Fanfy
.studio
Imagen de fondo

El mal masaje de Shoko

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 26/6/2026

Etiquetas

Recortes de VidaHumorCrack / Humor ParódicoAmbientación CanonPelícula de AmigosParodia
Índice

Terapia de choque y carcajadas

El cielo sobre Tokio estaba teñido de un gris plomizo, el tipo de clima que normalmente Shoko Ieiri habría aprovechado para encerrarse en la morgue con un café caliente y el silencio reconfortante de los que ya no pueden quejarse. Sin embargo, Utahime Iori había sido inusitadamente insistente. Según ella, Shoko parecía un cadáver andante —más de lo habitual— y necesitaba desesperadamente un día de mimos y desconexión.

—Te he enviado la dirección por mensaje, Shoko. No te atrevas a faltar. He reservado una sesión de terapia antiestrés completa. Es un lugar exclusivo, muy discreto. Te va a cambiar la vida —le había jurado Utahime por teléfono, con esa voz llena de entusiasmo que Shoko siempre encontraba agotadora.

Shoko suspiró, ajustando su bata blanca sobre el jersey azul de cuello alto. Sus ojeras se sentían más pesadas que de costumbre mientras caminaba por el distrito comercial, buscando el número exacto. Finalmente, se detuvo frente a un local con una fachada de madera clara y un letrero que rezaba: "Laugh Therapy".

—Terapia de la risa... —murmuró Shoko para sí misma, arqueando una ceja poblada—. Supongo que Utahime se ha vuelto espiritual o algo así.

Al entrar, el ambiente era extrañamente minimalista. No había incienso, ni música de cascadas, solo una recepción pulcra donde una mujer mayor, de aspecto severo pero con una sonrisa profesional, la esperaba.

—Bienvenida. Usted debe ser la señorita Ieiri —dijo la mujer, revisando una tablet—. Pase por aquí, por favor. Estamos listas para su sesión de "liberación emocional".

Shoko la siguió por un pasillo estrecho hasta una habitación pequeña y blanca. En el centro, había una camilla acolchada que parecía bastante cómoda.

—Quítese la bata de laboratorio y déjela en el perchero —indicó la mujer con un tono que no admitía réplicas—. Recuéstese boca arriba en la camilla, por favor.

Shoko, aunque curiosa por la falta de aceites o piedras calientes, decidió no discutir. Estaba demasiado cansada para cuestionar los métodos modernos de relajación. Se quitó la bata, revelando su jersey azul y sus pantalones azul marino, y se acomodó en la camilla con un suspiro de alivio, cerrando los ojos por un momento.

—Esto es inusual —comentó Shoko con su voz perezosa—, pero si me ayuda a dormir mejor esta noche, aceptaré lo que sea.

—Oh, le aseguro que esto liberará mucha tensión acumulada —respondió la mujer.

De repente, Shoko sintió algo frío y firme rodeando sus muñecas y tobillos. El sonido metálico de las hebillas cerrándose la hizo abrir los ojos de golpe. Intentó levantar las manos, pero estaban firmemente sujetas a los costados de la camilla por correas de cuero ajustadas.

—¿Qué significa esto? —preguntó Shoko, manteniendo la calma a pesar de la sorpresa—. No recuerdo que Utahime mencionara nada sobre inmovilización.

La mujer ignoró su pregunta. Con una destreza sorprendente, se acercó y sujetó el borde inferior del jersey azul de Shoko, levantándolo con decisión hasta dejar al descubierto su vientre. La piel de Shoko, pálida y suave, quedó expuesta al aire fresco de la sala.

—El cuerpo humano guarda el estrés en el núcleo —explicó la mujer mientras se colocaba unos guantes de látex finos—. Vamos a proceder con el tratamiento de choque.

—Espere, yo no... —Shoko no pudo terminar la frase.

Sin previo aviso, la mujer hundió sus dedos largos y ágiles en la piel sensible de la cintura de Shoko. El movimiento era rápido, rítmico y extremadamente preciso. Shoko, cuya expresión habitual era de absoluta indiferencia, sintió un cortocircuito en su cerebro.

—¡Ja!... ¡Ja, ja, ja! —Una carcajada involuntaria y ruidosa escapó de sus labios.

—Relájese, señorita Ieiri. Deje que la risa fluya —dijo la mujer, intensificando el movimiento de sus dedos en los costados de su cintura.

—¡No! —exclamó Shoko entre risas que empezaban a descontrolarse—. ¡Pare! ¡Eso no es... ja, ja, ja... eso no es masaje! ¡Deténgase!

La mujer no solo no se detuvo, sino que comenzó a explorar los puntos más sensibles de su torso. Sus dedos se desplazaron hacia las costillas, trazando círculos rápidos sobre el hueso y la piel fina. Shoko se retorció contra las correas, arqueando la espalda en un intento desesperado por escapar del contacto. Sus tacones crema golpeaban rítmicamente la camilla mientras su risa se volvía más aguda y frenética.

—¡Basta, por favor! —suplicó Shoko, con las lágrimas asomando en las esquinas de sus ojos—. ¡Utahime me las... ja, ja, ja... me las va a pagar! ¡Ahí no!

La terapeuta pasó a los costados del torso, hundiendo sus dedos justo debajo de las axilas y bajando rápidamente por los flancos. Shoko sentía que cada terminación nerviosa de su cuerpo estaba estallando. La sensación era abrumadora; no era dolor, pero era una tortura de otra naturaleza. Su vientre pálido se contraía violentamente con cada embestida de los dedos de la mujer.

—Usted tiene mucha tensión aquí —comentó la mujer con calma profesional, mientras sus manos revoloteaban como arañas inquietas sobre el estómago de la doctora—. Es necesario limpiar estos canales de energía.

—¡No hay energía ahí! —gritó Shoko, soltando una carcajada que casi la deja sin aire—. ¡Solo hay... ja, ja, ja... café y arrepentimiento! ¡Pare ya!

Pero lo peor estaba por llegar. La mujer detuvo sus manos por un segundo, solo para posicionar su dedo índice justo encima del ombligo de Shoko. La doctora sintió un escalofrío de puro terror. Ese era su punto más vulnerable, el lugar que siempre protegía incluso inconscientemente.

—Veamos este punto central —dijo la mujer.

En cuanto el dedo comenzó a girar y presionar ligeramente dentro y alrededor de su ombligo, Shoko perdió toda compostura. Sus gritos de risa llenaron la habitación, una mezcla de desesperación y euforia forzada que la dejó completamente exhausta. Sus piernas se agitaban y su cabeza se movía de lado a lado sobre la almohada, con el cabello castaño desparramado y desordenado.

—¡JA, JA, JA! ¡NO, NO, NO! ¡AYUDA! —gritaba Shoko, con el rostro enrojecido y el pecho subiendo y bajando agitadamente.

La sesión continuó durante lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron veinte minutos de una exploración minuciosa de cada centímetro de su abdomen. Cuando la mujer finalmente retiró las manos y desabrochó las correas, Shoko se quedó inmóvil, mirando al techo con los ojos desenfocados y la respiración entrecortada.

—Hemos terminado por hoy. Se siente más ligera, ¿verdad? —preguntó la mujer, entregándole un vaso de agua.

Shoko no respondió. Se sentó lentamente, con los músculos del estómago doliéndole de tanto reír, y se bajó el jersey con manos temblorosas. Se puso la bata de laboratorio, recogió sus cosas y salió del local sin mirar atrás, caminando como un soldado que regresa de una guerra perdida.

Cuando llegó a la Academia de Hechicería de Tokio, el sol ya se estaba poniendo. En la entrada la esperaba Utahime, quien lucía radiante y descansada tras su propio día libre.

—¡Shoko! ¡Por fin llegas! —exclamó Utahime, acercándose con una sonrisa—. ¿Cómo te fue? ¿A que "Smooth Therapy" es lo mejor del mundo? Esas piedras calientes en la espalda y el jacuzzi son mágicos, ¿verdad?

Shoko se detuvo en seco. Sus ojos castaños, generalmente apagados, brillaron con una intensidad peligrosa.

—¿"Smooth Therapy"? —repitió Shoko con voz ronca.

—Sí, ese es el nombre del lugar que te recomendé —dijo Utahime, frunciendo el ceño al notar el estado desastroso del cabello de su amiga—. Espera... ¿a dónde fuiste tú?

Shoko sacó su teléfono y le mostró el mensaje que Utahime le había enviado esa mañana. Utahime lo leyó en silencio y su rostro se puso pálido.

—Oh, no... Shoko, yo... el autocorrector... o quizás fue el mapa... —Utahime empezó a retroceder lentamente—. Te envié a "Laugh Therapy", ¿verdad? El local de masajes... sensoriales.

—No eran masajes, Utahime —dijo Shoko, dando un paso hacia ella mientras se golpeaba la frente con la palma de la mano y soltaba un suspiro pesado—. Fue una terapia intensiva de cosquillas. Me ataron a una camilla. Me torturaron el vientre durante media hora. Siento que mis abdominales van a explotar.

—¡Lo siento muchísimo! —gritó Utahime, juntando las manos en señal de súplica—. ¡Me equivoqué de calle al buscar la dirección en el buscador! ¡Pensé que era el mismo dueño!

Shoko la miró fijamente durante un largo minuto. El silencio era tenso, roto solo por el sonido del viento entre los árboles del campus. Finalmente, la doctora se encogió de hombros, aunque su expresión seguía siendo severa.

—Aceptaré tus disculpas bajo dos condiciones —sentenció Shoko.

—¡Lo que sea! —respondió Utahime aliviada.

—Primero, vas a ir ahora mismo a comprarme dos cajetillas de mis cigarrillos favoritos. Los caros —dijo Shoko, contando con los dedos—. Y segundo...

—¿Y segundo?

—He reservado una sesión para mañana a nombre de "Utahime Iori" en ese mismo local —una sonrisa pequeña y maliciosa apareció en el rostro de Shoko—. Es una sesión especial de dos horas. Y ya está pagada, así que no puedes faltar.

Utahime palideció aún más, sabiendo lo sensible que era ella misma a las cosquillas.

—Shoko, no puedes hablar en serio... —susurró Utahime.

—Oh, hablo muy en serio —dijo Shoko, dándose la vuelta para dirigirse a sus habitaciones—. Disfruta de tu "liberación emocional", Utahime. Mañana nos reiremos juntas... o bueno, te reirás tú sola.

Shoko se alejó, sintiendo que, después de todo, el estrés sí que había desaparecido un poco, aunque fuera a costa de la futura dignidad de su mejor amiga.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic