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LAs abejas

Fandom: OC

Creado: 25/6/2026

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El Fuego de la Colmena Dorada

El silencio en el Gran Palacio de Cera no era un alivio, sino una tortura. Con la partida de los zánganos hacia los campos de polen del sur, un viaje que se prolongaría durante meses, la atmósfera de la colmena se había vuelto densa, cargada de una humedad eléctrica que erizaba el vello de la piel dorada de sus habitantes. La Reina, Melissandra, se encontraba recostada en su trono de ámbar, sintiendo cómo el calor de su propio cuerpo derretía lentamente la superficie bajo sus muslos.

Melissandra era una visión de exceso biológico. Sus pechos, dos orbes colosales y pesados que desafiaban la gravedad, se desbordaban de su corpiño de seda translúcida, subiendo y bajando con una respiración errática. Cada vez que intentaba acomodarse, el peso de su busto provocaba un balanceo hipnótico, un vaivén de carne firme y suave que terminaba en pezones oscuros y erectos, visibles a través de la fina tela. Su cintura era una curva imposible, tan estrecha que parecía que las manos de un amante podrían rodearla por completo, contrastando violentamente con la inmensidad de sus caderas. Sus nalgas, dos hemisferios gigantes y redondos, se desparramaban contra el trono, sintiéndose calientes, hinchadas por el deseo que su ciclo reproductivo le exigía.

—Mi señora, la última legión ha cruzado la frontera del valle —anunció una voz profunda, cargada de una vibración que resonó en el vientre de la Reina.

Melissandra levantó la vista. Frente a ella estaba Lyra, su Guardia Real más fiel y, físicamente, su igual en términos de provocación. Lyra era una guerrera de proporciones hercúleas; sus muslos eran tan gruesos que se rozaban al caminar, generando un sonido suave y rítmico, y su trasero, firme como la piedra pero suave como la miel, se balanceaba de forma lasciva con cada paso. Lo más distintivo de Lyra, sin embargo, era su naturaleza como una de las escasas híbridas alfa de la colmena: poseedora de una masculinidad oculta entre sus muslos que la convertía en la única capaz de saciar a la realeza.

—Se han ido —susurró Melissandra, y su voz sonó como un ronroneo húmedo—. El aire está demasiado pesado, Lyra. Siento como si mis venas estuvieran llenas de veneno dulce.

La Reina se puso en pie con dificultad. El peso de sus pechos la obligaba a arquear la espalda, lo que acentuaba la curva de su culo gigante, que parecía vibrar con cada movimiento. Se acercó a Lyra, dejando que el aroma de sus feromonas —una mezcla de jazmín, almizcle y azúcar fermentada— inundara el espacio entre ambas.

—Es el ciclo, Majestad —respondió Lyra, clavando sus ojos en los labios hinchados y brillantes de su soberana—. Su cuerpo reclama lo que la naturaleza le impone. El calor no va a disminuir hasta que sea... atendida.

Lyra no apartó la mirada. Sus propios deseos eran evidentes; su respiración se había vuelto pesada y el bulto entre sus piernas, oculto por la armadura ligera de cuero, comenzaba a tensarse con una urgencia dolorosa. Sus manos, grandes y expertas, temblaban ligeramente por la contención.

—Mírame, Lyra —ordenó Melissandra, llevando una mano a uno de sus pechos, apretándolo con fuerza hasta que la carne se desbordó entre sus dedos—. Mis pezones duelen. Mi vientre arde. Siento un vacío que me devora por dentro. Los machos no están, y mi cuerpo no entiende de ausencias.

—Yo estoy aquí, mi Reina —dijo Lyra, dando un paso adelante. El roce de sus hombros fue como una chispa en un barril de pólvora—. Yo siempre estaré aquí para servir a la colmena... y a su placer.

Melissandra dejó escapar un gemido bajo que pareció vibrar en las paredes de cera. Se dio la vuelta, apoyando sus manos en la mesa de mapas, ofreciendo a Lyra la visión de su espalda arqueada y su trasero monumental. La tela de su falda apenas cubría la redondez de sus nalgas, que se agitaban con un estremecimiento involuntario.

—Entonces sirve a tu Reina —jadeó Melissandra, mirando a Lyra por encima del hombro con ojos nublados por la lujuria—. Quítame esta agonía. Úsame hasta que el calor se convierta en cenizas.

Lyra no necesitó más invitación. Se acercó por detrás, pegando su cuerpo firme contra las curvas exageradas de la Reina. El contraste era delicioso: la suavidad de la piel de Melissandra contra el cuero de Lyra. La guerrera rodeó la cintura diminuta de la Reina con una mano, mientras que con la otra agarró uno de sus pechos masivos, amasándolo con una intensidad que hizo que Melissandra echara la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y sudoroso.

—Está tan caliente, Majestad —susurró Lyra al oído de la Reina, lamiendo el lóbulo de su oreja—. Puedo sentir su pulso en cada centímetro de su piel. Está goteando deseo.

—No hables... —suplicó Melissandra, frotando su trasero contra la entrepierna de Lyra, sintiendo la dureza que crecía allí—. Solo lléname. Siento que voy a estallar si no me tocas de verdad.

Lyra metió la mano por debajo de la falda de la Reina, encontrando de inmediato la humedad desbordante. Sus dedos se hundieron en los pliegues hinchados y calientes, que palpitaban con una vida propia. Melissandra gritó, un sonido puramente animal, mientras sus muslos gruesos temblaban y se abrían instintivamente para dar más espacio a la invasión.

—Eres tan perfecta —gruñó Lyra, desabrochando su propio cinturón—. Tan ancha, tan preparada para ser tomada.

La guerrera liberó su miembro, una pieza de carne impresionante y venosa que latía con el mismo ritmo que el corazón de la colmena. Era gruesa y oscura, coronada por una gota de pre-semilla que brillaba bajo la luz de las antorchas. Melissandra, al sentirla contra la base de su espalda, soltó un sollozo de anticipación.

—Ahora, Lyra... por favor —suplicó la Reina, girando un poco la cadera para facilitar el acceso.

Lyra la sujetó por las caderas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne suave de sus nalgas. Con un empuje lento y deliberado, comenzó a penetrar la entrada ardiente de la Reina. El ajuste era increíblemente estrecho; los músculos internos de Melissandra se contrajeron con violencia, dándole la bienvenida al invasor con oleadas de placer que recorrieron la columna de ambas.

—¡Ahhh! —el grito de Melissandra resonó en la sala vacía—. ¡Es demasiado... es tan grande...!

—Es lo que necesitas —dijo Lyra, comenzando un ritmo lento y tortuoso, entrando y saliendo casi por completo, permitiendo que la fricción encendiera cada nervio—. Tu cuerpo fue hecho para esto, para ser llenado por completo.

Los pechos de Melissandra rebotaban salvajemente con cada embestida. Ella se aferraba a la mesa, con los labios entreabiertos y la saliva brillando en sus comisuras. Cada movimiento de Lyra era una declaración de poder, una respuesta a la crisis biológica que amenazaba con volver loca a la Reina. El sonido de la carne chocando contra la carne, un impacto húmedo y rítmico, llenaba el aire, mezclándose con los jadeos pesados de las dos mujeres.

—Más rápido... más profundo —rogaba Melissandra, moviendo su culo hacia atrás para encontrar el impacto de Lyra—. No te detengas, no me dejes así... ¡Rómpeme con ese fuego!

Lyra incrementó la velocidad. Sus muslos potentes se tensaban con cada empuje, y su respiración se convirtió en un gruñido constante. La Reina estaba en el límite; sus ojos se pusieron en blanco mientras las contracciones de su clítoris hinchado la llevaban al borde del abismo. El placer era tan intenso que se sentía como un dolor dulce, una expansión de los sentidos que borraba todo lo que no fuera el roce constante de Lyra dentro de ella.

—¡Lyra! ¡Voy a... voy a...! —Melissandra no pudo terminar la frase.

Su cuerpo se tensó en un arco extremo, sus pechos se sacudieron una última vez y una cascada de placer la recorrió, haciéndola gritar el nombre de su guardia mientras sus paredes internas succionaban desesperadamente el miembro de Lyra. Al mismo tiempo, la guerrera soltó un rugido, empujando una última vez hasta el fondo y liberando su semilla caliente dentro de la Reina, una inundación que Melissandra sintió como un bálsamo bendito para su fuego interno.

Ambas quedaron abrazadas, jadeando, con los cuerpos sudorosos y pegajosos, unidas por la conexión más primitiva de su especie. La crisis de la Reina se había calmado, al menos por ahora, pero en la penumbra de la colmena, ambas sabían que la temporada de los zánganos apenas comenzaba, y que muchas noches más de ese fuego las esperaban.

—Mañana... —susurró Melissandra, todavía temblando mientras sentía el peso de Lyra sobre ella—. Mañana lo haremos de nuevo.

—Cada vez que lo necesites, mi Reina —respondió Lyra, besando el hombro sudado de su soberana—. La colmena siempre estará satisfecha.
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