
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Caos ponografico
Fandom: Kengan ashura
Creado: 26/6/2026
Etiquetas
OscuroPsicológicoAngustiaDramaCelosViolencia GráficaViolaciónAmbientación CanonEstudio de PersonajeAcciónPhotofic
El Ídolo de la Lujuria: El Pecado Impreso de Setsuna
La oficina de Shion Soryuin, presidenta de la Academia de Mujeres Koyo, solía ser un bastión de elegancia y autoridad. Sin embargo, en ese momento, el aire estaba cargado con una energía frenética que solo una persona podía generar. Tomoko Matsuda, con las mejillas encendidas y los ojos brillando tras sus gafas, golpeó el escritorio de caoba con ambas manos.
—¡Shion-sama, escúchame bien! Esto no es solo por placer personal, ¡es una estrategia de mercado revolucionaria! —exclamó Tomoko, casi sin aliento.
Shion soltó un suspiro largo, frotándose las sienes con frustración.
—Tomoko, me estás pidiendo que convirtamos a uno de nuestros activos más peligrosos en un modelo de revista erótica. ¿Tienes idea de lo que estás diciendo? —preguntó Shion, aunque una parte de ella ya estaba visualizando las cifras de patrocinio.
—¡Piénsalo! —insistió Tomoko, ignorando la reticencia de su jefa—. Los empleadores de la Asociación Kengan tienen dinero, pero también tienen deseos. Si publicamos una revista exclusiva, de edición limitada, con fotografías... subidas de tono, de Setsuna Kiryu, no solo obtendremos fondos ilimitados, sino que tendremos a medio consejo Kengan comiendo de nuestra mano. La belleza de Setsuna es divina, casi pecaminosa.
Shion guardó silencio. Sabía que la Asociación Kengan era un nido de víboras donde el poder se medía en influencia. Una revista así, distribuida estratégicamente, podría ser un arma de chantaje o un anzuelo irresistible.
—¿Y qué te hace pensar que él aceptará? —preguntó Shion, cruzando las piernas—. Kiryu es... inestable, por decir lo menos.
Tomoko sonrió de una manera que solo una fujoshi consumada podría hacerlo.
—Solo hay una palabra que puede mover a esa "Bestia de la Hermosura".
Minutos después, Setsuna Kiryu entró en la oficina con su habitual aire de serenidad perturbadora. Cuando Tomoko le explicó el proyecto, mencionando casualmente que la revista llegaría a manos de todos los luchadores y empleadores —incluyendo, por supuesto, a Tokita Ohma—, la expresión de Setsuna cambió drásticamente.
Un intenso rubor trepó por su cuello hasta sus mejillas. Sus ojos se dilataron, brillando con una mezcla de locura y anhelo.
—¿Mi Dios... me verá? —susurró Setsuna, llevándose una mano al pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. ¿Verá cada rincón de mi ser a través de estas imágenes?
—Oh, sí —aseguró Tomoko, babeando ligeramente—. Ohma-kun tendrá una copia en sus manos. Te verá en todo tu esplendor, Setsuna.
—Acepto —dijo él de inmediato, con una sonrisa que habría helado la sangre de cualquiera que no fuera Tomoko o Shion.
El estudio fotográfico de la Academia Koyo fue cerrado bajo llave. Solo Shion, Tomoko y un equipo técnico de absoluta confianza estaban presentes. Setsuna estaba de pie en el centro del set, bajo las luces blancas que hacían que su piel pálida pareciera porcelana.
—Bien, Setsuna-kun, quítate la camisa —ordenó Tomoko, preparando su cámara profesional—. Queremos algo natural pero provocativo.
Setsuna desabrochó los botones de su camisa blanca con una lentitud tortuosa. Al dejarla caer sobre sus hombros, reveló un torso esculpido, donde cada músculo parecía diseñado por un escultor obsesionado con la perfección. Shion, a pesar de su compostura, sintió un nudo en la garganta. El hombre era, sin duda, una obra de arte carnal.
—Ahora, los pantalones —instó Tomoko, con la voz temblorosa—. Ábrelos... que bajen peligrosamente por tu cadera.
Setsuna obedeció. El cierre bajó con un sonido metálico que pareció resonar en todo el estudio. Los pantalones se deslizaron hasta quedar sujetos apenas por la curva de sus nalgas, revelando el inicio de su vello púbico y la tensión de sus muslos.
—¡Aceite! —gritó Tomoko—. ¡Necesitamos que brille como un dios!
Ella misma se encargó de aplicar el aceite sobre el pecho y los brazos de Setsuna. Sus manos recorrían los pectorales del luchador, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. Setsuna no parecía notar el manoseo; estaba perdido en sus propias fantasías sobre la reacción de Ohma.
—Posas, Setsuna. Dame algo que diga "soy tuyo, pero no puedes tenerme" —pidió Tomoko mientras regresaba tras la cámara.
Kiryu comenzó a moverse. Se pasó las manos por el cabello oscuro, arqueando la espalda de tal manera que sus costillas y abdominales se marcaban con una nitidez asombrosa. En un movimiento fluido, su camisa se resbaló por completo de sus hombros, pero quedó enganchada en sus muñecas, actuando como una especie de atadura improvisada.
—¡Eso es! ¡Perfecto! —exclamó Tomoko, disparando ráfagas de fotos.
En el clímax de la sesión, los pantalones de Setsuna cedieron finalmente, cayendo hasta sus rodillas. Él no intentó subírselos. En su lugar, se arrodilló sobre la alfombra de terciopelo, con el torso aceitado brillando bajo los focos y una expresión de éxtasis en el rostro. Sus mejillas estaban rojas, y su mirada, desenfocada y lasciva, se clavaba en la lente como si estuviera mirando directamente al alma de Ohma.
—Ohma... mi Dios... mírame —susurró Setsuna, con un hilo de saliva escapando de sus labios.
Tomoko capturó el momento exacto. Era la imagen de la sumisión completa mezclada con una belleza salvaje. Era, en una palabra, pornográfico.
Semanas después, la revista "Belleza de la Arena: Edición Especial" fue distribuida de forma privada entre la élite de la Asociación Kengan. El impacto fue inmediato y devastador.
En la mansión de Katahara Metsudo, el ambiente era tenso. El viejo patriarca hojeaba la revista con una sonrisa divertida, mientras sus guardias personales, incluyendo a Kanoh Agur, miraban de reojo con expresiones de incomodidad o fascinación oculta.
—Vaya, vaya —comentó Metsudo, soltando una carcajada—. Shion-kun realmente sabe cómo agitar el avispero. Kiryu parece una mascota en celo.
Kanoh Agito, el Colmillo de Metsudo, frunció el ceño. Sus instintos de guerrero chocaban con la imagen vulnerable y provocativa del hombre al que había visto matar sin piedad.
—Es una distracción —gruñó Kanoh—. Un guerrero no debería exhibirse de esta forma.
Mientras tanto, en una de las salas de descanso, Raian Kure le arrebató la revista a un aterrorizado empleado. Al ver las fotos de Setsuna, el psicópata de los Kure soltó una carcajada estridente y burlona.
—¡Miren a esta pequeña perra! —gritó Raian, mostrando la página donde Setsuna aparecía arrodillado y aceitado—. ¡Sabía que este tipo era un marica, pero esto es otro nivel! ¡Oye, Ohma! ¡Ven a ver cómo tu novio se ofrece a todo el mundo por unos cuantos yenes!
Ohma Tokita, que estaba sentado en un rincón intentando concentrarse, sintió una vena palpitar en su frente. Yamashita Kazuo, a su lado, estaba rojo como un tomate, intentando cubrirse los ojos pero fallando estrepitosamente.
—¡Yamashita-san, no mires eso! —exclamó Kaede Shiyano, entrando en la sala y arrebatándole la revista a Raian, aunque ella misma no pudo evitar echar un vistazo rápido que la dejó sin habla.
Ohma finalmente se levantó y caminó hacia Kaede. Con un movimiento rápido, tomó la revista. Sus ojos se fijaron en la imagen central. Setsuna Kiryu, casi desnudo, cubierto de aceite, con una mirada de absoluta devoción y deseo dirigida a la cámara.
El silencio que siguió fue sepulcral. Ohma apretó el papel hasta que se arrugó. No era solo incomodidad; era una extraña mezcla de irritación y un sentimiento oscuro que no sabía nombrar.
—Ese idiota... —masulló Ohma.
En otro lugar del complejo, Muteba Gizenga examinaba su propia copia. Aunque ciego, sus dedos recorrían la textura del papel y sus sentidos agudizados captaban la reacción de quienes lo rodeaban.
—El aroma del deseo es fuerte en esta publicación —dijo Muteba con su voz profunda—. Este hombre no está modelando; está cazando. Ha convertido su propia sumisión en un arma de seducción.
Sin embargo, no todos lo veían como una estrategia. Para muchos empleadores, las fotos se convirtieron en material de chantaje y acoso. Setsuna comenzó a recibir propuestas indecentes y mensajes lascivos de hombres poderosos que creían que podían comprarlo.
Un grupo de asociados menores de la Asociación Kengan, envalentonados por el alcohol y las imágenes de la revista, interceptaron a Setsuna en un pasillo oscuro cerca de los dormitorios.
—Oye, Kiryu —dijo uno de ellos, un hombre gordo y sudoroso que patrocinaba a luchadores de tercera clase—. Vimos las fotos. Te ves muy... disponible. ¿Cuánto por una noche? Tenemos el dinero que Shion quiera.
Setsuna se detuvo. Su mirada era vacía, pero una sonrisa gélida curvó sus labios.
—¿Crees que puedes comprar lo que le pertenece a Dios? —preguntó Setsuna en un susurro.
—No te hagas el difícil —dijo otro, acercándose y extendiendo una mano para tocar el pecho de Setsuna, que apenas estaba cubierto por una camisa ligera—. En la revista parecías disfrutar del manoseo. ¿Por qué no nos enseñas lo que hay debajo de esos...?
No pudo terminar la frase. En un parpadeo, Setsuna utilizó la "Palma de Rakshasa". El brazo del hombre se retorció como un trapo mojado, los huesos estallando con un sonido seco. El grito de agonía fue silenciado cuando Setsuna lo golpeó en la garganta.
—¡Es un monstruo! —gritó el otro, intentando huir.
Setsuna se movió con la gracia de un depredador. En cuestión de segundos, los tres hombres estaban en el suelo, retorciéndose de dolor con extremidades deformadas. Kiryu se arrodilló sobre el líder, el hombre gordo, y le acercó la cara.
—Esas fotos... son una oración —dijo Setsuna, sus ojos brillando con una locura carmesí—. Solo los ojos de mi Dios tienen derecho a profanarme. Ustedes son solo basura que será purificada.
La violencia fue brutal. Setsuna no se detuvo hasta que el pasillo quedó teñido de rojo. Mientras se limpiaba la sangre de la mejilla con un dedo, sintió una presencia detrás de él.
Era Kuroki Gensai. El "Barba" lo observaba con una expresión de desprecio absoluto.
—Sigues siendo un niño perdido en sus propias ilusiones, Kiryu —dijo Kuroki—. Usar tu cuerpo para atraer la atención de un fantasma solo te llevará más rápido a la tumba.
—No lo entenderías, viejo —respondió Setsuna, recuperando su tono suave—. El dolor y el placer son lo mismo cuando se ofrecen en el altar correcto.
Esa noche, Setsuna regresó a su habitación. Sobre su cama, encontró una copia de la revista. Alguien la había dejado allí. Al abrirla, vio que en la página central, donde él aparecía en su pose más provocativa y sumisa, había una marca. Una huella de mano, hecha con fuerza, como si alguien hubiera apretado el papel con rabia.
Setsuna llevó el papel a su nariz y aspiró. El olor a sudor y hierro... el olor de Ohma.
Un gemido de éxtasis escapó de su garganta. Se dejó caer en la cama, abrazando la revista contra su pecho, imaginando las manos de Ohma sobre su piel aceitada, imaginando el sexo salvaje y brutal que vendría cuando su Dios finalmente decidiera reclamar lo que era suyo.
—Mírame más, Ohma... —susurró en la oscuridad—. Destrúyeme, úsame, hazme tuyo ante los ojos de todo el mundo. Soy tu sacrificio.
Afuera, en los pasillos del torneo Kengan, la revista seguía circulando. Algunos la veían con lujuria, otros con burla homofóbica, y otros con miedo. Pero todos, sin excepción, sabían ahora que bajo la piel de porcelana de Setsuna Kiryu residía una bestia que solo podía ser domada por un Dios, o por la muerte misma.
Shion y Tomoko, desde su oficina, observaban los informes de ingresos. El plan había sido un éxito rotundo. El patrocinio se había triplicado y tenían información comprometedora sobre varios rivales que habían intentado sobrepasarse con su "modelo".
—Te lo dije, Shion-sama —dijo Tomoko, ajustándose las gafas mientras miraba una foto descartada de la sesión—. El pecado vende. Y Setsuna Kiryu es el pecado más hermoso que existe.
Shion no respondió. Se limitó a mirar por la ventana hacia la arena de combate. En el mundo de Kengan, la fuerza era la ley, pero la obsesión... la obsesión era lo que realmente movía los hilos del destino. Y Setsuna acababa de tejer una red de la que nadie, ni siquiera Ohma, podría escapar fácilmente.
—¡Shion-sama, escúchame bien! Esto no es solo por placer personal, ¡es una estrategia de mercado revolucionaria! —exclamó Tomoko, casi sin aliento.
Shion soltó un suspiro largo, frotándose las sienes con frustración.
—Tomoko, me estás pidiendo que convirtamos a uno de nuestros activos más peligrosos en un modelo de revista erótica. ¿Tienes idea de lo que estás diciendo? —preguntó Shion, aunque una parte de ella ya estaba visualizando las cifras de patrocinio.
—¡Piénsalo! —insistió Tomoko, ignorando la reticencia de su jefa—. Los empleadores de la Asociación Kengan tienen dinero, pero también tienen deseos. Si publicamos una revista exclusiva, de edición limitada, con fotografías... subidas de tono, de Setsuna Kiryu, no solo obtendremos fondos ilimitados, sino que tendremos a medio consejo Kengan comiendo de nuestra mano. La belleza de Setsuna es divina, casi pecaminosa.
Shion guardó silencio. Sabía que la Asociación Kengan era un nido de víboras donde el poder se medía en influencia. Una revista así, distribuida estratégicamente, podría ser un arma de chantaje o un anzuelo irresistible.
—¿Y qué te hace pensar que él aceptará? —preguntó Shion, cruzando las piernas—. Kiryu es... inestable, por decir lo menos.
Tomoko sonrió de una manera que solo una fujoshi consumada podría hacerlo.
—Solo hay una palabra que puede mover a esa "Bestia de la Hermosura".
Minutos después, Setsuna Kiryu entró en la oficina con su habitual aire de serenidad perturbadora. Cuando Tomoko le explicó el proyecto, mencionando casualmente que la revista llegaría a manos de todos los luchadores y empleadores —incluyendo, por supuesto, a Tokita Ohma—, la expresión de Setsuna cambió drásticamente.
Un intenso rubor trepó por su cuello hasta sus mejillas. Sus ojos se dilataron, brillando con una mezcla de locura y anhelo.
—¿Mi Dios... me verá? —susurró Setsuna, llevándose una mano al pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. ¿Verá cada rincón de mi ser a través de estas imágenes?
—Oh, sí —aseguró Tomoko, babeando ligeramente—. Ohma-kun tendrá una copia en sus manos. Te verá en todo tu esplendor, Setsuna.
—Acepto —dijo él de inmediato, con una sonrisa que habría helado la sangre de cualquiera que no fuera Tomoko o Shion.
El estudio fotográfico de la Academia Koyo fue cerrado bajo llave. Solo Shion, Tomoko y un equipo técnico de absoluta confianza estaban presentes. Setsuna estaba de pie en el centro del set, bajo las luces blancas que hacían que su piel pálida pareciera porcelana.
—Bien, Setsuna-kun, quítate la camisa —ordenó Tomoko, preparando su cámara profesional—. Queremos algo natural pero provocativo.
Setsuna desabrochó los botones de su camisa blanca con una lentitud tortuosa. Al dejarla caer sobre sus hombros, reveló un torso esculpido, donde cada músculo parecía diseñado por un escultor obsesionado con la perfección. Shion, a pesar de su compostura, sintió un nudo en la garganta. El hombre era, sin duda, una obra de arte carnal.
—Ahora, los pantalones —instó Tomoko, con la voz temblorosa—. Ábrelos... que bajen peligrosamente por tu cadera.
Setsuna obedeció. El cierre bajó con un sonido metálico que pareció resonar en todo el estudio. Los pantalones se deslizaron hasta quedar sujetos apenas por la curva de sus nalgas, revelando el inicio de su vello púbico y la tensión de sus muslos.
—¡Aceite! —gritó Tomoko—. ¡Necesitamos que brille como un dios!
Ella misma se encargó de aplicar el aceite sobre el pecho y los brazos de Setsuna. Sus manos recorrían los pectorales del luchador, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. Setsuna no parecía notar el manoseo; estaba perdido en sus propias fantasías sobre la reacción de Ohma.
—Posas, Setsuna. Dame algo que diga "soy tuyo, pero no puedes tenerme" —pidió Tomoko mientras regresaba tras la cámara.
Kiryu comenzó a moverse. Se pasó las manos por el cabello oscuro, arqueando la espalda de tal manera que sus costillas y abdominales se marcaban con una nitidez asombrosa. En un movimiento fluido, su camisa se resbaló por completo de sus hombros, pero quedó enganchada en sus muñecas, actuando como una especie de atadura improvisada.
—¡Eso es! ¡Perfecto! —exclamó Tomoko, disparando ráfagas de fotos.
En el clímax de la sesión, los pantalones de Setsuna cedieron finalmente, cayendo hasta sus rodillas. Él no intentó subírselos. En su lugar, se arrodilló sobre la alfombra de terciopelo, con el torso aceitado brillando bajo los focos y una expresión de éxtasis en el rostro. Sus mejillas estaban rojas, y su mirada, desenfocada y lasciva, se clavaba en la lente como si estuviera mirando directamente al alma de Ohma.
—Ohma... mi Dios... mírame —susurró Setsuna, con un hilo de saliva escapando de sus labios.
Tomoko capturó el momento exacto. Era la imagen de la sumisión completa mezclada con una belleza salvaje. Era, en una palabra, pornográfico.
Semanas después, la revista "Belleza de la Arena: Edición Especial" fue distribuida de forma privada entre la élite de la Asociación Kengan. El impacto fue inmediato y devastador.
En la mansión de Katahara Metsudo, el ambiente era tenso. El viejo patriarca hojeaba la revista con una sonrisa divertida, mientras sus guardias personales, incluyendo a Kanoh Agur, miraban de reojo con expresiones de incomodidad o fascinación oculta.
—Vaya, vaya —comentó Metsudo, soltando una carcajada—. Shion-kun realmente sabe cómo agitar el avispero. Kiryu parece una mascota en celo.
Kanoh Agito, el Colmillo de Metsudo, frunció el ceño. Sus instintos de guerrero chocaban con la imagen vulnerable y provocativa del hombre al que había visto matar sin piedad.
—Es una distracción —gruñó Kanoh—. Un guerrero no debería exhibirse de esta forma.
Mientras tanto, en una de las salas de descanso, Raian Kure le arrebató la revista a un aterrorizado empleado. Al ver las fotos de Setsuna, el psicópata de los Kure soltó una carcajada estridente y burlona.
—¡Miren a esta pequeña perra! —gritó Raian, mostrando la página donde Setsuna aparecía arrodillado y aceitado—. ¡Sabía que este tipo era un marica, pero esto es otro nivel! ¡Oye, Ohma! ¡Ven a ver cómo tu novio se ofrece a todo el mundo por unos cuantos yenes!
Ohma Tokita, que estaba sentado en un rincón intentando concentrarse, sintió una vena palpitar en su frente. Yamashita Kazuo, a su lado, estaba rojo como un tomate, intentando cubrirse los ojos pero fallando estrepitosamente.
—¡Yamashita-san, no mires eso! —exclamó Kaede Shiyano, entrando en la sala y arrebatándole la revista a Raian, aunque ella misma no pudo evitar echar un vistazo rápido que la dejó sin habla.
Ohma finalmente se levantó y caminó hacia Kaede. Con un movimiento rápido, tomó la revista. Sus ojos se fijaron en la imagen central. Setsuna Kiryu, casi desnudo, cubierto de aceite, con una mirada de absoluta devoción y deseo dirigida a la cámara.
El silencio que siguió fue sepulcral. Ohma apretó el papel hasta que se arrugó. No era solo incomodidad; era una extraña mezcla de irritación y un sentimiento oscuro que no sabía nombrar.
—Ese idiota... —masulló Ohma.
En otro lugar del complejo, Muteba Gizenga examinaba su propia copia. Aunque ciego, sus dedos recorrían la textura del papel y sus sentidos agudizados captaban la reacción de quienes lo rodeaban.
—El aroma del deseo es fuerte en esta publicación —dijo Muteba con su voz profunda—. Este hombre no está modelando; está cazando. Ha convertido su propia sumisión en un arma de seducción.
Sin embargo, no todos lo veían como una estrategia. Para muchos empleadores, las fotos se convirtieron en material de chantaje y acoso. Setsuna comenzó a recibir propuestas indecentes y mensajes lascivos de hombres poderosos que creían que podían comprarlo.
Un grupo de asociados menores de la Asociación Kengan, envalentonados por el alcohol y las imágenes de la revista, interceptaron a Setsuna en un pasillo oscuro cerca de los dormitorios.
—Oye, Kiryu —dijo uno de ellos, un hombre gordo y sudoroso que patrocinaba a luchadores de tercera clase—. Vimos las fotos. Te ves muy... disponible. ¿Cuánto por una noche? Tenemos el dinero que Shion quiera.
Setsuna se detuvo. Su mirada era vacía, pero una sonrisa gélida curvó sus labios.
—¿Crees que puedes comprar lo que le pertenece a Dios? —preguntó Setsuna en un susurro.
—No te hagas el difícil —dijo otro, acercándose y extendiendo una mano para tocar el pecho de Setsuna, que apenas estaba cubierto por una camisa ligera—. En la revista parecías disfrutar del manoseo. ¿Por qué no nos enseñas lo que hay debajo de esos...?
No pudo terminar la frase. En un parpadeo, Setsuna utilizó la "Palma de Rakshasa". El brazo del hombre se retorció como un trapo mojado, los huesos estallando con un sonido seco. El grito de agonía fue silenciado cuando Setsuna lo golpeó en la garganta.
—¡Es un monstruo! —gritó el otro, intentando huir.
Setsuna se movió con la gracia de un depredador. En cuestión de segundos, los tres hombres estaban en el suelo, retorciéndose de dolor con extremidades deformadas. Kiryu se arrodilló sobre el líder, el hombre gordo, y le acercó la cara.
—Esas fotos... son una oración —dijo Setsuna, sus ojos brillando con una locura carmesí—. Solo los ojos de mi Dios tienen derecho a profanarme. Ustedes son solo basura que será purificada.
La violencia fue brutal. Setsuna no se detuvo hasta que el pasillo quedó teñido de rojo. Mientras se limpiaba la sangre de la mejilla con un dedo, sintió una presencia detrás de él.
Era Kuroki Gensai. El "Barba" lo observaba con una expresión de desprecio absoluto.
—Sigues siendo un niño perdido en sus propias ilusiones, Kiryu —dijo Kuroki—. Usar tu cuerpo para atraer la atención de un fantasma solo te llevará más rápido a la tumba.
—No lo entenderías, viejo —respondió Setsuna, recuperando su tono suave—. El dolor y el placer son lo mismo cuando se ofrecen en el altar correcto.
Esa noche, Setsuna regresó a su habitación. Sobre su cama, encontró una copia de la revista. Alguien la había dejado allí. Al abrirla, vio que en la página central, donde él aparecía en su pose más provocativa y sumisa, había una marca. Una huella de mano, hecha con fuerza, como si alguien hubiera apretado el papel con rabia.
Setsuna llevó el papel a su nariz y aspiró. El olor a sudor y hierro... el olor de Ohma.
Un gemido de éxtasis escapó de su garganta. Se dejó caer en la cama, abrazando la revista contra su pecho, imaginando las manos de Ohma sobre su piel aceitada, imaginando el sexo salvaje y brutal que vendría cuando su Dios finalmente decidiera reclamar lo que era suyo.
—Mírame más, Ohma... —susurró en la oscuridad—. Destrúyeme, úsame, hazme tuyo ante los ojos de todo el mundo. Soy tu sacrificio.
Afuera, en los pasillos del torneo Kengan, la revista seguía circulando. Algunos la veían con lujuria, otros con burla homofóbica, y otros con miedo. Pero todos, sin excepción, sabían ahora que bajo la piel de porcelana de Setsuna Kiryu residía una bestia que solo podía ser domada por un Dios, o por la muerte misma.
Shion y Tomoko, desde su oficina, observaban los informes de ingresos. El plan había sido un éxito rotundo. El patrocinio se había triplicado y tenían información comprometedora sobre varios rivales que habían intentado sobrepasarse con su "modelo".
—Te lo dije, Shion-sama —dijo Tomoko, ajustándose las gafas mientras miraba una foto descartada de la sesión—. El pecado vende. Y Setsuna Kiryu es el pecado más hermoso que existe.
Shion no respondió. Se limitó a mirar por la ventana hacia la arena de combate. En el mundo de Kengan, la fuerza era la ley, pero la obsesión... la obsesión era lo que realmente movía los hilos del destino. Y Setsuna acababa de tejer una red de la que nadie, ni siquiera Ohma, podría escapar fácilmente.
