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El guerrero más poderoso
Fandom: Que pasaria si el universo de High School DxD y de Dragon ball z estuvieran en el mismo mundo..
Creado: 24/6/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)CrossoverAcciónAventuraFantasíaRecortes de VidaDivergenciaEstudio de Personaje
Un nuevo horizonte: El joven guerrero llega a la Academia Kuoh
El sol apenas comenzaba a asomar sus primeros rayos sobre las exuberantes y verdes Montañas Paos, tiñendo el cielo de matices anaranjados y púrpuras. Sin embargo, en la casa de la familia Son, el día ya había comenzado con el estruendo habitual de platos chocando y el aroma irresistible de un banquete que alimentaría a una pequeña aldea.
Sentado a la mesa, el joven Son Gohan, de apenas doce años, devoraba una montaña de arroz con una velocidad que desafiaba las leyes de la física. A su lado, su padre, Son Goku, no se quedaba atrás, manteniendo un ritmo frenético mientras ambos competían silenciosamente por ver quién terminaba primero el cuenco de sopa miso. Gohan, a pesar de su corta edad, ya poseía una complexión física envidiable; su entrenamiento en la Habitación del Tiempo con su padre no solo le había permitido alcanzar la legendaria transformación del Super Saiyajin, sino que había esculpido su cuerpo con una musculatura firme y eficiente, aunque todavía conservaba la inocencia en su rostro.
— ¡Gohan, Goku! ¡Coman con más calma, se van a atragantar! —exclamó Milk desde la cocina, trayendo una nueva bandeja de pescado asado.
— Lo siento, mamá, es que todo está delicioso —respondió Gohan, limpiándose la boca con la manga antes de recibir una mirada reprobatoria de su madre.
— ¡Es verdad, Milk! ¡Tu comida es la mejor del mundo! —añadió Goku con una sonrisa radiante, antes de volver al ataque con sus palillos.
Milk suspiró, dejando la bandeja sobre la mesa y sentándose frente a su hijo. Su expresión cambió de la diligencia de una ama de casa a una seriedad maternal absoluta.
— Gohan, escucha con atención. Hoy es un día muy importante. Gracias a la recomendación de una vieja conocida, he logrado inscribirte en una institución de gran prestigio. Se llama la Academia Kuoh. Está en una ciudad algo alejada, pero es una oportunidad que no podemos dejar pasar.
Gohan se detuvo en seco, con un trozo de pescado a medio camino.
— ¿Una escuela en la ciudad? Pero mamá, yo quería seguir entrenando con papá. El señor Piccolo también dijo que vendría esta tarde para enseñarme unas nuevas técnicas de control de energía.
— ¡Nada de peros! —sentenció Milk, golpeando ligeramente la mesa—. Tienes doce años y una inteligencia privilegiada. No puedes pasarte la vida peleando con señores verdes o lanzando rayos de luz en las montañas. Necesitas una educación formal, amigos de tu edad y un futuro como gran investigador.
Gohan miró a su padre, buscando un aliado. Goku, rascándose la nuca con un gesto de confusión, trató de intervenir.
— Vamos, Milk, Gohan es muy fuerte. Si deja de entrenar ahora, sus músculos se volverán perezosos y...
— ¡Goku! —le interrumpió Milk con un aura oscura rodeándola—. ¿Estás sugiriendo que la educación de nuestro hijo es menos importante que dar puñetazos al aire?
Goku retrocedió instintivamente, sudando frío.
— ¡No, no! ¡Para nada! La escuela es genial... supongo.
Gohan suspiró, sabiendo que cuando su madre tomaba una decisión, ni siquiera el guerrero más fuerte del universo podía hacerla cambiar de opinión. Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse del todo.
— Está bien, mamá. Iré a esa escuela. Pero con una condición.
Milk arqueó una ceja, escuchando.
— ¿Qué condición?
— Iré a las clases y estudiaré mucho, pero cuando regrese, me permitirás seguir entrenando con papá y el señor Piccolo. No quiero perder mi condición física. Es importante estar preparados por si algo sucede.
Milk lo meditó por un momento. Sabía que Gohan era un niño responsable y que, a diferencia de su padre, realmente disfrutaba de los libros.
— Trato hecho —aceptó ella con una sonrisa triunfal—. Pero nada de peleas en la escuela. Prométemelo, Gohan. Debes comportarte como un chico normal. Nada de fuerza sobrehumana, nada de volar frente a otros y, por favor, ¡nada de transformarte en ese chico rubio!
— Lo prometo, mamá —dijo Gohan, aunque una pequeña chispa de nerviosismo creció en su estómago. Ser "normal" era, irónicamente, la tarea más difícil que jamás había enfrentado.
Tras una despedida apresurada y recibir una mochila llena de libros, Gohan salió de la casa. Se aseguró de que su madre no lo viera y, con un ligero impulso, se elevó en el aire. Volar era para él tan natural como caminar. Mientras surcaba los cielos, manteniendo su Ki al mínimo para no ser detectado por radares o personas sensibles, el viento golpeaba su rostro, ayudándole a calmar los nervios.
— "Academia Kuoh... espero que no sea muy difícil hacer amigos" —pensó Gohan con una sonrisa tímida.
Al llegar a las afueras de la ciudad de Kuoh, Gohan descendió en un callejón solitario. Se ajustó el uniforme escolar, que consistía en una chaqueta negra con bordes blancos y pantalones grises. El uniforme le quedaba un poco ajustado en los hombros y los brazos debido a su musculatura desarrollada, algo que él no notaba, pero que ciertamente no pasaría desapercibido.
Caminó hacia la entrada principal de la academia. El edificio era imponente, con una arquitectura clásica y jardines impecablemente cuidados. Al cruzar la puerta, Gohan sintió de inmediato que muchas miradas se posaban sobre él.
— ¿Quién es ese chico? —susurró una estudiante de segundo año a su amiga.
— No lo sé, pero mira sus brazos... ¡parece un atleta profesional! Y su cara es tan linda.
Gohan agachó la cabeza, sintiendo que sus mejillas se calentaban. Los murmullos de las chicas sobre su aspecto físico lo ponían extremadamente incómodo. Él solo quería encontrar su salón y pasar desapercibido. Sin embargo, mientras caminaba por el patio principal, algo más llamó su atención. No eran miradas, sino sensaciones.
Se detuvo un segundo, cerrando los ojos. Su entrenamiento con Goku y Piccolo le había dado una sensibilidad extraordinaria para sentir la energía vital o Ki.
— "Qué extraño..." —pensó Gohan, frunciendo el ceño—. "Siento un par de presencias... no son humanas. Tienen un rastro de energía oscuro, pero no se siente malvado. Es como... ¿demonios? Pero no hay rastro de malicia en ellos ahora mismo".
Decidió no darle importancia por el momento. Si no eran una amenaza, no tenía por qué intervenir. Su prioridad era llegar a su clase.
Después de preguntar a un profesor, Gohan llegó al salón asignado. Al parecer, debido a sus altas calificaciones en los exámenes de ingreso, lo habían colocado en una clase de nivel avanzado, donde la mayoría de los estudiantes eran dos o tres años mayores que él.
El profesor entró al aula y pidió silencio.
— Buenos días a todos. Hoy tenemos a un nuevo estudiante que se une a nosotros. A pesar de su edad, ha demostrado tener un intelecto excepcional. Por favor, pasa y preséntate.
Gohan entró con paso vacilante, sosteniendo las correas de su mochila con fuerza. Se paró frente a la pizarra y miró a la multitud de adolescentes que lo observaban con curiosidad y, en algunos casos, con escepticismo.
— Hola a todos... mi nombre es Son Gohan. Vengo de las Montañas Paos. Me gusta mucho estudiar y... bueno, espero que nos llevemos bien.
— ¡Es tan pequeño! —gritó un chico desde el fondo—. ¿Seguro que no se equivocó de edificio?
— ¡Cállate, Matsuda! —le reprendió una chica—. ¡Es adorable!
Gohan hizo una pequeña reverencia y se dirigió al asiento vacío que le indicó el profesor. Casualmente, su asiento estaba cerca de una chica de baja estatura, con cabello blanco recogido en una coleta y unos ojos dorados que parecían analizar hasta el último átomo de su ser. Ella estaba comiendo silenciosamente un dulce, pero su mirada no se apartó de Gohan desde que entró.
Era Koneko Toujou.
Gohan se sentó y, por un breve instante, sus miradas se cruzaron. En ese momento, ambos sintieron una descarga eléctrica de reconocimiento. Gohan pudo sentirlo con claridad: esa chica no era humana. Su energía era densa, pero estaba muy bien oculta, como si llevara una máscara constante.
Por su parte, Koneko estaba internamente desconcertada. Como miembro del clan Gremory y una nekomata, tenía sentidos muy agudos. El chico sentado a unos metros de ella no se parecía a nada que hubiera encontrado antes. No era un demonio, ni un ángel, ni un caído. Su energía no era mágica; era algo puramente físico, vasto y cálido como un sol en miniatura.
— "Qué energía tan extraña..." —pensó Koneko, llevándose otro dulce a la boca mientras mantenía su expresión estoica habitual—. "Parece un humano, pero desprende una presión que me pone los pelos de punta. ¿Qué eres, Son Gohan?"
Gohan, por su parte, intentó concentrarse en el libro de texto que tenía delante, pero no podía evitar pensar en su compañera.
— "Esa chica... tiene una fuerza física increíble para su tamaño. Y su Ki... es muy similar al de las presencias que sentí al entrar. Definitivamente, esta escuela no es normal. Pero mamá me pidió que no me metiera en problemas".
La mañana transcurrió entre lecciones de matemáticas y literatura. Gohan demostró ser un alumno brillante, respondiendo preguntas complejas con una sencillez que dejó boquiabiertos a sus compañeros. Sin embargo, su mente seguía alerta. Podía sentir que desde algún lugar alto del edificio principal, alguien más lo estaba observando.
En la oficina del Club de Investigación de lo Oculto, Rias Gremory observaba a través de la ventana, con su característica cabellera carmesí brillando bajo la luz. A su lado, Akeno Himejima sonreía con su habitual aire de misterio.
— ¿Lo sientes también, Rias? —preguntó Akeno, cruzando los brazos bajo su pecho.
— Es difícil no hacerlo —respondió Rias, con la mirada fija en el patio donde los estudiantes comenzaban a salir para el almuerzo—. Koneko me envió un mensaje. Dice que el chico nuevo, Gohan, tiene una naturaleza energética que no puede identificar. No parece ser una Sacred Gear, al menos no una común.
— Es bastante guapo para ser tan joven —comentó Akeno con una risita—. Y su cuerpo... parece que ha entrenado toda su vida bajo condiciones extremas.
— Mantengamos la vigilancia —ordenó Rias con tono serio—. Si es una amenaza, debemos saberlo. Pero si es un humano con un potencial oculto, o algo más... podría ser un aliado valioso. O un problema si cae en las manos equivocadas.
Mientras tanto, en el patio, Gohan se había sentado bajo la sombra de un gran árbol para disfrutar del almuerzo que Milk le había preparado. Era una caja bento gigante, suficiente para alimentar a tres personas normales.
— Vaya, creo que mamá se excedió un poco —murmuró Gohan, mirando la cantidad de comida.
— No creo que sea demasiado para alguien con tu metabolismo.
Gohan se sobresaltó y miró hacia un lado. Koneko estaba allí, de pie, con las manos en los bolsillos de su falda. Lo miraba con una expresión neutra, casi indiferente.
— Ah, hola... Koneko, ¿verdad? —dijo Gohan, recuperando la compostura y ofreciéndole una sonrisa amable—. ¿Quieres un poco? Mi mamá cocina demasiado.
Koneko miró la comida y luego a Gohan. Se sentó a una distancia prudencial, pero aceptó un trozo de pollo frito.
— Eres extraño —dijo ella simplemente después de masticar.
Gohan se rascó la nuca, riendo con nerviosismo.
— Me lo dicen mucho. Supongo que vivir en las montañas me hace un poco diferente a los chicos de la ciudad.
— No me refiero a eso —replicó Koneko, clavando sus ojos dorados en los de él—. Tu energía. No es normal. Hueles a naturaleza, pero también a algo... explosivo. Como si estuvieras conteniendo una tormenta dentro de ti.
Gohan se quedó helado. No esperaba que alguien fuera tan directo y perceptivo el primer día. Sabía que debía ser cuidadoso con lo que decía.
— Bueno... entreno mucho artes marciales con mi papá. Él siempre dice que debemos estar en armonía con nuestro entorno. Supongo que es eso lo que sientes.
Koneko no pareció convencida, pero no presionó más. Se limitó a seguir comiendo en silencio junto a él. Para Gohan, aquel silencio no era incómodo; de hecho, le recordaba un poco a las sesiones de meditación con el señor Piccolo.
Sin embargo, la paz no duró mucho. Gohan sintió un repentino cambio en la atmósfera. A lo lejos, cerca de las puertas de la vieja escuela, una presencia oscura y agresiva se manifestó por un breve segundo antes de desaparecer. Era una energía fría, llena de odio.
Koneko también lo sintió. Se puso de pie de inmediato, sus músculos tensándose.
— Tengo que irme —dijo ella, sin mirar atrás.
Gohan la vio alejarse rápidamente hacia el viejo edificio. Su instinto de guerrero le gritaba que algo malo estaba por suceder. Recordó la promesa que le hizo a su madre de no meterse en peleas, pero también recordó las palabras de su padre: "Si tienes el poder para ayudar a alguien, no puedes simplemente mirar hacia otro lado".
— Lo siento, mamá —susurró Gohan, dejando su bento a un lado—. Solo iré a echar un vistazo. Prometo no romper nada.
Gohan se levantó y, moviéndose con una velocidad que lo hacía prácticamente invisible para el ojo humano, siguió el rastro de Koneko. Se mantuvo oculto entre las sombras de los edificios, observando cómo la pequeña nekomata se reunía con otros estudiantes que desprendían esa misma energía demoníaca: un chico rubio con una espada y la misma pelirroja que lo había estado observando desde la ventana.
Estaban rodeando un área del bosque tras la escuela donde el aire parecía distorsionarse. De la nada, una figura alada descendió del cielo. Tenía alas negras, como las de un cuervo, y una sonrisa sádica en el rostro.
— Vaya, vaya... pero si es la princesita Gremory y su pequeño séquito —dijo el ángel caído, generando una lanza de luz purpúrea en su mano—. Me dijeron que había algo interesante en esta escuela hoy, pero solo veo a los mismos demonios de siempre.
Gohan, oculto tras un pilar de piedra, observaba la escena con asombro.
— "¿Ángeles caídos? ¿Lanzas de luz? Este lugar es mucho más peligroso de lo que mamá pensaba" —se dijo a sí mismo, apretando los puños.
Sintió cómo el Ki de Rias y sus amigos aumentaba, preparándose para la batalla. Pero también notó que el ángel caído no estaba solo; había otros tres escondidos en los árboles, listos para una emboscada.
Gohan sabía que si intervenía de forma abierta, su vida "normal" terminaría antes de empezar. Pero si no lo hacía, esos chicos podrían salir heridos.
— "Solo un poco..." —pensó Gohan, cerrando los ojos y concentrándose—. "Solo necesito distraerlos sin que sepan quién soy".
Una pequeña chispa de aura dorada parpadeó alrededor de su cuerpo por una fracción de segundo. Gohan se preparó para actuar. El primer día en la Academia Kuoh estaba resultando ser mucho más emocionante de lo que cualquier libro de texto podría ofrecer.
— ¡Ahora! —gritó Rias, lanzando un ataque de energía carmesí.
La batalla había comenzado, y Son Gohan, el joven Saiyajin, estaba a punto de dar su primer paso en un mundo de mitos y leyendas que jamás imaginó que existieran. Pero antes de lanzarse, recordó una última cosa: debía controlar su fuerza. En este mundo, un simple golpe suyo podría ser catastrófico.
— "Controla tu Ki, Gohan. Sé como el agua..." —se repitió, mientras sus ojos brillaban con una determinación guerrera que contrastaba con su uniforme escolar.
El destino de Kuoh y el de los guerreros Z acababa de entrelazarse de forma irreversible. Y esto era solo el comienzo.
Sentado a la mesa, el joven Son Gohan, de apenas doce años, devoraba una montaña de arroz con una velocidad que desafiaba las leyes de la física. A su lado, su padre, Son Goku, no se quedaba atrás, manteniendo un ritmo frenético mientras ambos competían silenciosamente por ver quién terminaba primero el cuenco de sopa miso. Gohan, a pesar de su corta edad, ya poseía una complexión física envidiable; su entrenamiento en la Habitación del Tiempo con su padre no solo le había permitido alcanzar la legendaria transformación del Super Saiyajin, sino que había esculpido su cuerpo con una musculatura firme y eficiente, aunque todavía conservaba la inocencia en su rostro.
— ¡Gohan, Goku! ¡Coman con más calma, se van a atragantar! —exclamó Milk desde la cocina, trayendo una nueva bandeja de pescado asado.
— Lo siento, mamá, es que todo está delicioso —respondió Gohan, limpiándose la boca con la manga antes de recibir una mirada reprobatoria de su madre.
— ¡Es verdad, Milk! ¡Tu comida es la mejor del mundo! —añadió Goku con una sonrisa radiante, antes de volver al ataque con sus palillos.
Milk suspiró, dejando la bandeja sobre la mesa y sentándose frente a su hijo. Su expresión cambió de la diligencia de una ama de casa a una seriedad maternal absoluta.
— Gohan, escucha con atención. Hoy es un día muy importante. Gracias a la recomendación de una vieja conocida, he logrado inscribirte en una institución de gran prestigio. Se llama la Academia Kuoh. Está en una ciudad algo alejada, pero es una oportunidad que no podemos dejar pasar.
Gohan se detuvo en seco, con un trozo de pescado a medio camino.
— ¿Una escuela en la ciudad? Pero mamá, yo quería seguir entrenando con papá. El señor Piccolo también dijo que vendría esta tarde para enseñarme unas nuevas técnicas de control de energía.
— ¡Nada de peros! —sentenció Milk, golpeando ligeramente la mesa—. Tienes doce años y una inteligencia privilegiada. No puedes pasarte la vida peleando con señores verdes o lanzando rayos de luz en las montañas. Necesitas una educación formal, amigos de tu edad y un futuro como gran investigador.
Gohan miró a su padre, buscando un aliado. Goku, rascándose la nuca con un gesto de confusión, trató de intervenir.
— Vamos, Milk, Gohan es muy fuerte. Si deja de entrenar ahora, sus músculos se volverán perezosos y...
— ¡Goku! —le interrumpió Milk con un aura oscura rodeándola—. ¿Estás sugiriendo que la educación de nuestro hijo es menos importante que dar puñetazos al aire?
Goku retrocedió instintivamente, sudando frío.
— ¡No, no! ¡Para nada! La escuela es genial... supongo.
Gohan suspiró, sabiendo que cuando su madre tomaba una decisión, ni siquiera el guerrero más fuerte del universo podía hacerla cambiar de opinión. Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse del todo.
— Está bien, mamá. Iré a esa escuela. Pero con una condición.
Milk arqueó una ceja, escuchando.
— ¿Qué condición?
— Iré a las clases y estudiaré mucho, pero cuando regrese, me permitirás seguir entrenando con papá y el señor Piccolo. No quiero perder mi condición física. Es importante estar preparados por si algo sucede.
Milk lo meditó por un momento. Sabía que Gohan era un niño responsable y que, a diferencia de su padre, realmente disfrutaba de los libros.
— Trato hecho —aceptó ella con una sonrisa triunfal—. Pero nada de peleas en la escuela. Prométemelo, Gohan. Debes comportarte como un chico normal. Nada de fuerza sobrehumana, nada de volar frente a otros y, por favor, ¡nada de transformarte en ese chico rubio!
— Lo prometo, mamá —dijo Gohan, aunque una pequeña chispa de nerviosismo creció en su estómago. Ser "normal" era, irónicamente, la tarea más difícil que jamás había enfrentado.
Tras una despedida apresurada y recibir una mochila llena de libros, Gohan salió de la casa. Se aseguró de que su madre no lo viera y, con un ligero impulso, se elevó en el aire. Volar era para él tan natural como caminar. Mientras surcaba los cielos, manteniendo su Ki al mínimo para no ser detectado por radares o personas sensibles, el viento golpeaba su rostro, ayudándole a calmar los nervios.
— "Academia Kuoh... espero que no sea muy difícil hacer amigos" —pensó Gohan con una sonrisa tímida.
Al llegar a las afueras de la ciudad de Kuoh, Gohan descendió en un callejón solitario. Se ajustó el uniforme escolar, que consistía en una chaqueta negra con bordes blancos y pantalones grises. El uniforme le quedaba un poco ajustado en los hombros y los brazos debido a su musculatura desarrollada, algo que él no notaba, pero que ciertamente no pasaría desapercibido.
Caminó hacia la entrada principal de la academia. El edificio era imponente, con una arquitectura clásica y jardines impecablemente cuidados. Al cruzar la puerta, Gohan sintió de inmediato que muchas miradas se posaban sobre él.
— ¿Quién es ese chico? —susurró una estudiante de segundo año a su amiga.
— No lo sé, pero mira sus brazos... ¡parece un atleta profesional! Y su cara es tan linda.
Gohan agachó la cabeza, sintiendo que sus mejillas se calentaban. Los murmullos de las chicas sobre su aspecto físico lo ponían extremadamente incómodo. Él solo quería encontrar su salón y pasar desapercibido. Sin embargo, mientras caminaba por el patio principal, algo más llamó su atención. No eran miradas, sino sensaciones.
Se detuvo un segundo, cerrando los ojos. Su entrenamiento con Goku y Piccolo le había dado una sensibilidad extraordinaria para sentir la energía vital o Ki.
— "Qué extraño..." —pensó Gohan, frunciendo el ceño—. "Siento un par de presencias... no son humanas. Tienen un rastro de energía oscuro, pero no se siente malvado. Es como... ¿demonios? Pero no hay rastro de malicia en ellos ahora mismo".
Decidió no darle importancia por el momento. Si no eran una amenaza, no tenía por qué intervenir. Su prioridad era llegar a su clase.
Después de preguntar a un profesor, Gohan llegó al salón asignado. Al parecer, debido a sus altas calificaciones en los exámenes de ingreso, lo habían colocado en una clase de nivel avanzado, donde la mayoría de los estudiantes eran dos o tres años mayores que él.
El profesor entró al aula y pidió silencio.
— Buenos días a todos. Hoy tenemos a un nuevo estudiante que se une a nosotros. A pesar de su edad, ha demostrado tener un intelecto excepcional. Por favor, pasa y preséntate.
Gohan entró con paso vacilante, sosteniendo las correas de su mochila con fuerza. Se paró frente a la pizarra y miró a la multitud de adolescentes que lo observaban con curiosidad y, en algunos casos, con escepticismo.
— Hola a todos... mi nombre es Son Gohan. Vengo de las Montañas Paos. Me gusta mucho estudiar y... bueno, espero que nos llevemos bien.
— ¡Es tan pequeño! —gritó un chico desde el fondo—. ¿Seguro que no se equivocó de edificio?
— ¡Cállate, Matsuda! —le reprendió una chica—. ¡Es adorable!
Gohan hizo una pequeña reverencia y se dirigió al asiento vacío que le indicó el profesor. Casualmente, su asiento estaba cerca de una chica de baja estatura, con cabello blanco recogido en una coleta y unos ojos dorados que parecían analizar hasta el último átomo de su ser. Ella estaba comiendo silenciosamente un dulce, pero su mirada no se apartó de Gohan desde que entró.
Era Koneko Toujou.
Gohan se sentó y, por un breve instante, sus miradas se cruzaron. En ese momento, ambos sintieron una descarga eléctrica de reconocimiento. Gohan pudo sentirlo con claridad: esa chica no era humana. Su energía era densa, pero estaba muy bien oculta, como si llevara una máscara constante.
Por su parte, Koneko estaba internamente desconcertada. Como miembro del clan Gremory y una nekomata, tenía sentidos muy agudos. El chico sentado a unos metros de ella no se parecía a nada que hubiera encontrado antes. No era un demonio, ni un ángel, ni un caído. Su energía no era mágica; era algo puramente físico, vasto y cálido como un sol en miniatura.
— "Qué energía tan extraña..." —pensó Koneko, llevándose otro dulce a la boca mientras mantenía su expresión estoica habitual—. "Parece un humano, pero desprende una presión que me pone los pelos de punta. ¿Qué eres, Son Gohan?"
Gohan, por su parte, intentó concentrarse en el libro de texto que tenía delante, pero no podía evitar pensar en su compañera.
— "Esa chica... tiene una fuerza física increíble para su tamaño. Y su Ki... es muy similar al de las presencias que sentí al entrar. Definitivamente, esta escuela no es normal. Pero mamá me pidió que no me metiera en problemas".
La mañana transcurrió entre lecciones de matemáticas y literatura. Gohan demostró ser un alumno brillante, respondiendo preguntas complejas con una sencillez que dejó boquiabiertos a sus compañeros. Sin embargo, su mente seguía alerta. Podía sentir que desde algún lugar alto del edificio principal, alguien más lo estaba observando.
En la oficina del Club de Investigación de lo Oculto, Rias Gremory observaba a través de la ventana, con su característica cabellera carmesí brillando bajo la luz. A su lado, Akeno Himejima sonreía con su habitual aire de misterio.
— ¿Lo sientes también, Rias? —preguntó Akeno, cruzando los brazos bajo su pecho.
— Es difícil no hacerlo —respondió Rias, con la mirada fija en el patio donde los estudiantes comenzaban a salir para el almuerzo—. Koneko me envió un mensaje. Dice que el chico nuevo, Gohan, tiene una naturaleza energética que no puede identificar. No parece ser una Sacred Gear, al menos no una común.
— Es bastante guapo para ser tan joven —comentó Akeno con una risita—. Y su cuerpo... parece que ha entrenado toda su vida bajo condiciones extremas.
— Mantengamos la vigilancia —ordenó Rias con tono serio—. Si es una amenaza, debemos saberlo. Pero si es un humano con un potencial oculto, o algo más... podría ser un aliado valioso. O un problema si cae en las manos equivocadas.
Mientras tanto, en el patio, Gohan se había sentado bajo la sombra de un gran árbol para disfrutar del almuerzo que Milk le había preparado. Era una caja bento gigante, suficiente para alimentar a tres personas normales.
— Vaya, creo que mamá se excedió un poco —murmuró Gohan, mirando la cantidad de comida.
— No creo que sea demasiado para alguien con tu metabolismo.
Gohan se sobresaltó y miró hacia un lado. Koneko estaba allí, de pie, con las manos en los bolsillos de su falda. Lo miraba con una expresión neutra, casi indiferente.
— Ah, hola... Koneko, ¿verdad? —dijo Gohan, recuperando la compostura y ofreciéndole una sonrisa amable—. ¿Quieres un poco? Mi mamá cocina demasiado.
Koneko miró la comida y luego a Gohan. Se sentó a una distancia prudencial, pero aceptó un trozo de pollo frito.
— Eres extraño —dijo ella simplemente después de masticar.
Gohan se rascó la nuca, riendo con nerviosismo.
— Me lo dicen mucho. Supongo que vivir en las montañas me hace un poco diferente a los chicos de la ciudad.
— No me refiero a eso —replicó Koneko, clavando sus ojos dorados en los de él—. Tu energía. No es normal. Hueles a naturaleza, pero también a algo... explosivo. Como si estuvieras conteniendo una tormenta dentro de ti.
Gohan se quedó helado. No esperaba que alguien fuera tan directo y perceptivo el primer día. Sabía que debía ser cuidadoso con lo que decía.
— Bueno... entreno mucho artes marciales con mi papá. Él siempre dice que debemos estar en armonía con nuestro entorno. Supongo que es eso lo que sientes.
Koneko no pareció convencida, pero no presionó más. Se limitó a seguir comiendo en silencio junto a él. Para Gohan, aquel silencio no era incómodo; de hecho, le recordaba un poco a las sesiones de meditación con el señor Piccolo.
Sin embargo, la paz no duró mucho. Gohan sintió un repentino cambio en la atmósfera. A lo lejos, cerca de las puertas de la vieja escuela, una presencia oscura y agresiva se manifestó por un breve segundo antes de desaparecer. Era una energía fría, llena de odio.
Koneko también lo sintió. Se puso de pie de inmediato, sus músculos tensándose.
— Tengo que irme —dijo ella, sin mirar atrás.
Gohan la vio alejarse rápidamente hacia el viejo edificio. Su instinto de guerrero le gritaba que algo malo estaba por suceder. Recordó la promesa que le hizo a su madre de no meterse en peleas, pero también recordó las palabras de su padre: "Si tienes el poder para ayudar a alguien, no puedes simplemente mirar hacia otro lado".
— Lo siento, mamá —susurró Gohan, dejando su bento a un lado—. Solo iré a echar un vistazo. Prometo no romper nada.
Gohan se levantó y, moviéndose con una velocidad que lo hacía prácticamente invisible para el ojo humano, siguió el rastro de Koneko. Se mantuvo oculto entre las sombras de los edificios, observando cómo la pequeña nekomata se reunía con otros estudiantes que desprendían esa misma energía demoníaca: un chico rubio con una espada y la misma pelirroja que lo había estado observando desde la ventana.
Estaban rodeando un área del bosque tras la escuela donde el aire parecía distorsionarse. De la nada, una figura alada descendió del cielo. Tenía alas negras, como las de un cuervo, y una sonrisa sádica en el rostro.
— Vaya, vaya... pero si es la princesita Gremory y su pequeño séquito —dijo el ángel caído, generando una lanza de luz purpúrea en su mano—. Me dijeron que había algo interesante en esta escuela hoy, pero solo veo a los mismos demonios de siempre.
Gohan, oculto tras un pilar de piedra, observaba la escena con asombro.
— "¿Ángeles caídos? ¿Lanzas de luz? Este lugar es mucho más peligroso de lo que mamá pensaba" —se dijo a sí mismo, apretando los puños.
Sintió cómo el Ki de Rias y sus amigos aumentaba, preparándose para la batalla. Pero también notó que el ángel caído no estaba solo; había otros tres escondidos en los árboles, listos para una emboscada.
Gohan sabía que si intervenía de forma abierta, su vida "normal" terminaría antes de empezar. Pero si no lo hacía, esos chicos podrían salir heridos.
— "Solo un poco..." —pensó Gohan, cerrando los ojos y concentrándose—. "Solo necesito distraerlos sin que sepan quién soy".
Una pequeña chispa de aura dorada parpadeó alrededor de su cuerpo por una fracción de segundo. Gohan se preparó para actuar. El primer día en la Academia Kuoh estaba resultando ser mucho más emocionante de lo que cualquier libro de texto podría ofrecer.
— ¡Ahora! —gritó Rias, lanzando un ataque de energía carmesí.
La batalla había comenzado, y Son Gohan, el joven Saiyajin, estaba a punto de dar su primer paso en un mundo de mitos y leyendas que jamás imaginó que existieran. Pero antes de lanzarse, recordó una última cosa: debía controlar su fuerza. En este mundo, un simple golpe suyo podría ser catastrófico.
— "Controla tu Ki, Gohan. Sé como el agua..." —se repitió, mientras sus ojos brillaban con una determinación guerrera que contrastaba con su uniforme escolar.
El destino de Kuoh y el de los guerreros Z acababa de entrelazarse de forma irreversible. Y esto era solo el comienzo.
