamen las orejas! —aulló Kevin, pasando frente a la oficina de la directora—. ¡Hay una foto de calavera! ¡Es el fin del mundo!
Serch se quedó congelado en medio de la sala. Vio la carta en el suelo, vio la foto de calavera que tanto le había costado editar con sus dedos gordos, y sintió que el mundo se le venía abajo. En ese momento entró Chin, masticando un chicharrón con chile.
—¿Qué pasó, mi gordo? ¿Por qué esa cara de que te clausuraron la taquería? —preguntó Chin, ajeno a la tragedia.
Serch señaló el suelo con un dedo tembloroso. Chin bajó la vista y vio su nombre escrito con corazones. El silencio que siguió fue solo interrumpido por el sonido de los ventiladores viejos que apenas movían el aire caliente.
—Chin... —susurró Serch—. El Kevin lo vio todo. La foto... la calaverita... el aceite para bebé.
Chin se puso pálido, adquiriendo un tono grisáceo que lo hacía parecer aún más una pieza arqueológica.
—¡Ay, Dios mío, Serch! —exclamó Chin, dejando caer su chicharrón—. ¡Nos van a correr! ¡Y lo que es peor, nos van a quitar el bono de puntualidad!
—¡No digas pendejadas, Chin! —rugió Serch, recuperando su tono de verdulera—. ¡Hay que actuar rápido! ¡Ve por el borrador de pizarrón y yo voy por el cloro! ¡Tenemos que negar todo aunque nos vean el filtro de calavera pegado en la frente!
Pero ya era tarde. El grito de Kevin había resonado en los pasillos de la Margarita Maza de Juárez como una campana de libertad. Los alumnos, siempre ávidos de una razón para no entrar a clase, ya se estaban agolpando en las ventanas de la sala de maestros.
—¡Mírenlos! —gritó un alumno de tercer año—. ¡Si son novios! ¡El profe Serch es la calaverita del profe Chin!
—¡Qué asco! —gritó una niña a la que Serch le había dicho que "tenía potencial para las barras"—. ¡Y yo que pensaba que solo era un viejo rabo verde! ¡Resultó que le gusta el chisme caliente del Chin!
La directora, una mujer que parecía haber sido forjada en el mismo infierno de la burocracia, apareció entre la multitud. Miró a los dos profesores, miró la carta en el suelo y luego la foto del filtro de calavera.
—Profesores —dijo la directora con una voz que helaba la sangre—. A mi oficina. Ahora. Y traigan esa... esa cosa de calavera.
Caminaron por el patio central bajo una lluvia de burlas y silbidos. Serch intentaba mantener la cabeza en alto, sacando la panza con orgullo herido, mientras Chin trataba de esconderse detrás de su propio hombro.
—No te preocupes, mi olmeca —susurró Serch mientras subían las escaleras—. Si nos corren, ponemos un puesto de garnachas.
—Pero que sea cerca de una secundaria —respondió Chin, recuperando un poco de su cinismo—. Que el chisme no me puede faltar, mi gordo.
Al entrar a la oficina, Serch se detuvo un momento, miró a los alumnos que se burlaban y, con toda la elegancia que su pants azul le permitía, les gritó:
—¡Cállense, par de ignorantes! ¡Ustedes no entienden nada de la dialéctica del amor! ¡Esto es cultura, pendejos, cultura pura!
Cerró la puerta con un golpe seco, dejando fuera las risas, pero no el olor a tamal y a secreto revelado que los acompañaría por el resto de sus mediocres e inolvidables vidas. En la Margarita Maza, nada volvería a ser igual, pero al menos Rico Serch y Suculento Chin ya no tendrían que esconderse en la bodega de deportes para compartir sus sueños de grasa y romance. Ahora, el mundo entero sabía que, bajo esos pants ridículos y esa piel de piedra, latían dos corazones tan sucios como el patio de la escuela, pero tan unidos como el hambre y las ganas de comer.
Rico Serch, el profesor de educación física, caminaba por el patio con la elegancia de un hipopótamo con indigestión. Su pants de color azul eléctrico, estirado hasta el límite de la física cuántica por una panza que parecía albergar una familia de sandías, chirriaba con cada paso. Serch no hablaba, él berreaba. Su léxico era una amalgama de insultos de mercado y pretensiones de intelectual que no sabía dónde iba el acento en la palabra "atletismo".
—¡A ver, chamacas, muévanse como si tuvieran sangre en las venas, no parecen más que gelatinas caducadas! —gritó Serch, rascándose la barriga por debajo de la playera percudida—. La fisonomía del deporte exige una estética que ustedes, con esa flojera, no ostentan. ¡Pónganse a trotar o las repruebo por falta de vigor ontológico!
A unos metros, recargado en un pilar que amenazaba con derrumbarse, Suculento Chin observaba la escena. Chin, el profesor de historia, era un hombre que parecía haber sido esculpido en barro por un artesano con mucha prisa y poco talento. Su piel morena y curtida, su nariz chueca que apuntaba hacia el suroeste y su postura de "olmeca desenterrado" le daban un aire prehistórico. Era el chismoso oficial de la zona escolar; sabía quién le debía a quién en la cooperativa y qué maestra se había escapado con el de los jugos.
—Ay, Serch, no me las presione tanto —dijo Chin con una voz que sonaba como lija sobre madera—. Que luego las niñas se quejan con la directora y ya sabe que esa vieja es bien sentida.
Los dos viejos intercambiaron una mirada que los alumnos, en su inocencia o asco, interpretaban como la complicidad de dos depredadores. Todos en la Margarita Maza sabían que Serch y Chin eran unos "viejos cochinos". Siempre estaban haciendo comentarios fuera de lugar a las alumnas, dándoles calificaciones injustas si no les sonreían, o lanzando miradas lascivas que daban ganas de bañarse con cloro después de clase.
Pero lo que nadie sospechaba, ni en sus peores pesadillas, era que todo aquel despliegue de machismo rancio y perversión pública era una cortina de humo. Una fachada tan gruesa como la mugre de sus cuellos.
En realidad, tras la puerta de la bodega de deportes, donde el olor a sudor rancio y balones pinchados era ley, Rico Serch y Suculento Chin vivían un romance tórrido, grasiento y profundamente prohibido.
—¿Trajiste las guajolotas, mi Suculento? —susurró Serch una vez que se encerraron en la bodega, dejando fuera el sol inclemente del mediodía.
—Claro que sí, mi gordo culto —respondió Chin, sacando una bolsa de plástico transparente que goteaba manteca—. Dos de verde y una de dulce, como te gusta, para que agarres fuerza.
Serch soltó un suspiro que fue más bien un eructo contenido y se abalanzó sobre la comida. Comía con un fervor religioso, dejando que la salsa le escurriera por la barbilla doble mientras Chin lo miraba con ojos de borrego a medio morir.
—Eres un semental de la pedagogía, Serch —dijo Chin, acariciándole el hombro al profesor de física—. Cuando te pones así de autoritario con los huercos, me pones bien... histórico. Me dan ganas de conquistarte como los españoles a Tenochtitlán.
—¡Cállate, mi naco hermoso! —exclamó Serch con la boca llena—. Que me sonrojas y luego se me sube la presión. Tú sabes que este pants me aprieta, pero el corazón me late más fuerte cuando te veo chismear en el pasillo.
Se amaban. Se amaban con la intensidad de dos seres que compartían el gusto por la desidia, la comida callejera y el desprecio por el aseo personal. Su relación era un secreto guardado bajo siete llaves de grasa y cinismo. Para el mundo, eran dos cerdos pervertidos; para ellos, eran dos almas gemelas navegando en un mar de negligencia escolar.
El desastre comenzó el martes de la semana siguiente.
Suculento Chin, en un arranque de flojera monumental, incluso para sus estándares, decidió que no quería calificar los exámenes de segundo año. Le pidió a Kevin, el alumno más aplicado (y por ende el más bulleado), que le ayudara a acomodar los exámenes por número de lista en la sala de maestros, mientras él iba "a una junta urgente" que en realidad era una siesta en el carro de Serch.
Kevin, un muchacho con lentes de fondo de botella y una curiosidad peligrosa, empezó a separar las hojas. Entre un examen de historia sobre la Revolución Mexicana y una hoja de cuaderno arrancada con dibujos obscenos, encontró un sobre de color amarillo chillón que olía intensamente a loción barata de siete machos.
—¿Y esto qué es? —se preguntó Kevin, ajustándose los lentes.
El sobre no tenía nombre, pero estaba pegado con una cinta adhesiva que tenía figuritas de corazones. Kevin, movido por el instinto de supervivencia que te da vivir en una colonia popular, lo abrió.
Lo primero que cayó fue una fotografía. Era una selfie de Rico Serch. El profesor de educación física había usado un filtro de calavera de esos que estaban de moda en las aplicaciones más corrientes. Su cara panzona aparecía adornada con huesos digitales mal puestos, un sombrero de charro virtual y unas flores en las cuencas de los ojos. Serch salía sacando la lengua, intentando verse "sexy", pero el resultado era algo que recordaba a un cadáver de la morgue que había intentado maquillarse solo.
Al reverso de la foto, con una caligrafía de doctor borracho, decía: "Para mi olmeca suculento. Tu calaverita quiere que le des hasta por el examen final. Te espero en los vestidores del fondo, donde no llega la luz ni la moral. Tu Serch, el que te hace el 'ejercicio' de noche".
Kevin sintió que el desayuno se le subía a la garganta. Pero eso no era todo. Dentro del sobre había una carta escrita en una hoja de examen reciclada.
"Mi adorado Chin," comenzaba el texto. "Cada vez que te veo caminar con ese pasito de pingüino cansado, se me olvida que somos unos pendejos que no saben ni qué día es hoy. Me encanta cuando me cuentas los chismes de la directora mientras te lamo la oreja chueca. No importa que nos digan viejos asquerosos, ellos no saben que nuestras panzas chocan con la armonía de dos galaxias en colisión. Hoy en la noche, tráete el aceite para bebé y las tortas de tamal. Vamos a ser uno solo entre las colchonetas mugrosas de la bodega. Te amo más que a mi plaza sindical".
Kevin no pudo más. El horror era tal que el papel le quemaba las manos. En ese momento, la puerta de la sala de maestros se abrió de golpe. Era Rico Serch, buscando desesperadamente su sobre perdido, con el sudor corriéndole por la frente y el pants más arriba de lo normal.
—¡Oye, tú, chamaco piojoso! —gritó Serch, señalando a Kevin—. ¿Qué haces con mis documentos privados? ¡Eso es propiedad intelectual del departamento de educación física!
Kevin, en un acto de pánico puro, soltó los papeles y salió corriendo por el pasillo gritando como si lo persiguiera el mismo diablo.
—¡El profesor Serch y el profesor Chin se lamen las orejas! —aulló Kevin, pasando frente a la oficina de la directora—. ¡Hay una foto de calavera! ¡Es el fin del mundo!
Serch se quedó congelado en medio de la sala. Vio la carta en el suelo, vio la foto de calavera que tanto le había costado editar con sus dedos gordos, y sintió que el mundo se le venía abajo. En ese momento entró Chin, masticando un chicharrón con chile.
—¿Qué pasó, mi gordo? ¿Por qué esa cara de que te clausuraron la taquería? —preguntó Chin, ajeno a la tragedia.
Serch señaló el suelo con un dedo tembloroso. Chin bajó la vista y vio su nombre escrito con corazones. El silencio que siguió fue solo interrumpido por el sonido de los ventiladores viejos que apenas movían el aire caliente.
—Chin... —susurró Serch—. El Kevin lo vio todo. La foto... la calaverita... el aceite para bebé.
Chin se puso pálido, adquiriendo un tono grisáceo que lo hacía parecer aún más una pieza arqueológica.
—¡Ay, Dios mío, Serch! —exclamó Chin, dejando caer su chicharrón—. ¡Nos van a correr! ¡Y lo que es peor, nos van a quitar el bono de puntualidad!
—¡No digas pendejadas, Chin! —rugió Serch, recuperando su tono de verdulera—. ¡Hay que actuar rápido! ¡Ve por el borrador de pizarrón y yo voy por el cloro! ¡Tenemos que negar todo aunque nos vean el filtro de calavera pegado en la frente!
Pero ya era tarde. El grito de Kevin había resonado en los pasillos de la Margarita Maza de Juárez como una campana de libertad. Los alumnos, siempre ávidos de una razón para no entrar a clase, ya se estaban agolpando en las ventanas de la sala de maestros.
—¡Mírenlos! —gritó un alumno de tercer año—. ¡Si son novios! ¡El profe Serch es la calaverita del profe Chin!
—¡Qué asco! —gritó una niña a la que Serch le había dicho que "tenía potencial para las barras"—. ¡Y yo que pensaba que solo era un viejo rabo verde! ¡Resultó que le gusta el chisme caliente del Chin!
La directora, una mujer que parecía haber sido forjada en el mismo infierno de la burocracia, apareció entre la multitud. Miró a los dos profesores, miró la carta en el suelo y luego la foto del filtro de calavera.
—Profesores —dijo la directora con una voz que helaba la sangre—. A mi oficina. Ahora. Y traigan esa... esa cosa de calavera.
Caminaron por el patio central bajo una lluvia de burlas y silbidos. Serch intentaba mantener la cabeza en alto, sacando la panza con orgullo herido, mientras Chin trataba de esconderse detrás de su propio hombro.
—No te preocupes, mi olmeca —susurró Serch mientras subían las escaleras—. Si nos corren, ponemos un puesto de garnachas.
—Pero que sea cerca de una secundaria —respondió Chin, recuperando un poco de su cinismo—. Que el chisme no me puede faltar, mi gordo.
Al entrar a la oficina, Serch se detuvo un momento, miró a los alumnos que se burlaban y, con toda la elegancia que su pants azul le permitía, les gritó:
—¡Cállense, par de ignorantes! ¡Ustedes no entienden nada de la dialéctica del amor! ¡Esto es cultura, pendejos, cultura pura!
Cerró la puerta con un golpe seco, dejando fuera las risas, pero no el olor a tamal y a secreto revelado que los acompañaría por el resto de sus mediocres e inolvidables vidas. En la Margarita Maza, nada volvería a ser igual, pero al menos Rico Serch y Suculento Chin ya no tendrían que esconderse en la bodega de deportes para compartir sus sueños de grasa y romance. Ahora, el mundo entero sabía que, bajo esos pants ridículos y esa piel de piedra, latían dos corazones tan sucios como el patio de la escuela, pero tan unidos como el hambre y las ganas de comer.
