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Encanto Obsesivo
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 26/6/2026
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RomanceRecortes de VidaPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Ambientación CanonEstudio de PersonajeLenguaje Explícito
El Hechizo de la Gravedad
La morgue del Colegio Técnico de Magia de Tokio siempre estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el zumbido constante de los refrigeradores y el ocasional chasquido de un mechero. Shoko Ieiri exhaló una densa nube de humo, observando cómo el rastro grisáceo se disipaba bajo la luz fluorescente del techo. Tenía las ojeras más marcadas que de costumbre, un recordatorio físico de que las maldiciones no se tomaban descansos y, por ende, ella tampoco.
A sus pies, un informe médico esperaba ser terminado, pero su mente estaba en otra parte. O más bien, en otra persona.
La puerta se abrió de golpe, sin que nadie llamara. No hacía falta. Solo una persona en todo el mundo se atrevía a irrumpir en su santuario con semejante falta de decoro.
— ¡Shoko-chan! ¡He vuelto de la misión y te traje dulces de Sendai! —anunció Satoru Gojo con una sonrisa radiante que parecía fuera de lugar en una habitación llena de cadáveres.
Satoru se veía impecable, como siempre. Su abrigo negro de cuello alto no tenía ni una mota de polvo, y su cabello blanco desafiaba las leyes de la física, apuntando hacia arriba con esa energía juvenil que Shoko a veces encontraba agotadora. Se bajó ligeramente la venda de los ojos, dejando que un solo ojo azul, vasto como el firmamento, la observara con una mezcla de adoración y travesura.
— Estás haciendo demasiado ruido, Satoru —murmuró Shoko, apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal—. Y técnicamente, todavía estoy en horario laboral.
— Oh, vamos, no seas tan fría. —Gojo se acercó, invadiendo su espacio personal con la naturalidad de quien se sabe dueño del lugar—. He estado fuera tres días. ¿Ni siquiera un "bienvenido a casa, Satoru, te extrañé tanto que no podía dormir"?
Shoko arqueó una ceja, mirándolo por encima de sus ojeras.
— Lo que no me dejaba dormir eran los informes de bajas, no tu ausencia.
Satoru hizo un puchero dramático, apoyándose en la mesa de metal donde Shoko solía realizar las autopsias. Ella suspiró. Conocía ese brillo en sus ojos. Satoru estaba hiperactivo, probablemente por el exceso de cafeína o por el simple placer de haber exorcizado algo de grado especial sin despeinarse. Cuando Gojo se ponía así, era capaz de molestar a los alumnos, interrumpir al director Yaga o, lo que era peor, intentar "ayudarla" en el laboratorio, lo cual solía terminar en desastre.
Necesitaba calmarlo. Rápido.
Shoko siempre había pensado que los hombres eran criaturas predecibles, pero con Satoru, el "Hechicero más Fuerte", esperaba algo más complejo. Durante años asumió que, si alguna vez terminaban juntos, él se vería cautivado por su intelecto, por su cinismo compartido o quizás por sus piernas. Pero la realidad resultó ser mucho más... carnal.
Satoru Gojo tenía una fijación absoluta, casi religiosa, por su pecho.
No es que Shoko fuera una mujer de curvas exageradas, pero su copa D llenaba el jersey azul de cuello alto de una manera que parecía hipnotizar al hombre que podía ver los átomos con sus Seis Ojos. Para Satoru, esa parte del cuerpo de Shoko era el epicentro de su gravedad personal.
— Satoru —dijo ella, bajando la voz—. Si te portas bien y dejas de parlotear, quizás te deje ver algo.
El cambio en la atmósfera fue instantáneo. La verborrea de Gojo se detuvo en seco. Sus ojos azules se fijaron en ella con una intensidad que habría hecho temblar a cualquier maldición.
— ¿Algo? —repitió él, su voz descendiendo una octava, volviéndose más ronca—. ¿Qué tipo de "algo", Shoko?
Ella no respondió con palabras. Se levantó de su silla giratoria y se desabrochó los dos botones superiores de su bata blanca de laboratorio. Luego, con una lentitud deliberada, llevó sus manos al borde de su jersey azul.
— Cierra la puerta, Satoru.
No terminó de decir la frase cuando el cerrojo ya había echado el cierre. Gojo estaba frente a ella en un parpadeo, eliminando el Infinito que normalmente los separaba.
Shoko se subió el jersey, solo lo suficiente. No necesitaba desnudarse por completo; sabía exactamente qué es lo que volvía loco a su novio. El contraste de la tela oscura contra su piel clara y la forma tersa y generosa de sus pechos quedaron expuestos a la mirada del hechicero.
Gojo soltó un suspiro entrecortado. Era fascinante ver cómo el hombre que sostenía el equilibrio del mundo podía quedar reducido a un estado de muda adoración por algo tan simple. Sus manos, largas y elegantes, temblaron ligeramente antes de acercarse.
— Son perfectos —susurró Satoru, casi como un rezo—. No importa cuántas veces los vea, Shoko. Son... lo mejor de mi día.
— Menos charla y más acción, Satoru —dijo ella, recostándose contra la mesa, disfrutando de la súbita docilidad del hombre.
Gojo no se hizo de rogar. Se inclinó, enterrando su rostro en la suavidad de su escote. Shoko sintió el contacto de su cabello blanco, suave como la seda, contra su barbilla, y el calor de su aliento sobre su piel. Satoru rodeó su cintura con sus brazos, atrayéndola hacia él como si temiera que fuera a desaparecer.
Para Gojo, el tacto era fundamental. Pasaba la mayor parte de su vida sin tocar realmente nada debido a su técnica maldita, pero con Shoko, y especialmente en esos momentos, el Infinito se desactivaba por completo. Sus dedos recorrieron la curva de sus senos con una delicadeza casi reverente, apretando con la presión justa para escucharla gemir suavemente.
— ¿Sabes? —dijo Satoru, con la voz amortiguada contra su piel—, podría quedarme aquí para siempre. Olvidar las misiones, olvidar a los ancianos del consejo... solo esto.
— Si te quedas aquí para siempre, te morirás de hambre —respondió Shoko, aunque sus dedos se enredaron en el cabello blanco de él, acariciando su nuca—. Y yo no tendría quién me trajera dulces de Sendai.
— Eres tan romántica, Shoko-chan —rio él, levantando la vista.
Sus ojos azules estaban dilatados, brillando con una mezcla de deseo y una paz que rara vez encontraba. Shoko sabía que esta era su debilidad, su ancla. Mientras tuviera acceso a ella de esta manera, Satoru sería manejable. Era su forma de mantener al hombre más poderoso del mundo bajo un control relativo, aunque ella misma disfrutaba del proceso más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Satoru comenzó a dejar besos húmedos y lentos por la parte superior de su pecho, subiendo por su cuello hasta encontrar sus labios. El beso fue profundo, con sabor a nicotina y azúcar, una mezcla que para ellos era el estándar de la normalidad.
— Me vuelves loco —dijo él contra sus labios, su mano derecha pesando sobre su pecho izquierdo, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. Obsesionado es poco.
— Lo sé —dijo ella con una pequeña sonrisa—. Eres bastante fácil de leer, Satoru.
— Solo contigo —admitió él, volviendo a bajar la mirada hacia su busto, como si necesitara asegurarse de que seguían allí—. A veces, cuando estoy en medio de una pelea aburrida, solo pienso en volver aquí y hacer exactamente esto.
Shoko soltó una carcajada seca.
— Qué desperdicio de los Seis Ojos. Usar una técnica legendaria para fantasear con tu novia en lugar de concentrarte en el enemigo.
— Oh, créeme, es la mejor motivación del mundo —replicó Gojo, volviendo a apretarla con posesividad—. Ninguna técnica ritual se compara con la suavidad de tu piel. Es... terapéutico. Deberías recetármelo más a menudo, doctora.
Shoko suspiró, dejando que él continuara con su exploración táctica y visual. Al final del día, si esto mantenía a Satoru Gojo cuerdo y tranquilo, ella no tenía objeciones. Además, había algo extrañamente satisfactorio en saber que el hombre que podía destruirlo todo con un dedo, encontraba su mayor deleite y su única paz simplemente descansando entre sus brazos, perdido en la obsesión que sentía por su cuerpo.
— Está bien, Satoru —murmuró ella, cerrando los ojos mientras sentía la lengua de él delinear su contorno—. Tienes diez minutos más antes de que tenga que volver al trabajo. Aprovéchalos.
— No necesito que me lo digas dos veces —respondió él, y por una vez, el hechicero más fuerte del mundo no dijo ni una palabra más, demasiado ocupado adorando su altar personal.
La morgue seguía en silencio, pero para ellos, en ese rincón oculto del mundo, el tiempo se había detenido. Shoko sabía que los hombres eran fáciles, pero Satoru Gojo, con toda su inmensidad, era el más fácil de todos cuando se trataba de ella. Y mientras él estuviera calmado, ella no tenía problemas en ser su debilidad favorita.
A sus pies, un informe médico esperaba ser terminado, pero su mente estaba en otra parte. O más bien, en otra persona.
La puerta se abrió de golpe, sin que nadie llamara. No hacía falta. Solo una persona en todo el mundo se atrevía a irrumpir en su santuario con semejante falta de decoro.
— ¡Shoko-chan! ¡He vuelto de la misión y te traje dulces de Sendai! —anunció Satoru Gojo con una sonrisa radiante que parecía fuera de lugar en una habitación llena de cadáveres.
Satoru se veía impecable, como siempre. Su abrigo negro de cuello alto no tenía ni una mota de polvo, y su cabello blanco desafiaba las leyes de la física, apuntando hacia arriba con esa energía juvenil que Shoko a veces encontraba agotadora. Se bajó ligeramente la venda de los ojos, dejando que un solo ojo azul, vasto como el firmamento, la observara con una mezcla de adoración y travesura.
— Estás haciendo demasiado ruido, Satoru —murmuró Shoko, apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal—. Y técnicamente, todavía estoy en horario laboral.
— Oh, vamos, no seas tan fría. —Gojo se acercó, invadiendo su espacio personal con la naturalidad de quien se sabe dueño del lugar—. He estado fuera tres días. ¿Ni siquiera un "bienvenido a casa, Satoru, te extrañé tanto que no podía dormir"?
Shoko arqueó una ceja, mirándolo por encima de sus ojeras.
— Lo que no me dejaba dormir eran los informes de bajas, no tu ausencia.
Satoru hizo un puchero dramático, apoyándose en la mesa de metal donde Shoko solía realizar las autopsias. Ella suspiró. Conocía ese brillo en sus ojos. Satoru estaba hiperactivo, probablemente por el exceso de cafeína o por el simple placer de haber exorcizado algo de grado especial sin despeinarse. Cuando Gojo se ponía así, era capaz de molestar a los alumnos, interrumpir al director Yaga o, lo que era peor, intentar "ayudarla" en el laboratorio, lo cual solía terminar en desastre.
Necesitaba calmarlo. Rápido.
Shoko siempre había pensado que los hombres eran criaturas predecibles, pero con Satoru, el "Hechicero más Fuerte", esperaba algo más complejo. Durante años asumió que, si alguna vez terminaban juntos, él se vería cautivado por su intelecto, por su cinismo compartido o quizás por sus piernas. Pero la realidad resultó ser mucho más... carnal.
Satoru Gojo tenía una fijación absoluta, casi religiosa, por su pecho.
No es que Shoko fuera una mujer de curvas exageradas, pero su copa D llenaba el jersey azul de cuello alto de una manera que parecía hipnotizar al hombre que podía ver los átomos con sus Seis Ojos. Para Satoru, esa parte del cuerpo de Shoko era el epicentro de su gravedad personal.
— Satoru —dijo ella, bajando la voz—. Si te portas bien y dejas de parlotear, quizás te deje ver algo.
El cambio en la atmósfera fue instantáneo. La verborrea de Gojo se detuvo en seco. Sus ojos azules se fijaron en ella con una intensidad que habría hecho temblar a cualquier maldición.
— ¿Algo? —repitió él, su voz descendiendo una octava, volviéndose más ronca—. ¿Qué tipo de "algo", Shoko?
Ella no respondió con palabras. Se levantó de su silla giratoria y se desabrochó los dos botones superiores de su bata blanca de laboratorio. Luego, con una lentitud deliberada, llevó sus manos al borde de su jersey azul.
— Cierra la puerta, Satoru.
No terminó de decir la frase cuando el cerrojo ya había echado el cierre. Gojo estaba frente a ella en un parpadeo, eliminando el Infinito que normalmente los separaba.
Shoko se subió el jersey, solo lo suficiente. No necesitaba desnudarse por completo; sabía exactamente qué es lo que volvía loco a su novio. El contraste de la tela oscura contra su piel clara y la forma tersa y generosa de sus pechos quedaron expuestos a la mirada del hechicero.
Gojo soltó un suspiro entrecortado. Era fascinante ver cómo el hombre que sostenía el equilibrio del mundo podía quedar reducido a un estado de muda adoración por algo tan simple. Sus manos, largas y elegantes, temblaron ligeramente antes de acercarse.
— Son perfectos —susurró Satoru, casi como un rezo—. No importa cuántas veces los vea, Shoko. Son... lo mejor de mi día.
— Menos charla y más acción, Satoru —dijo ella, recostándose contra la mesa, disfrutando de la súbita docilidad del hombre.
Gojo no se hizo de rogar. Se inclinó, enterrando su rostro en la suavidad de su escote. Shoko sintió el contacto de su cabello blanco, suave como la seda, contra su barbilla, y el calor de su aliento sobre su piel. Satoru rodeó su cintura con sus brazos, atrayéndola hacia él como si temiera que fuera a desaparecer.
Para Gojo, el tacto era fundamental. Pasaba la mayor parte de su vida sin tocar realmente nada debido a su técnica maldita, pero con Shoko, y especialmente en esos momentos, el Infinito se desactivaba por completo. Sus dedos recorrieron la curva de sus senos con una delicadeza casi reverente, apretando con la presión justa para escucharla gemir suavemente.
— ¿Sabes? —dijo Satoru, con la voz amortiguada contra su piel—, podría quedarme aquí para siempre. Olvidar las misiones, olvidar a los ancianos del consejo... solo esto.
— Si te quedas aquí para siempre, te morirás de hambre —respondió Shoko, aunque sus dedos se enredaron en el cabello blanco de él, acariciando su nuca—. Y yo no tendría quién me trajera dulces de Sendai.
— Eres tan romántica, Shoko-chan —rio él, levantando la vista.
Sus ojos azules estaban dilatados, brillando con una mezcla de deseo y una paz que rara vez encontraba. Shoko sabía que esta era su debilidad, su ancla. Mientras tuviera acceso a ella de esta manera, Satoru sería manejable. Era su forma de mantener al hombre más poderoso del mundo bajo un control relativo, aunque ella misma disfrutaba del proceso más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Satoru comenzó a dejar besos húmedos y lentos por la parte superior de su pecho, subiendo por su cuello hasta encontrar sus labios. El beso fue profundo, con sabor a nicotina y azúcar, una mezcla que para ellos era el estándar de la normalidad.
— Me vuelves loco —dijo él contra sus labios, su mano derecha pesando sobre su pecho izquierdo, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. Obsesionado es poco.
— Lo sé —dijo ella con una pequeña sonrisa—. Eres bastante fácil de leer, Satoru.
— Solo contigo —admitió él, volviendo a bajar la mirada hacia su busto, como si necesitara asegurarse de que seguían allí—. A veces, cuando estoy en medio de una pelea aburrida, solo pienso en volver aquí y hacer exactamente esto.
Shoko soltó una carcajada seca.
— Qué desperdicio de los Seis Ojos. Usar una técnica legendaria para fantasear con tu novia en lugar de concentrarte en el enemigo.
— Oh, créeme, es la mejor motivación del mundo —replicó Gojo, volviendo a apretarla con posesividad—. Ninguna técnica ritual se compara con la suavidad de tu piel. Es... terapéutico. Deberías recetármelo más a menudo, doctora.
Shoko suspiró, dejando que él continuara con su exploración táctica y visual. Al final del día, si esto mantenía a Satoru Gojo cuerdo y tranquilo, ella no tenía objeciones. Además, había algo extrañamente satisfactorio en saber que el hombre que podía destruirlo todo con un dedo, encontraba su mayor deleite y su única paz simplemente descansando entre sus brazos, perdido en la obsesión que sentía por su cuerpo.
— Está bien, Satoru —murmuró ella, cerrando los ojos mientras sentía la lengua de él delinear su contorno—. Tienes diez minutos más antes de que tenga que volver al trabajo. Aprovéchalos.
— No necesito que me lo digas dos veces —respondió él, y por una vez, el hechicero más fuerte del mundo no dijo ni una palabra más, demasiado ocupado adorando su altar personal.
La morgue seguía en silencio, pero para ellos, en ese rincón oculto del mundo, el tiempo se había detenido. Shoko sabía que los hombres eran fáciles, pero Satoru Gojo, con toda su inmensidad, era el más fácil de todos cuando se trataba de ella. Y mientras él estuviera calmado, ella no tenía problemas en ser su debilidad favorita.
