Fanfy
.studio
Imagen de fondo

De las Cenizas a la Corona

Fandom: La casa del dragon (House of the dragon)

Creado: 23/6/2026

Etiquetas

RomanceUA (Universo Alternativo)DramaFantasíaOscuroEstudio de PersonajeDivergenciaMención de IncestoCelos
Índice

El Trono de Obsidiana y el Fuego de la Sangre

El aire en Desembarco del Rey se sentía distinto desde el regreso del Príncipe Heredero. No era solo el calor sofocante del verano o el olor a salitre que subía desde el Aguasnegras; era la presencia de Baelon Targaryen, el hijo de Aemma Arryn, el niño que sobrevivió a la tragedia para convertirse en el pilar sobre el cual descansaba el futuro de la dinastía. A sus veintidós años, Baelon era la imagen viva de la perfección valyria. Su cabello, de un plata casi blanco, caía con elegancia sobre unos hombros anchos que portaban la capa dorada con la naturalidad de quien ha nacido para mandar.

Baelon caminaba por los jardines de la Fortaleza Roja con una serenidad que desarmaba a sus enemigos. A su lado, Lord Tyrell intentaba vender las virtudes de su hija menor, pero el príncipe escuchaba con una cortesía tan afilada que el hombre no sabía si estaba siendo halagado o desestimado.

Desde un balcón superior, unos ojos violetas, oscuros como una tormenta de invierno, observaban cada movimiento. Daemon Targaryen apretaba la barandilla de piedra con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Había pasado años en los Peldaños de Piedra, se había casado con Laena Velaryon y engendrado hijas, pero nada de eso había logrado borrar la imagen de aquel niño al que una vez enseñó a sostener una espada de madera.

Ahora, ese niño era un hombre que lo superaba en estatura y, lo que era más peligroso, en autocontrol.

—¿Sigues mirando a las sombras, tío? —Una voz suave, pero cargada de una autoridad vibrante, interrumpió sus pensamientos.

Daemon no se dio la vuelta. Sabía perfectamente quién era. Baelon se acercó hasta quedar a su lado, despidiendo ese aroma a cuero, sándalo y algo más profundo, algo que recordaba al calor de las escamas de un dragón.

—Observo cómo te dejas cortejar por las moscas, Baelon —respondió Daemon, su voz era un susurro ronco—. Tu padre está desesperado por verte casado, y tú pareces disfrutar del espectáculo.

Baelon soltó una risa seca, un sonido que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Daemon.

—Lord Tyrell es persistente. Y su hija es... adecuada. Quizás esta noche la invite a mis aposentos. Dicen que las flores del Dominio son dulces al tacto.

Daemon se giró bruscamente, invadiendo el espacio personal de su sobrino. La diferencia de altura era mínima, pero la intensidad que emanaba de ambos creaba una atmósfera eléctrica, casi irrespirable.

—No te atrevas a tocar a esa chiquilla —siseó Daemon, su rostro a escasos centímetros del de Baelon—. Eres sangre del dragón. No deberías mezclarte con la maleza solo por despecho.

Baelon sostuvo la mirada de su tío sin parpadear. En sus ojos no había miedo, solo un desafío ardiente que Daemon encontraba tan excitante como insoportable.

—¿Despecho? —Baelon dio un paso adelante, obligando a Daemon a retroceder contra la piedra—. ¿O es que te molesta que alguien más ocupe el lugar que tú crees que te pertenece? Te fuiste, Daemon. Te casaste con Laena, te escondiste en Marcaderiva mientras yo estudiaba cómo gobernar un reino que tú solo sabes incendiar.

Daemon soltó una carcajada amarga, aunque sus ojos seguían fijos en los labios de su sobrino.

—Fui yo quien te enseñó a pelear. Fui yo quien te dijo que un dragón no pide permiso. Y ahora vuelves de Antigua con tus libros y tus leyes, pretendiendo ser el rey perfecto. Pero bajo esa capa de seda, sigo viendo al chico que disfrutaba hacerme sangrar en el patio de entrenamiento.

—He aprendido a controlar mis instintos, tío —dijo Baelon, bajando la voz hasta que fue apenas un susurro—. Algo que tú nunca has logrado.

La tensión entre ambos era una cuerda tensada al límite. Desde la muerte de Laena y la huida de Laenor, Rhaenyra había intentado acercarse a Daemon, buscando consuelo y una alianza que asegurara la posición de sus hijos bastardos. Pero Daemon apenas la miraba. Toda su atención, toda su obsesión, estaba centrada en el heredero.

Esa noche, el banquete en honor al regreso de Baelon fue una mascarada de tensiones políticas. Otto Hightower observaba desde la mesa real, con Aegon II a su lado, un joven que palidecía en comparación con la magnificencia de su medio hermano mayor. Los Verdes sabían que mientras Baelon respirara, el trono de Aegon era un sueño imposible.

Baelon, consciente de todas las miradas, se dedicó a bailar con las damas de la corte, manteniendo siempre una distancia elegante pero sugerente. Cada vez que su mano rozaba la cintura de una joven, o cuando le susurraba algo al oído que la hacía sonrojar, buscaba la mirada de Daemon en la mesa de los Velaryon.

Daemon no probó bocado. Se limitó a beber vino, con la mano derecha descansando sobre el pomo de Hermana Oscura. Su paciencia se agotó cuando vio a Baelon retirarse hacia sus aposentos, seguido poco después por una de las damas de honor de la reina Alicent.

Daemon se levantó sin decir palabra, ignorando la llamada de Rhaenyra, y se perdió en las sombras de los pasillos de la Fortaleza Roja.

Cuando entró en las habitaciones del príncipe, no encontró a ninguna dama. Baelon estaba solo, de pie frente al hogar, donde un fuego rugía con fuerza a pesar de la temperatura exterior. Se había quitado el jubón y vestía solo una camisa de lino fino, abierta en el cuello.

—Sabía que vendrías —dijo Baelon sin darse la vuelta.

—¿Dónde está la chica? —preguntó Daemon, cerrando la puerta con un golpe seco.

—La envié de vuelta a sus habitaciones. Solo era un cebo, tío. Y muerdes el anzuelo con una facilidad asombrosa.

Daemon caminó hacia él con la depredación de un lobo. La obsesión que había estado cultivando durante años, alimentada por la distancia y el resentimiento, estalló en ese momento. Agarró a Baelon por el brazo y lo giró con violencia, pero el joven príncipe no se resistió; al contrario, se dejó llevar, envolviendo sus manos alrededor del cuello de Daemon.

—¿Es esto lo que quieres? —rugió Daemon—. ¿Quieres jugar con fuego?

—Quiero que dejes de esconderte tras tus putas y tus guerras —respondió Baelon, su voz cargada de una ferocidad que igualaba a la de su tío—. Me has mirado como si fuera una posesión desde que tengo uso de razón. Pues bien, aquí estoy. Reclama lo que crees que es tuyo o lárgate de mi vista.

Daemon no esperó más. Estrelló sus labios contra los de Baelon en un beso que sabía a hierro y desesperación. No había ternura en el contacto, solo una lucha de voluntades. Baelon respondió con la misma intensidad, mordiendo el labio inferior de Daemon hasta que la sangre brotó, uniendo sus almas a través del dolor y el deseo.

Se movieron hacia la cama en una maraña de extremidades y jadeos. Daemon, el guerrero experimentado, el hombre que había recorrido los burdeles de Lys y Tyrosh, se encontró de repente superado por la fuerza bruta y la determinación de su sobrino.

Baelon lo empujó contra los colchones, situándose entre sus piernas. Sus ojos violetas brillaban con una luz inhumana, la luz de los antiguos señores de Valyria.

—Enséñame —susurró Baelon, aunque su tono era más una orden que una petición—. Enséñame cómo se consume un dragón.

Daemon, por primera vez en su vida, se sintió vulnerable bajo la mirada de otro hombre. El orgullo que siempre lo había definido se transformó en una devoción oscura.

—Eres un monstruo, Baelon —jadeó Daemon mientras sentía las manos del príncipe despojándolo de su ropa con una urgencia violenta—. Un monstruo perfecto que yo mismo ayudé a crear.

—Soy lo que tú me hiciste —respondió Baelon, bajando para besar la garganta de su tío—. Y ahora, vas a ser mío.

En la intimidad de la alcoba, el tiempo pareció detenerse. Daemon, a pesar de su experiencia, se dejó guiar por el instinto primario de Baelon. Cada roce era una herida, cada caricia un incendio. Baelon lo dominaba con una calma aterradora, explorando el cuerpo de Daemon como si fuera un territorio conquistado, mientras Daemon se arqueaba bajo él, suplicando y maldiciendo en alto valyrio.

La violencia de su unión no era física, sino espiritual. Era el choque de dos fuerzas de la naturaleza que no podían existir la una sin la otra. Cuando el clímax llegó, fue como el estallido de un volcán, dejándolos a ambos exhaustos y marcados por la pasión del otro.

Horas más tarde, mientras la luna se filtraba por las altas ventanas, un rugido ensordecedor sacudió los cimientos de la Fortaleza Roja. No era el grito agudo de Caraxes, ni el rugido profundo de Vhagar. Era algo nuevo, algo ancestral.

Desde el balcón de los aposentos de Baelon, se podía ver una silueta masiva recortada contra el cielo estrellado. Valdrakar, el dragón que Baelon había eclosionado en los desiertos cercanos a Antigua, desplegó sus alas. Sus escamas eran de un color nunca visto: un negro obsidiana que brillaba con vetas de oro líquido cuando la luz lo tocaba. Era más grande que cualquier dragón de su edad, una bestia que parecía haber salido de los mitos de la vieja Valyria.

Daemon se acercó al balcón, cubriéndose apenas con una sábana de seda. Observó a la criatura y luego a su sobrino, que permanecía desnudo bajo la luz de la luna, mirando a su dragón con una sonrisa gélida.

—Esa bestia... —comenzó Daemon, con la voz todavía quebrada—. No debería existir. Es demasiado grande, demasiado poderosa.

Baelon se giró hacia él. En la oscuridad, parecía un dios de la muerte y la belleza. Se acercó a Daemon y le puso una mano en la mejilla, sus dedos todavía calientes por el acto compartido.

—Es el reflejo de mi derecho al trono, tío. Y tú estarás a mi lado cuando lo reclame. No como un segundo hermano, ni como un consorte en las sombras. Estarás a mi lado porque eres el único que puede soportar el calor de mi fuego.

Daemon cerró los ojos, inclinándose hacia el contacto. Sabía que esta obsesión los destruiría a ambos. Sabía que Otto Hightower conspiraría, que Rhaenyra lloraría de rabia y que el reino temblaría ante su unión. Pero mientras sentía el poder de Baelon envolviéndolo, Daemon Targaryen comprendió que no le importaba ver el mundo arder, siempre y cuando fuera Baelon quien sostuviera la antorcha.

—Mi príncipe —susurró Daemon, aceptando finalmente su destino—. Mi rey.

Baelon lo atrajo hacia sí, sellando su pacto con un beso que prometía gloria y sangre a partes iguales. Afuera, Valdrakar volvió a rugir, un sonido que anunció a todo Poniente que el verdadero heredero no solo tenía la corona en su destino, sino que tenía al guerrero más peligroso del reino a sus pies y al dragón más temible de la historia en los cielos. La danza de los dragones nunca ocurriría, pues no habría bando que pudiera oponerse a la perfección violenta de Baelon Targaryen.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic