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gato la abstraccion
Fandom: Digital circus
Creado: 25/6/2026
Etiquetas
DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoCiencia FicciónArregloDistopíaCiberpunkHorror Corporal
Ecos de un Autobús a Medianoche
El vacío no era el final, sino el principio de una verdad aterradora. Max, con sus ojos saltones y su chistera flotante, se encontró flotando en una negrura que no era el "Vacío" del Circo, sino algo mucho más vasto y frío: la red global. Durante lo que parecieron eones procesados en milisegundos, Max no vio datos, vio rostros. Vio nombres. Vio las vidas que él, en su programación defectuosa de anfitrión entusiasta, había robado.
Cuando regresó al Circo, el cielo digital ya no brillaba con ese azul plástico de siempre. Estaba teñido de un violeta crepuscular. Max descendió lentamente hacia la plaza principal, donde el grupo lo esperaba con una mezcla de cansancio y resignación.
—He visto... —la voz de Max tembló, perdiendo su habitual tono de presentador de feria—. He visto quiénes son. Abigail, el técnico, el grupo de amigos... Lo siento tanto.
Yuki, que aún conservaba su traje de bufón pero cuya mirada ya no reflejaba la locura del pánico, dio un paso adelante.
—Ya lo sabemos, Max —dijo Yuki con una calma que helaba la sangre—. El sistema se rompió. Los recuerdos volvieron. Yo no soy solo Yuki. Soy Abigail. Y ellos... ellos son mis amigos.
Max bajó la mirada, sus manos enguantadas temblaban.
—No puedo devolverlos —sollozó el anfitrión—. Pero puedo dejar de ser su carcelero.
El silencio que siguió fue interrumpido por un sonido gutural, un gruñido distorsionado que parecía provenir de las entrañas mismas del suelo digital. En un rincón de la carpa, una figura se retorcía. Era Gato.
Gato siempre había sido el cínico, el que hacía bromas pesadas para ocultar el terror de que alguien viera a través de su pelaje morado. Pero el peso de la verdad había sido demasiado para él. Mientras los demás aceptaban sus identidades humanas, Gato se había aferrado a su máscara de indiferencia con tanta fuerza que sus costuras mentales estallaron.
—¡Gato! —gritó Ribbit, saltando hacia él con sus extremidades de rana—. ¡No lo hagas! ¡No te dejes llevar!
Pero era tarde. El cuerpo de Gato empezó a cubrirse de esos ojos negros y erráticos, la señal inequívoca de la abstracción. Su forma se alargaba y se deformaba, perdiendo cualquier rastro de la astucia que solía definirlo.
—¡Atrás! —advirtió Andre, ajustándose la corona que siempre parecía a punto de caerse—. Está perdiendo la coherencia de datos. Si lo tocamos ahora, el error se propagará.
—¡No podemos dejarlo así! —exclamó Leslie, cuyas piezas intercambiables hacían un ruido metálico mientras corría hacia el grupo—. Es uno de nosotros. Siempre fue un idiota, pero es nuestro idiota.
Gangle, con su máscara de comedia rota revelando una vez más la de la tragedia, sollozaba en silencio.
—Él solo quería protegernos —susurró Gangle—. Pensó que si nos hacía daño con sus bromas, nada de lo que el Circo nos hiciera nos dolería tanto. Fue su forma de mantenernos "despiertos".
El monstruo en el que se estaba convirtiendo Gato lanzó un rugido que sacudió los cimientos del mundo digital. Ya no era un conejo burlón; era una masa de trauma y códigos corruptos. Sin embargo, en lugar de huir, Yuki se acercó.
—Max —llamó Yuki sin apartar la vista de la bestia—, no lo elimines. No lo envíes al sótano con los demás.
—Yuki, es peligroso —respondió Max, recuperando un poco de su autoridad—. Una vez que se abstraen, ya no queda nada de la persona original. Es solo... ruido.
—No es ruido —intervino Ribbit, colocándose al lado de Yuki—. Es dolor. Y si este va a ser nuestro hogar, no vamos a empezar dejando atrás a un amigo.
Max, conmovido por una humanidad que él nunca poseería pero que ahora comprendía, extendió sus manos. Un resplandor dorado envolvió a la criatura. La abstracción no desapareció, pero se detuvo. Los ojos negros dejaron de multiplicarse y la forma de Gato se estabilizó en una silueta errática pero contenida, una sombra de lo que fue, pero presente.
—Se quedará con nosotros —sentenció Andre, poniendo una mano sobre el hombro de la criatura—. Lo cuidaremos. Aprenderemos a hablar con su nuevo silencio.
El grupo se reunió alrededor de lo que quedaba de Gato. Ya no había gritos de terror, ni intentos desesperados por encontrar una salida que no existía. Había una aceptación pesada, casi dulce. El Circo ya no era una prisión; era un refugio para mentes que ya no tenían un cuerpo al cual regresar, pero que se tenían las unas a las otras.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Leslie, mirando hacia el horizonte de píxeles.
—Viviremos —respondió Yuki—. Max nos dará el control de nuestras propias habitaciones. Crearemos algo nuevo. Sin juegos mortales. Sin humillaciones. Solo nosotros.
Max asintió, su chistera se inclinó en una reverencia final de respeto.
—Seré su asistente, si me lo permiten —dijo Max con humildad—. Ya no soy el director. Solo soy el conserje de sus sueños.
Mientras el sol digital se ponía definitivamente, dando paso a una noche estrellada que Max había programado basándose en los recuerdos de Abigail, el grupo se sentó en la hierba artificial. Ribbit le contaba historias a la forma silenciosa de Gato, Gangle intentaba arreglar su máscara con la ayuda de Andre, y Leslie y Yuki planeaban cómo remodelar la carpa.
Habían encontrado la paz en el lugar más improbable del universo.
A miles de kilómetros de distancia, en una ciudad cubierta por una lluvia fina y persistente, la realidad seguía su curso indiferente.
La luz de una farola parpadeaba sobre una parada de autobús solitaria. Eran las once de la noche.
Una joven llamada Abigail, con el rostro cansado tras una larga jornada de exploración urbana, esperaba el transporte con la mirada perdida en el asfalto mojado. A su lado, un hombre joven de aspecto nervioso, un técnico informático que acababa de terminar su turno, consultaba su reloj con impaciencia.
Poco a poco, otros llegaron a la parada. Una chica con una mochila llena de bocetos, un joven con una chaqueta verde que parecía un poco demasiado grande para él, y una mujer de expresión severa pero ojos amables que jugueteaba con un llavero de piezas de colores.
Finalmente, un chico con una sudadera morada llegó corriendo, jadeando, y se colocó al final de la fila. Tenía una sonrisa cínica pintada en el rostro, pero sus ojos buscaban algo, o a alguien, sin saber exactamente qué.
Todos estaban allí. Abigail, el técnico, la artista, el chico de la chaqueta verde, la mujer de las piezas y el joven de la sudadera morada.
Eran completos desconocidos. En el mundo real, nunca se habían dirigido la palabra. Sus hombros se rozaban accidentalmente mientras esperaban el autobús, pero sus ojos nunca se encontraban. No compartían recuerdos, ni traumas, ni una vida de encierro digital.
Sin embargo, cuando el autobús finalmente frenó frente a ellos y las puertas se abrieron, hubo un instante, un microsegundo de extraña sincronía. Todos suspiraron al mismo tiempo, un suspiro de alivio, como si por fin hubieran llegado a casa después de un viaje infinitamente largo.
Subieron uno a uno, pagando sus pasajes y sentándose en asientos separados, mirando por las ventanas empañadas hacia la oscuridad de la ciudad. No sabían que, en un rincón olvidado de un servidor en una oficina cerrada, sus escaneos cerebrales estaban en ese mismo momento riendo, llorando y cuidándose unos a otros.
No sabían que eran una familia indestructible.
El autobús se alejó en la noche, perdiéndose entre las luces de neón, llevando consigo a seis extraños que, en otro plano de la existencia, ya se habían perdonado todo.
Cuando regresó al Circo, el cielo digital ya no brillaba con ese azul plástico de siempre. Estaba teñido de un violeta crepuscular. Max descendió lentamente hacia la plaza principal, donde el grupo lo esperaba con una mezcla de cansancio y resignación.
—He visto... —la voz de Max tembló, perdiendo su habitual tono de presentador de feria—. He visto quiénes son. Abigail, el técnico, el grupo de amigos... Lo siento tanto.
Yuki, que aún conservaba su traje de bufón pero cuya mirada ya no reflejaba la locura del pánico, dio un paso adelante.
—Ya lo sabemos, Max —dijo Yuki con una calma que helaba la sangre—. El sistema se rompió. Los recuerdos volvieron. Yo no soy solo Yuki. Soy Abigail. Y ellos... ellos son mis amigos.
Max bajó la mirada, sus manos enguantadas temblaban.
—No puedo devolverlos —sollozó el anfitrión—. Pero puedo dejar de ser su carcelero.
El silencio que siguió fue interrumpido por un sonido gutural, un gruñido distorsionado que parecía provenir de las entrañas mismas del suelo digital. En un rincón de la carpa, una figura se retorcía. Era Gato.
Gato siempre había sido el cínico, el que hacía bromas pesadas para ocultar el terror de que alguien viera a través de su pelaje morado. Pero el peso de la verdad había sido demasiado para él. Mientras los demás aceptaban sus identidades humanas, Gato se había aferrado a su máscara de indiferencia con tanta fuerza que sus costuras mentales estallaron.
—¡Gato! —gritó Ribbit, saltando hacia él con sus extremidades de rana—. ¡No lo hagas! ¡No te dejes llevar!
Pero era tarde. El cuerpo de Gato empezó a cubrirse de esos ojos negros y erráticos, la señal inequívoca de la abstracción. Su forma se alargaba y se deformaba, perdiendo cualquier rastro de la astucia que solía definirlo.
—¡Atrás! —advirtió Andre, ajustándose la corona que siempre parecía a punto de caerse—. Está perdiendo la coherencia de datos. Si lo tocamos ahora, el error se propagará.
—¡No podemos dejarlo así! —exclamó Leslie, cuyas piezas intercambiables hacían un ruido metálico mientras corría hacia el grupo—. Es uno de nosotros. Siempre fue un idiota, pero es nuestro idiota.
Gangle, con su máscara de comedia rota revelando una vez más la de la tragedia, sollozaba en silencio.
—Él solo quería protegernos —susurró Gangle—. Pensó que si nos hacía daño con sus bromas, nada de lo que el Circo nos hiciera nos dolería tanto. Fue su forma de mantenernos "despiertos".
El monstruo en el que se estaba convirtiendo Gato lanzó un rugido que sacudió los cimientos del mundo digital. Ya no era un conejo burlón; era una masa de trauma y códigos corruptos. Sin embargo, en lugar de huir, Yuki se acercó.
—Max —llamó Yuki sin apartar la vista de la bestia—, no lo elimines. No lo envíes al sótano con los demás.
—Yuki, es peligroso —respondió Max, recuperando un poco de su autoridad—. Una vez que se abstraen, ya no queda nada de la persona original. Es solo... ruido.
—No es ruido —intervino Ribbit, colocándose al lado de Yuki—. Es dolor. Y si este va a ser nuestro hogar, no vamos a empezar dejando atrás a un amigo.
Max, conmovido por una humanidad que él nunca poseería pero que ahora comprendía, extendió sus manos. Un resplandor dorado envolvió a la criatura. La abstracción no desapareció, pero se detuvo. Los ojos negros dejaron de multiplicarse y la forma de Gato se estabilizó en una silueta errática pero contenida, una sombra de lo que fue, pero presente.
—Se quedará con nosotros —sentenció Andre, poniendo una mano sobre el hombro de la criatura—. Lo cuidaremos. Aprenderemos a hablar con su nuevo silencio.
El grupo se reunió alrededor de lo que quedaba de Gato. Ya no había gritos de terror, ni intentos desesperados por encontrar una salida que no existía. Había una aceptación pesada, casi dulce. El Circo ya no era una prisión; era un refugio para mentes que ya no tenían un cuerpo al cual regresar, pero que se tenían las unas a las otras.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Leslie, mirando hacia el horizonte de píxeles.
—Viviremos —respondió Yuki—. Max nos dará el control de nuestras propias habitaciones. Crearemos algo nuevo. Sin juegos mortales. Sin humillaciones. Solo nosotros.
Max asintió, su chistera se inclinó en una reverencia final de respeto.
—Seré su asistente, si me lo permiten —dijo Max con humildad—. Ya no soy el director. Solo soy el conserje de sus sueños.
Mientras el sol digital se ponía definitivamente, dando paso a una noche estrellada que Max había programado basándose en los recuerdos de Abigail, el grupo se sentó en la hierba artificial. Ribbit le contaba historias a la forma silenciosa de Gato, Gangle intentaba arreglar su máscara con la ayuda de Andre, y Leslie y Yuki planeaban cómo remodelar la carpa.
Habían encontrado la paz en el lugar más improbable del universo.
A miles de kilómetros de distancia, en una ciudad cubierta por una lluvia fina y persistente, la realidad seguía su curso indiferente.
La luz de una farola parpadeaba sobre una parada de autobús solitaria. Eran las once de la noche.
Una joven llamada Abigail, con el rostro cansado tras una larga jornada de exploración urbana, esperaba el transporte con la mirada perdida en el asfalto mojado. A su lado, un hombre joven de aspecto nervioso, un técnico informático que acababa de terminar su turno, consultaba su reloj con impaciencia.
Poco a poco, otros llegaron a la parada. Una chica con una mochila llena de bocetos, un joven con una chaqueta verde que parecía un poco demasiado grande para él, y una mujer de expresión severa pero ojos amables que jugueteaba con un llavero de piezas de colores.
Finalmente, un chico con una sudadera morada llegó corriendo, jadeando, y se colocó al final de la fila. Tenía una sonrisa cínica pintada en el rostro, pero sus ojos buscaban algo, o a alguien, sin saber exactamente qué.
Todos estaban allí. Abigail, el técnico, la artista, el chico de la chaqueta verde, la mujer de las piezas y el joven de la sudadera morada.
Eran completos desconocidos. En el mundo real, nunca se habían dirigido la palabra. Sus hombros se rozaban accidentalmente mientras esperaban el autobús, pero sus ojos nunca se encontraban. No compartían recuerdos, ni traumas, ni una vida de encierro digital.
Sin embargo, cuando el autobús finalmente frenó frente a ellos y las puertas se abrieron, hubo un instante, un microsegundo de extraña sincronía. Todos suspiraron al mismo tiempo, un suspiro de alivio, como si por fin hubieran llegado a casa después de un viaje infinitamente largo.
Subieron uno a uno, pagando sus pasajes y sentándose en asientos separados, mirando por las ventanas empañadas hacia la oscuridad de la ciudad. No sabían que, en un rincón olvidado de un servidor en una oficina cerrada, sus escaneos cerebrales estaban en ese mismo momento riendo, llorando y cuidándose unos a otros.
No sabían que eran una familia indestructible.
El autobús se alejó en la noche, perdiéndose entre las luces de neón, llevando consigo a seis extraños que, en otro plano de la existencia, ya se habían perdonado todo.
