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Joy

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 24/6/2026

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Promesas de Chocolate y Arena

El sol de la tarde caía sobre el patio de la escuela primaria municipal, tiñendo de un dorado cálido los columpios de metal y el arenero donde los niños de primer grado correían como hormigas alborotadas. Entre el bullicio, dos figuras contrastantes permanecían sentadas en el borde de la estructura de madera que delimitaba el área de juegos.

Megumi Fushiguro, un niño de complexión delgada y piel tan pálida que parecía de porcelana, observaba con fijeza una hormiga que intentaba cargar una migaja de pan sobre una piedra. Sus ojos verdes, profundos y serios para su corta edad, rara vez se desviaban hacia el caos que lo rodeaba. Él prefería el silencio, o al menos, lo más cercano al silencio que se podía obtener en un patio de recreo.

A su lado, balanceando las piernas con una energía que parecía inagotable, estaba Yuji Itadori. Yuji era todo lo que Megumi no era: ruidoso, de piel ligeramente bronceada por jugar bajo el sol y con unos ojos claros que siempre parecían haber encontrado algo increíblemente emocionante.

—Oye, Fushiguro —dijo Yuji, rompiendo la burbuja de tranquilidad de Megumi—. Mi abuelo dice que cuando dos personas se quieren mucho y siempre quieren estar juntas, se vuelven novios.

Megumi parpadeó, desviando finalmente la mirada de la hormiga. Arrugó un poco la nariz, un gesto que hacía cuando algo no terminaba de encajar en su lógica infantil.

—¿Novios? —repitió con voz suave—. ¿Como los que salen en la televisión que se dan la mano y caminan despacio?

—¡Sí! —Yuji asintió con tanto entusiasmo que sus cabellos rosados parecieron saltar—. Y se comparten el almuerzo. Y el que tiene el postre más rico le da la mitad al otro.

Megumi lo pensó un momento. Él no solía tener muchos amigos; la mayoría de los niños le parecían demasiado ruidosos o simplemente no sabía de qué hablar con ellos. Pero Yuji era diferente. Yuji no esperaba que Megumi hablara mucho, simplemente aparecía a su lado, le ofrecía un caramelo y se sentaba a observar hormigas con él, aunque no le interesaran tanto.

—Yo no tengo postre hoy —murmuró Megumi, mirando sus manos pequeñas y limpias—. Solo traje un sándwich de jengibre.

—¡Yo tengo una barrita de chocolate con almendras! —anunció Yuji, metiendo la mano en el bolsillo de su pantalón corto y sacando un envoltorio algo arrugado—. Podemos compartirla. Si la compartimos, ¿entonces somos novios?

Megumi procesó la información. Ser novios, según la definición de Yuji (y de su abuelo), parecía un trato bastante justo. Significaba no estar solo en el recreo y tener acceso garantizado a chocolate.

—Supongo que sí —respondió Megumi, sintiendo un extraño calorcito en las mejillas que atribuyó al sol—. Pero mi hermana Tsumiki dice que ser novios es algo muy serio. Dice que hay que cuidarse.

Yuji se puso de pie de un salto, extendiendo la mano hacia Megumi para ayudarlo a levantarse.

—¡Yo te cuidaré! —exclamó con una sonrisa gigante que mostraba un hueco donde pronto caería un diente de leche—. Si un perro grande te ladra, yo me pondré delante. Y si se te pierde el borrador, yo te presto el mío. Eso es lo que hacen los novios, ¿verdad?

Megumi tomó la mano de Yuji. Estaba cálida y un poco pegajosa por algún dulce previo, pero se sentía segura.

—Entonces yo también te cuidaré —dijo Megumi, esforzándose por mantener su tono serio a pesar de que sentía ganas de sonreír—. Si te olvidas de hacer la tarea de caligrafía, puedo ayudarte a que no te regañen.

—¡Trato hecho! —Yuji apretó la mano de Megumi—. Ahora somos novios de verdad.

Caminaron juntos hacia la zona de los columpios. Para ellos, el concepto de "amor" era una palabra abstracta que los adultos usaban en canciones aburridas, pero ser "novios" era algo tangible. Era un pacto de lealtad en el campo de batalla que era la escuela primaria.

—Fushiguro, ¿por qué tus ojos son verdes? —preguntó Yuji de repente, deteniéndose frente a un columpio—. Son como las canicas que mi abuelo me compró, pero más brillantes.

Megumi bajó la mirada, un tanto avergonzado por la atención directa.

—No lo sé. Así nací —respondió en un susurro—. Los tuyos son claros, como la miel que Tsumiki le pone al té.

—¿De verdad? —Yuji abrió mucho los ojos, tratando de verse a sí mismo sin un espejo—. ¡Genial! Entonces combinamos. El verde y el color de la miel quedan bien juntos.

Se sentaron en los columpios, moviéndose lentamente. El silencio que siguió no fue incómodo; era el silencio de dos personas que acababan de llegar a un acuerdo importante. Sin embargo, la curiosidad infantil de Yuji no tardó en volver a brotar.

—Oye, Fushiguro, ¿los novios tienen que besarse? —preguntó con una mueca de duda—. Vi a una pareja en el parque el domingo y se estaban besando en la mejilla. Mi tía dice que eso da gérmenes.

Megumi sintió que sus orejas se ponían rojas. La idea de los gérmenes no le gustaba nada; él siempre se lavaba las manos antes de comer y después de tocar cualquier cosa en el jardín.

—Tsumiki dice que los besos son para cuando la gente se casa —explicó Megumi, tratando de recordar las lecciones de su hermana mayor—. Como nosotros solo estamos en primero, creo que con darnos la mano es suficiente. Así no nos pasamos la gripe.

—Tienes razón —concordó Yuji, aliviado—. Además, las manos son mejores para jugar. No puedes jugar a las traes si estás besando a alguien, sería muy difícil correr.

—Sí, sería muy poco eficiente —asintió Megumi, usando una palabra que le había escuchado a un profesor.

Pasaron el resto del recreo compartiendo la barrita de chocolate. Yuji cumplió su promesa y partió el trozo más grande para Megumi, alegando que "los novios pálidos necesitan más energía". Megumi, aunque quería protestar, aceptó el dulce con un pequeño "gracias" que apenas se oyó sobre el ruido de otros niños peleando por un balón de fútbol.

Cuando sonó la campana que anunciaba el fin del descanso y el regreso a las aulas, Yuji no soltó la mano de Megumi. Caminaron por el pasillo de linóleo brillante, ignorando las miradas curiosas de algunos compañeros.

—Nos vemos en la salida —dijo Yuji cuando llegaron a la puerta del salón de Megumi, ya que estaban en grupos diferentes—. Recuerda que ahora somos novios, así que no puedes irte sin despedirte.

—No me iré —prometió Megumi.

Durante las clases de matemáticas, Megumi se encontró mirando por la ventana más de lo habitual. Sus pensamientos, normalmente ocupados por números y letras, volvían constantemente al chico de cabello rosado y sonrisa ruidosa. Se preguntó si ser novios significaba que ahora tenía que aprender a que le gustaran las cosas que a Yuji le gustaban. ¿Tendría que ver programas de héroes espaciales? ¿Tendría que aprender a correr más rápido?

Al final del día, Megumi guardó sus lápices con cuidado en su estuche, asegurándose de que todos estuvieran apuntando en la misma dirección. Salió al portón de la escuela, donde los padres y tutores esperaban a los niños.

Allí, sentado sobre su mochila, estaba Yuji. En cuanto vio a Megumi, se levantó de un salto y agitó ambos brazos como si estuviera tratando de guiar a un avión para aterrizar.

—¡Fushiguro! ¡Aquí! —gritó, atrayendo la atención de varios adultos que sonrieron ante la escena.

Megumi caminó hacia él, tratando de mantener su compostura.

—No tienes que gritar, Itadori. Te veo perfectamente.

—Es que quería asegurarme de que no te perdieras —dijo Yuji, acercándose y, con una naturalidad asombrosa, volviendo a entrelazar sus dedos con los de Megumi—. Mi abuelo vendrá pronto. Dice que hoy podemos pasar por la tienda de conveniencia a comprar un helado de dos sabores. Como somos novios, podemos comprar uno y compartirlo, ¿verdad?

Megumi asintió. La lógica de Yuji era infalible.

—Mi hermana vendrá por mí en cinco minutos —dijo Megumi—. Creo que ella se pondrá feliz de saber que... que ya no estoy solo en el recreo.

—¡Nunca más estarás solo! —declaró Yuji con una convicción que solo un niño de seis años puede poseer—. Porque ser novios es como ser mejores amigos, pero con un nombre más especial. Y con chocolate.

En ese momento, una joven de cabello castaño y expresión amable se acercó a ellos. Tsumiki Fushiguro miró a los dos niños, notando de inmediato sus manos entrelazadas y la expresión inusualmente relajada de su hermano menor.

—Hola, Megumi —saludó ella con una sonrisa—. Veo que has hecho un amigo muy entusiasta.

Megumi miró a Yuji y luego a su hermana. Respiró hondo, reuniendo el valor para explicar su nueva situación social.

—Tsumiki, él es Itadori —dijo Megumi con toda la seriedad del mundo—. Y ya no es solo mi amigo. Ahora somos novios.

Tsumiki parpadeó, sorprendida, y luego tuvo que cubrirse la boca con la mano para no soltar una carcajada que pudiera herir los sentimientos de los pequeños. Sabía lo en serio que Megumi se tomaba las cosas.

—¿Ah, sí? —preguntó Tsumiki, agachándose a la altura de ellos—. ¿Y qué significa eso para ustedes?

Yuji dio un paso adelante, sacando pecho.

—Significa que yo le doy mi chocolate y él me ayuda con la caligrafía —explicó orgulloso—. Y que nos cuidamos de los perros grandes y de los gérmenes.

Tsumiki sonrió con ternura, acariciando la cabeza de Megumi y luego la de Yuji.

—Me parece un trato excelente —dijo ella—. Pero recuerden que ser novios también significa ser muy respetuosos y escucharse siempre.

—¡Lo haremos! —prometió Yuji.

Un hombre mayor, de aspecto fuerte pero con una mirada cansada y amable, se acercó al grupo. Era el abuelo de Yuji.

—¡Abuelo! —gritó Yuji—. ¡Mira! ¡Este es Fushiguro! ¡Es mi novio!

El abuelo de Yuji se detuvo en seco, mirando a su nieto y luego al niño pálido que parecía querer ser tragado por la tierra ante el grito. El anciano soltó una carcajada ronca y le dio una palmadita en la espalda a Yuji.

—Vaya, Itadori, no pierdes el tiempo —dijo el hombre, asintiendo hacia Tsumiki en señal de saludo—. Bueno, si son novios, supongo que el helado de hoy tendrá que ser muy grande.

Los dos niños se despidieron con la promesa de verse al día siguiente. Mientras Megumi caminaba de la mano de Tsumiki hacia su casa, sentía que el mundo era un poco menos complicado y mucho más brillante.

—Megumi —dijo Tsumiki después de un rato—, ¿estás feliz de ser el novio de Itadori?

Megumi miró el lugar en su mano donde todavía sentía el calor de la palma de Yuji. Pensó en el chocolate compartido, en la promesa de protección contra los perros y en la forma en que sus ojos "combinaban".

—Sí —respondió Megumi con sencillez—. Es agradable tener a alguien que quiera compartir su postre conmigo.

En la distancia, Yuji seguía saltando mientras caminaba con su abuelo, contándole mil historias sobre lo que harían mañana en el arenero. Ninguno de los dos entendía realmente las complejidades del amor, las responsabilidades de una relación o lo que el futuro les depararía en un mundo que a veces podía ser muy oscuro.

Para ellos, en ese momento perfecto de la infancia, el amor no era más que una mano cálida, un trozo de chocolate y la certeza de que, al día siguiente, alguien estaría esperándolos en el mismo columpio de siempre.

Y mientras el sol terminaba de ocultarse, Megumi Fushiguro, el niño que prefería el silencio, se encontró deseando que el mañana llegara pronto para volver a escuchar la ruidosa y alegre voz de su "novio".
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