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La Protección de El Más Fuerte
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 26/6/2026
Etiquetas
RomanceDolor/ConsueloAcciónFantasíaAmbientación CanonViolencia GráficaDramaSupervivencia
El Azul tras la Tormenta
El olor a ozono y sangre impregnaba el aire estancado del complejo industrial abandonado. Shoko Ieiri siempre había detestado el campo de batalla; no por cobardía, sino por la cruda ineficiencia de la violencia. Ella era una mujer de ciencia, de técnica inversa, de manos que reconstruían lo que otros destruían. Sin embargo, las órdenes de los altos mandos habían sido claras: un grupo de hechiceros de grado dos y tres había sido diezmado por una maldición de naturaleza parasitaria que atraía a otras entidades como polillas a una llama. Se necesitaba su intervención inmediata para estabilizar a los supervivientes antes de que fuera demasiado tarde.
Pero el plan se había desmoronado en cuestión de minutos.
Su escolta, tres hechiceros de segundo grado que habían jurado protegerla, yacían ahora esparcidos por el suelo de concreto, sus energías malditas extinguiéndose como velas bajo la lluvia. Shoko, con la bata blanca de laboratorio ahora manchada de hollín y polvo, se encontraba agazapada detrás de una columna de acero oxidado. Su respiración era pesada, y las ojeras bajo sus ojos castaños parecían pesarle más que nunca.
—Maldita sea... —susurró para sí misma, ajustándose el jersey azul de cuello alto que se sentía asfixiante.
No era una luchadora. Su don, tan codiciado y raro, era puramente de apoyo. Sin energía maldita ofensiva, Shoko era, a efectos prácticos, una civil en medio de un nido de avispas hambrientas. A través de la penumbra, vio cómo la horda de maldiciones, seres deformes con múltiples ojos y extremidades asimétricas, se arrastraba sobre los cadáveres de sus compañeros.
Una de las criaturas, un ser con una mandíbula desencajada que goteaba un líquido viscoso, se detuvo frente a su escondite. Shoko sintió el frío de la muerte rozándole la nuca. Alzó la vista y se encontró con el abismo. No había salida. El miedo, esa emoción que ella solía mantener a raya con su actitud indiferente y cínica, finalmente la alcanzó.
Cerró los ojos con fuerza. No quería ver el golpe final. Pensó en los cigarrillos que no volvería a fumar, en el café amargo de la academia y en las discusiones absurdas en la morgue.
—Lo siento... —murmuró, esperando el impacto.
Pero el impacto nunca llegó.
En su lugar, un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos del edificio. Un destello de luz azul, tan intenso que pudo verlo incluso a través de sus párpados cerrados, barrió el lugar. El sonido de la carne de maldición siendo atomizada fue seguido por un silencio absoluto, roto solo por el crepitar de la energía residual.
Shoko abrió los ojos lentamente. El aire frente a ella estaba despejado. La criatura que hace un segundo amenazaba con devorarla se había convertido en nada más que cenizas flotantes.
Alzó la mirada y su corazón dio un vuelco.
Allí, flotando a unos pocos metros del suelo, se encontraba Satoru Gojo. Su cabello blanco, usualmente peinado hacia arriba de forma juguetona, parecía brillar con luz propia. No llevaba su venda habitual, dejando al descubierto esos ojos de azul infinito que contenían la inmensidad del cielo y la frialdad del cosmos. Su abrigo negro de cuello alto ondeaba ligeramente, y la expresión en su rostro no era la del hombre bromista que ella conocía.
Era la cara de un dios enfurecido.
—No se atrevan a lastimarla, basuras —dijo Satoru.
Su voz no era el tono cantarín de siempre. Era una sentencia. Una orden cargada de una autoridad y un odio tan profundos que hicieron que el vello de los brazos de Shoko se erizara. Gojo extendió una mano y, con un simple movimiento de dedos, una onda expansiva de energía azul barrió el resto de la horda en el fondo del almacén. No quedó nada. Ni un rastro, ni un grito. Solo la aniquilación total en nombre de su protección.
Shoko se quedó paralizada, observándolo. Siempre había sabido que Satoru era el más fuerte, pero verlo así, descendiendo lentamente del aire como un ángel exterminador que había venido exclusivamente por ella, despertó algo que Shoko había mantenido enterrado bajo capas de apatía profesional. Un ligero sonrojo se apoderó de sus mejillas y su corazón, normalmente rítmico y calmado, comenzó a latir con una fuerza salvaje.
Era la sensación de ser protegida. No por el deber de un hechicero, sino por la voluntad de un hombre que no permitiría que el mundo la tocara.
Gojo aterrizó suavemente sobre el suelo de concreto y, en un parpadeo, estuvo frente a ella. Su aura de poder se desvaneció, reemplazada por una preocupación humana y desesperada. Se inclinó hacia ella, con las manos temblando ligeramente mientras buscaba alguna herida en el cuerpo de la doctora.
—¡Shoko! —exclamó él, su voz recuperando un poco de su calidez habitual, aunque teñida de ansiedad—. Shoko, mírame. ¿Estás herida? ¿Te tocaron? Dime que estás bien, por favor. Si te han hecho algo, juro que reduciré este lugar a átomos y luego iré por los responsables de enviarte sola...
Shoko no lo dejó terminar.
Sin pensar, impulsada por una mezcla de adrenalina, alivio y un sentimiento que se negaba a seguir analizando, Shoko estiró las manos y lo tomó con fuerza de las solapas de su chaqueta negra. Lo atrajo hacia ella con una urgencia que lo dejó mudo.
Y lo besó.
Fue un beso apasionado, nacido de la gratitud y del terror que acababa de disiparse. Fue un beso que sabía a supervivencia y a años de una amistad que, en ese instante, cruzó una línea sin retorno. Shoko cerró los ojos, aferrándose a él como si fuera el único ancla en un mundo que acababa de intentar devorarla. Mientras lo besaba, una lágrima solitaria escapó de sus ojos castaños y rodó por su mejilla, perdiéndose entre ambos.
Gojo se quedó rígido por una fracción de segundo, sus ojos azules se abrieron de par en par, procesando el contacto de los labios de Shoko contra los suyos. Pero, casi de inmediato, sus hombros se relajaron y dejó escapar un suspiro que pareció llevarse toda la tensión acumulada.
Sus brazos, largos y poderosos, rodearon la cintura de Shoko y la atrajeron con firmeza contra su pecho, envolviéndola en un abrazo protector. El Infinito, esa barrera que siempre lo separaba del resto del mundo, no existía para ella en ese momento. Shoko pudo sentir el calor de su cuerpo y el latido acelerado de su corazón contra el suyo.
Se separaron apenas unos milímetros, lo suficiente para que Shoko pudiera apoyar la frente contra el hombro de Satoru. Ella seguía aferrada a su chaqueta, respirando su aroma a limpio y a esa energía eléctrica que siempre lo rodeaba.
—Gracias... —susurró ella, su voz apenas un hilo—. Gracias por venir, Satoru.
Gojo hundió el rostro en el cabello castaño de ella, aspirando el aroma a antiséptico y tabaco que siempre la caracterizaba. Sus manos acariciaron su espalda con una ternura que pocos tenían el privilegio de conocer.
—No tienes que agradecerme nada —respondió él en voz baja, su tono firme pero suave—. No permitiría que nada te pasara. Nunca.
Se quedaron así por lo que parecieron horas, aunque solo fueron minutos, en medio de la destrucción de la planta industrial. El mundo exterior, con sus jerarquías de hechiceros, sus maldiciones y sus muertes inevitables, se sentía a años luz de distancia.
Finalmente, Gojo se separó lo suficiente para mirarla a los ojos. Con el pulgar, secó el rastro de la lágrima en su mejilla. Su mirada azul era ahora dulce, casi vulnerable.
—Debemos volver a la academia, Shoko —dijo él, recuperando un poco de su compostura habitual, aunque sin soltarla del todo—. Tienes que descansar, y yo tengo que asegurarme de que los ancianos entiendan que esto no volverá a repetirse.
Shoko asintió lentamente, sintiéndose extrañamente ligera a pesar del horror que acababa de vivir. Se ajustó la bata y dejó que Satoru pasara un brazo sobre sus hombros, guiándola hacia la salida.
—Satoru —dijo ella mientras caminaban entre los escombros.
—¿Dime?
—No te acostumbres a esto —comentó ella, recuperando parte de su tono indiferente, aunque la pequeña sonrisa en sus labios la delataba—. Solo ha sido el susto.
Gojo soltó una carcajada limpia y alegre, la primera que Shoko escuchaba en mucho tiempo que no sonaba forzada o arrogante.
—Claro, Shoko. Lo que tú digas —respondió él, apretándola un poco más contra su costado—. Pero por si acaso, la próxima vez que quieras besarme, no necesitas que una horda de maldiciones te ataque primero. Solo tienes que pedírmelo.
Shoko rodó los ojos, pero no se apartó. Mientras salían a la luz del atardecer, supo que, aunque el mundo de la hechicería siguiera siendo un lugar oscuro y cruel, mientras Gojo estuviera a su lado, el azul del cielo siempre estaría a su alcance.
Pero el plan se había desmoronado en cuestión de minutos.
Su escolta, tres hechiceros de segundo grado que habían jurado protegerla, yacían ahora esparcidos por el suelo de concreto, sus energías malditas extinguiéndose como velas bajo la lluvia. Shoko, con la bata blanca de laboratorio ahora manchada de hollín y polvo, se encontraba agazapada detrás de una columna de acero oxidado. Su respiración era pesada, y las ojeras bajo sus ojos castaños parecían pesarle más que nunca.
—Maldita sea... —susurró para sí misma, ajustándose el jersey azul de cuello alto que se sentía asfixiante.
No era una luchadora. Su don, tan codiciado y raro, era puramente de apoyo. Sin energía maldita ofensiva, Shoko era, a efectos prácticos, una civil en medio de un nido de avispas hambrientas. A través de la penumbra, vio cómo la horda de maldiciones, seres deformes con múltiples ojos y extremidades asimétricas, se arrastraba sobre los cadáveres de sus compañeros.
Una de las criaturas, un ser con una mandíbula desencajada que goteaba un líquido viscoso, se detuvo frente a su escondite. Shoko sintió el frío de la muerte rozándole la nuca. Alzó la vista y se encontró con el abismo. No había salida. El miedo, esa emoción que ella solía mantener a raya con su actitud indiferente y cínica, finalmente la alcanzó.
Cerró los ojos con fuerza. No quería ver el golpe final. Pensó en los cigarrillos que no volvería a fumar, en el café amargo de la academia y en las discusiones absurdas en la morgue.
—Lo siento... —murmuró, esperando el impacto.
Pero el impacto nunca llegó.
En su lugar, un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos del edificio. Un destello de luz azul, tan intenso que pudo verlo incluso a través de sus párpados cerrados, barrió el lugar. El sonido de la carne de maldición siendo atomizada fue seguido por un silencio absoluto, roto solo por el crepitar de la energía residual.
Shoko abrió los ojos lentamente. El aire frente a ella estaba despejado. La criatura que hace un segundo amenazaba con devorarla se había convertido en nada más que cenizas flotantes.
Alzó la mirada y su corazón dio un vuelco.
Allí, flotando a unos pocos metros del suelo, se encontraba Satoru Gojo. Su cabello blanco, usualmente peinado hacia arriba de forma juguetona, parecía brillar con luz propia. No llevaba su venda habitual, dejando al descubierto esos ojos de azul infinito que contenían la inmensidad del cielo y la frialdad del cosmos. Su abrigo negro de cuello alto ondeaba ligeramente, y la expresión en su rostro no era la del hombre bromista que ella conocía.
Era la cara de un dios enfurecido.
—No se atrevan a lastimarla, basuras —dijo Satoru.
Su voz no era el tono cantarín de siempre. Era una sentencia. Una orden cargada de una autoridad y un odio tan profundos que hicieron que el vello de los brazos de Shoko se erizara. Gojo extendió una mano y, con un simple movimiento de dedos, una onda expansiva de energía azul barrió el resto de la horda en el fondo del almacén. No quedó nada. Ni un rastro, ni un grito. Solo la aniquilación total en nombre de su protección.
Shoko se quedó paralizada, observándolo. Siempre había sabido que Satoru era el más fuerte, pero verlo así, descendiendo lentamente del aire como un ángel exterminador que había venido exclusivamente por ella, despertó algo que Shoko había mantenido enterrado bajo capas de apatía profesional. Un ligero sonrojo se apoderó de sus mejillas y su corazón, normalmente rítmico y calmado, comenzó a latir con una fuerza salvaje.
Era la sensación de ser protegida. No por el deber de un hechicero, sino por la voluntad de un hombre que no permitiría que el mundo la tocara.
Gojo aterrizó suavemente sobre el suelo de concreto y, en un parpadeo, estuvo frente a ella. Su aura de poder se desvaneció, reemplazada por una preocupación humana y desesperada. Se inclinó hacia ella, con las manos temblando ligeramente mientras buscaba alguna herida en el cuerpo de la doctora.
—¡Shoko! —exclamó él, su voz recuperando un poco de su calidez habitual, aunque teñida de ansiedad—. Shoko, mírame. ¿Estás herida? ¿Te tocaron? Dime que estás bien, por favor. Si te han hecho algo, juro que reduciré este lugar a átomos y luego iré por los responsables de enviarte sola...
Shoko no lo dejó terminar.
Sin pensar, impulsada por una mezcla de adrenalina, alivio y un sentimiento que se negaba a seguir analizando, Shoko estiró las manos y lo tomó con fuerza de las solapas de su chaqueta negra. Lo atrajo hacia ella con una urgencia que lo dejó mudo.
Y lo besó.
Fue un beso apasionado, nacido de la gratitud y del terror que acababa de disiparse. Fue un beso que sabía a supervivencia y a años de una amistad que, en ese instante, cruzó una línea sin retorno. Shoko cerró los ojos, aferrándose a él como si fuera el único ancla en un mundo que acababa de intentar devorarla. Mientras lo besaba, una lágrima solitaria escapó de sus ojos castaños y rodó por su mejilla, perdiéndose entre ambos.
Gojo se quedó rígido por una fracción de segundo, sus ojos azules se abrieron de par en par, procesando el contacto de los labios de Shoko contra los suyos. Pero, casi de inmediato, sus hombros se relajaron y dejó escapar un suspiro que pareció llevarse toda la tensión acumulada.
Sus brazos, largos y poderosos, rodearon la cintura de Shoko y la atrajeron con firmeza contra su pecho, envolviéndola en un abrazo protector. El Infinito, esa barrera que siempre lo separaba del resto del mundo, no existía para ella en ese momento. Shoko pudo sentir el calor de su cuerpo y el latido acelerado de su corazón contra el suyo.
Se separaron apenas unos milímetros, lo suficiente para que Shoko pudiera apoyar la frente contra el hombro de Satoru. Ella seguía aferrada a su chaqueta, respirando su aroma a limpio y a esa energía eléctrica que siempre lo rodeaba.
—Gracias... —susurró ella, su voz apenas un hilo—. Gracias por venir, Satoru.
Gojo hundió el rostro en el cabello castaño de ella, aspirando el aroma a antiséptico y tabaco que siempre la caracterizaba. Sus manos acariciaron su espalda con una ternura que pocos tenían el privilegio de conocer.
—No tienes que agradecerme nada —respondió él en voz baja, su tono firme pero suave—. No permitiría que nada te pasara. Nunca.
Se quedaron así por lo que parecieron horas, aunque solo fueron minutos, en medio de la destrucción de la planta industrial. El mundo exterior, con sus jerarquías de hechiceros, sus maldiciones y sus muertes inevitables, se sentía a años luz de distancia.
Finalmente, Gojo se separó lo suficiente para mirarla a los ojos. Con el pulgar, secó el rastro de la lágrima en su mejilla. Su mirada azul era ahora dulce, casi vulnerable.
—Debemos volver a la academia, Shoko —dijo él, recuperando un poco de su compostura habitual, aunque sin soltarla del todo—. Tienes que descansar, y yo tengo que asegurarme de que los ancianos entiendan que esto no volverá a repetirse.
Shoko asintió lentamente, sintiéndose extrañamente ligera a pesar del horror que acababa de vivir. Se ajustó la bata y dejó que Satoru pasara un brazo sobre sus hombros, guiándola hacia la salida.
—Satoru —dijo ella mientras caminaban entre los escombros.
—¿Dime?
—No te acostumbres a esto —comentó ella, recuperando parte de su tono indiferente, aunque la pequeña sonrisa en sus labios la delataba—. Solo ha sido el susto.
Gojo soltó una carcajada limpia y alegre, la primera que Shoko escuchaba en mucho tiempo que no sonaba forzada o arrogante.
—Claro, Shoko. Lo que tú digas —respondió él, apretándola un poco más contra su costado—. Pero por si acaso, la próxima vez que quieras besarme, no necesitas que una horda de maldiciones te ataque primero. Solo tienes que pedírmelo.
Shoko rodó los ojos, pero no se apartó. Mientras salían a la luz del atardecer, supo que, aunque el mundo de la hechicería siguiera siendo un lugar oscuro y cruel, mientras Gojo estuviera a su lado, el azul del cielo siempre estaría a su alcance.
