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Caos en la cancel kengan
Fandom: Kengan ashura
Creado: 27/6/2026
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OscuroDramaAngustiaPsicológicoViolencia GráficaViolaciónSupervivenciaDistopíaEstudio de PersonajeCrimenAcciónAmbientación CanonTragediaThriller
El Descenso del Demonio: Cadena de Humillación
Las instalaciones subterráneas de la Asociación Kengan no eran una prisión ordinaria. Eran un mausoleo de hormigón reforzado, diseñado específicamente para contener a los "monstruos" que excedían la capacidad de cualquier sistema penitenciario gubernamental. Setsuna Kiryu caminaba con los hombros tensos, el sonido de sus pesadas cadenas de tungsteno resonando contra el suelo frío. A su alrededor, los guardias de élite de Katahara lo escoltaban con rifles de asalto cargados, aunque todos sabían que contra "La Bestia Hermosa", las balas apenas eran una sugerencia.
Se le acusaba de la masacre sistemática de múltiples guardaespaldas de alto rango, tanto de la facción de Katahara como de la de Hayami. Para el mundo exterior, Kiryu era un asesino; para la Asociación, era un activo demasiado peligroso para dejarlo suelto, pero demasiado valioso para ejecutarlo sin antes extraerle cada secreto sobre el Estilo Koei.
—Entra ahí, basura —ordenó uno de los guardias, empujándolo hacia una sala de procesamiento iluminada por una luz fluorescente parpadeante.
El jefe de seguridad, un hombre de rostro curtido y mirada lasciva, le hizo una señal.
—Desnúdate. Todo. No queremos que guardes ninguna de tus "sorpresas" de asesino en los pliegues de tu ropa.
Setsuna apretó los dientes. Sus ojos, antes llenos de la locura por Ohma Tokita, ahora reflejaban una vulnerabilidad que intentaba ocultar tras una máscara de indiferencia. Con dedos temblorosos, comenzó a quitarse las prendas raídas. A medida que su piel pálida y marcada por las cicatrices del entrenamiento extremo quedaba al descubierto, el ambiente en la sala cambió. Los guardias, hombres que supuestamente debían ser profesionales, comenzaron a recorrer su cuerpo con miradas cargadas de una intención oscura.
—Vaya, vaya —murmuró uno de ellos, humedeciéndose los labios—. Parece que el monstruo es más bonito de lo que decían los informes.
—Manos contra la pared. Piernas abiertas —ladró el oficial al mando.
Setsuna obedeció, sintiendo el frío del concreto contra sus palmas. La humillación comenzó casi de inmediato. Lo que debería haber sido un registro de seguridad se convirtió rápidamente en un abuso de poder. Manos toscas y enguantadas comenzaron a recorrer su espalda, bajando por sus costillas, apretando sus pectorales con una fuerza innecesaria. Uno de los guardias se burló al notar cómo los pezones de Setsuna se erizaban ante el contacto brusco y el frío.
—Mira esto, parece que al marica le gusta que lo toquen —soltó una carcajada otro guardia, mientras le propinaba un golpe seco en la cadera.
Setsuna cerró los ojos, intentando visualizar el rostro de su "Dios", Ohma, para evadirse de la realidad. Pero el dolor y la intrusión eran demasiado reales. El guardia principal se colocó detrás de él. Sin previo aviso, forzó la apertura de sus piernas con la bota y, con una brutalidad que buscaba quebrar su espíritu, separó sus glúteos.
—Tengo que revisar que no escondas nada en el conducto, Kiryu —dijo el guardia con una sonrisa cruel.
Dos dedos penetraron profundamente, sin lubricación y con una violencia que hizo que Setsuna soltara un grito ahogado. El hombre hurgó con saña, golpeando deliberadamente el punto de presión interno de la próstata. El cuerpo de Setsuna traicionó su voluntad; un gemido involuntario, una mezcla de agonía y una respuesta neurofisiológica distorsionada, escapó de sus labios.
—¡Míralo! ¡Está gimiendo como una perra! —se burló el oficial, girando sus dedos dentro de él antes de retirarlos con un sonido húmedo.
Setsuna se derrumbó ligeramente hacia adelante, con la frente apoyada en el muro, sintiéndose más sucio que nunca. La rabia bullía en su interior, el Estilo Koei pedía a gritos ser liberado para arrancarles el corazón, pero las esposas inhibidoras de impulsos nerviosos le impedían usar sus técnicas de giro.
—Llévenlo a las duchas. Limpien esta inmundicia —ordenó el jefe.
Lo arrastraron hasta una zona de baldosas amarillentas. No hubo agua tibia. Una manguera de alta presión lo golpeó, el chorro helado azotando su piel como látigos de cristal. Mojado y tiritando, le arrojaron un uniforme naranja de tela áspera.
El camino a su celda fue un desfile de exhibicionismo forzado. Las celdas de la prisión Kengan no tenían paredes sólidas, sino barrotes reforzados que permitían a los demás internos ver todo. A medida que Setsuna caminaba, escoltado y aún con el cabello goteando, las burlas y los silbidos llenaron el bloque.
—¡Ey, miren la carne nueva! —gritó un prisionero de gran tamaño, golpeando los barrotes.
—¡Ese trasero es mío esta noche! —aulló otro.
Setsuna mantuvo la mirada baja hasta que llegaron a la celda 402. El guardia abrió la puerta y lo empujó dentro con tal fuerza que cayó de rodillas.
—Disfruta de tu compañero, "Princesa" —dijo el guardia antes de cerrar la reja con un estruendo metálico.
En la esquina de la celda, sentado sobre un catre estrecho, se encontraba un joven de cabello rubio y ojos azules que Setsuna reconoció de inmediato: Imai Cosmo, "El Rey de los Estrangulamientos".
—No pareces estar en muy buen estado —dijo Cosmo, con una voz que carecía de la alegría que solía mostrar en la arena de combate.
Setsuna se puso en pie lentamente, limpiándose un rastro de agua de la mejilla.
—¿Incluso tú has caído en este agujero, Imai? —preguntó Kiryu con amargura.
Cosmo suspiró, abrazándose las rodillas.
—Las reglas cambiaron después del torneo. Nogi y Katahara se pusieron estrictos con "ciertos incidentes" de daño colateral. Me culparon de la muerte de un inversor durante un altercado fuera del ring. Pero aquí no importa quién eras afuera.
Setsuna se sentó en el suelo, sintiéndose exhausto. La violación de su privacidad aún escocía en su interior.
—¿Por qué estás aquí tú? —preguntó Cosmo, aunque ya sabía la respuesta por los rumores—. Dicen que mataste a media docena de guardias solo para llegar a Ohma.
—Eran obstáculos —respondió Setsuna con frialdad—. Pero parece que los obstáculos ahora tienen uniformes y llaves.
Cosmo se acercó un poco, bajando la voz. El ambiente en la prisión era denso, cargado de la testosterona y la violencia de hombres que vivían para pelear.
—Escúchame bien, Kiryu. Si quieres sobrevivir a esta noche, tienes que entender cómo funciona este lugar. Aquí no hay honor de luchador. Los guardias se aburren y les pagan por ser crueles. Y los prisioneros... bueno, muchos de ellos son antiguos candidatos a peleadores que fallaron. Tienen hambre de poder y de cualquier cosa que puedan dominar.
—No me dejaré tocar de nuevo —siseó Setsuna, sus pupilas dilatándose con un brillo de locura—. Los mataré a todos.
—No puedes —interrumpió Cosmo seriamente—. Esas esposas que llevas... si intentas usar el "Rakshasa's Palm", enviarán una descarga que colapsará tu sistema nervioso. Aquí la sumisión es la única moneda de cambio si no quieres terminar en la sala de tortura de Hanafusa.
En ese momento, un guardia pasó golpeando los barrotes con su porra.
—¡Silencio, nenas! ¡Es hora del conteo!
Setsuna miró a través de los barrotes. A lo lejos, en el bloque de máxima seguridad, pudo ver las sombras de otros gigantes. Muteba Gizenga estaba en una celda de lujo, probablemente gracias a sus contactos, mientras que Raian Kure parecía estar divirtiéndose provocando a los guardias desde su encierro. Incluso vio a Kanoh Agito pasar escoltado, su presencia aún imponente a pesar de las cadenas.
Pero lo que más le dolió fue ver a Yamashita Kazuo y a Nogi en la pasarela superior, hablando con Metsudo Katahara. Estaban discutiendo su destino como si fuera una pieza de ganado.
—El chantaje es la norma —continuó Cosmo—. Los guardias te pedirán "favores" a cambio de comida o de no enviarte a la fosa. Y si te resistes, te exhibirán ante todos. Ya lo viste hoy. Les gusta quebrar a los que se creen fuertes.
Setsuna apretó los puños. Pensó en Tiger Niko, en las enseñanzas que lo habían convertido en un monstruo. ¿Era este su destino? ¿Ser humillado por hombres que ni siquiera eran dignos de pisar la arena Kengan?
De repente, la luz de la celda se atenuó. Era la hora de dormir, pero en este lugar, la oscuridad no traía descanso, sino peligro. Desde las celdas contiguas, los susurros y las propuestas obscenas comenzaron a elevarse.
—¡Oye, Kiryu! —gritó un hombre desde la celda de enfrente—. ¡Mañana en el patio te enseñaremos quién es el verdadero Dios aquí!
Setsuna se acurrucó en su rincón, sintiendo la mirada de Cosmo sobre él. Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que no temía a la muerte sintió un escalofrío de puro terror. No era miedo a morir, sino miedo a ser despojado de lo último que le quedaba: su identidad como el único digno de Ohma Tokita.
—Bienvenido al infierno, Setsuna —susurró Cosmo antes de acostarse—. Intenta no gritar demasiado fuerte. Solo los anima más.
Esa noche, mientras los guardias hacían sus rondas y las cámaras de seguridad grababan cada rincón para el entretenimiento sádico de los empleadores que pagaban por el acceso premium a la red de la prisión, Setsuna Kiryu comprendió que su verdadera lucha no acababa de empezar en un ring, sino en las sombras de una celda donde su cuerpo ya no le pertenecía.
Se le acusaba de la masacre sistemática de múltiples guardaespaldas de alto rango, tanto de la facción de Katahara como de la de Hayami. Para el mundo exterior, Kiryu era un asesino; para la Asociación, era un activo demasiado peligroso para dejarlo suelto, pero demasiado valioso para ejecutarlo sin antes extraerle cada secreto sobre el Estilo Koei.
—Entra ahí, basura —ordenó uno de los guardias, empujándolo hacia una sala de procesamiento iluminada por una luz fluorescente parpadeante.
El jefe de seguridad, un hombre de rostro curtido y mirada lasciva, le hizo una señal.
—Desnúdate. Todo. No queremos que guardes ninguna de tus "sorpresas" de asesino en los pliegues de tu ropa.
Setsuna apretó los dientes. Sus ojos, antes llenos de la locura por Ohma Tokita, ahora reflejaban una vulnerabilidad que intentaba ocultar tras una máscara de indiferencia. Con dedos temblorosos, comenzó a quitarse las prendas raídas. A medida que su piel pálida y marcada por las cicatrices del entrenamiento extremo quedaba al descubierto, el ambiente en la sala cambió. Los guardias, hombres que supuestamente debían ser profesionales, comenzaron a recorrer su cuerpo con miradas cargadas de una intención oscura.
—Vaya, vaya —murmuró uno de ellos, humedeciéndose los labios—. Parece que el monstruo es más bonito de lo que decían los informes.
—Manos contra la pared. Piernas abiertas —ladró el oficial al mando.
Setsuna obedeció, sintiendo el frío del concreto contra sus palmas. La humillación comenzó casi de inmediato. Lo que debería haber sido un registro de seguridad se convirtió rápidamente en un abuso de poder. Manos toscas y enguantadas comenzaron a recorrer su espalda, bajando por sus costillas, apretando sus pectorales con una fuerza innecesaria. Uno de los guardias se burló al notar cómo los pezones de Setsuna se erizaban ante el contacto brusco y el frío.
—Mira esto, parece que al marica le gusta que lo toquen —soltó una carcajada otro guardia, mientras le propinaba un golpe seco en la cadera.
Setsuna cerró los ojos, intentando visualizar el rostro de su "Dios", Ohma, para evadirse de la realidad. Pero el dolor y la intrusión eran demasiado reales. El guardia principal se colocó detrás de él. Sin previo aviso, forzó la apertura de sus piernas con la bota y, con una brutalidad que buscaba quebrar su espíritu, separó sus glúteos.
—Tengo que revisar que no escondas nada en el conducto, Kiryu —dijo el guardia con una sonrisa cruel.
Dos dedos penetraron profundamente, sin lubricación y con una violencia que hizo que Setsuna soltara un grito ahogado. El hombre hurgó con saña, golpeando deliberadamente el punto de presión interno de la próstata. El cuerpo de Setsuna traicionó su voluntad; un gemido involuntario, una mezcla de agonía y una respuesta neurofisiológica distorsionada, escapó de sus labios.
—¡Míralo! ¡Está gimiendo como una perra! —se burló el oficial, girando sus dedos dentro de él antes de retirarlos con un sonido húmedo.
Setsuna se derrumbó ligeramente hacia adelante, con la frente apoyada en el muro, sintiéndose más sucio que nunca. La rabia bullía en su interior, el Estilo Koei pedía a gritos ser liberado para arrancarles el corazón, pero las esposas inhibidoras de impulsos nerviosos le impedían usar sus técnicas de giro.
—Llévenlo a las duchas. Limpien esta inmundicia —ordenó el jefe.
Lo arrastraron hasta una zona de baldosas amarillentas. No hubo agua tibia. Una manguera de alta presión lo golpeó, el chorro helado azotando su piel como látigos de cristal. Mojado y tiritando, le arrojaron un uniforme naranja de tela áspera.
El camino a su celda fue un desfile de exhibicionismo forzado. Las celdas de la prisión Kengan no tenían paredes sólidas, sino barrotes reforzados que permitían a los demás internos ver todo. A medida que Setsuna caminaba, escoltado y aún con el cabello goteando, las burlas y los silbidos llenaron el bloque.
—¡Ey, miren la carne nueva! —gritó un prisionero de gran tamaño, golpeando los barrotes.
—¡Ese trasero es mío esta noche! —aulló otro.
Setsuna mantuvo la mirada baja hasta que llegaron a la celda 402. El guardia abrió la puerta y lo empujó dentro con tal fuerza que cayó de rodillas.
—Disfruta de tu compañero, "Princesa" —dijo el guardia antes de cerrar la reja con un estruendo metálico.
En la esquina de la celda, sentado sobre un catre estrecho, se encontraba un joven de cabello rubio y ojos azules que Setsuna reconoció de inmediato: Imai Cosmo, "El Rey de los Estrangulamientos".
—No pareces estar en muy buen estado —dijo Cosmo, con una voz que carecía de la alegría que solía mostrar en la arena de combate.
Setsuna se puso en pie lentamente, limpiándose un rastro de agua de la mejilla.
—¿Incluso tú has caído en este agujero, Imai? —preguntó Kiryu con amargura.
Cosmo suspiró, abrazándose las rodillas.
—Las reglas cambiaron después del torneo. Nogi y Katahara se pusieron estrictos con "ciertos incidentes" de daño colateral. Me culparon de la muerte de un inversor durante un altercado fuera del ring. Pero aquí no importa quién eras afuera.
Setsuna se sentó en el suelo, sintiéndose exhausto. La violación de su privacidad aún escocía en su interior.
—¿Por qué estás aquí tú? —preguntó Cosmo, aunque ya sabía la respuesta por los rumores—. Dicen que mataste a media docena de guardias solo para llegar a Ohma.
—Eran obstáculos —respondió Setsuna con frialdad—. Pero parece que los obstáculos ahora tienen uniformes y llaves.
Cosmo se acercó un poco, bajando la voz. El ambiente en la prisión era denso, cargado de la testosterona y la violencia de hombres que vivían para pelear.
—Escúchame bien, Kiryu. Si quieres sobrevivir a esta noche, tienes que entender cómo funciona este lugar. Aquí no hay honor de luchador. Los guardias se aburren y les pagan por ser crueles. Y los prisioneros... bueno, muchos de ellos son antiguos candidatos a peleadores que fallaron. Tienen hambre de poder y de cualquier cosa que puedan dominar.
—No me dejaré tocar de nuevo —siseó Setsuna, sus pupilas dilatándose con un brillo de locura—. Los mataré a todos.
—No puedes —interrumpió Cosmo seriamente—. Esas esposas que llevas... si intentas usar el "Rakshasa's Palm", enviarán una descarga que colapsará tu sistema nervioso. Aquí la sumisión es la única moneda de cambio si no quieres terminar en la sala de tortura de Hanafusa.
En ese momento, un guardia pasó golpeando los barrotes con su porra.
—¡Silencio, nenas! ¡Es hora del conteo!
Setsuna miró a través de los barrotes. A lo lejos, en el bloque de máxima seguridad, pudo ver las sombras de otros gigantes. Muteba Gizenga estaba en una celda de lujo, probablemente gracias a sus contactos, mientras que Raian Kure parecía estar divirtiéndose provocando a los guardias desde su encierro. Incluso vio a Kanoh Agito pasar escoltado, su presencia aún imponente a pesar de las cadenas.
Pero lo que más le dolió fue ver a Yamashita Kazuo y a Nogi en la pasarela superior, hablando con Metsudo Katahara. Estaban discutiendo su destino como si fuera una pieza de ganado.
—El chantaje es la norma —continuó Cosmo—. Los guardias te pedirán "favores" a cambio de comida o de no enviarte a la fosa. Y si te resistes, te exhibirán ante todos. Ya lo viste hoy. Les gusta quebrar a los que se creen fuertes.
Setsuna apretó los puños. Pensó en Tiger Niko, en las enseñanzas que lo habían convertido en un monstruo. ¿Era este su destino? ¿Ser humillado por hombres que ni siquiera eran dignos de pisar la arena Kengan?
De repente, la luz de la celda se atenuó. Era la hora de dormir, pero en este lugar, la oscuridad no traía descanso, sino peligro. Desde las celdas contiguas, los susurros y las propuestas obscenas comenzaron a elevarse.
—¡Oye, Kiryu! —gritó un hombre desde la celda de enfrente—. ¡Mañana en el patio te enseñaremos quién es el verdadero Dios aquí!
Setsuna se acurrucó en su rincón, sintiendo la mirada de Cosmo sobre él. Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que no temía a la muerte sintió un escalofrío de puro terror. No era miedo a morir, sino miedo a ser despojado de lo último que le quedaba: su identidad como el único digno de Ohma Tokita.
—Bienvenido al infierno, Setsuna —susurró Cosmo antes de acostarse—. Intenta no gritar demasiado fuerte. Solo los anima más.
Esa noche, mientras los guardias hacían sus rondas y las cámaras de seguridad grababan cada rincón para el entretenimiento sádico de los empleadores que pagaban por el acceso premium a la red de la prisión, Setsuna Kiryu comprendió que su verdadera lucha no acababa de empezar en un ring, sino en las sombras de una celda donde su cuerpo ya no le pertenecía.
