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Kids
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 24/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaAmbientación CanonEstudio de Personaje
Manual del usuario para corazones inexpertos
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del salón de clases, bañando los pupitres de un tono anaranjado que hacía que el cabello rosado de Yuji Itadori brillara como si tuviera luz propia. A su lado, Megumi Fushiguro mantenía la vista fija en su libro, aunque no había pasado de página en los últimos diez minutos.
Hacía exactamente una semana que habían decidido ser novios. O, al menos, eso era lo que le habían dicho a Nobara cuando ella les preguntó por qué siempre almorzaban juntos en el rincón más apartado de la azotea.
Yuji observó de reojo el perfil de Megumi. Sus pestañas eran largas y oscuras, y su piel tenía esa palidez elegante que lo hacía parecer una figura de porcelana. Recordó las palabras de su abuelo, poco antes de que el viejo se pusiera más cascarrabias de lo habitual.
—Vas a romper muchos corazones, Yuji —le había dicho con un gruñido—. Tienes esa energía de cachorro que a la gente le gusta. Asegúrate de elegir bien.
Yuji pensó que había elegido muy bien. Cuando Megumi le preguntó, con las orejas rojas y mirando al suelo, si quería "intentar eso de salir", Yuji aceptó de inmediato. Su lógica era simple: no creía que pudiera existir alguien más bonito que Megumi Fushiguro en todo el mundo, así que, ¿por qué decir que no? Además, estar con Megumi era cómodo, como ponerse un suéter recién lavado.
Sin embargo, había un problema fundamental que ninguno de los dos se atrevía a admitir: ninguno tenía la menor idea de qué se suponía que debían hacer a continuación.
—Oye, Fushiguro —susurró Yuji, rompiendo el silencio del aula vacía.
Megumi cerró el libro con un golpe seco, aunque no agresivo. Se giró hacia él con esa expresión neutra que Yuji ya sabía leer como una señal de atención total.
—¿Qué pasa, Itadori?
—¿Crees que lo estamos haciendo bien? —Yuji se rascó la nuca, un poco avergonzado—. Ya sabes, lo de ser novios.
Megumi frunció el ceño, una pequeña arruga apareciendo entre sus cejas. Era un gesto que, en cualquier otra persona, parecería molesto, pero en él resultaba extrañamente adorable.
—No lo sé —confesó Megumi en voz baja—. No hay un manual para esto. He visto a otras parejas en la calle. Se toman de la mano.
Yuji miró las manos de Megumi. Eran delgadas, de dedos largos, marcadas por las sombras de su técnica maldita pero suaves a la vista.
—Podríamos intentar eso —sugeriría Yuji, extendiendo su propia mano sobre el pupitre de madera—. Si no te molesta, claro.
Megumi dudó un segundo antes de colocar su mano sobre la de Yuji. La piel de Itadori siempre estaba caliente, como si tuviera un radiador interno, mientras que la de Megumi siempre estaba un poco fría. El contraste fue un pequeño choque eléctrico que recorrió la columna de ambos.
—No está mal —murmuró Megumi, aunque no se atrevía a mirarlo a los ojos—. Es... cálido.
—Sí —asintió Yuji con una sonrisa radiante—. Es como tener un calentador de manos personal.
Se quedaron así por un largo rato. El silencio no era incómodo, pero la duda seguía flotando en el aire. Para Yuji, el amor era algo que veía en las películas de acción —donde el héroe salvaba a la chica y luego había una explosión de fondo— o en los dramas que su abuelo criticaba por ser "demasiado ruidosos". Para Megumi, el amor era un concepto abstracto, algo que su hermana Tsumiki mencionaba con una sonrisa triste, o algo que Gojo-sensei parodiaba de forma irritante.
—¿Tú me quieres, Itadori? —preguntó Megumi de repente. Su voz era tan baja que casi se pierde con el viento que soplaba afuera.
Yuji se quedó pensativo. No quería mentir, pero tampoco sabía la respuesta técnica.
—Me gusta estar contigo —respondió con sinceridad—. Me gusta que seas tan tranquilo y que tus perros me dejen acariciarlos. Y como dije antes, eres la persona más bonita que he visto. Mi abuelo dice que romperé corazones, pero creo que con el tuyo tendría que tener mucho cuidado.
Megumi sintió que el calor subía por su cuello hasta teñir sus mejillas.
—Eso es una tontería —dijo Megumi, desviando la mirada—. No soy tan bonito.
—¡Claro que sí! —insistió Yuji, apretando un poco más su mano—. Tienes los ojos muy brillantes y tu cabello siempre parece que acabas de salir de una pelea, pero de forma genial. Si yo fuera una chica, estaría haciendo fila para salir contigo.
Megumi soltó un suspiro largo, tratando de calmar los latidos de su corazón. No entendía por qué su pecho se sentía tan apretado cada vez que Yuji decía esas cosas con tanta naturalidad.
—Si ser novios significa que tengo que escuchar tus cumplidos extraños todo el día, creo que puedo soportarlo —dijo Megumi, aunque una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó sus labios.
—¡Esa es la actitud! —Yuji se levantó del asiento, sin soltar la mano de Megumi—. Vamos a buscar algo de comer. Gojo-sensei dijo que había una pastelería nueva cerca de la estación.
—Gojo solo quiere que le compremos algo a él —observó Megumi, levantándose también.
Caminaron por los pasillos de la escuela técnica de Jujutsu. Era un lugar solemne, lleno de sombras y responsabilidades pesadas, pero en ese momento, para ellos dos, solo era el escenario de su extraño experimento.
Al llegar a las escaleras, se cruzaron con Nobara Kugisaki, quien los observó con una ceja levantada y una sonrisa de suficiencia.
—Vaya, vaya —dijo ella, apoyándose en la barandilla—. Así que por fin han decidido actuar como una pareja normal en lugar de dos estatuas mirándose fijamente.
—Solo estamos yendo por pastel, Kugisaki —respondió Megumi, tratando de mantener su tono estoico, aunque no soltó la mano de Yuji.
—Sí, claro. Y yo soy la reina de Inglaterra —se burló ella—. Itadori, recuerda lo que te dije. Si le rompes el corazón a Fushiguro, te maldeciré yo misma. Él es demasiado serio para lidiar con tus tonterías.
Yuji rió, rascándose la mejilla con la mano libre.
—¡No te preocupes! Mi abuelo dice que soy un rompecorazones, pero con Megumi es diferente. Él es... especial.
Megumi sintió que el término "especial" pesaba más que cualquier técnica ritual. Caminaron hacia la salida, dejando atrás a una Nobara que rodaba los ojos con diversión.
Mientras caminaban hacia la estación, el aire fresco de la tarde les dio en la cara. El contacto de sus manos seguía ahí, volviéndose más natural con cada paso.
—Itadori —dijo Megumi después de un rato de silencio—. ¿Qué significa "amor" para ti? No lo que dice la televisión. Lo que sientes tú.
Yuji se detuvo junto a un semáforo en rojo. Miró hacia el cielo, donde las primeras estrellas empezaban a asomarse tímidamente.
—Creo que es cuando quieres que alguien esté siempre a salvo —dijo Yuji con una seriedad inusual—. Cuando ves algo gracioso y lo primero que piensas es en contárselo a esa persona. O cuando estás cansado después de una misión y solo quieres sentarte a su lado, aunque no hablen de nada.
Megumi procesó las palabras de Yuji. No eran definiciones de diccionario, pero se sentían reales. Se dio cuenta de que él sentía exactamente eso. Sentía una punzada de angustia cada vez que Yuji se lanzaba al peligro sin pensar, y sentía una calma profunda cuando veía el cabello rosado de Yuji entre la multitud.
—Entonces —murmuró Megumi—, creo que yo también te quiero. A mi manera.
Yuji se giró hacia él, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, y luego soltó una carcajada llena de alegría.
—¡Genial! Entonces ya somos expertos en esto.
—No exageres —replicó Megumi, aunque no pudo evitar que su expresión se relajara—. Aún no sabemos qué más hacen los novios.
—Bueno, he oído que se dan besos —dijo Yuji, inclinando la cabeza con curiosidad—. Pero eso parece un poco avanzado para nuestra primera semana, ¿no crees?
Megumi se quedó helado. La sola idea de besar a Yuji hacía que su cerebro se cortocircuitara. Visualizó los labios de Yuji, que siempre parecían estar a punto de decir una broma o comerse un ramen completo.
—Definitivamente avanzado —logró decir Megumi, con la voz un poco quebrada.
—Está bien —asintió Yuji, reanudando la marcha cuando el semáforo cambió a verde—. Tenemos mucho tiempo. No hay prisa por romper ningún récord.
Llegaron a la pastelería y compraron una caja de mochis de crema. Se sentaron en un banco del parque cercano, observando cómo los niños jugaban y los oficinistas regresaban a sus casas. Era un fragmento de vida normal dentro de sus caóticas existencias como hechiceros.
Yuji le ofreció un mochi a Megumi.
—Prueba este, se ve muy bueno.
Megumi le dio un mordisco. Era dulce, suave y frío.
—Está rico —admitió.
—¿Ves? Ser novios es básicamente compartir cosas ricas y caminar de la mano —concluyó Yuji, muy satisfecho con su propio análisis—. Mi abuelo estaría orgulloso de que no estoy rompiendo corazones, sino compartiendo dulces.
Megumi miró a Yuji, que tenía un poco de crema en la comisura de los labios. Sin pensarlo mucho, extendió la mano y la limpió con el pulgar. El contacto fue breve, pero el mundo pareció detenerse por un instante.
Yuji se quedó quieto, parpadeando. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave que competía con el color de su cabello.
—Eso... eso fue muy de novios, Megumi —susurró Yuji.
Megumi retiró la mano rápidamente, sintiendo que sus orejas ardían.
—Cállate y come tu mochi, Itadori.
Yuji sonrió, una de esas sonrisas que iluminaban todo a su alrededor, y Megumi comprendió que, aunque no tuvieran un manual y no supieran nada sobre el amor, estaba bien. Eran solo dos chicos tratando de encontrar un poco de belleza en un mundo lleno de maldiciones.
Y mientras Yuji siguiera a su lado, Megumi pensó que no le importaría aprender todas las reglas de ese juego desconocido, paso a paso, mano con mano.
—Oye, Megumi —dijo Yuji mientras terminaba su dulce—. Mañana podríamos intentar abrazarnos. He leído que eso reduce el estrés.
Megumi suspiró, cerrando los ojos por un momento, disfrutando de la brisa y de la presencia vibrante de su novio.
—Mañana, Itadori. Una cosa a la vez.
—Trato hecho.
Caminaron de regreso a la escuela bajo el manto de la noche, dos sombras unidas por las manos y por una promesa silenciosa de descubrir, juntos, qué significaba realmente querer a alguien. El abuelo de Yuji tenía razón en algo: Yuji tenía el poder de cambiar el ritmo de un corazón, pero lo que no sabía era que el corazón de Megumi Fushiguro ya no pertenecía a nadie más que a ese chico de sonrisa fácil y fuerza sobrehumana.
Hacía exactamente una semana que habían decidido ser novios. O, al menos, eso era lo que le habían dicho a Nobara cuando ella les preguntó por qué siempre almorzaban juntos en el rincón más apartado de la azotea.
Yuji observó de reojo el perfil de Megumi. Sus pestañas eran largas y oscuras, y su piel tenía esa palidez elegante que lo hacía parecer una figura de porcelana. Recordó las palabras de su abuelo, poco antes de que el viejo se pusiera más cascarrabias de lo habitual.
—Vas a romper muchos corazones, Yuji —le había dicho con un gruñido—. Tienes esa energía de cachorro que a la gente le gusta. Asegúrate de elegir bien.
Yuji pensó que había elegido muy bien. Cuando Megumi le preguntó, con las orejas rojas y mirando al suelo, si quería "intentar eso de salir", Yuji aceptó de inmediato. Su lógica era simple: no creía que pudiera existir alguien más bonito que Megumi Fushiguro en todo el mundo, así que, ¿por qué decir que no? Además, estar con Megumi era cómodo, como ponerse un suéter recién lavado.
Sin embargo, había un problema fundamental que ninguno de los dos se atrevía a admitir: ninguno tenía la menor idea de qué se suponía que debían hacer a continuación.
—Oye, Fushiguro —susurró Yuji, rompiendo el silencio del aula vacía.
Megumi cerró el libro con un golpe seco, aunque no agresivo. Se giró hacia él con esa expresión neutra que Yuji ya sabía leer como una señal de atención total.
—¿Qué pasa, Itadori?
—¿Crees que lo estamos haciendo bien? —Yuji se rascó la nuca, un poco avergonzado—. Ya sabes, lo de ser novios.
Megumi frunció el ceño, una pequeña arruga apareciendo entre sus cejas. Era un gesto que, en cualquier otra persona, parecería molesto, pero en él resultaba extrañamente adorable.
—No lo sé —confesó Megumi en voz baja—. No hay un manual para esto. He visto a otras parejas en la calle. Se toman de la mano.
Yuji miró las manos de Megumi. Eran delgadas, de dedos largos, marcadas por las sombras de su técnica maldita pero suaves a la vista.
—Podríamos intentar eso —sugeriría Yuji, extendiendo su propia mano sobre el pupitre de madera—. Si no te molesta, claro.
Megumi dudó un segundo antes de colocar su mano sobre la de Yuji. La piel de Itadori siempre estaba caliente, como si tuviera un radiador interno, mientras que la de Megumi siempre estaba un poco fría. El contraste fue un pequeño choque eléctrico que recorrió la columna de ambos.
—No está mal —murmuró Megumi, aunque no se atrevía a mirarlo a los ojos—. Es... cálido.
—Sí —asintió Yuji con una sonrisa radiante—. Es como tener un calentador de manos personal.
Se quedaron así por un largo rato. El silencio no era incómodo, pero la duda seguía flotando en el aire. Para Yuji, el amor era algo que veía en las películas de acción —donde el héroe salvaba a la chica y luego había una explosión de fondo— o en los dramas que su abuelo criticaba por ser "demasiado ruidosos". Para Megumi, el amor era un concepto abstracto, algo que su hermana Tsumiki mencionaba con una sonrisa triste, o algo que Gojo-sensei parodiaba de forma irritante.
—¿Tú me quieres, Itadori? —preguntó Megumi de repente. Su voz era tan baja que casi se pierde con el viento que soplaba afuera.
Yuji se quedó pensativo. No quería mentir, pero tampoco sabía la respuesta técnica.
—Me gusta estar contigo —respondió con sinceridad—. Me gusta que seas tan tranquilo y que tus perros me dejen acariciarlos. Y como dije antes, eres la persona más bonita que he visto. Mi abuelo dice que romperé corazones, pero creo que con el tuyo tendría que tener mucho cuidado.
Megumi sintió que el calor subía por su cuello hasta teñir sus mejillas.
—Eso es una tontería —dijo Megumi, desviando la mirada—. No soy tan bonito.
—¡Claro que sí! —insistió Yuji, apretando un poco más su mano—. Tienes los ojos muy brillantes y tu cabello siempre parece que acabas de salir de una pelea, pero de forma genial. Si yo fuera una chica, estaría haciendo fila para salir contigo.
Megumi soltó un suspiro largo, tratando de calmar los latidos de su corazón. No entendía por qué su pecho se sentía tan apretado cada vez que Yuji decía esas cosas con tanta naturalidad.
—Si ser novios significa que tengo que escuchar tus cumplidos extraños todo el día, creo que puedo soportarlo —dijo Megumi, aunque una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó sus labios.
—¡Esa es la actitud! —Yuji se levantó del asiento, sin soltar la mano de Megumi—. Vamos a buscar algo de comer. Gojo-sensei dijo que había una pastelería nueva cerca de la estación.
—Gojo solo quiere que le compremos algo a él —observó Megumi, levantándose también.
Caminaron por los pasillos de la escuela técnica de Jujutsu. Era un lugar solemne, lleno de sombras y responsabilidades pesadas, pero en ese momento, para ellos dos, solo era el escenario de su extraño experimento.
Al llegar a las escaleras, se cruzaron con Nobara Kugisaki, quien los observó con una ceja levantada y una sonrisa de suficiencia.
—Vaya, vaya —dijo ella, apoyándose en la barandilla—. Así que por fin han decidido actuar como una pareja normal en lugar de dos estatuas mirándose fijamente.
—Solo estamos yendo por pastel, Kugisaki —respondió Megumi, tratando de mantener su tono estoico, aunque no soltó la mano de Yuji.
—Sí, claro. Y yo soy la reina de Inglaterra —se burló ella—. Itadori, recuerda lo que te dije. Si le rompes el corazón a Fushiguro, te maldeciré yo misma. Él es demasiado serio para lidiar con tus tonterías.
Yuji rió, rascándose la mejilla con la mano libre.
—¡No te preocupes! Mi abuelo dice que soy un rompecorazones, pero con Megumi es diferente. Él es... especial.
Megumi sintió que el término "especial" pesaba más que cualquier técnica ritual. Caminaron hacia la salida, dejando atrás a una Nobara que rodaba los ojos con diversión.
Mientras caminaban hacia la estación, el aire fresco de la tarde les dio en la cara. El contacto de sus manos seguía ahí, volviéndose más natural con cada paso.
—Itadori —dijo Megumi después de un rato de silencio—. ¿Qué significa "amor" para ti? No lo que dice la televisión. Lo que sientes tú.
Yuji se detuvo junto a un semáforo en rojo. Miró hacia el cielo, donde las primeras estrellas empezaban a asomarse tímidamente.
—Creo que es cuando quieres que alguien esté siempre a salvo —dijo Yuji con una seriedad inusual—. Cuando ves algo gracioso y lo primero que piensas es en contárselo a esa persona. O cuando estás cansado después de una misión y solo quieres sentarte a su lado, aunque no hablen de nada.
Megumi procesó las palabras de Yuji. No eran definiciones de diccionario, pero se sentían reales. Se dio cuenta de que él sentía exactamente eso. Sentía una punzada de angustia cada vez que Yuji se lanzaba al peligro sin pensar, y sentía una calma profunda cuando veía el cabello rosado de Yuji entre la multitud.
—Entonces —murmuró Megumi—, creo que yo también te quiero. A mi manera.
Yuji se giró hacia él, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, y luego soltó una carcajada llena de alegría.
—¡Genial! Entonces ya somos expertos en esto.
—No exageres —replicó Megumi, aunque no pudo evitar que su expresión se relajara—. Aún no sabemos qué más hacen los novios.
—Bueno, he oído que se dan besos —dijo Yuji, inclinando la cabeza con curiosidad—. Pero eso parece un poco avanzado para nuestra primera semana, ¿no crees?
Megumi se quedó helado. La sola idea de besar a Yuji hacía que su cerebro se cortocircuitara. Visualizó los labios de Yuji, que siempre parecían estar a punto de decir una broma o comerse un ramen completo.
—Definitivamente avanzado —logró decir Megumi, con la voz un poco quebrada.
—Está bien —asintió Yuji, reanudando la marcha cuando el semáforo cambió a verde—. Tenemos mucho tiempo. No hay prisa por romper ningún récord.
Llegaron a la pastelería y compraron una caja de mochis de crema. Se sentaron en un banco del parque cercano, observando cómo los niños jugaban y los oficinistas regresaban a sus casas. Era un fragmento de vida normal dentro de sus caóticas existencias como hechiceros.
Yuji le ofreció un mochi a Megumi.
—Prueba este, se ve muy bueno.
Megumi le dio un mordisco. Era dulce, suave y frío.
—Está rico —admitió.
—¿Ves? Ser novios es básicamente compartir cosas ricas y caminar de la mano —concluyó Yuji, muy satisfecho con su propio análisis—. Mi abuelo estaría orgulloso de que no estoy rompiendo corazones, sino compartiendo dulces.
Megumi miró a Yuji, que tenía un poco de crema en la comisura de los labios. Sin pensarlo mucho, extendió la mano y la limpió con el pulgar. El contacto fue breve, pero el mundo pareció detenerse por un instante.
Yuji se quedó quieto, parpadeando. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave que competía con el color de su cabello.
—Eso... eso fue muy de novios, Megumi —susurró Yuji.
Megumi retiró la mano rápidamente, sintiendo que sus orejas ardían.
—Cállate y come tu mochi, Itadori.
Yuji sonrió, una de esas sonrisas que iluminaban todo a su alrededor, y Megumi comprendió que, aunque no tuvieran un manual y no supieran nada sobre el amor, estaba bien. Eran solo dos chicos tratando de encontrar un poco de belleza en un mundo lleno de maldiciones.
Y mientras Yuji siguiera a su lado, Megumi pensó que no le importaría aprender todas las reglas de ese juego desconocido, paso a paso, mano con mano.
—Oye, Megumi —dijo Yuji mientras terminaba su dulce—. Mañana podríamos intentar abrazarnos. He leído que eso reduce el estrés.
Megumi suspiró, cerrando los ojos por un momento, disfrutando de la brisa y de la presencia vibrante de su novio.
—Mañana, Itadori. Una cosa a la vez.
—Trato hecho.
Caminaron de regreso a la escuela bajo el manto de la noche, dos sombras unidas por las manos y por una promesa silenciosa de descubrir, juntos, qué significaba realmente querer a alguien. El abuelo de Yuji tenía razón en algo: Yuji tenía el poder de cambiar el ritmo de un corazón, pero lo que no sabía era que el corazón de Megumi Fushiguro ya no pertenecía a nadie más que a ese chico de sonrisa fácil y fuerza sobrehumana.
