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Las marionetas de una sombra

Fandom: High school dxd . Ecchi comedia sobrenatural.

Creado: 24/6/2026

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El Imán de la Lujuria y la Caída de la Princesa Carmesí

El sol de la tarde se filtraba a través de las vidrieras del antiguo edificio escolar de la Academia Kuoh, bañando la sala del Club de la Investigación de lo Oculto en un tono dorado y melancólico. Rias Gremory, la heredera del prestigioso clan Gremory, se encontraba sentada tras su escritorio de madera noble, revisando unos documentos con la elegancia que solo una demonio de clase alta poseía. Su largo y vibrante cabello carmesí caía sobre sus hombros, resaltando sobre el impecable blanco y negro de su uniforme escolar.

A su lado, Akeno Himejima, la vicepresidenta del club, preparaba el té con movimientos pausados y gráciles. Asia Argento, la ex-monja de corazón puro, limpiaba con cuidado algunas estanterías, siempre con esa expresión de serenidad que iluminaba la habitación.

—Es una tarde muy tranquila, ¿no creen? —comentó Asia, dedicándoles una sonrisa dulce.

—Demasiado tranquila para mi gusto, Asia-chan —respondió Akeno con una sonrisa pícara—, siempre es más divertido cuando Issei-kun está cerca causando algún alboroto.

Justo cuando Rias iba a responder, el aire en el centro de la habitación comenzó a vibrar. Un círculo mágico con el emblema de la casa Gremory se manifestó en el suelo, emitiendo un fulgor rojizo. Del centro del portal, tres sobres de papel grueso y sellados con cera roja levitaron hacia las chicas.

—Órdenes de trabajo de mi hermano, Sirzechs —murmuró Rias, atrapando el sobre que llevaba su nombre.

Akeno y Asia hicieron lo mismo. Rias rompió el sello y leyó rápidamente el contenido, frunciendo levemente el ceño.

—Parece que hoy estaremos ocupadas por separado —dijo Rias, mirando a sus compañeras—. Akeno, Sirzechs te pide que vayas de inmediato a la sección sellada del club. Gasper ha tenido una recaída de pánico y se niega a salir del trastero. Necesita que alguien con autoridad y... paciencia lo maneje.

—Oh, vaya —Akeno soltó una risita que escondía un matiz sádico—. Me encargaré de que el pequeño Gasper-kun aprenda a ser un chico valiente. No te preocupes, Presidenta.

Rias asintió y miró a la joven rubia.

—Asia, tu encargo es en la ciudad. Un anciano humano vive solo y ha caído enfermo. Tu misión es brindarle cuidados básicos y compañía. Pero hay una condición estricta: no puedes usar "Twilight Healing". Es un humano común y corriente, y mi hermano cree que es una buena oportunidad para que aprendas el valor de la medicina humana y la empatía sin depender de tus poderes sagrados.

—¡Entendido, Rias-san! —exclamó Asia con determinación—. Haré todo lo posible por ayudar a ese señor sin usar magia.

—Y por último... el mío —Rias suspiró, releyendo la dirección—. Debo visitar la casa de un estudiante llamado Motohama. Al parecer, su comportamiento pervertido está llegando a niveles que podrían atraer espíritus malignos o causar disturbios en el equilibrio de la zona. Mi tarea es... "reeducarlo" y ayudarlo a contener sus impulsos.

—¿Motohama? —Akeno arqueó una ceja—. Es uno de los amigos de Issei. Ese chico es un caso perdido de lujuria, Rias. Ten cuidado.

—Soy la próxima heredera del clan Gremory, Akeno —respondió Rias con orgullo, aunque por dentro sentía una punzada de incomodidad—. Puedo manejar a un adolescente con las hormonas alteradas.

Lo que ninguna de las tres sabía era que, desde las sombras de la habitación, una presencia oscura y distorsionada observaba cómo se separaban. Las cartas no eran exactamente lo que parecían; eran el inicio de una trampa meticulosamente diseñada.

Rias llegó a la residencia de la familia Motohama unos minutos después. El barrio era tranquilo, compuesto por casas unifamiliares estándar. Al llegar a la puerta, suspiró para calmar sus nervios. No le gustaba estar cerca de personas que no sabían controlar sus instintos básicos, pero el deber llamaba.

Tocó el timbre. Unos segundos después, se escucharon pasos torpes y el sonido de algo cayendo dentro de la casa. La puerta se abrió bruscamente.

—¿S-sí? ¿Quién es...? —Motohama se quedó petrificado. Sus gafas se deslizaron por el puente de su nariz. Frente a él estaba la "Diosa de Kuoh", Rias Gremory, vistiendo el uniforme que él tantas veces había intentado fotografiar a escondidas—. ¡¿G-Gremory-senpai?!

—Hola, Motohama-kun —dijo Rias, forzando una sonrisa amable pero firme—. ¿Puedo pasar? Necesito hablar contigo sobre algunos asuntos escolares y... personales.

—¡C-claro! ¡Pasa! ¡Por favor! —Motohama tropezó con sus propios pies mientras se hacía a un lado, su rostro tornándose de un rojo violáceo.

Rias entró y fue conducida a la pequeña sala de estar. El lugar estaba lleno de revistas de dudosa procedencia y figuras de anime con poca ropa. La pelirroja sintió un escalofrío de disgusto, pero se sentó en el sofá frente al chico, tratando de mantener la compostura.

—Escucha, Motohama-kun —empezó Rias, cruzando las piernas—. He venido porque me preocupa tu conducta en la academia. La disciplina es fundamental para un estudiante, y tus constantes... distracciones visuales hacia tus compañeras son inaceptables.

Mientras Rias hablaba con voz autoritaria y melodiosa, Motohama no escuchaba ni una palabra. Sus ojos estaban fijos en el ángulo en que Rias se había sentado. Debido a la brevedad de la falda del uniforme de Kuoh y la forma en que cruzaba las piernas, el chico tenía una vista privilegiada de los bordes de su lencería de encaje negro.

—Sí... disciplina... —balbuceó Motohama, mientras una gota de sudor frío recorría su frente—. Lo que usted diga, Presidenta...

—¡Motohama-kun! —Rias golpeó la mesa con la palma de la mano, dándose cuenta de hacia dónde se dirigía la mirada del chico—. Te estoy hablando de algo serio. Mírame a los ojos, no a mis piernas.

—¡Lo siento! ¡Es que es imposible! —gritó el chico, llevándose las manos a la nariz, que empezaba a sangrar levemente—. ¡Eres demasiado hermosa! ¡Tus pechos... ese trasero... es un milagro de la naturaleza!

Rias se puso de pie, su paciencia agotada. El aura de poder de la destrucción comenzó a fluctuar levemente a su alrededor, una señal clara de su enfado.

—Esto es inútil. No estás en condiciones de razonar —sentenció Rias, dándose la vuelta—. Me marcho. Informaré que necesitas una intervención más severa.

Sin embargo, en el momento en que Rias se giró para dirigirse a la salida, algo extraño ocurrió. En el respaldo del sofá donde Motohama seguía sentado, un objeto metálico con forma de herradura, de color negro azabache, apareció de la nada, pegándose a la madera.

Rias no lo vio, pero sintió un tirón repentino. Era una fuerza gravitacional extraña, una atracción magnética que no debería existir.

—¿Qué es esto...? —murmuró Rias, intentando dar un paso hacia la puerta.

De repente, la fuerza se intensificó. No atraía todo su cuerpo, sino que se concentraba específicamente en su parte posterior. Rias sintió como si un gancho invisible tirara de sus caderas hacia atrás, directamente hacia donde estaba el chico.

—¡Ah! —Rias soltó un jadeo de sorpresa cuando sus pies resbalaron sobre el suelo pulido.

—¿Gremory-senpai? ¿Pasa algo? —preguntó Motohama, limpiándose la sangre de la nariz. El imán, ahora imbuido de una energía oscura, se deslizó mágicamente desde el sofá hasta quedar suspendido justo frente a la cara del chico, pegado a su nariz por la fuerza del magnetismo.

Rias, en un acto de desesperación, se agarró con ambas manos al pomo de la puerta de madera. Sus nudillos se pusieron blancos por el esfuerzo.

—¡No... puede... ser! —gruñó Rias, sintiendo cómo su falda se agitaba por la fuerza de succión—. ¡Mi cuerpo... se mueve solo!

La potencia del imán era absurda. Rias sentía que sus músculos cedían. Su trasero, firme y perfectamente moldeado por años de entrenamiento y genética demoníaca, estaba siendo succionado hacia atrás con una fuerza violenta.

—¡Se-senpai! ¡Tu trasero! —gritó Motohama, con los ojos casi saliéndose de sus órbitas. Desde su posición, veía cómo la imponente figura de Rias retrocedía centímetro a centímetro. La lencería negra era ahora perfectamente visible, y la proximidad era tal que podía oler el perfume de rosas que emanaba de la piel de la pelirroja.

—¡Cállate, pervertido! —Rias intentó usar su magia para destruir el objeto, pero descubrió con horror que su energía estaba siendo drenada por el mismo imán—. ¡No puedo... soltarme!

Rias resistía, su rostro bañado en sudor y vergüenza. Estaba a solo unos centímetros de la cara de Motohama. El chico estaba en un estado de trance, echando vapor por las orejas ante la visión celestial que tenía delante.

En ese momento de tensión máxima, una pequeña pluma negra apareció flotando de la nada. Con un movimiento juguetón, la pluma rozó la punta de la nariz de Rias.

—No... ahora no... —susurró Rias, arrugando la nariz—. ¡A-achú!

El estornudo fue leve, pero fue suficiente para romper su concentración y su agarre. Sus manos resbalaron del pomo de la puerta.

¡Fuuusss!

La fuerza magnética la arrastró violentamente hacia atrás. Rias soltó un grito ahogado cuando sintió el impacto. Su trasero aterrizó con una precisión milimétrica directamente sobre el rostro de Motohama, aplastando la nariz del chico contra la tela de su ropa interior y su falda.

—¡Mmmmff! —Motohama emitió un sonido ahogado, completamente sepultado por la suavidad del cuerpo de la Presidenta.

Rias estaba en shock. Sus mejillas ardían en un rojo más intenso que su propio cabello. Intentó impulsarse hacia adelante para separarse, pero el imán parecía haber "sellado" la conexión. Cada vez que intentaba alejarse un milímetro, el magnetismo la devolvía con un golpe seco contra la cara del chico.

—¡Suéltame! ¡Quítate de ahí! —gritaba Rias, forcejeando inútilmente.

—¡No puedo respirar... pero es el cielo! —logró articular Motohama entre la carne de la joven. El olor de Rias, una mezcla de flores y el aroma natural de una mujer joven, lo estaba volviendo loco.

De repente, del imán negro brotaron dos manos fantasmales de color blanco pálido. Rias las miró con horror mientras las manos se movían con una velocidad sobrenatural. Antes de que pudiera reaccionar, las manos mágicas desabrocharon el cinturón de Motohama y bajaron su pantalón y ropa interior en un solo movimiento, dejando su miembro viril expuesto y erecto al aire.

—¿Qué está pasando? ¡Detente! —suplicó Rias, viendo cómo la situación escalaba hacia lo impensable.

Las manos blancas no se detuvieron. Se posaron firmemente sobre la cabeza de Rias, obligándola a girar el torso de una manera forzada y antinatural. La pelirroja se encontró de rodillas, con su trasero aún pegado a la cara de Motohama por el imán, pero con su rostro ahora posicionado frente a la entrepierna del chico.

—¡No, por favor! ¡Soy Rias Gremory! ¡No puedes hacerme esto! —las lágrimas de humillación empezaron a brotar de sus ojos.

Pero las manos fantasmales no tenían piedad. Con un movimiento brusco y descendente, empujaron la cabeza de Rias hacia abajo. La heredera de los Gremory sintió cómo el miembro de Motohama entraba en su boca, llenándola por completo.

Motohama, sintiendo el calor húmedo de la boca de la chica más popular de la escuela, perdió el control de sus sentidos. Sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo comenzó a convulsionar en un éxtasis puro.

Rias intentaba morder, intentaba apartarse, pero las manos la obligaban a realizar un movimiento rítmico y constante. El sonido de la succión y los gemidos ahogados de Motohama llenaban la habitación. Rias nunca se había sentido tan profanada; ella, que siempre era la que tenía el control, estaba siendo utilizada como un juguete para satisfacer a un humano pervertido.

Finalmente, tras unos minutos que para Rias parecieron siglos de agonía, Motohama llegó a su límite. Con un grito sordo que quedó atrapado bajo el trasero de Rias, el chico liberó su carga. Rias sintió el líquido caliente llenando su boca y salpicando sus mejillas, manchando su piel blanca y su uniforme.

En el instante en que terminó, el imán negro se desvaneció en una nube de humo púrpura, y las manos blancas desaparecieron. La fuerza de atracción cesó de golpe.

Rias cayó hacia un lado, tosiendo y limpiándose frenéticamente la cara con la manga de su uniforme. Motohama se desplomó hacia atrás en el sofá, completamente inconsciente y con una sonrisa de absoluta estupidez en el rostro.

Rias se puso de pie, temblando. Su uniforme estaba arrugado, su cabello revuelto y su dignidad hecha pedazos. Miró al chico con una mezcla de odio y lástima, pero sobre todo, sentía un miedo profundo. Aquello no había sido un accidente; alguien con un poder oscuro y retorcido las había separado para humillarlas.

Sin decir una palabra, Rias invocó un círculo mágico de transporte. Antes de desaparecer, lanzó una última mirada a la habitación manchada por la lujuria. Sabía que esto era solo el principio de una pesadilla que amenazaba con destruir todo lo que ella representaba. Tenía que encontrar a Akeno y Asia, antes de que la sombra que las acechaba terminara de jugar con ellas.
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