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Bajo la Protección del Agua
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 26/6/2026
Etiquetas
RomanceAcciónDolor/ConsueloFantasíaAmbientación CanonDramaViolencia Gráfica
El Reflejo del Agua en el Ala de la Mariposa
La noche en el bosque de los glicines marchitos era inusualmente densa. El aire, cargado de una humedad asfixiante, no traía el aroma de las flores, sino el hedor metálico de la sangre y algo mucho más antiguo y rancio. Giyu Tomioka, el Pilar del Agua, mantenía su mano firme sobre la empuñadura de su nichirin, aunque sus nudillos estaban blancos por la tensión. A su lado, Shinobu Kocho, la Pilar del Insecto, mantenía su habitual sonrisa, aunque sus ojos carecían de la chispa burlona que solía dirigirle a su compañero.
Frente a ellos, los restos de un grupo de cazadores de rango Hinoe yacían esparcidos como juguetes rotos. No habían tenido oportunidad. El responsable no era una de las Doce Lunas Demoníacas, pero su presencia era igualmente opresiva. Era un demonio de proporciones colosales, cuya piel no era carne, sino una amalgama de escamas iridiscentes que brillaban con un matiz aceitoso bajo la luz de la luna.
—Vaya, Tomioka-san —comentó Shinobu con voz melodiosa, aunque sus hombros estaban tensos—. Parece que este espécimen tiene una defensa bastante problemática. Ni siquiera mi veneno parece encontrar una fisura por donde entrar.
Giyu no respondió de inmediato. Sus ojos azul lapislázuli analizaban al monstruo. El demonio rugió, y el sonido hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Su técnica de sangre le permitía endurecer esas escamas hasta convertirlas en algo más resistente que el acero templado, creando una armadura biológica que repelía cualquier corte superficial.
—Hay que atacar al unísono —dijo Giyu con su habitual brevedad.
—Lo he intentado, pero es rápido para su tamaño —respondió ella, saltando hacia atrás justo cuando un puñetazo del demonio destrozaba el árbol donde ella estaba parada hace un segundo.
La batalla se intensificó. Giyu se movía con la fluidez de un río, ejecutando la *Undécima Postura: Calma*. El mundo a su alrededor pareció detenerse, las ondas de choque de los ataques del demonio se disipaban al entrar en su radio de acción, pero incluso la defensa absoluta de Giyu tenía un límite frente a la fuerza bruta de aquel ser. El demonio no se cansaba; cada vez que una de sus escamas se agrietaba, otra crecía en su lugar con mayor grosor.
Desesperado por terminar el encuentro antes de que Shinobu, cuya resistencia física era menor, se agotara por completo, Giyu inhaló profundamente.
—*Respiración del Agua, Octava Postura: Cuenca de la Cascada*.
El Pilar del Agua saltó, descargando un tajo vertical masivo cargado con todo su peso y fuerza. El impacto fue ensordecedor. Sin embargo, el demonio simplemente cruzó sus brazos cubiertos de escamas y frenó el ataque en seco. La katana de Giyu vibró violentamente, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, el demonio lanzó un golpe lateral.
El impacto mandó a Giyu volando por los aires. Su espalda chocó contra una formación rocosa con un crujido sordo que le robó el aliento. El dolor se irradió por su columna, y por un momento, su visión se volvió borrosa, teñida de un azul oscuro opaco.
—¡Tomioka-san! —gritó Shinobu.
Ella intentó aprovechar la distracción. Se lanzó hacia adelante como un destello púrpura, su nichirin con forma de aguijón buscando las pequeñas separaciones entre las escamas del cuello del demonio.
—*Respiración del Insecto, Danza del Aguijón de Abeja: Mero Aleteo*.
La punta de su espada golpeó, pero el demonio reaccionó con una velocidad antinatural. Contrajo sus músculos, cerrando las brechas de sus escamas y atrapando la punta de la espada de Shinobu como si fuera una prensa. Ella tiró, pero el demonio era demasiado fuerte. Con un movimiento brusco de su brazo, el monstruo la golpeó. Shinobu logró bloquear con su antebrazo, minimizando el daño directo, pero la fuerza del impacto la desequilibró por completo, lanzándola al suelo con violencia.
Shinobu intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon. El agotamiento y el golpe anterior habían hecho mella en su pequeño cuerpo. El demonio, viendo su oportunidad, se cernió sobre ella. Su sombra cubrió a la Pilar del Insecto, y una de sus garras, endurecida por las escamas, se elevó para asestar el golpe final.
—Qué pequeña… qué frágil —gruñó el demonio con una voz que sonaba como piedras chocando entre sí—. Serás un buen aperitivo antes de matar al otro.
Shinobu cerró los ojos por un instante, apretando los dientes. Odiaba esa sensación de impotencia. Odiaba que, a pesar de todo su esfuerzo, su fuerza física siempre fuera su mayor limitación.
Pero el golpe nunca llegó.
—¡No te atrevas a tocarla!
El grito no sonó como el Giyu Tomioka que todos conocían. No fue una orden tranquila ni una observación estoica. Fue un rugido de furia pura, una explosión de emoción que rompió la máscara de indiferencia que el Pilar del Agua siempre llevaba puesta.
Giyu apareció entre la penumbra, envuelto en una marea de agua que parecía hervir por la intensidad de su voluntad. Sus ojos, antes vacíos, ahora ardían con una determinación feroz. No había calma en él, solo una tormenta desatada.
—*Respiración del Agua, Décima Postura: El Dragón del Cambio*.
Giyu se abalanzó contra el demonio. Sus movimientos ya no eran solo fluidos; eran erráticos, potentes y constantes. Cada giro de su cuerpo aumentaba la fuerza de su corte. El demonio intentó defenderse, pero Giyu no le dio tregua. Golpe tras golpe, el Pilar del Agua fue desgastando las escamas, golpeando con tal precisión y rabia que logró encontrar el punto ciego en la unión de la armadura del cuello.
Con un giro final, el dragón de agua rugió y la hoja de Giyu atravesó la carne del demonio. La cabeza de la criatura rodó por el suelo, y su cuerpo masivo comenzó a desintegrarse en cenizas.
Giyu aterrizó de pie, jadeando pesadamente. Su haori mitad y mitad estaba desgarrado, y un hilo de sangre corría por su frente, pero su mirada seguía fija en el lugar donde el demonio había estado, como si estuviera listo para matarlo de nuevo si se atrevía a regenerarse.
Shinobu, que lo había observado todo desde el suelo, sintió que su corazón daba un vuelco extraño. Nunca había visto a Giyu así. Siempre lo había molestado por su falta de amigos, por su aislamiento, por esa cara que parecía no sentir nada. Pero verlo perder los estribos, verlo luchar con esa ferocidad solo porque ella estaba en peligro, provocó una calidez desconocida en su pecho. Un ligero sonrojo subió por sus mejillas. Se sintió protegida, no solo por un compañero de armas, sino por alguien que realmente se preocupaba por su vida más de lo que las palabras podían expresar.
Giyu envainó su espada con un movimiento seco y, tras recuperar un poco el aliento, su expresión volvió a ser la de siempre, aunque sus ojos todavía guardaban un rastro de preocupación. Se acercó a ella y se arrodilló a su lado.
—¿Puedes levantarte? —preguntó él. Su voz era baja, pero ya no tenía ese tono gélido.
Shinobu lo miró en silencio por un momento. La luz de la luna se filtraba entre las copas de los árboles, iluminando el rostro de Giyu. Se veía cansado, pero extrañamente humano.
—Tomioka-san… —susurró ella.
—Lamento haberme tardado —continuó él, sin mirarla directamente a los ojos, quizás avergonzado por su arrebato anterior—. Debería haber sido más rápido.
Shinobu dejó escapar una pequeña risa, aunque le dolió el costado al hacerlo.
—Vaya, Tomioka-san. Realmente das miedo cuando te enojas. ¿Es esa la forma en que tratas a todos los que intentan lastimar a tus "no amigos"?
Giyu guardó silencio, incómodo. Extendió una mano para ayudarla a incorporarse, pero antes de que pudiera completar el movimiento, Shinobu se adelantó.
Ella lo tomó del rostro con ambas manos. Sus palmas estaban frías, pero su tacto era suave. Giyu se quedó petrificado, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Antes de que pudiera preguntar qué estaba haciendo, Shinobu se inclinó y presionó sus labios contra los de él.
Fue un beso cálido, breve pero cargado de un significado que las palabras nunca habrían podido capturar. Fue un agradecimiento, una confesión silenciosa y una muestra de un afecto que había estado creciendo bajo la superficie de sus constantes discusiones y burlas.
Cuando ella se separó, Giyu seguía inmóvil, procesando lo que acababa de ocurrir. Su rostro, normalmente pálido, ahora estaba visiblemente encendido.
—Eso fue por salvarme —dijo Shinobu, esta vez con una sonrisa que no era una máscara. Era real, dulce y un poco tímida—. Y por preocuparte tanto por mí, aunque digas que no tienes sentimientos.
Giyu parpadeó varias veces, su mente trabajando a mil por hora. Finalmente, bajó la mirada, pero no se alejó.
—No dije… que no tuviera sentimientos —murmuró él de forma casi inaudible.
Se levantó y, con una delicadeza que contrastaba con la violencia de su combate anterior, ayudó a Shinobu a ponerse en pie. Al ver que ella todavía cojeaba un poco, pasó un brazo por su cintura para sostenerla, permitiendo que ella se apoyara en él.
—Debemos volver a la sede —dijo Giyu, recuperando su tono serio, aunque la calidez en sus ojos lo delataba—. Tus heridas necesitan atención.
—Ara, ara, ¿el gran Tomioka-san va a cargar conmigo todo el camino? —se burló ella, aunque se acurrucó más contra su costado, disfrutando de la seguridad que le brindaba su presencia.
—Si es necesario, lo haré.
Caminaron juntos a través del bosque, dejando atrás el campo de batalla. El silencio entre ellos ya no era incómodo ni gélido. Era un silencio compartido, lleno de una nueva comprensión. Giyu no era bueno con las palabras, y Shinobu usaba las suyas como armas, pero en esa noche bajo la luna, ambos habían encontrado una forma de comunicarse que iba más allá del lenguaje.
Mientras se alejaban, Shinobu apoyó la cabeza en el hombro de Giyu. Él no se apartó. De hecho, la sujetó con un poco más de firmeza, asegurándose de que no tropezara. El camino de regreso sería largo, pero por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos sentía el peso de la soledad que solía acompañar a los Pilares. La calidez en sus corazones era un escudo más fuerte que cualquier técnica de sangre, y el reflejo del agua, por fin, parecía haber encontrado su lugar junto a las alas de la mariposa.
Frente a ellos, los restos de un grupo de cazadores de rango Hinoe yacían esparcidos como juguetes rotos. No habían tenido oportunidad. El responsable no era una de las Doce Lunas Demoníacas, pero su presencia era igualmente opresiva. Era un demonio de proporciones colosales, cuya piel no era carne, sino una amalgama de escamas iridiscentes que brillaban con un matiz aceitoso bajo la luz de la luna.
—Vaya, Tomioka-san —comentó Shinobu con voz melodiosa, aunque sus hombros estaban tensos—. Parece que este espécimen tiene una defensa bastante problemática. Ni siquiera mi veneno parece encontrar una fisura por donde entrar.
Giyu no respondió de inmediato. Sus ojos azul lapislázuli analizaban al monstruo. El demonio rugió, y el sonido hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Su técnica de sangre le permitía endurecer esas escamas hasta convertirlas en algo más resistente que el acero templado, creando una armadura biológica que repelía cualquier corte superficial.
—Hay que atacar al unísono —dijo Giyu con su habitual brevedad.
—Lo he intentado, pero es rápido para su tamaño —respondió ella, saltando hacia atrás justo cuando un puñetazo del demonio destrozaba el árbol donde ella estaba parada hace un segundo.
La batalla se intensificó. Giyu se movía con la fluidez de un río, ejecutando la *Undécima Postura: Calma*. El mundo a su alrededor pareció detenerse, las ondas de choque de los ataques del demonio se disipaban al entrar en su radio de acción, pero incluso la defensa absoluta de Giyu tenía un límite frente a la fuerza bruta de aquel ser. El demonio no se cansaba; cada vez que una de sus escamas se agrietaba, otra crecía en su lugar con mayor grosor.
Desesperado por terminar el encuentro antes de que Shinobu, cuya resistencia física era menor, se agotara por completo, Giyu inhaló profundamente.
—*Respiración del Agua, Octava Postura: Cuenca de la Cascada*.
El Pilar del Agua saltó, descargando un tajo vertical masivo cargado con todo su peso y fuerza. El impacto fue ensordecedor. Sin embargo, el demonio simplemente cruzó sus brazos cubiertos de escamas y frenó el ataque en seco. La katana de Giyu vibró violentamente, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, el demonio lanzó un golpe lateral.
El impacto mandó a Giyu volando por los aires. Su espalda chocó contra una formación rocosa con un crujido sordo que le robó el aliento. El dolor se irradió por su columna, y por un momento, su visión se volvió borrosa, teñida de un azul oscuro opaco.
—¡Tomioka-san! —gritó Shinobu.
Ella intentó aprovechar la distracción. Se lanzó hacia adelante como un destello púrpura, su nichirin con forma de aguijón buscando las pequeñas separaciones entre las escamas del cuello del demonio.
—*Respiración del Insecto, Danza del Aguijón de Abeja: Mero Aleteo*.
La punta de su espada golpeó, pero el demonio reaccionó con una velocidad antinatural. Contrajo sus músculos, cerrando las brechas de sus escamas y atrapando la punta de la espada de Shinobu como si fuera una prensa. Ella tiró, pero el demonio era demasiado fuerte. Con un movimiento brusco de su brazo, el monstruo la golpeó. Shinobu logró bloquear con su antebrazo, minimizando el daño directo, pero la fuerza del impacto la desequilibró por completo, lanzándola al suelo con violencia.
Shinobu intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon. El agotamiento y el golpe anterior habían hecho mella en su pequeño cuerpo. El demonio, viendo su oportunidad, se cernió sobre ella. Su sombra cubrió a la Pilar del Insecto, y una de sus garras, endurecida por las escamas, se elevó para asestar el golpe final.
—Qué pequeña… qué frágil —gruñó el demonio con una voz que sonaba como piedras chocando entre sí—. Serás un buen aperitivo antes de matar al otro.
Shinobu cerró los ojos por un instante, apretando los dientes. Odiaba esa sensación de impotencia. Odiaba que, a pesar de todo su esfuerzo, su fuerza física siempre fuera su mayor limitación.
Pero el golpe nunca llegó.
—¡No te atrevas a tocarla!
El grito no sonó como el Giyu Tomioka que todos conocían. No fue una orden tranquila ni una observación estoica. Fue un rugido de furia pura, una explosión de emoción que rompió la máscara de indiferencia que el Pilar del Agua siempre llevaba puesta.
Giyu apareció entre la penumbra, envuelto en una marea de agua que parecía hervir por la intensidad de su voluntad. Sus ojos, antes vacíos, ahora ardían con una determinación feroz. No había calma en él, solo una tormenta desatada.
—*Respiración del Agua, Décima Postura: El Dragón del Cambio*.
Giyu se abalanzó contra el demonio. Sus movimientos ya no eran solo fluidos; eran erráticos, potentes y constantes. Cada giro de su cuerpo aumentaba la fuerza de su corte. El demonio intentó defenderse, pero Giyu no le dio tregua. Golpe tras golpe, el Pilar del Agua fue desgastando las escamas, golpeando con tal precisión y rabia que logró encontrar el punto ciego en la unión de la armadura del cuello.
Con un giro final, el dragón de agua rugió y la hoja de Giyu atravesó la carne del demonio. La cabeza de la criatura rodó por el suelo, y su cuerpo masivo comenzó a desintegrarse en cenizas.
Giyu aterrizó de pie, jadeando pesadamente. Su haori mitad y mitad estaba desgarrado, y un hilo de sangre corría por su frente, pero su mirada seguía fija en el lugar donde el demonio había estado, como si estuviera listo para matarlo de nuevo si se atrevía a regenerarse.
Shinobu, que lo había observado todo desde el suelo, sintió que su corazón daba un vuelco extraño. Nunca había visto a Giyu así. Siempre lo había molestado por su falta de amigos, por su aislamiento, por esa cara que parecía no sentir nada. Pero verlo perder los estribos, verlo luchar con esa ferocidad solo porque ella estaba en peligro, provocó una calidez desconocida en su pecho. Un ligero sonrojo subió por sus mejillas. Se sintió protegida, no solo por un compañero de armas, sino por alguien que realmente se preocupaba por su vida más de lo que las palabras podían expresar.
Giyu envainó su espada con un movimiento seco y, tras recuperar un poco el aliento, su expresión volvió a ser la de siempre, aunque sus ojos todavía guardaban un rastro de preocupación. Se acercó a ella y se arrodilló a su lado.
—¿Puedes levantarte? —preguntó él. Su voz era baja, pero ya no tenía ese tono gélido.
Shinobu lo miró en silencio por un momento. La luz de la luna se filtraba entre las copas de los árboles, iluminando el rostro de Giyu. Se veía cansado, pero extrañamente humano.
—Tomioka-san… —susurró ella.
—Lamento haberme tardado —continuó él, sin mirarla directamente a los ojos, quizás avergonzado por su arrebato anterior—. Debería haber sido más rápido.
Shinobu dejó escapar una pequeña risa, aunque le dolió el costado al hacerlo.
—Vaya, Tomioka-san. Realmente das miedo cuando te enojas. ¿Es esa la forma en que tratas a todos los que intentan lastimar a tus "no amigos"?
Giyu guardó silencio, incómodo. Extendió una mano para ayudarla a incorporarse, pero antes de que pudiera completar el movimiento, Shinobu se adelantó.
Ella lo tomó del rostro con ambas manos. Sus palmas estaban frías, pero su tacto era suave. Giyu se quedó petrificado, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Antes de que pudiera preguntar qué estaba haciendo, Shinobu se inclinó y presionó sus labios contra los de él.
Fue un beso cálido, breve pero cargado de un significado que las palabras nunca habrían podido capturar. Fue un agradecimiento, una confesión silenciosa y una muestra de un afecto que había estado creciendo bajo la superficie de sus constantes discusiones y burlas.
Cuando ella se separó, Giyu seguía inmóvil, procesando lo que acababa de ocurrir. Su rostro, normalmente pálido, ahora estaba visiblemente encendido.
—Eso fue por salvarme —dijo Shinobu, esta vez con una sonrisa que no era una máscara. Era real, dulce y un poco tímida—. Y por preocuparte tanto por mí, aunque digas que no tienes sentimientos.
Giyu parpadeó varias veces, su mente trabajando a mil por hora. Finalmente, bajó la mirada, pero no se alejó.
—No dije… que no tuviera sentimientos —murmuró él de forma casi inaudible.
Se levantó y, con una delicadeza que contrastaba con la violencia de su combate anterior, ayudó a Shinobu a ponerse en pie. Al ver que ella todavía cojeaba un poco, pasó un brazo por su cintura para sostenerla, permitiendo que ella se apoyara en él.
—Debemos volver a la sede —dijo Giyu, recuperando su tono serio, aunque la calidez en sus ojos lo delataba—. Tus heridas necesitan atención.
—Ara, ara, ¿el gran Tomioka-san va a cargar conmigo todo el camino? —se burló ella, aunque se acurrucó más contra su costado, disfrutando de la seguridad que le brindaba su presencia.
—Si es necesario, lo haré.
Caminaron juntos a través del bosque, dejando atrás el campo de batalla. El silencio entre ellos ya no era incómodo ni gélido. Era un silencio compartido, lleno de una nueva comprensión. Giyu no era bueno con las palabras, y Shinobu usaba las suyas como armas, pero en esa noche bajo la luna, ambos habían encontrado una forma de comunicarse que iba más allá del lenguaje.
Mientras se alejaban, Shinobu apoyó la cabeza en el hombro de Giyu. Él no se apartó. De hecho, la sujetó con un poco más de firmeza, asegurándose de que no tropezara. El camino de regreso sería largo, pero por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos sentía el peso de la soledad que solía acompañar a los Pilares. La calidez en sus corazones era un escudo más fuerte que cualquier técnica de sangre, y el reflejo del agua, por fin, parecía haber encontrado su lugar junto a las alas de la mariposa.
