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Cartas para Joon | Joonham

Fandom: Navy

Creado: 25/6/2026

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Cenizas de Neón y Sangre

**Zhanwei**

El humo del cigarrillo era lo único que me mantenía anclado a una realidad que detestaba. Mis padres pensaron que enviarme a Corea, a un internado perdido entre las montañas de Gangwon, sería la cura para mi "rebeldía". Qué ingenuos. No sabían que estaban mandando a un cordero herido a un matadero disfrazado de reforma.

El "Internado de Excelencia Juvenil Sanju" no era más que un vertedero humano. Crucé el umbral de las puertas de hierro oxidado con una maleta llena de ropa negra y un cuaderno de cuero donde guardaba mis versos sobre la muerte. Tenía dieciséis años, los pulmones manchados de alquitrán y el corazón hecho trizas por una traición que aún me quemaba en el pecho.

—Bienvenido al infierno, chino —soltó el guardia de la entrada, un hombre con aliento a soju barato que ni siquiera se molestó en revisar mi documentación con cuidado.

Caminé por los pasillos de techos altos y pintura descascarada. El ambiente estaba cargado de un olor metálico, una mezcla de humedad y algo que no lograba identificar, pero que me revolvía el estómago. No había risas, solo susurros desesperados y el eco de pasos pesados.

Me asignaron la habitación 304. Al entrar, el olor a alcohol me golpeó de frente.

—Vaya, vaya... pero si tenemos carne fresca.

Me detuve en seco. Sentado sobre una de las literas, con una botella de whisky a medio terminar en la mano y una sonrisa que desafiaba cualquier norma establecida, estaba él. Era alto, absurdamente alto. Su cabello rubio platino estaba despeinado y sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa, como si estuviera viendo algo que los demás ignorábamos.

—Soy Li Zhanwei —dije con mi voz más fría, sin mostrar ni un gramo de miedo.

—Choi Joonho —respondió él, saltando de la cama con una agilidad felina. Se acercó a mí hasta que nuestras narices casi se rozaron. Olía a fiesta, a desenfreno y a un pasado que claramente lo estaba devorando vivo—. Aquí nadie usa sus nombres reales si quiere sobrevivir, pero a ti... a ti te queda bien el frío, Zhanwei.

**Joonho**

El chico nuevo parecía un cadáver que se había negado a ser enterrado. Era pálido, con facciones tan afiladas que podrías cortarte si lo mirabas demasiado tiempo. Tenía esa mirada de los que ya no esperan nada de la vida, y eso, en este agujero, era una invitación al desastre.

—¿Qué haces mirando tanto? —soltó él, dejando su maleta en la cama vacía.

—Admirando el paisaje —me reí, dándole un trago largo a la botella. El líquido me quemó la garganta, pero era el único fuego que sentía de verdad—. Escucha, "poeta", porque tienes cara de escribir cosas tristes. En Sanju hay reglas, pero no las que están escritas en el manual. Aquí, si quieres droga, hablas con Johnny en el ala este. Si quieres que no te muelan a palos los guardias nocturnos, me pagas a mí o me entretienes.

Zhanwei se dio la vuelta, ignorándome por completo mientras sacaba un cuaderno. Me picó la curiosidad. En este lugar, la mayoría de los chicos se drogaban hasta perder el sentido o se convertían en animales violentos. Él parecía estar en otro plano.

—¿Qué escribes? —pregunté, sentándome a su lado sin permiso.

—La forma en que la luz muere en este pasillo —respondió sin mirarme. Su voz era profunda, monótona, pero hermosa—. Y cómo tu sonrisa es solo una máscara para el asco que te das a ti mismo.

Me quedé helado. Nadie me hablaba así. Nadie se atrevía a ver a través de las capas de alcohol y fiestas clandestinas que yo mismo había construido.

—Eres un maldito bicho raro —susurré, sintiendo una chispa de algo que no era odio ni diversión. Era fascinación.

**Zhanwei**

Pasaron las semanas y Sanju demostró ser mucho peor de lo que mis padres pudieron imaginar. No había clases, no había terapia. Solo había control psiquiátrico mediante pastillas que los enfermeros distribuían como si fueran caramelos, y una jerarquía de violencia donde los más fuertes abusaban de los más débiles.

Vi cosas que nunca podré borrar de mi mente. Vi a chicos ser arrastrados a los sótanos para no volver a salir iguales. Vi a Tevin, un chico japonés que solía bailar en el patio, ser golpeado por los guardias hasta que sus piernas no pudieron sostenerlo más.

Y en medio de todo ese caos, estaba Joonho.

Él era el sol negro de este lugar. Siempre rodeado de chicas que buscaban protección o un gramo de afecto en sus brazos, siempre rompiendo el toque de queda, siempre desafiando al director con una arrogancia suicida. Pero por las noches, cuando el silencio se volvía insoportable y los gritos de otros pabellones cesaban, Joonho se derrumbaba.

—Zhanwei... ¿estás despierto? —susurró una noche desde la litera de abajo.

—Siempre —respondí, cerrando mi cuaderno. Había estado escribiendo sobre cómo el amor es un parásito que se alimenta de la miseria.

—A veces siento que este lugar me está comiendo —dijo, y su voz ya no tenía esa seguridad burlona. Era la voz de un niño perdido—. Mi padre me puso aquí porque no soportaba ver que su heredero prefería las botellas a los libros de leyes. Me dijo que era un error de la naturaleza.

—Todos somos errores aquí, Joonho —dije, asomándome por el borde de la litera.

Él me miraba desde abajo. La luz de la luna que se filtraba por las rejas de la ventana iluminaba las cicatrices de sus brazos, marcas que nunca mostraba durante el día.

—Cuéntame algo oscuro —pidió él, estirando su mano hacia la mía—. Algo que me haga sentir que este dolor no es solo mío.

—La muerte no es el final —empecé a recitar, sintiendo cómo mis dedos rozaban los suyos. Su piel estaba ardiendo—. El final es quedarte atrapado en el recuerdo de alguien que ya no te ama. Es ver cómo tu propia alma se vuelve gris mientras el resto del mundo sigue brillando.

Joonho apretó mi mano. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una fuerza desesperada.

—Tú eres mi musa, Zhanwei. Una musa de pesadilla.

**Joonho**

Zhanwei se convirtió en mi obsesión. No era solo su físico, aunque Dios sabía que era lo más hermoso y letal que había visto en mi vida. Era su mente. Estaba tan rota como la mía, pero él la usaba para crear arte, mientras yo solo la usaba para destruir todo a mi paso.

Una tarde, lo encontré en el viejo gimnasio abandonado, un lugar donde la mayoría iba a drogarse o a pelear. Él estaba sentado en el suelo, rodeado de colillas de cigarrillos, mirando una mancha de sangre vieja en la pared.

—Johnny consiguió algo de material nuevo —le dije, sentándome a su lado. Saqué una pequeña bolsa con pastillas azules—. Dicen que esto te hace ver el cielo aunque estés en el foso. ¿Quieres?

Zhanwei me miró con desprecio.

—No necesito químicos para ver el horror, Joonho. Ya vivo en él.

—No seas tan puritano —le espeté, sintiéndome irritado por su rechazo—. Aquí, si no te anestesias, te vuelves loco. Mira a Sunwoo, el pequeño... ayer intentó cortarse el cuello con una cuchara de plástico porque no aguantaba más los abusos de los guardias del bloque B.

Zhanwei cerró los ojos y suspiró.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó.

—Lo que siempre hago. Reírme, beber y fingir que no me importa —mentí. La verdad era que había pasado toda la noche limpiando la sangre de Sunwoo mientras él lloraba en mi hombro, pero no podía decírselo a Zhanwei. No quería que viera que yo también tenía un límite.

—Eres un cobarde —dijo él roncamente.

Me abalancé sobre él, inmovilizándolo contra el suelo frío. Mis manos sujetaron sus muñecas y mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo. Podía oler el tabaco en su aliento y ver el vacío en sus pupilas.

—No me llames cobarde —gruñí—. No tienes idea de lo que he tenido que hacer para mantener este lugar bajo control. No sabes a cuántas personas he tenido que vender para que tipos como tú puedan sentarse a escribir poemas sin que nadie los moleste.

Zhanwei no se inmutó. Al contrario, una sonrisa amarga apareció en sus labios.

—Entonces muéstrame —desafió—. Muéstrame lo turbio que eres, Joonho. Cuéntame sobre las noches en que el director te llama a su oficina. Cuéntame por qué cada vez que regresas tienes los nudillos rotos y la mirada muerta.

Me quedé sin aire. Él lo sabía. Sabía que yo era el juguete del director para mantener la "paz" entre los internos. Sabía que mi libertad en el internado tenía un precio que me ensuciaba el alma cada noche.

Solté sus muñecas y me alejé, sintiendo unas ganas inmensas de llorar o de matar a alguien.

—Mi pasado es un pozo de mierda, Zhanwei —dije, dándole la espalda—. Maté a alguien antes de venir aquí. No fue un accidente. Fue por placer. Por ver si sentía algo.

Mentira. No lo hice por placer, lo hice para proteger a mi hermana, pero en este lugar, la verdad no servía de nada. La oscuridad era la única moneda de cambio.

Zhanwei se levantó y caminó hacia mí. Por primera vez, sentí sus brazos rodeándome desde atrás. Fue un contacto frío, casi clínico, pero me hizo temblar más que cualquier golpe.

—Entonces estamos a mano —susurró en mi oído—. Porque yo vine aquí esperando morir, y tú eres lo único que me está obligando a seguir respirando, aunque sea este aire podrido.

**Zhanwei**

Nuestra relación se volvió un círculo vicioso de autodestrucción. Nos buscábamos en los rincones más oscuros de Sanju, compartiendo secretos que nos habrían condenado en el mundo exterior. Joonho me contaba sobre las fiestas en Seúl que terminaron en sobredosis colectivas, y yo le leía mis cartas, esas que nunca enviaría a nadie, llenas de un odio visceral hacia mis padres y hacia mí mismo.

—¿Crees que alguna vez saldremos de aquí? —preguntó Joonho un día, mientras compartíamos un cigarrillo en la azotea, vigilando que Daehyun no nos delatara.

—Físicamente, tal vez —respondí, mirando el horizonte gris—. Pero Sanju se queda en tus huesos. Mira a Jungmo, se supone que sale el mes que viene y está aterrado. Prefiere quedarse aquí, donde el dolor es predecible, que salir a un mundo donde nadie lo entiende.

Joonho me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, producto de una noche de insomnio y anfetaminas.

—Si salgo, te llevaré conmigo —prometió—. No importa si nos quemamos. Prefiero arder contigo que pudrirme solo en este reformatorio.

—Es una promesa tóxica, Joonho —dije, sintiendo cómo mi corazón, ese que creía muerto, daba un vuelco doloroso.

—Es la única que puedo ofrecerte.

En ese momento, las sirenas del internado empezaron a sonar. Un motín había estallado en el comedor. Podíamos oír los gritos de Johnny y los golpes secos de las porras contra la carne. Era el sonido cotidiano de nuestra realidad.

Joonho me besó entonces. Fue un beso que sabía a desesperación, a hierro y a tabaco. Fue un beso que no buscaba amor, sino confirmación de que seguíamos vivos. En medio de la violencia, del consumo de sustancias que nublaban el juicio y de la corrupción que lo manchaba todo, nosotros éramos lo único real.

—Escribe sobre esto, poeta —susurró contra mis labios mientras nos separábamos para bajar a la batalla—. Escribe sobre cómo dos monstruos intentaron amarse en el fin del mundo.

Bajamos las escaleras corriendo, listos para enfrentar el caos. Yo llevaba mi cuaderno bajo el brazo y Joonho llevaba un cuchillo oculto en la bota. Éramos el visual roto y el líder descarriado, dos almas destinadas a consumirse mutuamente en un lugar donde la esperanza había muerto hacía mucho tiempo.

Sanju no nos estaba reformando. Nos estaba convirtiendo en las versiones más peligrosas de nosotros mismos. Y lo peor de todo es que nos encantaba. Porque en la oscuridad, Joonho era mi única luz, y yo era la única sombra que él no quería ahuyentar.

Las "Cartas para Joon" comenzaron esa noche, escritas con la sangre de mis nudillos y la tinta de mi alma desgarrada. No eran cartas de amor, eran crónicas de nuestra caída. Y sabía, con una certeza aterradora, que este era solo el principio del fin.
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