
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Broma Fallida
Fandom: Blue Lock
Creado: 26/6/2026
Etiquetas
Recortes de VidaFluffHumorEstudio de PersonajeAmbientación CanonRomance
La Anatomía de una Reacción Inesperada
El zumbido constante de los servidores y el brillo azulado de las pantallas eran los únicos compañeros de Anri Teieri en las profundas horas de la madrugada. Se encontraba desplomada sobre su cama en el complejo de Blue Lock, con los músculos gritando por un descanso que su mente aún no se permitía procesar del todo. El día había sido una sucesión interminable de informes de rendimiento, presupuestos que defender ante la Unión Japonesa de Fútbol y la gestión logística de cientos de adolescentes hambrientos de gloria. Estaba agotada, físicamente drenada, pero el sueño se le escapaba entre los dedos.
Giró el rostro hacia la pantalla secundaria que tenía en su habitación, la cual estaba conectada al centro de control principal. Allí, como una figura espectral recortada contra la luz de los monitores, estaba Jinpachi Ego.
Él no parecía conocer el concepto de fatiga. Con su cuello inusualmente largo inclinado hacia adelante y sus ojos fijos tras las gafas de montura negra, Ego analizaba cada fotograma de los entrenamientos. Sus dedos se movían con una precisión mecánica sobre el teclado, evaluando técnicas, diseccionando puntos débiles y puliendo a sus "diamantes en bruto" con una frialdad casi quirúrgica.
Anri lo observó durante un largo rato a través de la cámara. Siempre era igual. Ego no sonreía a menos que fuera para soltar un comentario mordaz o para deleitarse en la desesperación de un jugador que no alcanzaba su estándar de "egoísmo". Su rostro solía ser una máscara de neutralidad absoluta, interrumpida solo por destellos de un enojo gélido cuando las cosas no salían según su diseño perfecto.
"¿Ese hombre es siquiera humano?", pensó Anri, sintiendo una chispa de curiosidad que comenzó a disipar su cansancio. "¿Alguna vez ha sentido un impulso que no sea puramente analítico?".
De repente, una idea absurda cruzó su mente. Una pregunta que, en cualquier otro contexto, carecería de sentido, pero que en el aislamiento de Blue Lock cobraba una relevancia fascinante: "¿Ego tendrá cosquillas?".
Se imaginó al imponente y autoritario Jinpachi Ego retorciéndose de risa, perdiendo esa compostura de dictador del fútbol por un simple estímulo físico. La imagen era tan ridícula que Anri sintió una punzada de travesura. Si alguien como él, que parecía no mostrar emoción alguna ante la presión más extrema, fuera secretamente sensible en ese aspecto, sería el descubrimiento del siglo.
Impulsada por una mezcla de delirio por el cansancio y una audacia que normalmente no poseía, Anri se levantó de la cama. Sus pasos fueron silenciosos mientras caminaba por los pasillos metálicos hasta la sala de monitoreo.
Al entrar, el aire estaba cargado de electricidad estática y el olor a café recalentado. Ego no se inmutó. Ni siquiera giró la cabeza cuando la puerta se deslizó para abrirse. Estaba absorto en una jugada de Isagi Yoichi, murmurando algo sobre la visión espacial y el "olor del gol".
Anri se acercó lentamente, conteniendo la respiración. Sus Crocs apenas hacían ruido sobre el suelo técnico. Se situó justo detrás de su silla. Ego seguía encorvado, su camisa negra tensa sobre sus hombros delgados y sus ojeras resaltadas por la luz blanca de una de las pantallas.
Sin previo aviso, y antes de que su sentido común pudiera detenerla, Anri extendió las manos y las hundió en los costados de Ego, justo sobre sus costillas, moviendo los dedos con rapidez en un ataque de cosquillas frenético.
El silencio que siguió fue sepulcral.
No hubo un salto de sorpresa. No hubo una risa ahogada. Ni siquiera un espasmo muscular. Ego se quedó perfectamente inmóvil, como si fuera una estatua de cera a la que alguien acabara de tocar sin permiso. Pasaron tres segundos que a Anri le parecieron una eternidad antes de que él girara lentamente la cabeza sobre su largo cuello.
Sus ojos, grandes y desorbitados tras los cristales de las gafas, la miraron con una confusión genuina, carente de cualquier rastro de diversión o molestia.
—¿Qué estás haciendo, Teieri? —preguntó con su voz monótona y profunda—. ¿Has sufrido un colapso nervioso por la falta de sueño?
Anri retrocedió de golpe, con las mejillas ardiendo en un rojo carmesí. Retiró las manos como si se hubiera quemado con brasas ardientes y empezó a juguetear con sus trenzas, incapaz de sostenerle la mirada.
—Yo... lo siento mucho, Ego-san —balbuceó, deseando que la tierra se la tragara—. Es que... estaba pensando en que nunca te ríes, y me pregunté si tal vez tenías cosquillas. Fue una tontería, lo siento de verdad.
Ego dejó escapar un suspiro largo y tedioso. Se levantó de su silla con esa elegancia desgarbada que lo caracterizaba, estirando sus largas extremidades como un gato negro bajo la luna. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que Anri tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—Las cosquillas son una reacción física e involuntaria provocada por una situación inesperada o una amenaza percibida que el cerebro no puede procesar como peligrosa —explicó él, con la misma seriedad con la que explicaría una formación 4-3-3—. Para alguien que analiza constantemente todas las variables, que espera cada movimiento y que vive en un estado de alerta absoluta, no existe lo "inesperado". Por lo tanto, no hay reacción.
Anri parpadeó, procesando la explicación pseudocientífica.
—Entonces... ¿no tienes cosquillas porque eres demasiado analítico? —preguntó ella, un poco más relajada.
—Exactamente —respondió Ego. De repente, una chispa diferente cruzó sus ojos—. Sin embargo, sospecho que tu estructura psicológica es mucho más... convencional.
Antes de que Anri pudiera procesar la advertencia, Ego extendió sus largas y pálidas manos. Con una velocidad que ella no sabía que él poseía, hundió sus dedos en los costados de la joven secretaria.
—¡Ah! —Anri soltó un grito que se transformó de inmediato en una carcajada estridente.
Trató de retroceder, de apartar las manos de Ego, pero él era sorprendentemente ágil. Sus dedos se movían con una precisión implacable, encontrando exactamente los puntos más sensibles en sus costillas y cintura.
—¡E-Ego-san! ¡Basta! —suplicó ella entre risas incontrolables, retorciéndose mientras intentaba mantener el equilibrio—. ¡Por favor!
—¿Ves? —dijo él, sin rastro de risa en su propia voz, manteniendo una seriedad total que contrastaba cómicamente con la situación—. Tu cerebro está enviando señales de pánico y placer confusas. Es una respuesta fascinante a un estímulo externo que no pudiste prever.
Anri estaba doblada por la mitad, agarrándose a los brazos de la camisa de Ego para no caerse. Unas pequeñas lágrimas de risa comenzaron a brotar de sus ojos marrón chocolate. El sonido de sus carcajadas llenaba la sala de control, rompiendo la atmósfera estéril de Blue Lock. Ego no se detenía; parecía estar realizando un experimento de campo, observando con intensidad científica cómo ella perdía el control de su propia respiración.
—¡Ya... ya no puedo más! —logró articular Anri, con la cara totalmente roja y el flequillo despeinado.
Finalmente, después de lo que parecieron minutos de tortura deliciosa, Ego retiró las manos. Se ajustó la corbata bolo con parsimonia y se acomodó las gafas, que se habían deslizado ligeramente por el puente de su nariz.
Anri se dejó caer en una silla cercana, jadeando, tratando de recuperar el aliento mientras se secaba las lágrimas de las mejillas. Su corazón latía con fuerza y todavía sentía el eco de los dedos de Ego en sus costados.
—Eres... eres terrible —dijo ella, con una sonrisa residual que no podía borrar de su rostro.
—Soy eficiente —corrigió él, dándose la vuelta para regresar a su puesto frente a los monitores—. Ahora que hemos verificado tu alta sensibilidad a los estímulos externos y mi absoluta inmunidad a los mismos, sugiero que dejes de perder el tiempo con experimentos infantiles.
Anri lo observó mientras él volvía a teclear frenéticamente. La frialdad habitual había regresado, pero el ambiente en la habitación se sentía diferente, menos pesado.
—Vete a descansar, Anri —añadió él, sin mirarla—. Mañana llegan los resultados de las pruebas de esfuerzo del Bloque V y necesito que estés lúcida. No me sirves si estás medio dormida por los pasillos intentando atacar a la gente.
Anri se levantó, todavía sintiendo un hormigueo en la piel. Se arregló la ropa y caminó hacia la puerta, sintiéndose extrañamente ligera a pesar del cansancio.
—Buenas noches, Ego-san —dijo antes de salir.
—Buenas noches —respondió él, con la mirada clavada en un video de Barou Shoei.
Esa noche, mientras se arropaba en su cama, Anri no podía dejar de pensar en lo ocurrido. Había confirmado su teoría: Jinpachi Ego no tenía cosquillas, era un hombre blindado contra las reacciones humanas más básicas. Sin embargo, había descubierto algo más inesperado. Aquel hombre frío, obsesivo y egocéntrico, que solo hablaba de destruir el fútbol convencional, era increíblemente bueno haciendo cosquillas.
Casi parecía que lo hubiera estudiado con la misma intensidad con la que estudiaba las jugadas de gol. Con esa última idea cruzando su mente y una pequeña sonrisa en los labios, Anri finalmente se quedó profundamente dormida.
Giró el rostro hacia la pantalla secundaria que tenía en su habitación, la cual estaba conectada al centro de control principal. Allí, como una figura espectral recortada contra la luz de los monitores, estaba Jinpachi Ego.
Él no parecía conocer el concepto de fatiga. Con su cuello inusualmente largo inclinado hacia adelante y sus ojos fijos tras las gafas de montura negra, Ego analizaba cada fotograma de los entrenamientos. Sus dedos se movían con una precisión mecánica sobre el teclado, evaluando técnicas, diseccionando puntos débiles y puliendo a sus "diamantes en bruto" con una frialdad casi quirúrgica.
Anri lo observó durante un largo rato a través de la cámara. Siempre era igual. Ego no sonreía a menos que fuera para soltar un comentario mordaz o para deleitarse en la desesperación de un jugador que no alcanzaba su estándar de "egoísmo". Su rostro solía ser una máscara de neutralidad absoluta, interrumpida solo por destellos de un enojo gélido cuando las cosas no salían según su diseño perfecto.
"¿Ese hombre es siquiera humano?", pensó Anri, sintiendo una chispa de curiosidad que comenzó a disipar su cansancio. "¿Alguna vez ha sentido un impulso que no sea puramente analítico?".
De repente, una idea absurda cruzó su mente. Una pregunta que, en cualquier otro contexto, carecería de sentido, pero que en el aislamiento de Blue Lock cobraba una relevancia fascinante: "¿Ego tendrá cosquillas?".
Se imaginó al imponente y autoritario Jinpachi Ego retorciéndose de risa, perdiendo esa compostura de dictador del fútbol por un simple estímulo físico. La imagen era tan ridícula que Anri sintió una punzada de travesura. Si alguien como él, que parecía no mostrar emoción alguna ante la presión más extrema, fuera secretamente sensible en ese aspecto, sería el descubrimiento del siglo.
Impulsada por una mezcla de delirio por el cansancio y una audacia que normalmente no poseía, Anri se levantó de la cama. Sus pasos fueron silenciosos mientras caminaba por los pasillos metálicos hasta la sala de monitoreo.
Al entrar, el aire estaba cargado de electricidad estática y el olor a café recalentado. Ego no se inmutó. Ni siquiera giró la cabeza cuando la puerta se deslizó para abrirse. Estaba absorto en una jugada de Isagi Yoichi, murmurando algo sobre la visión espacial y el "olor del gol".
Anri se acercó lentamente, conteniendo la respiración. Sus Crocs apenas hacían ruido sobre el suelo técnico. Se situó justo detrás de su silla. Ego seguía encorvado, su camisa negra tensa sobre sus hombros delgados y sus ojeras resaltadas por la luz blanca de una de las pantallas.
Sin previo aviso, y antes de que su sentido común pudiera detenerla, Anri extendió las manos y las hundió en los costados de Ego, justo sobre sus costillas, moviendo los dedos con rapidez en un ataque de cosquillas frenético.
El silencio que siguió fue sepulcral.
No hubo un salto de sorpresa. No hubo una risa ahogada. Ni siquiera un espasmo muscular. Ego se quedó perfectamente inmóvil, como si fuera una estatua de cera a la que alguien acabara de tocar sin permiso. Pasaron tres segundos que a Anri le parecieron una eternidad antes de que él girara lentamente la cabeza sobre su largo cuello.
Sus ojos, grandes y desorbitados tras los cristales de las gafas, la miraron con una confusión genuina, carente de cualquier rastro de diversión o molestia.
—¿Qué estás haciendo, Teieri? —preguntó con su voz monótona y profunda—. ¿Has sufrido un colapso nervioso por la falta de sueño?
Anri retrocedió de golpe, con las mejillas ardiendo en un rojo carmesí. Retiró las manos como si se hubiera quemado con brasas ardientes y empezó a juguetear con sus trenzas, incapaz de sostenerle la mirada.
—Yo... lo siento mucho, Ego-san —balbuceó, deseando que la tierra se la tragara—. Es que... estaba pensando en que nunca te ríes, y me pregunté si tal vez tenías cosquillas. Fue una tontería, lo siento de verdad.
Ego dejó escapar un suspiro largo y tedioso. Se levantó de su silla con esa elegancia desgarbada que lo caracterizaba, estirando sus largas extremidades como un gato negro bajo la luna. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que Anri tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—Las cosquillas son una reacción física e involuntaria provocada por una situación inesperada o una amenaza percibida que el cerebro no puede procesar como peligrosa —explicó él, con la misma seriedad con la que explicaría una formación 4-3-3—. Para alguien que analiza constantemente todas las variables, que espera cada movimiento y que vive en un estado de alerta absoluta, no existe lo "inesperado". Por lo tanto, no hay reacción.
Anri parpadeó, procesando la explicación pseudocientífica.
—Entonces... ¿no tienes cosquillas porque eres demasiado analítico? —preguntó ella, un poco más relajada.
—Exactamente —respondió Ego. De repente, una chispa diferente cruzó sus ojos—. Sin embargo, sospecho que tu estructura psicológica es mucho más... convencional.
Antes de que Anri pudiera procesar la advertencia, Ego extendió sus largas y pálidas manos. Con una velocidad que ella no sabía que él poseía, hundió sus dedos en los costados de la joven secretaria.
—¡Ah! —Anri soltó un grito que se transformó de inmediato en una carcajada estridente.
Trató de retroceder, de apartar las manos de Ego, pero él era sorprendentemente ágil. Sus dedos se movían con una precisión implacable, encontrando exactamente los puntos más sensibles en sus costillas y cintura.
—¡E-Ego-san! ¡Basta! —suplicó ella entre risas incontrolables, retorciéndose mientras intentaba mantener el equilibrio—. ¡Por favor!
—¿Ves? —dijo él, sin rastro de risa en su propia voz, manteniendo una seriedad total que contrastaba cómicamente con la situación—. Tu cerebro está enviando señales de pánico y placer confusas. Es una respuesta fascinante a un estímulo externo que no pudiste prever.
Anri estaba doblada por la mitad, agarrándose a los brazos de la camisa de Ego para no caerse. Unas pequeñas lágrimas de risa comenzaron a brotar de sus ojos marrón chocolate. El sonido de sus carcajadas llenaba la sala de control, rompiendo la atmósfera estéril de Blue Lock. Ego no se detenía; parecía estar realizando un experimento de campo, observando con intensidad científica cómo ella perdía el control de su propia respiración.
—¡Ya... ya no puedo más! —logró articular Anri, con la cara totalmente roja y el flequillo despeinado.
Finalmente, después de lo que parecieron minutos de tortura deliciosa, Ego retiró las manos. Se ajustó la corbata bolo con parsimonia y se acomodó las gafas, que se habían deslizado ligeramente por el puente de su nariz.
Anri se dejó caer en una silla cercana, jadeando, tratando de recuperar el aliento mientras se secaba las lágrimas de las mejillas. Su corazón latía con fuerza y todavía sentía el eco de los dedos de Ego en sus costados.
—Eres... eres terrible —dijo ella, con una sonrisa residual que no podía borrar de su rostro.
—Soy eficiente —corrigió él, dándose la vuelta para regresar a su puesto frente a los monitores—. Ahora que hemos verificado tu alta sensibilidad a los estímulos externos y mi absoluta inmunidad a los mismos, sugiero que dejes de perder el tiempo con experimentos infantiles.
Anri lo observó mientras él volvía a teclear frenéticamente. La frialdad habitual había regresado, pero el ambiente en la habitación se sentía diferente, menos pesado.
—Vete a descansar, Anri —añadió él, sin mirarla—. Mañana llegan los resultados de las pruebas de esfuerzo del Bloque V y necesito que estés lúcida. No me sirves si estás medio dormida por los pasillos intentando atacar a la gente.
Anri se levantó, todavía sintiendo un hormigueo en la piel. Se arregló la ropa y caminó hacia la puerta, sintiéndose extrañamente ligera a pesar del cansancio.
—Buenas noches, Ego-san —dijo antes de salir.
—Buenas noches —respondió él, con la mirada clavada en un video de Barou Shoei.
Esa noche, mientras se arropaba en su cama, Anri no podía dejar de pensar en lo ocurrido. Había confirmado su teoría: Jinpachi Ego no tenía cosquillas, era un hombre blindado contra las reacciones humanas más básicas. Sin embargo, había descubierto algo más inesperado. Aquel hombre frío, obsesivo y egocéntrico, que solo hablaba de destruir el fútbol convencional, era increíblemente bueno haciendo cosquillas.
Casi parecía que lo hubiera estudiado con la misma intensidad con la que estudiaba las jugadas de gol. Con esa última idea cruzando su mente y una pequeña sonrisa en los labios, Anri finalmente se quedó profundamente dormida.
