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Own
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 24/6/2026
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UA (Universo Alternativo)Recortes de VidaFluffDolor/ConsueloHistoria DomésticaCelosEstudio de PersonajeRomanceAlmas Gemelas
Promesas de Tiza y Manos Entrelazadas
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del aula de primer grado, pintando rectángulos dorados sobre el suelo de madera. Era esa hora del día en la que el mundo parecía detenerse, justo antes de que los padres llegaran a recoger a los niños. En una esquina, alejados del ruido de los bloques de construcción y las risas estridentas de otros niños, Megumi Fushiguro y Yuji Itadori compartían un pequeño pupitre doble.
Megumi, con su uniforme impecable y su cabello oscuro alborotado naturalmente, fruncía el ceño mientras intentaba trazar un kanji perfecto en su cuaderno. Era un niño serio, de ojos verdes profundos que parecían guardar secretos de adultos, aunque apenas acabara de perder su primer diente de leche. A su lado, Yuji era todo lo contrario. Aunque era un niño algo introvertido frente a los extraños, con Megumi era un sol radiante. Su cabello rosa —una anomalía que a nadie parecía importarle demasiado en ese mundo de cosas extrañas— se agitaba cada vez que inclinaba la cabeza para ver lo que su amigo hacía.
—Megumi, ¿me prestas el color rojo? —preguntó Yuji en un susurro, como si estuvieran compartiendo un secreto de estado.
Megumi no levantó la vista, pero su mano se movió automáticamente hacia su estuche para entregarle el lápiz. Sus dedos se rozaron por un segundo, y Megumi sintió un extraño calor subir por su cuello. No sabía qué era, pero le pasaba siempre que Yuji estaba demasiado cerca.
—Ten —dijo Megumi con su voz suave—. No le saques demasiada punta, se va a romper.
—¡Gracias! —Yuji sonrió, mostrando sus ojos claros llenos de una honestidad que a veces abrumaba a Megumi—. Voy a dibujar un corazón. La maestra dice que los corazones son para la gente que quieres mucho.
Megumi apretó el lápiz con más fuerza. Sus sentimientos eran un nudo enredado en su pecho. Sabía que Yuji era su "mejor amigo", pero también habían decidido, una tarde bajo el cerezo del patio, que eran "novios". No sabían exactamente qué significaba eso. Para Megumi, significaba que Yuji no podía jugar con otros niños si él no estaba presente. Para Yuji, significaba que siempre compartiría su postre con Megumi.
—¿A quién se lo vas a dar? —preguntó Megumi, tratando de sonar indiferente, aunque sus ojos verdes no se despegaban del dibujo de Yuji.
—A ti, tonto —rio Yuji, pintando con entusiasmo—. Eres mi novio, ¿no? Los novios se dan corazones.
Megumi sintió que sus orejas ardían.
—No me digas tonto —murmuró, aunque no estaba enojado.
El silencio volvió a reinar entre ellos, pero era un silencio cómodo, lleno de la presencia del otro. Sin embargo, la paz se vio interrumpida cuando un niño del otro grupo, un chico alto y ruidoso llamado Todo, se acercó a su mesa.
—¡Oye, Itadori! —exclamó el niño, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Vamos afuera, encontramos un escarabajo gigante cerca de los columpios. ¡Ven a verlo!
Yuji levantó la vista, sus ojos brillando con curiosidad infantil. Los insectos eran fascinantes a esa edad.
—¿Un escarabajo? —Yuji empezó a levantarse de la silla—. ¿Es de los que brillan?
—¡Sí! ¡Es enorme! —aseguró el otro niño, tirando de la manga de la chaqueta de Yuji.
Megumi sintió un pinchazo agudo en el estómago. No era dolor, era algo más frío, algo que lo hacía querer esconder a Yuji en una caja donde nadie más pudiera verlo. Sus manos se cerraron en puños sobre el cuaderno. Odiaba cuando otros niños intentaban llevarse a Yuji. Odiaba que Yuji pareciera tan interesado en algo que no fuera él.
—Yuji no puede ir —dijo Megumi de repente, su voz más firme de lo habitual.
El otro niño parpadeó, confundido.
—¿Por qué no? La maestra dijo que ya podíamos guardar las cosas.
—Porque... —Megumi buscó una excusa, su mente infantil trabajando a toda marcha— porque tiene que terminar de ayudarme con el kanji. Es importante.
Yuji miró a Megumi y luego a Todo. La duda cruzó su rostro moreno.
—Puedo ir un ratito, Megumi... —susurró Yuji, tratando de no herir los sentimientos de nadie.
—No —insistió Megumi, y esta vez sus ojos verdes brillaron con una intensidad que hizo que el otro niño retrocediera un paso—. Él se queda conmigo.
Todo se encogió de hombros, soltando la manga de Yuji.
—Qué aburridos son —dijo antes de salir corriendo hacia el patio.
Yuji se volvió a sentar, mirando a Megumi con curiosidad. No estaba enojado, pero tampoco entendía del todo la reacción de su amigo.
—¿Estás enojado, Gumi? —preguntó Yuji, usando el apodo que solo él tenía permitido usar.
—No —mintió Megumi, volviendo su atención al cuaderno, aunque ya no podía concentrarse.
—Pareces enojado. Tus cejas están así —Yuji imitó un ceño fruncido exagerado con sus dedos, logrando que Megumi soltara un pequeño suspiro.
—Es que... dijiste que me ibas a dar el corazón —dijo Megumi en voz baja, sintiéndose pequeño—. Si te vas con ellos, se te va a olvidar.
Yuji parpadeó, sorprendido, y luego una sonrisa enorme iluminó su rostro. Se acercó más a Megumi, invadiendo su espacio personal hasta que sus hombros chocaron.
—¡No se me va a olvidar! —exclamó Yuji—. Pero si quieres, me quedo. No necesito ver el escarabajo si tú quieres estar conmigo.
Megumi finalmente lo miró. El sentimiento de posesión y celos que le oprimía el pecho se aflojó un poco, reemplazado por esa calidez extraña que solo Yuji provocaba. A esa edad, el amor no era pasión, ni sacrificio, ni drama; era simplemente preferir la compañía de una persona sobre cualquier escarabajo gigante del mundo.
—¿De verdad? —preguntó Megumi.
—De verdad —confirmó Yuji. Tomó la mano de Megumi por debajo de la mesa y entrelazó sus dedos. Sus manos eran pequeñas, pegajosas por el pegamento de la clase de arte, pero para Megumi, era el agarre más seguro del mundo—. Somos novios, Megumi. Mi abuelo dice que eso significa que somos un equipo.
Megumi asintió, aunque no estaba seguro de qué equipo estaban hablando. Solo sabía que cuando Yuji le daba la mano, el mundo se sentía menos ruidoso y menos aterrador.
—Yuji... —llamó Megumi después de un momento de silencio.
—¿Sí?
—¿Qué es ser novios? —La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerla. Era una duda que lo perseguía. Veía a los adultos en la televisión, veía a las parejas caminar por la calle, pero nada de eso parecía encajar con lo que él sentía.
Yuji se quedó pensativo, mirando el techo del salón como si allí estuvieran las respuestas.
—Mmm... creo que es cuando alguien te gusta tanto que quieres que sea tu familia —respondió Yuji con la lógica impecable de un niño de seis años—. Como tú no tienes hermanos y yo tampoco, decidimos ser novios para no estar solos. Y también significa que puedo darte besos en la mejilla sin que sea raro.
Megumi procesó la información. Le gustaba la idea de ser familia. Le gustaba la idea de no estar solo.
—Entonces... ¿vamos a ser novios siempre? —preguntó Megumi, el miedo al futuro asomando por sus ojos verdes.
—¡Sí! Hasta que seamos viejitos y tengamos barba —prometió Yuji con total seriedad.
Megumi imaginó a Yuji con una barba rosa y no pudo evitar soltar una pequeña risita, una de las pocas que permitía que el mundo escuchara.
—Está bien —dijo Megumi—. Entonces yo también te voy a hacer un dibujo.
—¿Un corazón? —preguntó Yuji emocionado.
—No —Megumi tomó un lápiz negro—. Un perro. Un perro grande que te cuide cuando yo no esté cerca. Pero solo si me prometes que no vas a jugar con Todo sin avisarme.
Yuji soltó una carcajada y asintió vigorosamente.
—¡Lo prometo!
El resto de la tarde transcurrió en una burbuja de tranquilidad. Mientras los demás niños gritaban afuera, ellos dos se sumergieron en su mundo de trazos de colores y promesas infantiles. Megumi dibujó dos perros, uno blanco y uno negro, con trazos temblorosos pero decididos. Yuji terminó su corazón rojo y escribió el nombre de Megumi al lado, con letras que bailaban fuera de la línea.
Cuando la campana anunció el final de las clases, ambos guardaron sus tesoros en sus mochilas. Al salir al pasillo, se encontraron con el bullicio de los padres llegando. Megumi divisó a lo lejos la figura alta y desgarbada de Gojo Satoru, su tutor, que agitaba la mano con demasiado entusiasmo.
—¡Megumi-chan! ¡Yuji-kun! —gritó Gojo, ignorando las miradas de los otros padres.
Megumi suspiró, sintiendo una punzada de vergüenza, pero sintió el apretón de la mano de Yuji en la suya.
—Nos vemos mañana, Megumi —dijo Yuji, deteniéndose antes de correr hacia donde lo esperaba su abuelo.
—Mañana —repitió Megumi.
Antes de irse, Yuji se acercó rápidamente y, cumpliendo con su propia definición de "novios", le plantó un beso ruidoso en la mejilla a Megumi. Luego, salió corriendo con la cara encendida y una risa traviesa.
Megumi se quedó allí parado por un momento, tocándose la mejilla con la punta de los dedos. Su corazón latía rápido, como si hubiera estado corriendo una carrera. No entendía qué era ese sentimiento, no sabía que años más tarde ese mismo sentimiento lo llevaría a través de sombras y batallas, pero en ese momento, bajo la luz del atardecer escolar, solo sabía una cosa.
—Tonto Yuji —susurró para sí mismo, con una sonrisa que no pudo ocultar.
Caminó hacia Gojo, quien lo recibió con una lluvia de preguntas sobre su día. Megumi no contó nada sobre el escarabajo, ni sobre el dibujo, ni sobre el beso. Esas eran cosas que solo le pertenecían a él y a su "novio" de cabello rosa. Porque aunque eran solo niños, en la pureza de su ignorancia, estaban construyendo algo que ni el tiempo ni el destino podrían romper fácilmente.
El amor, después de todo, no necesitaba grandes definiciones cuando se tenía una mano que sostener y un dibujo de un corazón rojo guardado en la mochila.
Megumi, con su uniforme impecable y su cabello oscuro alborotado naturalmente, fruncía el ceño mientras intentaba trazar un kanji perfecto en su cuaderno. Era un niño serio, de ojos verdes profundos que parecían guardar secretos de adultos, aunque apenas acabara de perder su primer diente de leche. A su lado, Yuji era todo lo contrario. Aunque era un niño algo introvertido frente a los extraños, con Megumi era un sol radiante. Su cabello rosa —una anomalía que a nadie parecía importarle demasiado en ese mundo de cosas extrañas— se agitaba cada vez que inclinaba la cabeza para ver lo que su amigo hacía.
—Megumi, ¿me prestas el color rojo? —preguntó Yuji en un susurro, como si estuvieran compartiendo un secreto de estado.
Megumi no levantó la vista, pero su mano se movió automáticamente hacia su estuche para entregarle el lápiz. Sus dedos se rozaron por un segundo, y Megumi sintió un extraño calor subir por su cuello. No sabía qué era, pero le pasaba siempre que Yuji estaba demasiado cerca.
—Ten —dijo Megumi con su voz suave—. No le saques demasiada punta, se va a romper.
—¡Gracias! —Yuji sonrió, mostrando sus ojos claros llenos de una honestidad que a veces abrumaba a Megumi—. Voy a dibujar un corazón. La maestra dice que los corazones son para la gente que quieres mucho.
Megumi apretó el lápiz con más fuerza. Sus sentimientos eran un nudo enredado en su pecho. Sabía que Yuji era su "mejor amigo", pero también habían decidido, una tarde bajo el cerezo del patio, que eran "novios". No sabían exactamente qué significaba eso. Para Megumi, significaba que Yuji no podía jugar con otros niños si él no estaba presente. Para Yuji, significaba que siempre compartiría su postre con Megumi.
—¿A quién se lo vas a dar? —preguntó Megumi, tratando de sonar indiferente, aunque sus ojos verdes no se despegaban del dibujo de Yuji.
—A ti, tonto —rio Yuji, pintando con entusiasmo—. Eres mi novio, ¿no? Los novios se dan corazones.
Megumi sintió que sus orejas ardían.
—No me digas tonto —murmuró, aunque no estaba enojado.
El silencio volvió a reinar entre ellos, pero era un silencio cómodo, lleno de la presencia del otro. Sin embargo, la paz se vio interrumpida cuando un niño del otro grupo, un chico alto y ruidoso llamado Todo, se acercó a su mesa.
—¡Oye, Itadori! —exclamó el niño, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Vamos afuera, encontramos un escarabajo gigante cerca de los columpios. ¡Ven a verlo!
Yuji levantó la vista, sus ojos brillando con curiosidad infantil. Los insectos eran fascinantes a esa edad.
—¿Un escarabajo? —Yuji empezó a levantarse de la silla—. ¿Es de los que brillan?
—¡Sí! ¡Es enorme! —aseguró el otro niño, tirando de la manga de la chaqueta de Yuji.
Megumi sintió un pinchazo agudo en el estómago. No era dolor, era algo más frío, algo que lo hacía querer esconder a Yuji en una caja donde nadie más pudiera verlo. Sus manos se cerraron en puños sobre el cuaderno. Odiaba cuando otros niños intentaban llevarse a Yuji. Odiaba que Yuji pareciera tan interesado en algo que no fuera él.
—Yuji no puede ir —dijo Megumi de repente, su voz más firme de lo habitual.
El otro niño parpadeó, confundido.
—¿Por qué no? La maestra dijo que ya podíamos guardar las cosas.
—Porque... —Megumi buscó una excusa, su mente infantil trabajando a toda marcha— porque tiene que terminar de ayudarme con el kanji. Es importante.
Yuji miró a Megumi y luego a Todo. La duda cruzó su rostro moreno.
—Puedo ir un ratito, Megumi... —susurró Yuji, tratando de no herir los sentimientos de nadie.
—No —insistió Megumi, y esta vez sus ojos verdes brillaron con una intensidad que hizo que el otro niño retrocediera un paso—. Él se queda conmigo.
Todo se encogió de hombros, soltando la manga de Yuji.
—Qué aburridos son —dijo antes de salir corriendo hacia el patio.
Yuji se volvió a sentar, mirando a Megumi con curiosidad. No estaba enojado, pero tampoco entendía del todo la reacción de su amigo.
—¿Estás enojado, Gumi? —preguntó Yuji, usando el apodo que solo él tenía permitido usar.
—No —mintió Megumi, volviendo su atención al cuaderno, aunque ya no podía concentrarse.
—Pareces enojado. Tus cejas están así —Yuji imitó un ceño fruncido exagerado con sus dedos, logrando que Megumi soltara un pequeño suspiro.
—Es que... dijiste que me ibas a dar el corazón —dijo Megumi en voz baja, sintiéndose pequeño—. Si te vas con ellos, se te va a olvidar.
Yuji parpadeó, sorprendido, y luego una sonrisa enorme iluminó su rostro. Se acercó más a Megumi, invadiendo su espacio personal hasta que sus hombros chocaron.
—¡No se me va a olvidar! —exclamó Yuji—. Pero si quieres, me quedo. No necesito ver el escarabajo si tú quieres estar conmigo.
Megumi finalmente lo miró. El sentimiento de posesión y celos que le oprimía el pecho se aflojó un poco, reemplazado por esa calidez extraña que solo Yuji provocaba. A esa edad, el amor no era pasión, ni sacrificio, ni drama; era simplemente preferir la compañía de una persona sobre cualquier escarabajo gigante del mundo.
—¿De verdad? —preguntó Megumi.
—De verdad —confirmó Yuji. Tomó la mano de Megumi por debajo de la mesa y entrelazó sus dedos. Sus manos eran pequeñas, pegajosas por el pegamento de la clase de arte, pero para Megumi, era el agarre más seguro del mundo—. Somos novios, Megumi. Mi abuelo dice que eso significa que somos un equipo.
Megumi asintió, aunque no estaba seguro de qué equipo estaban hablando. Solo sabía que cuando Yuji le daba la mano, el mundo se sentía menos ruidoso y menos aterrador.
—Yuji... —llamó Megumi después de un momento de silencio.
—¿Sí?
—¿Qué es ser novios? —La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerla. Era una duda que lo perseguía. Veía a los adultos en la televisión, veía a las parejas caminar por la calle, pero nada de eso parecía encajar con lo que él sentía.
Yuji se quedó pensativo, mirando el techo del salón como si allí estuvieran las respuestas.
—Mmm... creo que es cuando alguien te gusta tanto que quieres que sea tu familia —respondió Yuji con la lógica impecable de un niño de seis años—. Como tú no tienes hermanos y yo tampoco, decidimos ser novios para no estar solos. Y también significa que puedo darte besos en la mejilla sin que sea raro.
Megumi procesó la información. Le gustaba la idea de ser familia. Le gustaba la idea de no estar solo.
—Entonces... ¿vamos a ser novios siempre? —preguntó Megumi, el miedo al futuro asomando por sus ojos verdes.
—¡Sí! Hasta que seamos viejitos y tengamos barba —prometió Yuji con total seriedad.
Megumi imaginó a Yuji con una barba rosa y no pudo evitar soltar una pequeña risita, una de las pocas que permitía que el mundo escuchara.
—Está bien —dijo Megumi—. Entonces yo también te voy a hacer un dibujo.
—¿Un corazón? —preguntó Yuji emocionado.
—No —Megumi tomó un lápiz negro—. Un perro. Un perro grande que te cuide cuando yo no esté cerca. Pero solo si me prometes que no vas a jugar con Todo sin avisarme.
Yuji soltó una carcajada y asintió vigorosamente.
—¡Lo prometo!
El resto de la tarde transcurrió en una burbuja de tranquilidad. Mientras los demás niños gritaban afuera, ellos dos se sumergieron en su mundo de trazos de colores y promesas infantiles. Megumi dibujó dos perros, uno blanco y uno negro, con trazos temblorosos pero decididos. Yuji terminó su corazón rojo y escribió el nombre de Megumi al lado, con letras que bailaban fuera de la línea.
Cuando la campana anunció el final de las clases, ambos guardaron sus tesoros en sus mochilas. Al salir al pasillo, se encontraron con el bullicio de los padres llegando. Megumi divisó a lo lejos la figura alta y desgarbada de Gojo Satoru, su tutor, que agitaba la mano con demasiado entusiasmo.
—¡Megumi-chan! ¡Yuji-kun! —gritó Gojo, ignorando las miradas de los otros padres.
Megumi suspiró, sintiendo una punzada de vergüenza, pero sintió el apretón de la mano de Yuji en la suya.
—Nos vemos mañana, Megumi —dijo Yuji, deteniéndose antes de correr hacia donde lo esperaba su abuelo.
—Mañana —repitió Megumi.
Antes de irse, Yuji se acercó rápidamente y, cumpliendo con su propia definición de "novios", le plantó un beso ruidoso en la mejilla a Megumi. Luego, salió corriendo con la cara encendida y una risa traviesa.
Megumi se quedó allí parado por un momento, tocándose la mejilla con la punta de los dedos. Su corazón latía rápido, como si hubiera estado corriendo una carrera. No entendía qué era ese sentimiento, no sabía que años más tarde ese mismo sentimiento lo llevaría a través de sombras y batallas, pero en ese momento, bajo la luz del atardecer escolar, solo sabía una cosa.
—Tonto Yuji —susurró para sí mismo, con una sonrisa que no pudo ocultar.
Caminó hacia Gojo, quien lo recibió con una lluvia de preguntas sobre su día. Megumi no contó nada sobre el escarabajo, ni sobre el dibujo, ni sobre el beso. Esas eran cosas que solo le pertenecían a él y a su "novio" de cabello rosa. Porque aunque eran solo niños, en la pureza de su ignorancia, estaban construyendo algo que ni el tiempo ni el destino podrían romper fácilmente.
El amor, después de todo, no necesitaba grandes definiciones cuando se tenía una mano que sostener y un dibujo de un corazón rojo guardado en la mochila.
