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Red

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 24/6/2026

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Ritmo en la Sangre y Silencio en el Alma

El aire en el estadio de Saitama estaba cargado de una mezcla eléctrica de sudor, adrenalina y el rugido ensordecedor de miles de personas. Para Megumi Fushiguro, aquel entorno era el polo opuesto al silencio sepulcral de su estudio de grabación o a la luz aséptica de los sets de fotografía que solía frecuentar.

Hacía apenas un año, el rostro de Megumi adornaba las vallas publicitarias de Shinjuku. Era el modelo del momento, el compositor prodigio que escribía baladas desgarradoras que encabezaban las listas de éxitos. Pero la fama tiene un precio, y el suyo había sido cobrado por una relación tóxica que lo dejó sintiéndose como una cáscara vacía. Había renunciado a las pasarelas y se había recluido en la composición técnica, lejos de los focos, tratando de remendar un corazón que no estaba roto, sino simplemente agotado.

—¡Megumi! ¡Por aquí! —Nobara Kugisaki, su mejor amiga y la única persona capaz de arrastrarlo a un evento tan ruidoso, lo llamó agitando el brazo.

Ella caminaba con paso firme hacia la zona VIP, luciendo un conjunto que gritaba lujo y autoridad. Detrás de ella, Maki Zenin, su novia y una de las entrenadoras más respetadas del circuito de boxeo, asentía con la cabeza a modo de saludo.

—Sigo sin entender qué hago aquí —murmuró Megumi, ajustándose las gafas de sol para pasar desapercibido—. No me gusta la violencia gratuita.

—No es violencia, Fushiguro, es arte —replicó Maki, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en la barandilla que daba al túnel de vestuarios—. Y hoy vas a ver al mejor. Bueno, al que debería haber sido el mejor si no lo hubieran descalificado injustamente en las internacionales por ese tecnicismo estúpido.

—Hablas de Itadori —dijo Megumi. Incluso él, en su retiro voluntario, conocía ese nombre.

Yuji Itadori era un fenómeno. Un boxeador con una fuerza sobrehumana y una sonrisa que parecía fuera de lugar en un deporte tan brutal. Había subido como la espuma, pero su caída en el torneo internacional tras una pelea polémica lo había dejado en una posición extraña: seguía siendo el favorito del público, pero los críticos lo observaban con lupa.

—Es el mejor amigo de Maki y mi proyecto personal de estilismo —añadió Nobara con una sonrisa maliciosa—. Vamos, entremos a los vestuarios antes de que empiece el caos.

El pasillo era más estrecho y olía a linimento. Megumi se sentía fuera de lugar con su suéter de cachemira negro y su aura de melancolía refinada. Cuando entraron al vestuario de Itadori, el ruido exterior se amortiguó.

En el centro de la habitación, sentado en un banco de madera, un joven de cabello rosa corto y complexión atlética se vendaba las manos con una concentración absoluta. Tenía cicatrices pequeñas en el rostro que solo acentuaban una mandíbula fuerte y unos ojos que, al levantarse para ver quién entraba, brillaron con una calidez inesperada.

—¡Maki! ¡Nobara! —Yuji se puso de pie de un salto, ignorando que solo llevaba los pantalones de boxeo puestos—. Pensé que no llegarían a tiempo.

—¿Y perderme cómo te rompen esa cara bonita? Ni hablar —bromeó Nobara, antes de empujar a Megumi hacia adelante—. Traje a un acompañante. Itadori, este es Megumi Fushiguro. Megumi, este es el hombre que hace que las apuestas se vuelvan locas.

Yuji se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron a Megumi, no con la lascivia a la que el ex modelo estaba acostumbrado, sino con una curiosidad genuina y algo que parecía... reconocimiento.

—Fushiguro... —repitió Yuji en voz baja. De repente, una sonrisa radiante se extendió por su rostro—. ¡Eres el de las canciones! Escucho tu último álbum todas las mañanas cuando salgo a correr. "Silencio en Re Menor" es increíble. Me ayuda a calmarme antes de entrenar.

Megumi sintió un ligero calor subir por su cuello. No esperaba que un boxeador de élite apreciara su música más introspectiva.

—Gracias —respondió Megumi, tratando de mantener su fachada imperturbable—. Es inusual encontrar a alguien que prefiera el piano antes de una pelea.

—Bueno, mi vida ya es bastante ruidosa —dijo Yuji, rascándose la nuca con un gesto tímido—. Necesito algo que me recuerde que existe la calma.

—¡Basta de charla sentimental! —intervino Maki, dándole una palmada en la espalda a Yuji que habría derribado a un hombre común—. Tienes que salir ahí y demostrar que lo de las internacionales fue un error.

—Lo haré —prometió Yuji. Antes de salir, miró directamente a Megumi—. Quédate cerca, ¿vale? Me gustaría hablar más después de que termine esto.

La pelea fue un torbellino. Megumi, que esperaba sentirse horrorizado, se encontró hipnotizado. Itadori no peleaba con odio; se movía con una fluidez rítmica que recordaba a una partitura bien ejecutada. Cada esquiva, cada golpe, tenía un tempo. Megumi, por primera vez en meses, sintió la chispa de la inspiración. Sus dedos se movían inconscientemente sobre su muslo, siguiendo el ritmo de los pies de Yuji sobre la lona.

Cuando el árbitro levantó la mano de Itadori tras un nocaut técnico en el octavo asalto, el estadio estalló. Pero en medio del caos, Yuji buscó una sola dirección: el palco VIP. Sus ojos se encontraron con los de Megumi y, a pesar del sudor y la sangre en su ceja, le guiñó un ojo.

El post-combate fue un frenesí de periodistas y cámaras. Nobara, aprovechando la confusión, decidió que era el momento de salir por la puerta trasera.

—Maki tiene que quedarse para las declaraciones oficiales —explicó Nobara mientras arrastraba a Megumi y a un Yuji recién duchado y con una sudadera por el callejón de seguridad—. Nosotros nos vamos a celebrar.

—¿Celebrar? —preguntó Megumi—. Itadori debería descansar, tiene un corte en el ojo.

—Estoy bien, Fushiguro-kun —dijo Yuji, caminando a su lado. El aire fresco de la noche parecía haberle devuelto la energía—. En serio. Ganar me da un subidón que dura horas. Además, tengo hambre.

Caminaron hacia un pequeño restaurante de ramen que Nobara juraba que era el mejor de la ciudad. Sin embargo, no contaron con que los paparazzi ya estaban patrullando las inmediaciones del estadio.

—¡Miren! —susurró Nobara, señalando una esquina—. Hay fotógrafos. Itadori, ponte la capucha. Megumi, tú... bueno, tú ya sabes cómo esconderte.

Pero fue tarde. Un flash iluminó la penumbra del callejón lateral por el que intentaban cruzar. Yuji, por instinto, extendió un brazo para proteger a Megumi, pensando que quizás el flash le molestaría. En el proceso, su mano encontró la de Megumi.

El contacto fue eléctrico. La mano de Yuji era grande, cálida y áspera debido al entrenamiento, un contraste total con la piel suave y fría de Megumi. Por un segundo, el ex modelo olvidó las cámaras, olvidó su cansancio emocional y simplemente se aferró a esa calidez. No se soltó. Yuji, sorprendido pero extrañamente complacido, entrelazó sus dedos con los de él.

—¡Ahí están! —gritó un fotógrafo a lo lejos.

—¡Corran! —ordenó Nobara.

Los tres corrieron por las calles laterales de Saitama, riendo como adolescentes. Megumi no recordaba la última vez que había corrido por algo que no fuera escapar de sus propios pensamientos. Cuando finalmente llegaron al restaurante y se deslizaron en un reservado privado al fondo, estaban sin aliento.

Yuji y Megumi seguían tomados de la mano debajo de la mesa. Ninguno de los dos parecía tener prisa por romper el contacto.

—Eso fue... intenso —dijo Yuji, recuperando el aire—. Lo siento, Fushiguro. No quería meterte en problemas con la prensa. Sé que estás tratando de mantener un perfil bajo.

Megumi miró su mano unida a la del boxeador. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía el peso del agotamiento emocional que lo había perseguido.

—No me importa —respondió Megumi con sinceridad—. Hacía tiempo que no me sentía tan... vivo.

Nobara, que estaba revisando su teléfono, soltó una carcajada sonora que atrajo la atención de ambos.

—Bueno, prepárense —dijo ella, girando la pantalla del móvil hacia ellos—. Ya es tendencia.

En la pantalla de Twitter, una foto borrosa pero inconfundible mostraba a Yuji Itadori, el "Tigre de Sugisawa", saliendo del estadio tomado de la mano de un hombre alto, vestido de negro, cuyo perfil recordaba demasiado al desaparecido "Príncipe de las Pasarelas", Megumi Fushiguro.

Los titulares ya estaban volando: "¿Romance en el ring? Itadori Yuji visto con misterioso acompañante tras su victoria", "¿Es Megumi Fushiguro el nuevo apoyo emocional del boxeador?".

—Vaya —dijo Yuji, rascándose la mejilla con la mano libre, mientras un leve sonrojo aparecía en sus mejillas—. Eso ha sido rápido.

—¿Te molesta? —preguntó Megumi, observando la reacción del otro. Temía que la presión mediática asustara al boxeador.

Yuji lo miró fijamente. Sus ojos eran claros, honestos, sin rastro del doblez que Megumi tanto detestaba en la industria del entretenimiento.

—Para nada —afirmó Yuji, apretando suavemente su mano—. De hecho, si eso significa que tengo una excusa para volver a verte, me parece perfecto.

Megumi sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de tristeza. Era algo nuevo, una melodía que empezaba a formarse en su mente, una composición que no hablaba de finales, sino de comienzos.

—Creo que —empezó Megumi, esbozando una de sus raras y pequeñas sonrisas— puedo lidiar con unos cuantos rumores más si eso implica que me invites a ese ramen.

—¡Hecho! —exclamó Yuji con entusiasmo—. Pero luego me tienes que enseñar a tocar esa canción que tanto me gusta.

—Es difícil —advirtió Megumi.

—Soy boxeador, Fushiguro —rio Yuji—. No me rindo fácilmente.

Nobara los observaba con una sonrisa de satisfacción, sabiendo que acababa de hacer el mejor movimiento de su vida. El silencio de Megumi finalmente había encontrado su ritmo, y el ritmo de Yuji había encontrado su paz.

Mientras el mundo exterior ardía con especulaciones y fotos borrosas, en el rincón de aquel restaurante, dos mundos opuestos acababan de colisionar, formando algo que se sentía, por primera vez en mucho tiempo, real.

—¿Sabes? —dijo Megumi mientras llegaban los cuencos de comida humeante—. Mañana tendré a diez agentes llamándome para saber si he vuelto al modelaje.

—Diles que estás ocupado —sugirió Yuji, rompiendo sus palillos con destreza—. Diles que estás componiendo algo nuevo.

—Lo estoy haciendo —susurró Megumi para sí mismo, mirando al chico de cabello rosa que devoraba su comida con una alegría contagiosa—. Definitivamente lo estoy haciendo.

El cansancio emocional seguía ahí, en algún rincón profundo de su mente, pero la presencia de Yuji era como un faro. No era una cura mágica, pero era un motivo para seguir adelante. Y mientras sus manos volvían a encontrarse sobre la mesa, Megumi supo que el ruido del mundo ya no le asustaba tanto, siempre y cuando tuviera a alguien con quien compartir el silencio.
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