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Fandom: Xylos-4

Creado: 25/6/2026

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Calor en el Invierno de Xylos-4

El aire en Xylos-4 siempre tenía ese matiz metálico y aséptico, un contraste constante con la calidez húmeda y vibrante de Yvos-9 que Kazuke tanto añoraba. Caminando por los pasillos de la preparatoria, Kasuto Saito sentía el peso de la ausencia a su lado. Normalmente, a esa hora, Kazuke estaría caminando encorvado junto a él, oculto bajo tres capas de ropa excesivamente grande, buscando instintivamente su brazo para robarle un poco de ese calor corporal que Kasuto producía en exceso.

Pero el invernadero del club de jardinería había sido traicionero esta semana. Una especie exótica, una variante de la *Lumina Noctis* que no debería haber florecido tan pronto, había soltado una nube de polen denso y dulce justo cuando Kazuke estaba clasificando las muestras. El resultado no fue una enfermedad mortal, pero sí una condición que mantenía al joven Velde de cabello menta recluido en su apartamento: un estado de hipersensibilidad y calor interno que rozaba lo insoportable.

—Oye, Saito —lo interrumpió un compañero de clase mientras Kasuto guardaba sus cuadernos de dibujo en la mochila—. ¿Dónde está Arahara? No lo hemos visto en tres días. ¿Sigue con ese resfriado?

Kasuto cerró la cremallera de su mochila con un movimiento seco. Miró al chico con su habitual expresión serena, aunque por dentro una chispa de posesividad le quemaba el pecho.

—Está bien —respondió de forma ambigua, ajustándose la correa al hombro—. Solo necesita descansar un poco más. La biología de los Velde de Yvos-9 es… delicada con los cambios de estación.

—Bueno, dile que esperamos que vuelva pronto. El club se siente vacío sin el chico de las plantas.

Kasuto asintió vagamente y salió del edificio. El camino hacia el complejo de apartamentos para extranjeros fue un borrón de pensamientos. Su mente estaba llena de bocetos mentales de Kazuke: la curva de sus antenas cuando estaba nervioso, el brillo de su piel verde bajo la luz cálida y, sobre todo, la forma en que sus ojos oscuros se empañaban de deseo y vulnerabilidad desde que el polen lo había afectado.

Al llegar al edificio adaptado, el calor del vestíbulo le dio la bienvenida. Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar a la puerta de Kazuke. Sacó la llave de repuesto que el otro le había confiado hacía meses y entró en silencio.

El apartamento estaba a una temperatura que haría sudar a cualquier humano, pero para un Velde de Xylos-4 como Kasuto, era como entrar en una sauna. Sin embargo, no fue el calor lo que lo detuvo en seco, sino los sonidos que bajaban desde la habitación del segundo piso.

Eran gemidos suaves, entrecortados, cargados de una frustración que Kasuto reconoció de inmediato.

Dejó la mochila en el sofá y subió las escaleras con pasos felinos. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Al asomarse, la imagen que lo recibió hizo que su propio pulso se acelerara.

Kazuke estaba sobre la cama, revolviéndose entre las sábanas revueltas. Llevaba puesta una de las sudaderas más grandes de Kasuto, una de color gris que le quedaba tan holgada que un hombro quedaba al descubierto, revelando la piel verde brillante bañada en sudor. Sus manos temblorosas estaban ocupadas bajo la tela, y sus antenas vibraban con una intensidad espasmódica. Tenía el rostro hundido en la almohada de Kasuto, buscando desesperadamente el rastro de su aroma.

Kasuto no pudo evitarlo; una sonrisa ladeada y llena de ternura apareció en su rostro. Se quitó el abrigo y la camisa de uniforme, quedándose solo con lo necesario, y se acercó a la cama.

—Parece que alguien no puede esperar a que termine el horario escolar —susurró Kasuto, subiendo a la cama y rodeando la cintura de Kazuke desde atrás.

Kazuke soltó un grito ahogado, girando la cabeza con los ojos desorbitados y empañados por las lágrimas de la sobreestimulación. El polen afrodisíaco había convertido su timidez habitual en una urgencia voraz.

—¡Ka-Kasuto! —gimió, intentando cubrirse, aunque sus manos no abandonaron el bulto bajo la sudadera—. Llegas… llegas temprano.

—Llego justo a tiempo —dijo Kasuto, besando la nuca de Kazuke, justo donde nacen las antenas. Sintió al otro estremecerse violentamente—. Estás ardiendo, Kazu. Deja que yo me encargue.

Kasuto deslizó sus manos bajo la sudadera, encontrando la piel febril de su pareja. El contraste era inmediato: las manos de Kasuto, naturalmente frescas por su origen de planeta helado, eran el bálsamo perfecto para el calor abrasador que consumía a Kazuke. El chico de cabello menta soltó un suspiro largo, casi un llanto, y se echó hacia atrás, buscando el contacto total con el cuerpo de Kasuto.

—Por favor… —suplicó Kazuke, con la voz rota—. Me duele de tanto querer… no para, Kasuto, el efecto no para.

—Shh, estoy aquí —Kasuto comenzó a mover sus manos con una lentitud deliberada, memorizando cada reacción, cada pequeño espasmo de los músculos de Kazuke.

El clímax de Kazuke fue explosivo, una liberación que manchó la sudadera y dejó al chico temblando, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el techo. Debido al efecto de la planta, la intensidad y el volumen fueron mucho mayores de lo normal, dejando a Kazuke en un estado de trance sensorial.

Tras unos minutos de silencio solo interrumpido por sus respiraciones, Kazuke se dio la vuelta. Sus ojos oscuros, ahora inyectados de una necesidad que no se había aplacado del todo, se fijaron en la entrepierna de Kasuto, quien también mostraba los efectos de la escena.

—Kasuto… —dijo con voz agitada, extendiendo una mano temblorosa—. ¿Puedo…?

Kasuto soltó una risita suave, una mezcla de sarcasmo y devoción pura. Se levantó de la cama, guiando a Kazuke con la mirada, y se sentó en la silla frente al escritorio, la que Kazuke usaba para estudiar botánica.

—Haz lo que quieras, Kazu. Soy todo tuyo.

Kazuke se levantó con las piernas flaqueando. Se acercó a Kasuto y se sentó a horcajadas sobre sus muslos. El contacto de sus pieles verdes, una clara y la otra brillante, creaba un contraste hermoso bajo la luz de la lámpara de escritorio. Con dedos torpes pero decididos, Kazuke desabrochó el pantalón de Kasuto.

Cuando liberó la erección de su pareja, Kazuke no perdió el tiempo. Lo rodeó con su mano, maravillado por el calor que emanaba Kasuto, un calor que para él era la salvación. Tras un beso profundo, cargado de la lealtad y el amor que Kazuke rara vez se atrevía a expresar con palabras, se posicionó.

—Despacio, Kazu —advirtió Kasuto, agarrando sus caderas para estabilizarlo.

Pero Kazuke estaba más allá de la paciencia. Se dejó caer, soltando un grito que se perdió en el hombro de Kasuto. El dolor inicial fue rápidamente reemplazado por una plenitud que lo hizo arquear la espalda. Comenzó a moverse con una desesperación rítmica, dando sentones que hacían que la silla chirriara.

—¡Ah… Kasuto! ¡Más, por favor, más! —exclamaba Kazuke, enterrando las uñas en los hombros anchos de su novio.

Kasuto, que solía ser el observador analítico, perdió la compostura. Sus gemidos de satisfacción se unieron a los de Kazuke. Ver al chico tímido y reservado transformado en este ser de pura pasión y audacia era algo que solo él tenía el privilegio de presenciar.

—Eres… increíble —gruñó Kasuto, perdiendo el control.

De repente, Kasuto se levantó con Kazuke aún unido a él, demostrando la fuerza atlética que solía ocultar. Lo giró con rapidez, apoyándolo contra el borde de la mesa de estudio, entre libros de botánica y frascos de muestras. Levantó las piernas de Kazuke por los muslos y comenzó a penetrarlo con estocadas profundas y seguras.

Kazuke gritó, sus manos volaron a los reposabrazos de la silla que ahora quedaba a su lado, apretándolos con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Su interior se contraía alrededor de Kasuto, buscando retener cada ápice de esa sensación, cada gramo de ese calor que lo anclaba al mundo.

El momento final llegó para ambos en una sincronía perfecta. Kasuto se corrió profundamente dentro de Kazuke, mientras este último volvía a ensuciar la sudadera gris que aún colgaba de sus hombros, su cuerpo sacudido por espasmos de puro alivio.

El silencio que siguió fue cálido y acogedor. Kazuke se dejó caer contra el pecho de Kasuto, sintiendo los latidos acelerados del corazón de su pareja contra su oído. El efecto del polen parecía haberse suavizado, dejando solo una agradable somnolencia y una gratitud inmensa.

Kazuke levantó la cabeza, aún un poco mareado, y buscó los labios de Kasuto para un beso suave, lento, lleno de la ternura que definía su relación fuera del dormitorio.

—Gracias… —susurró Kazuke—. De verdad… me sentía como si fuera a explotar.

Kasuto le apartó un mechón de cabello verde menta de la frente, sonriendo con esa seguridad que a Kazuke tanto le gustaba.

—No tienes que agradecer nada, tonto. Es parte de mi trabajo como tu radiador personal —bromeó Kasuto, dándole un último beso en la punta de la nariz—. Por cierto, un compañero de clase te mandó saludos. Dice que el club de jardinería es un caos sin ti.

Kazuke se sonrojó violentamente, ocultando el rostro en el cuello de Kasuto.

—¿Quién? ¿Fue ese chico de segundo que siempre te mira demasiado? —preguntó con un rastro de esos celos que le brotaban con tanta facilidad.

Kasuto soltó una carcajada limpia y vibrante, abrazando a su novio con fuerza, disfrutando de la posesividad de Kazuke tanto como de su dulzura.

—No importa quién fuera —dijo Kasuto, mirando el desorden de libros y ropa en la habitación—. Porque ninguno de ellos sabe lo que yo sé. Ninguno de ellos tiene al guerrero de Yvos-9 en su cama.

Kazuke sonrió, sintiéndose seguro y, por fin, en casa, a pesar de estar a años luz de su planeta de origen. Mientras Kasuto lo llevaba de vuelta a la cama para descansar, Kazuke supo que, sin importar el frío de Xylos-4 o los peligros de las plantas exóticas, mientras tuviera a Kasuto, siempre tendría el calor que necesitaba para sobrevivir.
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