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Increíblemente Hermosa
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 26/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffEstudio de PersonajeAmbientación CanonFantasía
Más allá de lo evidente
La noche en la Academia de Hechicería de Tokio siempre tenía un matiz distinto al del resto de la ciudad. Mientras las luces de Shinjuku parpadeaban con una energía frenética y caótica, los terrenos de la escuela permanecían sumergidos en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el susurro del viento entre los árboles centenarios. Para Satoru Gojo, ese silencio solía ser un lienzo en blanco donde proyectar su propio ruido interno, pero esa noche, el silencio se sentía pesado, cargado de una expectativa que ni siquiera sus Seis Ojos podían terminar de descifrar.
Satoru caminaba por los pasillos de piedra con su habitual aire despreocupado. Sus pasos eran largos, su figura de un metro noventa destacaba incluso en la penumbra. Llevaba su uniforme oscuro de cuello alto y, como era costumbre cuando no estaba en una misión de campo, sus ojos estaban ocultos tras la venda negra que filtraba el exceso de información del mundo.
Gojo no se consideraba un hombre superficial. A pesar de su arrogancia externa y su tendencia a recordarle al mundo que él era el "Honrado", valoraba la sustancia. Admiraba a quienes tenían la fuerza de voluntad para cambiar el mundo, a quienes no se conformaban. Por supuesto, tenía ojos en la cara y sabía reconocer la estética. Había llamado "hermosa" a Mei Mei en más de una ocasión, disfrutando del juego de palabras y las respuestas cargadas de interés monetario de la hechicera. Incluso Utahime, con su temperamento explosivo y su arco en el cabello, poseía una belleza clásica que él no ignoraba, aunque disfrutara más sacándola de quicio.
Pero con Shoko era diferente.
Shoko Ieiri no encajaba en la categoría de "hermosa" que Satoru aplicaba al resto del mundo. Para él, esa palabra se sentía vacía, casi un insulto por lo insuficiente que resultaba. Shoko era una constante. Era el olor a tabaco mezclado con desinfectante, era la voz ronca por el cansancio que siempre lograba calmar sus nervios más tensos, era la única persona que lo miraba y no veía al "Hechicero más fuerte", sino simplemente a Satoru.
Llegó a la puerta de la morgue y la oficina médica. Sin llamar, como era su costumbre, empujó la puerta y entró.
El aire allí dentro era más fresco, casi frío. Shoko estaba sentada frente a su escritorio, rodeada de carpetas, radiografías y un cenicero que, milagrosamente, solo contenía un cigarrillo a medio consumir. Su bata blanca de laboratorio parecía demasiado grande para sus hombros, y su cabello castaño caía en un desorden controlado sobre su espalda. Las ojeras bajo sus ojos oscuros eran profundas, dándole ese aire de cansancio eterno que, extrañamente, Satoru encontraba reconfortante.
—Llegas tarde, Satoru —dijo ella sin levantar la vista de los papeles. Su voz era plana, pero no carente de afecto.
—El tiempo es relativo cuando eres yo, Shoko —respondió él, sentándose en una silla giratoria cercana y empezando a dar vueltas sobre su propio eje—. Además, sé que me extrañabas. ¿Para qué soy bueno hoy? ¿Alguna autopsia emocionante?
Shoko suspiró y dejó el bolígrafo sobre la mesa. Se frotó el puente de la nariz, justo encima del pequeño lunar bajo su ojo derecho.
—Necesito que revises los informes médicos de los de primer año. Hay algunas anomalías en sus flujos de energía residual después de la última misión práctica. Como eres el único que puede "verlo" todo, necesito que confirmes mis sospechas antes de archivarlo.
—Entendido, jefa —dijo Satoru, deteniendo su giro.
Shoko comenzó a hablar. Explicaba con una precisión quirúrgica cada detalle, señalando gráficas y comparando datos de misiones anteriores. Era profesional, eficiente y terriblemente inteligente. Satoru, sin embargo, dejó de escuchar las palabras apenas a los dos minutos.
A través de la venda, sus Seis Ojos percibían el mundo en una resolución que nadie más podía comprender. Veía el flujo de energía maldita de Shoko, una corriente tranquila y constante, muy distinta a la tormenta que solía ser la suya. Pero no solo veía eso. Se quedó prendado de la forma en que sus cejas pobladas se fruncían ligeramente cuando se concentraba, de la manera en que sus labios se movían con rapidez pero sin prisa, y de esa mirada apática que, en el fondo, escondía una compasión que ella se negaba a admitir en voz alta.
Era perfecta en su imperfección. En su cansancio, en su indiferencia hacia las normas sociales, en la forma en que era el único pilar que quedaba de su juventud compartida.
—... y por eso creo que deberíamos ajustar su entrenamiento de resistencia. ¿Satoru? ¿Me estás escuchando?
Gojo no respondió. Estaba perdido en la imagen de ella bajo la luz fluorescente de la oficina. Shoko esperó unos segundos, pero al ver que el hechicero seguía inmóvil, como una estatua de mármol negro y blanco, chasqueó los dedos ruidosamente frente a su rostro.
—¡Tierra llamando al idiota más fuerte del mundo! —exclamó ella con un deje de irritación.
Satoru parpadeó, regresando a la realidad. Se acomodó la venda y soltó una risa nerviosa, algo poco común en él.
—Lo siento, lo siento —dijo rascándose la nuca—. Me distraje.
—Llevo cinco minutos hablándole a la pared, por lo visto —Shoko se cruzó de brazos y lo miró con sospecha—. ¿En qué estabas pensando que era tan importante como para ignorar un informe de seguridad?
Satoru se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. La honestidad, a veces, era su mejor arma, aunque rara vez la usara de forma seria.
—Lo siento —repitió, esta vez con un tono más suave, casi íntimo—. Solo pensaba en lo hermosa que eres.
El silencio que siguió fue absoluto. Shoko, que estaba acostumbrada a las excentricidades y bromas pesadas de Gojo, se quedó paralizada. No era un piropo juguetón como los que le lanzaba a Utahime para molestarla. Había algo en la vibración de su voz, algo pesado y real, que la desarmó por completo.
Un ligero rubor, casi imperceptible si no fuera por la palidez de su piel, comenzó a extenderse por las mejillas de la doctora. Shoko desvió la mirada rápidamente, buscando refugio en los informes médicos.
—No digas estupideces —murmuró, aunque su voz carecía de su habitual firmeza—. Estamos trabajando. Si vas a ponerte sentimental, vete a molestar a Nanami.
—No es una estupidez, Shoko —insistió él, disfrutando de la reacción que había provocado. Era raro verla perder la compostura—. Es una observación técnica. Mis ojos no mienten.
Shoko cerró la carpeta de golpe, haciendo un ruido seco que resonó en la sala.
—Ya basta. Si no vas a ayudar con los informes, lárgate. Tengo mucho que hacer y no tengo tiempo para tus crisis existenciales de medianoche.
Gojo soltó una carcajada suave y se levantó. Sabía que había cruzado una línea, pero no se arrepentía. Caminó hacia la salida, pero antes de poner la mano en el pomo de la puerta, la voz de Shoko lo detuvo.
—Satoru.
Él se giró, manteniendo esa sonrisa ladeada que volvía locos a sus enemigos y admiradores por igual. Shoko no lo miraba directamente; mantenía la vista fija en un punto indeterminado del suelo, jugando con el borde de su bata.
—Si realmente piensas eso... —comenzó ella, y por primera vez en años, Satoru detectó una nota de vulnerabilidad en su tono—, tal vez deberías dejar de decir frases vacías y dar el primer paso. Podrías invitarme a una cita un día de estos, si es que te atreves.
Gojo se quedó mudo por un segundo. La sorpresa era una emoción que experimentaba con poca frecuencia, pero Shoko siempre había tenido el talento de dejarlo fuera de juego. Su sonrisa se ensanchó, transformándose de una mueca burlona a algo genuinamente cálido.
Caminó de regreso hacia ella con pasos lentos y decididos. Shoko no retrocedió, aunque la tensión en sus hombros delataba sus nervios. Cuando estuvo frente a ella, Satoru extendió una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su inmenso poder, le tomó la barbilla, obligándola a levantar la vista.
Sus ojos se encontraron. A través de la venda, Satoru sentía el calor de su piel. Shoko sostenía la mirada, desafiante a pesar del rubor que aún no desaparecía de su rostro.
—El viernes —dijo Satoru en un susurro.
Sin previo aviso, se inclinó y depositó un pequeño beso en sus labios. Fue breve, apenas un contacto suave que sabía a café frío y a una promesa largamente guardada. Cuando se separó, Shoko parecía procesar lo que acababa de ocurrir, con los ojos un poco más abiertos de lo normal.
—El viernes tendremos una cita, Shoko —afirmó él, retrocediendo hacia la puerta con una confianza renovada—. Paso por ti a las ocho. No te pongas bata.
—¿Y a dónde vamos? —preguntó ella, recuperando un poco de su tono sarcástico mientras se cruzaba de brazos, tratando de ocultar el hecho de que sus manos temblaban ligeramente.
Satoru se detuvo en el umbral, haciendo un gesto de despedida con la mano.
—Es una sorpresa. Pero te aseguro que será más interesante que revisar informes médicos.
Gojo salió al pasillo, cerrando la puerta tras de sí. Caminó unos metros y luego se detuvo, apoyando la espalda contra la pared de piedra fría. Se llevó una mano al rostro, justo sobre la venda, y soltó un suspiro largo. Su corazón latía con una fuerza inusual.
—Más que hermosa —susurró para sí mismo.
Dentro de la oficina, Shoko Ieiri se dejó caer en su silla. Miró el informe que tenía delante, pero las letras parecían bailar sin sentido. Se tocó los labios con las yemas de los dedos, sintiendo aún el leve hormigueo del beso. Un pequeño suspiro escapó de sus labios y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina, pequeña y privada, iluminó su rostro cansado.
—Idiota —murmuró con cariño—. Más te vale que el lugar sea bueno.
Afuera, la luna iluminaba el patio de la academia, y por una vez, el hechicero más fuerte del mundo sintió que no necesitaba sus Seis Ojos para saber que el futuro, al menos el de ese viernes, se veía perfectamente claro. Había pasado años observando el mundo desde la cima, solo y rodeado de la carga de su propio poder, pero en ese pequeño rincón de la morgue, bajo la luz de los flexos y el olor a tabaco, había recordado que incluso alguien como él necesitaba un ancla.
Y Shoko no era solo su ancla; era la única persona que hacía que el mundo valiera la pena de ser salvado, no por obligación, sino por el simple deseo de volver a verla sonreír a través del humo de un cigarrillo.
El viernes no llegaría lo suficientemente pronto.
Satoru caminaba por los pasillos de piedra con su habitual aire despreocupado. Sus pasos eran largos, su figura de un metro noventa destacaba incluso en la penumbra. Llevaba su uniforme oscuro de cuello alto y, como era costumbre cuando no estaba en una misión de campo, sus ojos estaban ocultos tras la venda negra que filtraba el exceso de información del mundo.
Gojo no se consideraba un hombre superficial. A pesar de su arrogancia externa y su tendencia a recordarle al mundo que él era el "Honrado", valoraba la sustancia. Admiraba a quienes tenían la fuerza de voluntad para cambiar el mundo, a quienes no se conformaban. Por supuesto, tenía ojos en la cara y sabía reconocer la estética. Había llamado "hermosa" a Mei Mei en más de una ocasión, disfrutando del juego de palabras y las respuestas cargadas de interés monetario de la hechicera. Incluso Utahime, con su temperamento explosivo y su arco en el cabello, poseía una belleza clásica que él no ignoraba, aunque disfrutara más sacándola de quicio.
Pero con Shoko era diferente.
Shoko Ieiri no encajaba en la categoría de "hermosa" que Satoru aplicaba al resto del mundo. Para él, esa palabra se sentía vacía, casi un insulto por lo insuficiente que resultaba. Shoko era una constante. Era el olor a tabaco mezclado con desinfectante, era la voz ronca por el cansancio que siempre lograba calmar sus nervios más tensos, era la única persona que lo miraba y no veía al "Hechicero más fuerte", sino simplemente a Satoru.
Llegó a la puerta de la morgue y la oficina médica. Sin llamar, como era su costumbre, empujó la puerta y entró.
El aire allí dentro era más fresco, casi frío. Shoko estaba sentada frente a su escritorio, rodeada de carpetas, radiografías y un cenicero que, milagrosamente, solo contenía un cigarrillo a medio consumir. Su bata blanca de laboratorio parecía demasiado grande para sus hombros, y su cabello castaño caía en un desorden controlado sobre su espalda. Las ojeras bajo sus ojos oscuros eran profundas, dándole ese aire de cansancio eterno que, extrañamente, Satoru encontraba reconfortante.
—Llegas tarde, Satoru —dijo ella sin levantar la vista de los papeles. Su voz era plana, pero no carente de afecto.
—El tiempo es relativo cuando eres yo, Shoko —respondió él, sentándose en una silla giratoria cercana y empezando a dar vueltas sobre su propio eje—. Además, sé que me extrañabas. ¿Para qué soy bueno hoy? ¿Alguna autopsia emocionante?
Shoko suspiró y dejó el bolígrafo sobre la mesa. Se frotó el puente de la nariz, justo encima del pequeño lunar bajo su ojo derecho.
—Necesito que revises los informes médicos de los de primer año. Hay algunas anomalías en sus flujos de energía residual después de la última misión práctica. Como eres el único que puede "verlo" todo, necesito que confirmes mis sospechas antes de archivarlo.
—Entendido, jefa —dijo Satoru, deteniendo su giro.
Shoko comenzó a hablar. Explicaba con una precisión quirúrgica cada detalle, señalando gráficas y comparando datos de misiones anteriores. Era profesional, eficiente y terriblemente inteligente. Satoru, sin embargo, dejó de escuchar las palabras apenas a los dos minutos.
A través de la venda, sus Seis Ojos percibían el mundo en una resolución que nadie más podía comprender. Veía el flujo de energía maldita de Shoko, una corriente tranquila y constante, muy distinta a la tormenta que solía ser la suya. Pero no solo veía eso. Se quedó prendado de la forma en que sus cejas pobladas se fruncían ligeramente cuando se concentraba, de la manera en que sus labios se movían con rapidez pero sin prisa, y de esa mirada apática que, en el fondo, escondía una compasión que ella se negaba a admitir en voz alta.
Era perfecta en su imperfección. En su cansancio, en su indiferencia hacia las normas sociales, en la forma en que era el único pilar que quedaba de su juventud compartida.
—... y por eso creo que deberíamos ajustar su entrenamiento de resistencia. ¿Satoru? ¿Me estás escuchando?
Gojo no respondió. Estaba perdido en la imagen de ella bajo la luz fluorescente de la oficina. Shoko esperó unos segundos, pero al ver que el hechicero seguía inmóvil, como una estatua de mármol negro y blanco, chasqueó los dedos ruidosamente frente a su rostro.
—¡Tierra llamando al idiota más fuerte del mundo! —exclamó ella con un deje de irritación.
Satoru parpadeó, regresando a la realidad. Se acomodó la venda y soltó una risa nerviosa, algo poco común en él.
—Lo siento, lo siento —dijo rascándose la nuca—. Me distraje.
—Llevo cinco minutos hablándole a la pared, por lo visto —Shoko se cruzó de brazos y lo miró con sospecha—. ¿En qué estabas pensando que era tan importante como para ignorar un informe de seguridad?
Satoru se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. La honestidad, a veces, era su mejor arma, aunque rara vez la usara de forma seria.
—Lo siento —repitió, esta vez con un tono más suave, casi íntimo—. Solo pensaba en lo hermosa que eres.
El silencio que siguió fue absoluto. Shoko, que estaba acostumbrada a las excentricidades y bromas pesadas de Gojo, se quedó paralizada. No era un piropo juguetón como los que le lanzaba a Utahime para molestarla. Había algo en la vibración de su voz, algo pesado y real, que la desarmó por completo.
Un ligero rubor, casi imperceptible si no fuera por la palidez de su piel, comenzó a extenderse por las mejillas de la doctora. Shoko desvió la mirada rápidamente, buscando refugio en los informes médicos.
—No digas estupideces —murmuró, aunque su voz carecía de su habitual firmeza—. Estamos trabajando. Si vas a ponerte sentimental, vete a molestar a Nanami.
—No es una estupidez, Shoko —insistió él, disfrutando de la reacción que había provocado. Era raro verla perder la compostura—. Es una observación técnica. Mis ojos no mienten.
Shoko cerró la carpeta de golpe, haciendo un ruido seco que resonó en la sala.
—Ya basta. Si no vas a ayudar con los informes, lárgate. Tengo mucho que hacer y no tengo tiempo para tus crisis existenciales de medianoche.
Gojo soltó una carcajada suave y se levantó. Sabía que había cruzado una línea, pero no se arrepentía. Caminó hacia la salida, pero antes de poner la mano en el pomo de la puerta, la voz de Shoko lo detuvo.
—Satoru.
Él se giró, manteniendo esa sonrisa ladeada que volvía locos a sus enemigos y admiradores por igual. Shoko no lo miraba directamente; mantenía la vista fija en un punto indeterminado del suelo, jugando con el borde de su bata.
—Si realmente piensas eso... —comenzó ella, y por primera vez en años, Satoru detectó una nota de vulnerabilidad en su tono—, tal vez deberías dejar de decir frases vacías y dar el primer paso. Podrías invitarme a una cita un día de estos, si es que te atreves.
Gojo se quedó mudo por un segundo. La sorpresa era una emoción que experimentaba con poca frecuencia, pero Shoko siempre había tenido el talento de dejarlo fuera de juego. Su sonrisa se ensanchó, transformándose de una mueca burlona a algo genuinamente cálido.
Caminó de regreso hacia ella con pasos lentos y decididos. Shoko no retrocedió, aunque la tensión en sus hombros delataba sus nervios. Cuando estuvo frente a ella, Satoru extendió una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su inmenso poder, le tomó la barbilla, obligándola a levantar la vista.
Sus ojos se encontraron. A través de la venda, Satoru sentía el calor de su piel. Shoko sostenía la mirada, desafiante a pesar del rubor que aún no desaparecía de su rostro.
—El viernes —dijo Satoru en un susurro.
Sin previo aviso, se inclinó y depositó un pequeño beso en sus labios. Fue breve, apenas un contacto suave que sabía a café frío y a una promesa largamente guardada. Cuando se separó, Shoko parecía procesar lo que acababa de ocurrir, con los ojos un poco más abiertos de lo normal.
—El viernes tendremos una cita, Shoko —afirmó él, retrocediendo hacia la puerta con una confianza renovada—. Paso por ti a las ocho. No te pongas bata.
—¿Y a dónde vamos? —preguntó ella, recuperando un poco de su tono sarcástico mientras se cruzaba de brazos, tratando de ocultar el hecho de que sus manos temblaban ligeramente.
Satoru se detuvo en el umbral, haciendo un gesto de despedida con la mano.
—Es una sorpresa. Pero te aseguro que será más interesante que revisar informes médicos.
Gojo salió al pasillo, cerrando la puerta tras de sí. Caminó unos metros y luego se detuvo, apoyando la espalda contra la pared de piedra fría. Se llevó una mano al rostro, justo sobre la venda, y soltó un suspiro largo. Su corazón latía con una fuerza inusual.
—Más que hermosa —susurró para sí mismo.
Dentro de la oficina, Shoko Ieiri se dejó caer en su silla. Miró el informe que tenía delante, pero las letras parecían bailar sin sentido. Se tocó los labios con las yemas de los dedos, sintiendo aún el leve hormigueo del beso. Un pequeño suspiro escapó de sus labios y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina, pequeña y privada, iluminó su rostro cansado.
—Idiota —murmuró con cariño—. Más te vale que el lugar sea bueno.
Afuera, la luna iluminaba el patio de la academia, y por una vez, el hechicero más fuerte del mundo sintió que no necesitaba sus Seis Ojos para saber que el futuro, al menos el de ese viernes, se veía perfectamente claro. Había pasado años observando el mundo desde la cima, solo y rodeado de la carga de su propio poder, pero en ese pequeño rincón de la morgue, bajo la luz de los flexos y el olor a tabaco, había recordado que incluso alguien como él necesitaba un ancla.
Y Shoko no era solo su ancla; era la única persona que hacía que el mundo valiera la pena de ser salvado, no por obligación, sino por el simple deseo de volver a verla sonreír a través del humo de un cigarrillo.
El viernes no llegaría lo suficientemente pronto.
