
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
El príncipe que cambio por completo: continuación
Fandom: Comic novelas ligeras
Creado: 26/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaDolor/ConsueloIsekai / Fantasía PortalHistoria DomésticaEstudio de PersonajeHistóricoDivergenciaPsicológicoOscuroEmbarazo No Planificado/No DeseadoCelosAngustia
El peso de una corona de oro y un corazón de seda
El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas de seda de los aposentos reales, pero para Mai, que todavía se sentía más como una impostora de un juego otome que como la futura Reina de Dvlaois, la luz solo significaba el comienzo de otra jornada agotadora. Desde que Albert anunció su compromiso oficial, su vida se había transformado en un torbellino de protocolos, miradas gélidas de la nobleza y una fatiga que calaba hasta los huesos.
En la academia, antes de que Albert decidiera retirarla para su "protección", las cosas no habían sido fáciles. Las otras chicas, hijas de duques y marqueses que habían soñado con el príncipe perfecto, la observaban con un desdén que no se molestaban en ocultar. Los susurros en los pasillos sobre cómo una "simple" hija de marqués había atrapado al sol del reino eran constantes. Si no fuera por Sabina, la princesa del reino vecino y prometida de Ben, el hermano menor de Albert, Mai probablemente se habría desmoronado.
—No dejes que sus lenguas bífidas te afecten, Mai —le decía Sabina a menudo, mientras compartían el té en los jardines de la academia—. Ellas solo envidian lo que tú tienes: el devoto, aunque aterrador, amor de Albert.
Sabina era la única que sabía la verdad sobre el origen de Mai, sobre su reencarnación y sobre la naturaleza posesiva de Albert. Ella era su ancla en un mundo que se sentía cada vez más asfixiante. Especialmente ahora que los tutores reales la presionaban hasta el límite, recordándole a cada segundo que el futuro del reino dependía de su capacidad para ser "perfecta".
Pero el cansancio de Mai no era solo por los libros de historia o las clases de etiqueta. Su cuerpo se sentía pesado, una náusea persistente la acompañaba cada mañana y sus pechos se sentían sensibles bajo el encaje de sus vestidos. Estaba embarazada. Albert, con esa sonrisa angelical que ocultaba una voluntad de hierro, había logrado exactamente lo que quería. Al enterarse, su alegría fue tan intensa que rozaba la locura; inmediatamente adelantó la boda a seis meses y ordenó que Mai se mudara permanentemente al palacio para que él pudiera vigilarla cada segundo del día.
Esa mañana, el desayuno se servía en el jardín privado del ala este. El aroma de las rosas frescas y el rocío se mezclaba con el olor del té Earl Grey. Albert ya estaba allí, sentado a la mesa de hierro forjado, luciendo impecable con su uniforme azul y su cabello rubio brillando como el oro puro. Al verla llegar, sus ojos azules se iluminaron con una intensidad depredadora y dulce a la vez.
—Buenos días, mi pequeña Sophie —dijo él, levantándose para recibirla. La llamó por su nombre en este mundo, pero la forma en que la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí era puramente Albert—. Te ves un poco pálida hoy. ¿El bebé te ha dado mala noche?
—Solo estoy cansada, Albert —respondió ella, dejándose caer en la silla mientras él le besaba la sien—. Las clases de economía política con el profesor Harrison son... intensas.
—Ese viejo se excede —gruñó Albert, sentándose a su lado y comenzando a servirle fruta fresca en el plato—. Debería recordar que lleva en su vientre al heredero. Si sigue presionándote, tendré que recordarle su lugar de una forma más... definitiva.
—No, por favor, no hagas nada —suplicó Mai, sabiendo que las amenazas de Albert nunca eran vacías—. Solo quiero un poco de paz. Me gustaría pasar la tarde en el jardín, decorando el ala nueva. Los guardias ni siquiera me dejan tocar la tierra, dicen que son tus órdenes para que no me enferme. Pero extraño mi pasatiempo, Albert.
Albert tomó su mano y la besó, su mirada fija en ella.
—Es por tu bien, amor mío. Pero he estado pensando... este lugar está demasiado lleno de gente, de ojos curiosos, de tutores molestos. He planeado algo. Nos iremos a la villa de la costa. Solo nosotros dos, y un par de sirvientes de absoluta confianza. Estaremos allí unos meses, hasta que la boda esté lista y antes de que tu estado sea demasiado evidente para el público. Necesito tenerte a solas, sin que nadie interrumpa mi tiempo contigo.
Mai suspiró, sintiendo una mezcla de alivio y ansiedad.
—Albert, no podemos. Tengo clases todos los días. Si me voy ahora, estaré atrasada para cuando sea la coronación. Además, la boda es en seis meses, hay tanto que preparar... Esperemos a la luna de miel, por favor.
Albert dejó la taza de té sobre la mesa con un golpe seco que hizo que Mai se sobresaltara ligeramente. Su expresión no cambió, seguía sonriendo, pero sus ojos se volvieron más oscuros, más profundos.
—Las clases pueden esperar. La política puede esperar. El mundo entero puede detenerse si yo lo ordeno —dijo con una voz suave que enviaba escalofríos por la espalda de Mai—. No quiero compartirte con los tutores. No quiero compartirte con Sabina. Quiero despertarme y que lo primero que vea sea tu rostro, sin que tengas que correr a una lección de baile.
Se levantó de su silla y se arrodilló frente a ella, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la cabeza en su regazo, justo donde su vientre apenas comenzaba a curvarse.
—Estás tan tensa, Mai —susurró él, usando su nombre real, el que solo usaban en la intimidad—. Déjame cuidarte.
—Albert, aquí no... los guardias están cerca —protestó ella débilmente, aunque sentía que su resistencia se desvanecía ante su toque.
—He dado órdenes de que nadie se acerque al jardín privado bajo pena de calabozo —respondió él, levantando la vista. Sus manos comenzaron a subir por los muslos de Mai, por debajo de las pesadas faldas de su vestido de seda—. Estamos solos.
Mai sintió un calor súbito. La devoción de Albert era asfixiante, sí, pero también era adictiva. Él la trataba como si fuera una diosa y una posesión preciada al mismo tiempo. Sus dedos expertos encontraron la piel sensible de sus muslos, subiendo con una lentitud tortuosa.
—Albert... —jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás—. Por favor...
—Shh... solo relájate para mí —murmuró él, poniéndose de pie sin soltarla y atrayéndola hacia el banco de piedra oculto tras unos rosales altos.
Él comenzó a desatar las cintas del corpiño de Mai con una destreza que siempre la sorprendía. Cuando su piel quedó expuesta al aire fresco de la mañana, Albert no perdió tiempo. Sus labios reclamaron los de ella en un beso posesivo, reclamando su territorio. Sus manos bajaron hacia sus pechos, tratándolos con una delicadeza inusual, consciente de la sensibilidad que el embarazo le causaba.
—Te deseo tanto —susurró Albert contra su cuello, mientras sus dedos se deslizaban hacia la humedad que ya empezaba a brotar entre las piernas de ella—. Cada vez que te veo estudiar esos libros aburridos, solo quiero romperlos y recordarte a quién perteneces realmente.
Mai gimió, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Albert mientras él la acomodaba contra el respaldo del banco. El contacto físico era intenso, cargado de una necesidad que parecía crecer con cada día que pasaba. Albert la penetró con un gemido de satisfacción, moviéndose con una lentitud exasperante, como si quisiera saborear cada milímetro de ella.
—Más... —suplicó Mai, enterrando las uñas en los hombros de su uniforme—. Albert, más fuerte...
Él se detuvo un momento, mirándola con una ternura que contrastaba con la oscuridad de su deseo.
—No puedo, mi vida. El médico dijo que debo ser cuidadoso contigo ahora que llevas a nuestro hijo. No me perdonaría si te hiciera daño.
Mai soltó un bufido de frustración, su respiración entrecortada.
—Estoy embarazada, no soy de cristal. Por favor, Albert... solo esta vez.
Albert soltó una risa baja, un sonido oscuro y melodioso. Le dio un beso casto en la frente antes de retomar el ritmo, manteniéndolo constante pero controlado, llevándola al borde del abismo con una precisión quirúrgica.
—Eres tan codiciosa, Sophie —dijo él, usando el nombre del personaje de nuevo mientras sus movimientos se volvían un poco más profundos—. Me encanta que me pidas más. Pero tendrás que ser paciente. Una vez que este niño nazca y te hayas recuperado... prepárate. No te dejaré salir de la cama en semanas. Seré tan rudo como desees, hasta que no puedas recordar ni tu propio nombre, solo el mío.
Mai se estremeció ante la promesa en su voz. El clímax la alcanzó poco después, una ola de placer que la dejó temblando y aferrada al cuello de Albert mientras él descargaba su propia semilla dentro de ella, marcándola una vez más como suya.
Minutos después, el silencio del jardín solo era interrumpido por sus respiraciones agitadas. Mai se sentía completamente agotada, el esfuerzo físico sumado al cansancio acumulado de sus estudios la dejó casi sin fuerzas para mantenerse erguida.
Albert, con la eficiencia de un hombre que siempre obtenía lo que quería, la ayudó a vestirse, arreglando sus ropas con manos posesivas. Al ver que ella apenas podía mantener los ojos abiertos, la tomó en brazos con facilidad, como si no pesara nada.
—Te llevaré a tu habitación —dijo él, besando su nariz—. Dormirás el resto de la mañana. Cancelaré tus clases de hoy y las de mañana.
—Pero Albert... el profesor Harrison se enojará... —balbuceó ella, apoyando la cabeza en su pecho.
—Que se enoje —sentenció el príncipe con una frialdad absoluta—. Mi prometida necesita descansar. Y mientras duermas, haré que preparen los carruajes. Nos vamos a la costa mañana mismo, Mai. No es una pregunta.
Mai quiso protestar, quiso decirle que no podía simplemente huir de sus responsabilidades, pero el calor que emanaba de Albert y la seguridad de sus brazos eran demasiado tentadores. Se dejó llevar, hundiéndose en un sueño profundo mientras él la cargaba por los pasillos del palacio, ignorando las miradas de los sirvientes.
Albert la depositó en la cama con una delicadeza extrema, cubriéndola con las mantas de seda. Se quedó allí un momento, observándola dormir, con una expresión que oscilaba entre la adoración más pura y la obsesión más peligrosa.
—Nadie te apartará de mi lado —susurró, acariciando su mejilla—. Ni los libros, ni el reino, ni tu pasado. Eres mía, Mai. Y pronto, el mundo entero lo sabrá.
Salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta con llave desde fuera, asegurándose de que su tesoro estuviera exactamente donde él quería: bajo su total y absoluto control.
En la academia, antes de que Albert decidiera retirarla para su "protección", las cosas no habían sido fáciles. Las otras chicas, hijas de duques y marqueses que habían soñado con el príncipe perfecto, la observaban con un desdén que no se molestaban en ocultar. Los susurros en los pasillos sobre cómo una "simple" hija de marqués había atrapado al sol del reino eran constantes. Si no fuera por Sabina, la princesa del reino vecino y prometida de Ben, el hermano menor de Albert, Mai probablemente se habría desmoronado.
—No dejes que sus lenguas bífidas te afecten, Mai —le decía Sabina a menudo, mientras compartían el té en los jardines de la academia—. Ellas solo envidian lo que tú tienes: el devoto, aunque aterrador, amor de Albert.
Sabina era la única que sabía la verdad sobre el origen de Mai, sobre su reencarnación y sobre la naturaleza posesiva de Albert. Ella era su ancla en un mundo que se sentía cada vez más asfixiante. Especialmente ahora que los tutores reales la presionaban hasta el límite, recordándole a cada segundo que el futuro del reino dependía de su capacidad para ser "perfecta".
Pero el cansancio de Mai no era solo por los libros de historia o las clases de etiqueta. Su cuerpo se sentía pesado, una náusea persistente la acompañaba cada mañana y sus pechos se sentían sensibles bajo el encaje de sus vestidos. Estaba embarazada. Albert, con esa sonrisa angelical que ocultaba una voluntad de hierro, había logrado exactamente lo que quería. Al enterarse, su alegría fue tan intensa que rozaba la locura; inmediatamente adelantó la boda a seis meses y ordenó que Mai se mudara permanentemente al palacio para que él pudiera vigilarla cada segundo del día.
Esa mañana, el desayuno se servía en el jardín privado del ala este. El aroma de las rosas frescas y el rocío se mezclaba con el olor del té Earl Grey. Albert ya estaba allí, sentado a la mesa de hierro forjado, luciendo impecable con su uniforme azul y su cabello rubio brillando como el oro puro. Al verla llegar, sus ojos azules se iluminaron con una intensidad depredadora y dulce a la vez.
—Buenos días, mi pequeña Sophie —dijo él, levantándose para recibirla. La llamó por su nombre en este mundo, pero la forma en que la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí era puramente Albert—. Te ves un poco pálida hoy. ¿El bebé te ha dado mala noche?
—Solo estoy cansada, Albert —respondió ella, dejándose caer en la silla mientras él le besaba la sien—. Las clases de economía política con el profesor Harrison son... intensas.
—Ese viejo se excede —gruñó Albert, sentándose a su lado y comenzando a servirle fruta fresca en el plato—. Debería recordar que lleva en su vientre al heredero. Si sigue presionándote, tendré que recordarle su lugar de una forma más... definitiva.
—No, por favor, no hagas nada —suplicó Mai, sabiendo que las amenazas de Albert nunca eran vacías—. Solo quiero un poco de paz. Me gustaría pasar la tarde en el jardín, decorando el ala nueva. Los guardias ni siquiera me dejan tocar la tierra, dicen que son tus órdenes para que no me enferme. Pero extraño mi pasatiempo, Albert.
Albert tomó su mano y la besó, su mirada fija en ella.
—Es por tu bien, amor mío. Pero he estado pensando... este lugar está demasiado lleno de gente, de ojos curiosos, de tutores molestos. He planeado algo. Nos iremos a la villa de la costa. Solo nosotros dos, y un par de sirvientes de absoluta confianza. Estaremos allí unos meses, hasta que la boda esté lista y antes de que tu estado sea demasiado evidente para el público. Necesito tenerte a solas, sin que nadie interrumpa mi tiempo contigo.
Mai suspiró, sintiendo una mezcla de alivio y ansiedad.
—Albert, no podemos. Tengo clases todos los días. Si me voy ahora, estaré atrasada para cuando sea la coronación. Además, la boda es en seis meses, hay tanto que preparar... Esperemos a la luna de miel, por favor.
Albert dejó la taza de té sobre la mesa con un golpe seco que hizo que Mai se sobresaltara ligeramente. Su expresión no cambió, seguía sonriendo, pero sus ojos se volvieron más oscuros, más profundos.
—Las clases pueden esperar. La política puede esperar. El mundo entero puede detenerse si yo lo ordeno —dijo con una voz suave que enviaba escalofríos por la espalda de Mai—. No quiero compartirte con los tutores. No quiero compartirte con Sabina. Quiero despertarme y que lo primero que vea sea tu rostro, sin que tengas que correr a una lección de baile.
Se levantó de su silla y se arrodilló frente a ella, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la cabeza en su regazo, justo donde su vientre apenas comenzaba a curvarse.
—Estás tan tensa, Mai —susurró él, usando su nombre real, el que solo usaban en la intimidad—. Déjame cuidarte.
—Albert, aquí no... los guardias están cerca —protestó ella débilmente, aunque sentía que su resistencia se desvanecía ante su toque.
—He dado órdenes de que nadie se acerque al jardín privado bajo pena de calabozo —respondió él, levantando la vista. Sus manos comenzaron a subir por los muslos de Mai, por debajo de las pesadas faldas de su vestido de seda—. Estamos solos.
Mai sintió un calor súbito. La devoción de Albert era asfixiante, sí, pero también era adictiva. Él la trataba como si fuera una diosa y una posesión preciada al mismo tiempo. Sus dedos expertos encontraron la piel sensible de sus muslos, subiendo con una lentitud tortuosa.
—Albert... —jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás—. Por favor...
—Shh... solo relájate para mí —murmuró él, poniéndose de pie sin soltarla y atrayéndola hacia el banco de piedra oculto tras unos rosales altos.
Él comenzó a desatar las cintas del corpiño de Mai con una destreza que siempre la sorprendía. Cuando su piel quedó expuesta al aire fresco de la mañana, Albert no perdió tiempo. Sus labios reclamaron los de ella en un beso posesivo, reclamando su territorio. Sus manos bajaron hacia sus pechos, tratándolos con una delicadeza inusual, consciente de la sensibilidad que el embarazo le causaba.
—Te deseo tanto —susurró Albert contra su cuello, mientras sus dedos se deslizaban hacia la humedad que ya empezaba a brotar entre las piernas de ella—. Cada vez que te veo estudiar esos libros aburridos, solo quiero romperlos y recordarte a quién perteneces realmente.
Mai gimió, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Albert mientras él la acomodaba contra el respaldo del banco. El contacto físico era intenso, cargado de una necesidad que parecía crecer con cada día que pasaba. Albert la penetró con un gemido de satisfacción, moviéndose con una lentitud exasperante, como si quisiera saborear cada milímetro de ella.
—Más... —suplicó Mai, enterrando las uñas en los hombros de su uniforme—. Albert, más fuerte...
Él se detuvo un momento, mirándola con una ternura que contrastaba con la oscuridad de su deseo.
—No puedo, mi vida. El médico dijo que debo ser cuidadoso contigo ahora que llevas a nuestro hijo. No me perdonaría si te hiciera daño.
Mai soltó un bufido de frustración, su respiración entrecortada.
—Estoy embarazada, no soy de cristal. Por favor, Albert... solo esta vez.
Albert soltó una risa baja, un sonido oscuro y melodioso. Le dio un beso casto en la frente antes de retomar el ritmo, manteniéndolo constante pero controlado, llevándola al borde del abismo con una precisión quirúrgica.
—Eres tan codiciosa, Sophie —dijo él, usando el nombre del personaje de nuevo mientras sus movimientos se volvían un poco más profundos—. Me encanta que me pidas más. Pero tendrás que ser paciente. Una vez que este niño nazca y te hayas recuperado... prepárate. No te dejaré salir de la cama en semanas. Seré tan rudo como desees, hasta que no puedas recordar ni tu propio nombre, solo el mío.
Mai se estremeció ante la promesa en su voz. El clímax la alcanzó poco después, una ola de placer que la dejó temblando y aferrada al cuello de Albert mientras él descargaba su propia semilla dentro de ella, marcándola una vez más como suya.
Minutos después, el silencio del jardín solo era interrumpido por sus respiraciones agitadas. Mai se sentía completamente agotada, el esfuerzo físico sumado al cansancio acumulado de sus estudios la dejó casi sin fuerzas para mantenerse erguida.
Albert, con la eficiencia de un hombre que siempre obtenía lo que quería, la ayudó a vestirse, arreglando sus ropas con manos posesivas. Al ver que ella apenas podía mantener los ojos abiertos, la tomó en brazos con facilidad, como si no pesara nada.
—Te llevaré a tu habitación —dijo él, besando su nariz—. Dormirás el resto de la mañana. Cancelaré tus clases de hoy y las de mañana.
—Pero Albert... el profesor Harrison se enojará... —balbuceó ella, apoyando la cabeza en su pecho.
—Que se enoje —sentenció el príncipe con una frialdad absoluta—. Mi prometida necesita descansar. Y mientras duermas, haré que preparen los carruajes. Nos vamos a la costa mañana mismo, Mai. No es una pregunta.
Mai quiso protestar, quiso decirle que no podía simplemente huir de sus responsabilidades, pero el calor que emanaba de Albert y la seguridad de sus brazos eran demasiado tentadores. Se dejó llevar, hundiéndose en un sueño profundo mientras él la cargaba por los pasillos del palacio, ignorando las miradas de los sirvientes.
Albert la depositó en la cama con una delicadeza extrema, cubriéndola con las mantas de seda. Se quedó allí un momento, observándola dormir, con una expresión que oscilaba entre la adoración más pura y la obsesión más peligrosa.
—Nadie te apartará de mi lado —susurró, acariciando su mejilla—. Ni los libros, ni el reino, ni tu pasado. Eres mía, Mai. Y pronto, el mundo entero lo sabrá.
Salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta con llave desde fuera, asegurándose de que su tesoro estuviera exactamente donde él quería: bajo su total y absoluto control.
