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Familia Blue Lock
Fandom: Blue Lock
Creado: 26/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHumorEstudio de PersonajeAmbientación CanonHistoria Doméstica
El Egosistema Familiar
La luz azulada de las pantallas era lo único que iluminaba la oficina central de Blue Lock. Jinpachi Ego, con su figura encorvada y sus ojos inyectados en sangre tras las gafas de montura negra, deslizaba los dedos sobre el panel táctil. Analizaba datos, trayectorias de carrera y niveles de dopamina de los jugadores del Bastard München. Para él, el fútbol era una ecuación química, una explosión controlada de egoísmo que debía ser canalizada.
Sin embargo, el silencio sepulcral de su santuario tecnológico fue interrumpido por el siseo de las puertas automáticas. Ego no apartó la vista de las estadísticas de Noel Noa, pero sus hombros se tensaron imperceptiblemente. Solo una persona se atrevía a entrar sin llamar a esas horas.
— Ego-san, deberías tomarte un descanso. El café frío y los fideos instantáneos no son una dieta para alguien que planea revolucionar el fútbol mundial —la voz de Anri Terieri era suave, pero cargada de una determinación que Ego había aprendido a no ignorar.
Ego suspiró, un sonido largo que pareció estirar aún más su cuello.
— El descanso es para los mediocres que no tienen una visión que proteger, Anri. Si me detengo cinco minutos, el fútbol japonés retrocede diez años.
— Pues parece que tus "diamantes en bruto" no están de acuerdo con que seas una máquina —dijo ella, acercándose al escritorio.
Ego finalmente giró su silla giratoria, dispuesto a soltar un comentario mordaz sobre la pérdida de tiempo, pero se quedó mudo. Anri no venía sola. En sus brazos sostenía un ramo de flores exageradamente colorido y un globo de helio brillante que flotaba con orgullo, mostrando la frase: "La mejor mamá del mundo".
Ego parpadeó, ajustándose las gafas.
— ¿Qué es esa cursilería visual? Mis ojos están sufriendo un trauma estético.
Anri soltó una risita, acomodando el ramo sobre una de las consolas apagadas.
— Es un regalo. Bachira y Otoya se las ingeniaron para convencer a uno de los repartidores de suministros. Dicen que, como los cuido tanto y me aseguro de que no se maten entre ellos, soy la madre de Blue Lock. Bachira incluso me dio un abrazo y me llamó "Mamá Anri" antes de salir corriendo a su entrenamiento.
— Esos mocosos están perdiendo el enfoque —gruñó Ego, aunque no había veneno real en sus palabras—. Blue Lock no es una guardería, es un matadero de sueños. Si empiezan a buscar afecto materno, su instinto asesino se diluirá como azúcar en agua tibia.
Anri no pareció afectada por su cinismo. En lugar de eso, rebuscó en una bolsa de papel que traía colgada del brazo y sacó un objeto envuelto con un lazo torcido, claramente hecho a mano.
— Bueno, si yo soy la madre, parece que tú no te has librado del árbol genealógico —dijo ella, extendiendo el objeto hacia él.
Ego lo tomó con desconfianza, moviendo sus largos dedos con cautela. Al desenvolverlo, se encontró con una taza de cerámica blanca. En letras grandes y negras, grabadas con una tipografía que gritaba "Bachira", se leía: *“Para el Mejor Papá, Lock Off”*.
Hubo un silencio prolongado. Ego sostuvo la taza como si fuera un artefacto alienígena potencialmente explosivo.
— Esto es una falta de respeto a mi autoridad —sentenció finalmente, aunque no dejó la taza sobre la mesa.
— Al contrario —replicó Anri, cruzándose de brazos con una sonrisa cálida—. Es su forma de decir que confían en ti. Eres estricto, eres directo y a veces eres un verdadero dolor de cabeza, pero les estás dando las herramientas para ser los mejores. Te ven como la figura de autoridad que los guía. Eres el "Papá de Blue Lock", Ego-san. Admítelo.
Ego soltó un suspiro pesado y se recostó en su silla, dejando que la taza descansara sobre su regazo. Sus ojeras parecían pesarle más de lo habitual. Observó las pantallas, donde los hologramas de Isagi, Rin y los demás seguían parpadeando.
— Son un grupo de idiotas egoístas —murmuró—. Dejaron sus hogares, a sus familias reales, para encerrarse en este edificio de hormigón conmigo. Si necesitan proyectar sus carencias afectivas en nosotros para no colapsar mentalmente antes de la Copa del Mundo, supongo que es un mal necesario.
— Oh, vamos —Anri se acercó un poco más, apoyándose en el borde del escritorio—. No me digas que no te conmueve ni un poco. El gran Jinpachi Ego, el hombre que solo cree en el talento individual, aceptando el papel de padre de trescientos delanteros problemáticos.
Ego levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Anri. El marrón chocolate de la joven contrastaba con la intensidad gélida del hombre.
— No me "conmueve", Anri. Simplemente acepto la realidad de la situación. Si ser el "padre" de estos monstruos garantiza que despierten su flujo y destruyan al resto del mundo, entonces aceptaré el título. Pero no esperes que les lea cuentos antes de dormir. Mi única forma de darles afecto es ponerles obstáculos que casi los destruyan.
— Lo sé —dijo ella en voz baja—. Y por extraño que parezca, eso es exactamente lo que ellos necesitan de ti.
Anri observó la expresión de Ego. Esperaba que se burlara de nuevo, que hiciera una comparación técnica sobre cómo el concepto de familia era una construcción social que limitaba el crecimiento del ego. Pero Ego permaneció en silencio, mirando la taza que decía "Lock Off".
— No pareces ofendido —observó Anri con una chispa de travesura en los ojos—. De hecho, pareces extrañamente cómodo con la idea de que seamos los "padres" de este lugar. ¿Es que acaso el gran Ego-san tiene un lado tierno oculto bajo esos Crocs?
Ego se levantó lentamente. Su altura era imponente, y su cuello largo le daba un aire casi irreal mientras se cernía sobre ella. Anri no retrocedió; después de tanto tiempo trabajando juntos, conocía cada uno de sus gestos.
— No confundas la eficiencia con la ternura, Anri —dijo él con su voz monótona—. Pero... supongo que si tengo que compartir la "paternidad" de este experimento social con alguien, me alegra que sea con una mujer tan persistente y molesta como tú.
Antes de que Anri pudiera responder con una réplica ingeniosa, Ego acortó la distancia. Fue un movimiento rápido, casi clínico, pero cargado de una intensidad que solo él poseía. La tomó por la barbilla con suavidad y plantó un beso breve pero firme en sus labios.
Fue un contacto que rompió por un segundo la barrera de profesionalismo y frialdad que Ego tanto se esforzaba por mantener. Anri abrió los ojos de par en par, sintiendo el calor subir por sus mejillas, combinándose con el color de su cabello.
Ego se separó apenas unos centímetros, sus gafas rozando la frente de ella.
— Pueden llamarnos papá y mamá todo lo que quieran —susurró contra sus labios—, mientras eso no afecte su rendimiento en el campo. Y mientras tú no empieces a traer galletas a los entrenamientos.
Anri soltó una carcajada nerviosa, tratando de recuperar el aliento.
— No prometo nada sobre las galletas, Ego-san. A veces incluso los monstruos necesitan un premio.
— Entonces asegúrate de que se ganen cada migaja —respondió él, volviendo a sentarse en su silla con una agilidad sorprendente, como si el beso nunca hubiera ocurrido—. Ahora, vete. Tengo que terminar de analizar el sistema de juego de Kaiser. Ese alemán es un problema que mi "hijo" Isagi debe aprender a devorar.
Anri sonrió, acomodándose las trenzas. Recogió la bolsa vacía y caminó hacia la puerta, sintiéndose más ligera que nunca.
— Buenas noches, "Papá de Blue Lock". No te quedes despierto hasta demasiado tarde.
— Lock Off, Anri —respondió él sin mirarla, aunque sus dedos jugueteaban con el asa de la taza nueva.
Cuando las puertas se cerraron, Ego se permitió un pequeño gesto que nadie más vería jamás. Una sonrisa minúscula, casi invisible, tiró de la comisura de sus labios. Tomó un sorbo de su café ahora frío de la taza de Bachira y volvió a las pantallas.
Afuera, en los pasillos de Blue Lock, trescientos jóvenes dormían o entrenaban, soñando con la gloria mundial. En sus mentes, el edificio era una prisión, un campo de batalla y, extrañamente, un hogar. Y mientras tuvieran a la mujer que creía en sus sueños y al hombre que los obligaba a alcanzarlos, el "Egosistema" funcionaría a la perfección.
Ego ajustó sus gafas. La Liga Neo Egoísta estaba a punto de comenzar. Tenía mucho trabajo que hacer para asegurarse de que sus "hijos" se convirtieran en los reyes del mundo. Al final del día, pensó, un padre siempre quiere que sus hijos superen sus propias expectativas, incluso si para lograrlo tiene que convertirlos en los egoístas más grandes de la historia.
— Idiotas... —susurró para sí mismo, mientras en la pantalla Isagi Yoichi anotaba un gol imaginario—. Veamos si este "regalo" de la familia realmente vale la pena.
El silencio volvió a reinar en la oficina, interrumpido solo por el zumbido de los servidores y el tecleo incesante de un hombre que, a su manera retorcida, acababa de aceptar que Blue Lock era mucho más que un proyecto deportivo. Era, para bien o para mal, su familia. Y él no dejaría que nadie, ni siquiera el resto del mundo, destruyera lo que habían construido.
Con la taza de "Mejor Papá" a su lado, Jinpachi Ego continuó forjando el futuro del fútbol, un egoísta a la vez.
Sin embargo, el silencio sepulcral de su santuario tecnológico fue interrumpido por el siseo de las puertas automáticas. Ego no apartó la vista de las estadísticas de Noel Noa, pero sus hombros se tensaron imperceptiblemente. Solo una persona se atrevía a entrar sin llamar a esas horas.
— Ego-san, deberías tomarte un descanso. El café frío y los fideos instantáneos no son una dieta para alguien que planea revolucionar el fútbol mundial —la voz de Anri Terieri era suave, pero cargada de una determinación que Ego había aprendido a no ignorar.
Ego suspiró, un sonido largo que pareció estirar aún más su cuello.
— El descanso es para los mediocres que no tienen una visión que proteger, Anri. Si me detengo cinco minutos, el fútbol japonés retrocede diez años.
— Pues parece que tus "diamantes en bruto" no están de acuerdo con que seas una máquina —dijo ella, acercándose al escritorio.
Ego finalmente giró su silla giratoria, dispuesto a soltar un comentario mordaz sobre la pérdida de tiempo, pero se quedó mudo. Anri no venía sola. En sus brazos sostenía un ramo de flores exageradamente colorido y un globo de helio brillante que flotaba con orgullo, mostrando la frase: "La mejor mamá del mundo".
Ego parpadeó, ajustándose las gafas.
— ¿Qué es esa cursilería visual? Mis ojos están sufriendo un trauma estético.
Anri soltó una risita, acomodando el ramo sobre una de las consolas apagadas.
— Es un regalo. Bachira y Otoya se las ingeniaron para convencer a uno de los repartidores de suministros. Dicen que, como los cuido tanto y me aseguro de que no se maten entre ellos, soy la madre de Blue Lock. Bachira incluso me dio un abrazo y me llamó "Mamá Anri" antes de salir corriendo a su entrenamiento.
— Esos mocosos están perdiendo el enfoque —gruñó Ego, aunque no había veneno real en sus palabras—. Blue Lock no es una guardería, es un matadero de sueños. Si empiezan a buscar afecto materno, su instinto asesino se diluirá como azúcar en agua tibia.
Anri no pareció afectada por su cinismo. En lugar de eso, rebuscó en una bolsa de papel que traía colgada del brazo y sacó un objeto envuelto con un lazo torcido, claramente hecho a mano.
— Bueno, si yo soy la madre, parece que tú no te has librado del árbol genealógico —dijo ella, extendiendo el objeto hacia él.
Ego lo tomó con desconfianza, moviendo sus largos dedos con cautela. Al desenvolverlo, se encontró con una taza de cerámica blanca. En letras grandes y negras, grabadas con una tipografía que gritaba "Bachira", se leía: *“Para el Mejor Papá, Lock Off”*.
Hubo un silencio prolongado. Ego sostuvo la taza como si fuera un artefacto alienígena potencialmente explosivo.
— Esto es una falta de respeto a mi autoridad —sentenció finalmente, aunque no dejó la taza sobre la mesa.
— Al contrario —replicó Anri, cruzándose de brazos con una sonrisa cálida—. Es su forma de decir que confían en ti. Eres estricto, eres directo y a veces eres un verdadero dolor de cabeza, pero les estás dando las herramientas para ser los mejores. Te ven como la figura de autoridad que los guía. Eres el "Papá de Blue Lock", Ego-san. Admítelo.
Ego soltó un suspiro pesado y se recostó en su silla, dejando que la taza descansara sobre su regazo. Sus ojeras parecían pesarle más de lo habitual. Observó las pantallas, donde los hologramas de Isagi, Rin y los demás seguían parpadeando.
— Son un grupo de idiotas egoístas —murmuró—. Dejaron sus hogares, a sus familias reales, para encerrarse en este edificio de hormigón conmigo. Si necesitan proyectar sus carencias afectivas en nosotros para no colapsar mentalmente antes de la Copa del Mundo, supongo que es un mal necesario.
— Oh, vamos —Anri se acercó un poco más, apoyándose en el borde del escritorio—. No me digas que no te conmueve ni un poco. El gran Jinpachi Ego, el hombre que solo cree en el talento individual, aceptando el papel de padre de trescientos delanteros problemáticos.
Ego levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Anri. El marrón chocolate de la joven contrastaba con la intensidad gélida del hombre.
— No me "conmueve", Anri. Simplemente acepto la realidad de la situación. Si ser el "padre" de estos monstruos garantiza que despierten su flujo y destruyan al resto del mundo, entonces aceptaré el título. Pero no esperes que les lea cuentos antes de dormir. Mi única forma de darles afecto es ponerles obstáculos que casi los destruyan.
— Lo sé —dijo ella en voz baja—. Y por extraño que parezca, eso es exactamente lo que ellos necesitan de ti.
Anri observó la expresión de Ego. Esperaba que se burlara de nuevo, que hiciera una comparación técnica sobre cómo el concepto de familia era una construcción social que limitaba el crecimiento del ego. Pero Ego permaneció en silencio, mirando la taza que decía "Lock Off".
— No pareces ofendido —observó Anri con una chispa de travesura en los ojos—. De hecho, pareces extrañamente cómodo con la idea de que seamos los "padres" de este lugar. ¿Es que acaso el gran Ego-san tiene un lado tierno oculto bajo esos Crocs?
Ego se levantó lentamente. Su altura era imponente, y su cuello largo le daba un aire casi irreal mientras se cernía sobre ella. Anri no retrocedió; después de tanto tiempo trabajando juntos, conocía cada uno de sus gestos.
— No confundas la eficiencia con la ternura, Anri —dijo él con su voz monótona—. Pero... supongo que si tengo que compartir la "paternidad" de este experimento social con alguien, me alegra que sea con una mujer tan persistente y molesta como tú.
Antes de que Anri pudiera responder con una réplica ingeniosa, Ego acortó la distancia. Fue un movimiento rápido, casi clínico, pero cargado de una intensidad que solo él poseía. La tomó por la barbilla con suavidad y plantó un beso breve pero firme en sus labios.
Fue un contacto que rompió por un segundo la barrera de profesionalismo y frialdad que Ego tanto se esforzaba por mantener. Anri abrió los ojos de par en par, sintiendo el calor subir por sus mejillas, combinándose con el color de su cabello.
Ego se separó apenas unos centímetros, sus gafas rozando la frente de ella.
— Pueden llamarnos papá y mamá todo lo que quieran —susurró contra sus labios—, mientras eso no afecte su rendimiento en el campo. Y mientras tú no empieces a traer galletas a los entrenamientos.
Anri soltó una carcajada nerviosa, tratando de recuperar el aliento.
— No prometo nada sobre las galletas, Ego-san. A veces incluso los monstruos necesitan un premio.
— Entonces asegúrate de que se ganen cada migaja —respondió él, volviendo a sentarse en su silla con una agilidad sorprendente, como si el beso nunca hubiera ocurrido—. Ahora, vete. Tengo que terminar de analizar el sistema de juego de Kaiser. Ese alemán es un problema que mi "hijo" Isagi debe aprender a devorar.
Anri sonrió, acomodándose las trenzas. Recogió la bolsa vacía y caminó hacia la puerta, sintiéndose más ligera que nunca.
— Buenas noches, "Papá de Blue Lock". No te quedes despierto hasta demasiado tarde.
— Lock Off, Anri —respondió él sin mirarla, aunque sus dedos jugueteaban con el asa de la taza nueva.
Cuando las puertas se cerraron, Ego se permitió un pequeño gesto que nadie más vería jamás. Una sonrisa minúscula, casi invisible, tiró de la comisura de sus labios. Tomó un sorbo de su café ahora frío de la taza de Bachira y volvió a las pantallas.
Afuera, en los pasillos de Blue Lock, trescientos jóvenes dormían o entrenaban, soñando con la gloria mundial. En sus mentes, el edificio era una prisión, un campo de batalla y, extrañamente, un hogar. Y mientras tuvieran a la mujer que creía en sus sueños y al hombre que los obligaba a alcanzarlos, el "Egosistema" funcionaría a la perfección.
Ego ajustó sus gafas. La Liga Neo Egoísta estaba a punto de comenzar. Tenía mucho trabajo que hacer para asegurarse de que sus "hijos" se convirtieran en los reyes del mundo. Al final del día, pensó, un padre siempre quiere que sus hijos superen sus propias expectativas, incluso si para lograrlo tiene que convertirlos en los egoístas más grandes de la historia.
— Idiotas... —susurró para sí mismo, mientras en la pantalla Isagi Yoichi anotaba un gol imaginario—. Veamos si este "regalo" de la familia realmente vale la pena.
El silencio volvió a reinar en la oficina, interrumpido solo por el zumbido de los servidores y el tecleo incesante de un hombre que, a su manera retorcida, acababa de aceptar que Blue Lock era mucho más que un proyecto deportivo. Era, para bien o para mal, su familia. Y él no dejaría que nadie, ni siquiera el resto del mundo, destruyera lo que habían construido.
Con la taza de "Mejor Papá" a su lado, Jinpachi Ego continuó forjando el futuro del fútbol, un egoísta a la vez.
