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Tu caballero

Fandom: Zootopia

Creado: 24/6/2026

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Entre el Acero y el Trébol

El sol de la tarde se filtraba a través de los vitrales de la gran sala del consejo, proyectando sombras alargadas y coloridas sobre el suelo de mármol. Judy Hopps, princesa de las Praderas y heredera del linaje de los Grandes Madrigueras, apretaba los puños ocultos bajo los pliegues de su vestido de seda azul. A su lado, firme como una estatua de obsidiana, se encontraba Nick Wilde. Su armadura de caballero real brillaba con una pulcritud que denotaba tanto su rango como su disciplina, pero sus ojos verdes, siempre astutos, no se apartaban de la figura del Rey Stu Hopps.

—Judy, hija mía, debes comprender que la estabilidad del reino no solo depende de nuestras fronteras, sino de nuestras alianzas —dijo el Rey Stu, suspirando mientras revisaba un pergamino sellado con cera roja—. El Príncipe Gedeón de las Tierras Altas llegará en tres lunas. Es un buen partido, un zorro de linaje noble que asegurará nuestras rutas comerciales.

Judy sintió un nudo de indignación apretándole la garganta. Dio un paso al frente, ignorando el protocolo que dictaba que una princesa debía esperar a ser interpelada.

—Padre, con todo el respeto que tu corona merece, no soy un saco de grano que puedas intercambiar por rutas comerciales —declaró con voz firme, aunque su corazón latía con fuerza—. He dedicado mi vida a aprender las leyes, a conocer a nuestra gente y a entrenar en el arte de la estrategia. ¿De qué sirve todo eso si mi único destino es ser el adorno en el trono de un extraño?

La Reina Bonnie, sentada junto a su esposo, lanzó una mirada de preocupación hacia Nick, quien permanecía imperturbable, aunque la mandíbula del zorro se tensó imperceptibles milímetros.

—No es un adorno, Judy —intervino Bonnie con suavidad—. Es el deber. Todos tenemos un papel que desempeñar en este mundo.

—Entonces mi papel es ser infeliz —sentenció Judy, dando media vuelta—. Si me disculpan, necesito aire. Sir Wilde, acompáñeme.

Nick hizo una reverencia impecable hacia los monarcas.

—Con su permiso, Majestades.

Caminaron en silencio por los pasillos de piedra, pasando junto a tapices que narraban la historia de la fundación de Zootopia, una era de paz entre especies que Judy sentía que se desmoronaba bajo el peso de las tradiciones rancias. Solo cuando estuvieron lo suficientemente lejos de los oídos indiscretos de los guardias de palacio, Nick se permitió relajar los hombros.

—Eso ha sido bastante... explosivo, incluso para tus estándares, Zanahorias —murmuró Nick, usando el apodo que solo se atrevía a pronunciar en la intimidad.

—No me llames así ahora, Nick. Estoy furiosa —respondió ella, aunque el tono de su voz se suavizó al instante al mirar al caballero—. Quieren venderme. Literalmente.

—Es un príncipe, Judy. Técnicamente es una "unión política de alto nivel" —Nick intentó bromear, pero su sonrisa no llegó a sus ojos—. Aunque admito que el tipo tiene cara de oler leche cortada en los retratos que he visto.

Judy se detuvo frente a una pequeña puerta de madera oculta tras una enredadera en el jardín trasero. Era la entrada a las caballerizas reales, y más allá, el camino hacia el bosque de los Tréboles, su refugio personal.

—Vamos —dijo ella, tomando la mano enguantada de Nick—. Necesito salir de estos muros antes de que me asfixie.

Minutos después, montados en sus respectivos corceles, cabalgaban hacia la espesura del bosque. Nick siempre se mantenía un cuerpo por delante, con la mano cerca de la empuñadura de su espada, cumpliendo su función de protector, pero en cuanto cruzaron el arroyo que marcaba el límite de las tierras patrulladas, la dinámica cambió.

Desmontaron en un claro rodeado de sauces llorones cuyas ramas caían como cortinas de esmeralda. Nick se quitó el yelmo, dejando que la brisa alborotara su pelaje rojizo. Se volvió hacia Judy y, sin decir palabra, la tomó por la cintura para ayudarla a bajar de su montura. Al tocar tierra, Judy no se soltó; en cambio, se hundió en el pecho de la armadura de Nick, buscando el calor que el metal no podía ofrecer, pero que el hombre debajo de él siempre le brindaba.

—No dejaré que te lleven, Judy —susurró Nick, rompiendo el silencio. Su voz ya no era la del caballero burlón, sino la del hombre que la amaba en secreto desde hacía años—. Si tengo que desertar, si tenemos que huir a las ciudades del sur donde nadie conoce nuestros nombres... lo haré.

Judy levantó la vista, sus ojos violetas empañados por la frustración y el amor.

—¿Y renunciar a todo lo que has logrado? —preguntó ella, acariciando la cicatriz que Nick tenía cerca de la oreja, recuerdo de una batalla contra bandidos—. Eres el mejor caballero que este reino ha visto jamás. Has jurado proteger esta tierra.

—Tú eres mi tierra, Judy —respondió él con una intensidad que la dejó sin aliento—. El reino es solo piedra y leyes. Tú eres la razón por la que empuño la espada. Si te pierdo a manos de un príncipe que no sabe distinguir un escudo de una bandeja de plata, no me quedará nada que proteger.

—Nick... —Judy se puso de puntillas y unió sus labios con los de él. Fue un beso desesperado, con sabor a despedida y a promesa.

En ese rincón del mundo, no eran una princesa y su subordinado. Eran simplemente un zorro y una coneja que habían desafiado las leyes de la naturaleza y de la sociedad para encontrarse. La armadura de Nick crujió cuando él la estrechó más contra sí, como si quisiera fusionar sus cuerpos para que nadie pudiera separarlos.

—Tengo que partir mañana al amanecer —dijo Nick de repente, separándose apenas unos centímetros—. Hay informes de disturbios en la frontera norte. Los lobos de la tundra están inquietos de nuevo. Tu padre me ha ordenado liderar la patrulla de reconocimiento.

Judy sintió un frío repentino.

—¿Mañana? Pero el Príncipe Gedeón llega en tres días. Quieren alejarte, Nick. Mi padre no es tonto; sospecha algo.

—Lo sé —asintió Nick, apretando los dientes—. Pero si desobedezco una orden directa del Rey ahora mismo, me acusarán de traición. Me encerrarían en las mazmorras y entonces sí que no habría nadie para ayudarte cuando ese zorro de las tierras altas cruce el puente levadizo.

Judy se apartó, caminando hacia el arroyo. Observó su reflejo en el agua: una princesa con un vestido caro, pero con el corazón de una guerrera.

—Entonces ve —dijo ella, dándose la vuelta con una determinación renovada—. Ve y cumple con tu deber. Protege el reino una vez más. Pero júrame, Nick Wilde, por el honor de tu espada y por lo que sentimos, que volverás antes de que se firme cualquier contrato matrimonial.

Nick se arrodilló ante ella, no como un súbdito ante su reina, sino como un devoto ante su única verdad. Desenvainó su espada de acero templado y apoyó la punta en la tierra, sosteniendo la empuñadura con ambas manos.

—Te lo juro por mi vida, Judy Hopps. Volveré. Y si ese príncipe intenta ponerte un anillo en el dedo, tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

—No digas eso —le reprendió ella, acercándose para obligarlo a ponerse de pie—. Solo vuelve. Regresa a mí. Yo me encargaré de ganar tiempo en el castillo. Seré la princesa más terca y difícil que ese Gedeón haya conocido jamás.

Nick soltó una carcajada genuina, la primera del día.

—Oh, de eso no tengo ninguna duda. Eres una coneja muy persistente.

El regreso al castillo fue lúgubre. Las sombras de la noche empezaban a devorar el paisaje y las antorchas de las murallas se encendían una a una, como ojos vigilantes. Al llegar a las puertas, Nick retomó su postura rígida y profesional. La máscara de caballero real volvió a su sitio, ocultando cualquier rastro de la vulnerabilidad que había mostrado en el bosque.

—Descanse bien, Princesa —dijo Nick con una inclinación de cabeza mientras la escoltaba hasta la entrada de sus aposentos—. Los centinelas estarán en la puerta.

—Cuídate, Sir Wilde —respondió Judy, manteniendo la voz nivelada para los guardias que observaban—. Que la fortuna te acompañe en el norte.

Cerró la puerta de su habitación y se apoyó contra la madera tallada, escuchando el eco de las botas de metal de Nick alejándose por el pasillo. El silencio que siguió fue opresivo.

A la mañana siguiente, Judy se despertó con el sonido de los cuernos de caza. Corrió hacia el balcón y vio a la pequeña compañía de caballeros saliendo por la puerta principal. Al frente, montando un semental negro, estaba Nick. No miró hacia atrás, pero Judy notó cómo levantaba brevemente su mano enguantada en un gesto que para cualquiera sería un ajuste de las riendas, pero que para ella era una señal de despedida.

Los días siguientes fueron una tortura de preparativos. La Reina Bonnie insistía en probarle vestidos de encaje y sedas pesadas, mientras el Rey Stu hablaba incesantemente sobre las ventajas de la unión.

—Gedeón es un zorro de gran carácter, Judy —decía su padre durante la cena—. Su familia controla las minas de hierro. Con su fuerza y nuestra agricultura, el reino será invencible.

—¿Y qué hay de lo que yo quiero, Padre? —preguntó Judy, moviendo la comida en su plato de oro—. ¿Alguna vez te has preguntado si quiero ser "invencible" a costa de mi libertad?

—La libertad es un lujo que los gobernantes no siempre podemos permitirnos —respondió el Rey con severidad—. Deberías estar agradecida. Muchos darían lo que fuera por esta posición.

El tercer día llegó con una tormenta que oscureció el cielo. Los truenos retumbaban como tambores de guerra. Judy estaba en el gran salón, vestida con sus mejores galas, sintiéndose como un animal enjaulado. Las puertas principales se abrieron y el heraldo anunció la llegada de la comitiva de las Tierras Altas.

El Príncipe Gedeón entró con paso arrogante. Era un zorro corpulento, vestido con pieles y joyas ostentosas. Su sonrisa era amplia, pero a Judy le pareció carente de sinceridad.

—Majestades —dijo Gedeón, haciendo una reverencia exagerada—. Es un honor estar finalmente en estas tierras tan... fértiles. Y usted, Princesa Judy, los retratos no le hacen justicia a su belleza.

Judy forzó una sonrisa gélida.

—Bienvenido, Príncipe Gedeón. Espero que su viaje no haya sido demasiado accidentado por la lluvia.

—Un poco de agua no detiene a un zorro de las montañas —respondió él, acercándose para tomar la mano de Judy y besarla. Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no retirar la mano con asco—. Estoy ansioso por que discutamos los detalles de nuestro futuro.

—Hay mucho que discutir —intervino Judy rápidamente—, empezando por el hecho de que no acepto compromisos sin antes conocer a fondo las intenciones de mis aliados.

El Rey Stu carraspeó, tratando de suavizar el ambiente.

—Habrá tiempo para eso. Celebremos primero su llegada con un banquete.

Mientras la corte se movía hacia el comedor, Judy miró hacia las ventanas empapadas por la lluvia. ¿Dónde estaba Nick? Los informes decían que la frontera norte estaba tranquila, pero él no había regresado. Una punzada de miedo le recorrió la columna. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si su padre había planeado algo más oscuro que una simple misión de reconocimiento?

La cena fue un desfile de excesos que Judy apenas probó. Gedeón hablaba de sus hazañas de caza y de cómo planeaba modernizar el ejército de las Praderas. Cada palabra que pronunciaba era un clavo más en el ataúd de las esperanzas de Judy.

De repente, las puertas del banquete se abrieron de par en par. Un guardia entró corriendo, jadeando, con el rostro cubierto de barro y hollín.

—¡Majestad! —gritó, cayendo de rodillas ante la mesa real—. ¡Mensaje urgente de la patrulla del norte!

El corazón de Judy se detuvo. El Rey Stu se puso en pie, alarmado.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Sir Wilde?

—Fuimos emboscados en el Paso del Colmillo, Majestad —informó el guardia con voz temblorosa—. No eran lobos... eran mercenarios. Sir Wilde ordenó que regresáramos para dar el aviso mientras él se quedaba atrás para cubrir nuestra retirada. El paso se ha derrumbado por la tormenta.

Judy sintió que el mundo giraba. Gedeón soltó una risa seca.

—Vaya, parece que vuestro caballero más valioso ha resultado ser un mártir. Una lástima, pero son los riesgos del oficio.

Judy se puso en pie de un salto, derribando su silla en el proceso. Sus ojos ardían con una furia que hizo que incluso Gedeón retrocediera.

—Nick Wilde no es un mártir, y mucho menos un descuido —siseó ella—. Si está atrapado, es porque cumplía órdenes que lo enviaron directamente a una trampa.

Miró a su padre, quien parecía genuinamente sorprendido y pálido.

—Padre, si no envías una partida de rescate ahora mismo, iré yo misma.

—Judy, no seas ridícula, hay una tormenta allá afuera y el paso es peligroso —dijo Stu, tratando de recuperar el control.

—Entonces me iré sola —declaró ella. Sin esperar respuesta, se recogió las faldas y salió corriendo del salón.

—¡Princesa! ¡Deténgase! —gritaban los guardias, pero Judy conocía el castillo mejor que nadie.

Corrió hacia sus aposentos, pero no para llorar. Se despojó del vestido de seda con movimientos bruscos y se puso su traje de montar de cuero reforzado. Tomó una capa oscura y bajó a la armería secreta de su familia. Allí, colgada en la pared, estaba la espada de práctica que Nick le había ayudado a usar a escondidas durante años.

"Volveré", le había prometido él.

—Y yo iré a buscarte —susurró Judy, ajustándose el cinturón de la espada.

Salió a las caballerizas bajo la lluvia torrencial. El trueno rugió sobre su cabeza, pero no sentía miedo. El alma aventurera que sus padres habían intentado domar con protocolos y matrimonios arreglados estaba ahora plenamente despierta, alimentada por el amor y la desesperación.

Mientras galopaba hacia las puertas del reino, Judy Hopps ya no era solo una princesa esperando su destino. Era una guerrera reclamando su futuro. Y no permitiría que nada, ni mercenarios, ni tormentas, ni príncipes ambiciosos, le arrebataran al caballero que poseía su corazón.

La verdadera batalla por el reino de las Praderas acababa de comenzar, y Nick Wilde no estaría solo en ella.
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