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ANTES DE LA FAMA

Fandom: BTS

Creado: 26/6/2026

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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloRecortes de VidaEstudio de PersonajeRealismo
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Resonancia en el Vacío

El silencio que siguió a la primera gran pelea fue más ruidoso que cualquier base de hip-hop que Sam Sterling hubiera producido jamás. En el pequeño apartamento de Mapo, el aire parecía haber sido succionado, dejando solo la presión de las palabras dichas y el peso de las que aún colgaban en el aire. Sam observó a Yoongi. El chico que pronto sería conocido por millones como SUGA estaba allí, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y la cabeza entre las rodillas. Parecía una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.

—Levántate del suelo, Yoongi —dijo Sam. Su voz ya no tenía el filo de la rabia, sino una suavidad cansada—. El suelo está frío y ya tienes suficientes moretones por los ensayos.

Yoongi levantó la cabeza. Tenía los ojos inyectados en sangre, no por el alcohol, sino por la falta de sueño y el llanto contenido que se negaba a dejar salir del todo. Se pasó una mano por el cabello rubio, ahora despeinado y pajizo por los tintes baratos de la agencia.

—No quiero moverme —murmuró Yoongi—. Siento que si me levanto, tendré que caminar hacia la puerta. Y si cruzo esa puerta, volveré a ser una pieza de ajedrez. Aquí... aquí solo soy un desastre.

Sam suspiró y se arrodilló frente a él. Ignoró la punzada de dolor en sus propias rodillas y tomó las manos de Yoongi. Estaban ásperas, con pequeños callos y cortes. Las manos de un trabajador, de un artesano, no las de una estrella de porcelana.

—No eres un desastre —le corrigió Sam, apretando sus dedos—. Eres humano. El problema es que te han convencido de que ser humano es un defecto de fabricación para un ídolo. Ven a la cocina. Te serviré el japchae. Está frío, pero el sabor sigue siendo el mismo.

—Como nosotros —dijo Yoongi con una sonrisa amarga, dejándose guiar hacia la pequeña mesa de madera.

Comieron en una penumbra compartida, iluminados solo por la luz de la campana extractora. Sam observaba cómo Yoongi comía de forma mecánica al principio, y luego con una avidez casi desesperada. Era el hambre de alguien que no solo ha descuidado su cuerpo, sino que ha olvidado lo que es ser cuidado.

—Sam —dijo Yoongi tras dejar los palillos—, sobre lo que dijiste... de ser un secreto sucio.

—Yoongi, estaba enfadado. No quise decir...

—No, tenías razón —lo interrumpió él, mirándolo fijamente—. Te escondo. Te pido que borres tus redes sociales, que no hables de mí, que me esperes en la oscuridad. Te estoy pidiendo que vivas en mi sombra sin darte la luz a cambio. Es egoísta. Soy un egoísta de mierda.

Sam dejó su propia taza de té y rodeó la mesa para sentarse al lado de Yoongi. El espacio era pequeño, sus muslos se rozaban, y esa proximidad física era el único bálsamo que funcionaba.

—No es egoísmo, es supervivencia —dijo Sam, pasando un brazo por los hombros de Yoongi y atrayéndolo hacia su pecho—. Pero tienes que entender algo, Min Yoongi. Yo soy Sam Sterling. Soy un productor que está empezando a ganar su propio dinero, que tiene su propia visión. No soy una extensión de tu carrera. Si elijo estar aquí, es porque el ruido del mundo solo se apaga cuando estoy contigo. Pero no puedo ser tu ancla si tú intentas soltar la cadena cada vez que el agua se pone brava.

Yoongi apoyó la cabeza en el hombro de Sam y cerró los ojos, inhalando el perfume a suavizante y café que siempre envolvía a Sam. Era el olor de la normalidad, de un hogar que no pedía resultados a cambio de afecto.

—A veces tengo tanto miedo de que te canses —confesó Yoongi en un susurro—. Miro a los otros trainees. Algunos tienen novias, pero las dejan porque no pueden soportar la presión. O ellas no los soportan a ellos. Yo... yo no soy fácil de querer, Sam. Soy irritable, soy obsesivo, y pronto, no tendré tiempo ni para dormir. ¿Por qué te quedarías?

Sam sonrió, una expresión pequeña y llena de una sabiduría que sus veinticinco años no deberían poseer.

—Me quedo porque vi al chico que arregló mi bajo en Daegu. Me quedo porque nadie más entiende cómo debe respirar un piano como tú lo haces. Y me quedo porque, aunque el mundo entero grite tu nombre artístico, yo soy el único que sabe cómo suena tu silencio.

Yoongi se giró en sus brazos, buscando su boca. El beso no fue como los anteriores; no hubo la urgencia febril del sexo, sino una ternura lenta, una reparación de los tejidos emocionales que se habían desgarrado durante la pelea. Sabía a té de jengibre y a una promesa silenciosa.

—Quédate a dormir —pidió Sam contra sus labios—. Mañana yo mismo te llevaré cerca de la agencia antes de que salga el sol. Pero esta noche, deja que el mundo desaparezca.

Esa noche, no hubo música en el estudio de Sam. Solo el sonido de dos respiraciones sincronizadas en la cama estrecha. Yoongi durmió con una profundidad que no conocía desde su infancia, con el brazo de Sam rodeando su cintura, protegiéndolo de los fantasmas de la ambición.

Sin embargo, el destino tiene una forma cruel de recordar que el tiempo no se detiene para los amantes.

Junio de 2013

El aire en el estadio Ilchi Art Hall estaba saturado de anticipación, laca para el cabello y el olor metálico de los nervios. Sam Sterling estaba de pie en la parte trasera, mezclado con el staff de prensa y algunos invitados de la industria. Llevaba una gorra negra y una chaqueta sencilla, tratando de ser invisible, una habilidad que había perfeccionado en el último año.

Hoy era el día. El debut de BTS. "2 Cool 4 Skool".

Sam sentía que el corazón le martilleaba en las costillas. Había visto a Yoongi desmoronarse y reconstruirse mil veces para llegar a este momento. Había escuchado las maquetas de "No More Dream" en su propio estudio, sugiriendo cambios en los niveles de los sintetizadores mientras Yoongi escribía versos agresivos sobre los sueños robados.

De repente, las luces se apagaron. El estruendo de los bajos llenó la sala.

Y ahí estaba él.

SUGA.

No era el Yoongi que comía japchae frío en su cocina. No era el chico que pedía perdón con los ojos húmedos. Era un guerrero de asfalto, con una pañoleta en la cabeza y una mirada que prometía quemar todo a su paso. Su rap era afilado, preciso, una descarga de energía que electrizaba el ambiente.

Sam se quedó helado, observándolo. Era una experiencia extracorpórea. Ese hombre en el escenario le pertenecía, pero al mismo tiempo, ya no era suyo. En el momento en que Yoongi soltó el primer verso, el contrato secreto que tenían se transformó. Ahora, Sam tendría que compartirlo con el resto del planeta.

Vio a Yoongi moverse, sudando bajo las luces intensas, entregando cada gramo de su alma a una audiencia que apenas empezaba a conocerlo. Por un breve segundo, durante una pausa en la coreografía, los ojos de Yoongi barrieron la parte trasera de la sala. Sam no sabía si realmente lo vio, o si fue su imaginación, pero Yoongi ajustó su posición y su intensidad pareció duplicarse.

Cuando terminó el showcase, el aplauso fue ensordecedor. Sam no gritó. Se quedó allí, con las manos en los bolsillos, sintiendo una mezcla agridulce de orgullo inmenso y una soledad devastadora.

—Lo lograste, Yoongi —susurró para sí mismo.

Dos horas después, Sam recibió un mensaje. Su teléfono vibró en su bolsillo mientras caminaba de regreso a su coche, tratando de evitar a las pequeñas hordas de fans que ya empezaban a congregarse.

Yoongi: ¿Me viste?

Sam se detuvo bajo una farola. Sus dedos temblaron un poco al escribir.

Sam: Te vio todo el mundo, Yoongi. Estuviste increíble. La mezcla del bajo en vivo fue un poco alta, pero tu energía... no tengo palabras.

Yoongi: No me importa el mundo. Te pregunté si TÚ me viste.

Sam sintió un nudo en la garganta. La rigidez de su rutina, su necesidad de control, todo se desmoronaba ante la persistencia de ese chico que se negaba a dejarlo fuera de su éxito.

Sam: Te vi. Te vi tan claro que me dolió.

Yoongi: Ven al lugar de siempre a las tres de la mañana. Solo tengo veinte minutos. Por favor, Sam. Necesito saber que sigo siendo real.

Sam miró hacia el cielo de Seúl, donde las estrellas eran invisibles debido a la contaminación lumínica. El "lugar de siempre" era un callejón sin salida detrás de un parque abandonado cerca de la agencia. Un sitio sucio, oscuro y peligroso para una estrella recién debutada. Pero para ellos, era el único rincón del universo donde la máscara de SUGA podía caer.

A las 3:05 AM, una furgoneta negra pasó por la calle principal y una figura encapuchada saltó casi antes de que el vehículo se detuviera por completo. Yoongi corrió hacia las sombras donde Sam esperaba apoyado en su coche.

No hubo palabras. Yoongi se lanzó a sus brazos, rodeando el cuello de Sam con una fuerza que casi los hace caer. Estaba temblando. El maquillaje del escenario todavía manchaba sus sienes y el olor a laca era penetrante.

—Dime mi nombre —pidió Yoongi, con la voz ahogada contra el cuello de Sam.

Sam lo estrechó con fuerza, cerrando los ojos y dejando que su propio orden interno se disolviera en el caos de Yoongi.

—Min Yoongi —dijo Sam, con firmeza—. Te llamas Min Yoongi. Eres de Daegu. Odias el tteokbokki dulce. Y eres el mejor productor que he conocido.

Yoongi exhaló un suspiro largo, un sonido de pura liberación. Se separó lo suficiente para mirar a Sam. Sus ojos brillaban bajo la luz tenue de la luna.

—Gracias —dijo Yoongi—. Gracias por no dejarme desaparecer en SUGA.

—Nunca —prometió Sam, aunque una parte de él sabía que cada vez sería más difícil—. Pero ahora tienes que volver. Los demás te esperan. Tu nueva vida te espera.

Yoongi asintió, pero antes de irse, tomó la cara de Sam entre sus manos.

—Escúchame bien, Sam Sterling. Mi vida no es esa furgoneta, ni ese escenario. Mi vida es el silencio que comparto contigo. No importa cuánta gente grite, ese silencio es lo único que me mantiene vivo. No te atrevas a dudar de eso.

Yoongi le dio un beso rápido, un choque de labios que sabía a adrenalina y a despedida, y luego corrió de regreso hacia la furgoneta que lo esperaba con el motor en marcha.

Sam se quedó solo en el callejón. El ruido del motor se desvaneció, dejando solo el eco de las palabras de Yoongi. Miró sus manos, las mismas que habían sostenido a la nueva estrella de Corea hace un minuto, y se dio cuenta de que su mayor defecto —esa rigidez, ese miedo al cambio— tendría que morir.

Para amar a Min Yoongi, Sam Sterling tendría que aprender a ser como la música que ambos producían: fluido, adaptable y capaz de encontrar la armonía incluso en medio del ruido más ensordecedor.

Subió a su coche y encendió la radio. No buscó su propia música, ni las noticias. Buscó una frecuencia vacía, un canal de puro ruido blanco. Y allí, en medio del estático, cerró los ojos y empezó a componer la melodía de su nueva realidad. Una realidad donde él sería el secreto mejor guardado del hombre más famoso del mundo.

—Que empiece el espectáculo —susurró Sam, poniendo el coche en marcha.

La rutina había muerto. El orden había sido derrotado. Pero mientras conducía por las calles de Seúl, Sam Sterling nunca se había sentido tan en control de su propio destino. Porque ahora sabía que no estaba siguiendo a una estrella; estaba sosteniendo el universo de un hombre. Y eso, para un productor de su calibre, era la obra maestra definitiva.
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