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My one and only love

Fandom: Teach you a lesson

Creado: 27/6/2026

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El eco de una deuda pendiente

Im Han-rim siempre había sido una anomalía en el sistema. En un mundo donde la supervivencia solía depender de agachar la cabeza y esperar a que la tormenta pasara de largo, ella prefería plantarse frente al vendaval con los pies bien hundidos en la tierra. No era una cuestión de arrogancia, sino de una necesidad visceral de justicia que le quemaba las entrañas.

Aquel día, el asfalto de los callejones parecía devorar sus pasos. El aire que entraba en sus pulmones sabía a hierro y a miedo, pero sus piernas no cedían. Corría con el uniforme escolar hecho jirones, sintiendo cómo la sangre caliente bajaba por su mejilla desde un párpado que ya no podía abrir. El dolor era una nota aguda y constante, un recordatorio de que, por más que intentara luchar, la superioridad numérica seguía siendo una realidad matemática cruel.

Cuando la cercaron bajo el puente, donde la luz de las farolas parpadeaba como si también tuviera miedo de mirar, Han-rim supo que no habría salida fácil. Los matones, aquellos que disfrutaban del silencio cómplice de los pasillos del instituto, se reían.

—¿Por qué defiendes a los demás perdedores si tú también lo eres, Im Han-rim? —le escupió el líder, un chico cuya crueldad solo era superada por su mediocridad.

Han-rim intentó responder. Quería decirles que el silencio era el verdadero veneno. Quería decirles que prefería morir con el rostro desfigurado antes que vivir con la conciencia manchada por la indiferencia. Pero un golpe seco en la mandíbula le robó las palabras y la envió de rodillas al suelo frío.

Fue entonces cuando lo vio. No fue una aparición heroica de película, sino una presencia imponente que simplemente "estaba" allí, como si el destino lo hubiera materializado desde las sombras. Un hombre con uniforme militar, de mirada tan profunda que parecía capaz de leer las cicatrices de su alma antes que las de su rostro.

—El primer paso para recibir ayuda, es pedirla —dijo él. Su voz no era compasiva, era firme, una orden y una promesa al mismo tiempo.

Han-rim, con el último aliento que le quedaba, susurró la petición. Lo que siguió fue un borrón de movimientos precisos y una autoridad que no necesitaba gritar para ser absoluta. Na Hwa-jin no solo la salvó esa noche; le dio un propósito.

Años después, el recuerdo de esa mirada seguía siendo el norte de Han-rim. Ahora, como parte de la Agencia de Protección de los Derechos Educativos, caminaba con la misma determinación, pero con mucha más fuerza.

—¿Otra vez recordando el pasado, Han-rim? —La voz de Bong Geun-dae rompió el hilo de sus pensamientos. El hombre, de constitución robusta y una sonrisa que parecía no agotarse nunca, se acercó a ella con dos cafés humeantes en las manos—. Tienes esa cara de "voy a salvar al mundo yo sola o moriré en el intento".

Han-rim soltó una risa suave, aceptando el café. Su expresión serena ocultaba la agilidad mental que siempre estaba en funcionamiento.

—Solo pensaba en lo mucho que han cambiado las cosas, Geun-dae —respondió ella, ajustándose la chaqueta de su conjunto deportivo—. Y en lo mucho que siguen igual en algunos lugares.

—Bueno, para eso estamos nosotros, ¿no? —Geun-dae le dio un sorbo ruidoso a su bebida—. Aunque hoy el ambiente está más tenso de lo habitual. El jefe Na ha estado revisando el informe del nuevo caso durante dos horas sin decir una sola palabra. Y ya sabes que cuando no habla, es que alguien va a terminar muy mal.

Han-rim desvió la mirada hacia la oficina del fondo. A través del cristal, podía ver la silueta de Na Hwa-jin. Seguía siendo el mismo hombre: de hombros anchos, porte aristocrático y una seriedad que intimidaba a cualquiera que no lo conociera. O incluso a los que sí.

—Él se toma muy en serio su trabajo —dijo Han-rim, con un tono de voz que denotaba una lealtad inquebrantable—. No es solo disciplina, es... algo más.

—Es un bloque de hielo con patas —bromeó Geun-dae, aunque sus ojos mostraban un respeto profundo—. Pero es nuestro bloque de hielo. Vamos, entremos antes de que decida que el informe es más interesante que nuestras caras.

Al entrar en la oficina, el ambiente cambió. El aire parecía más denso, cargado de la energía analítica que Hwa-jin desprendía. El hombre no levantó la vista de los documentos de inmediato. Sus dedos largos y firmes pasaron una página mientras sus ojos negros escaneaban cada detalle.

—Llegan tarde —dijo Hwa-jin. No fue un reproche, simplemente una constatación de un hecho.

—Técnicamente, estamos tres minutos adelantados —replicó Geun-dae, rascándose la nuca con una sonrisa nerviosa—. Pero Han-rim se quedó atrapada en un monólogo existencial frente a la máquina de café.

Hwa-jin levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Han-rim. Durante un segundo, el tiempo pareció contraerse. Ella ya no era la niña herida bajo el puente, y él ya no era el soldado que pasaba por casualidad. Eran compañeros, dos caras de la misma moneda de justicia. Sin embargo, en el fondo de esa mirada intensa, Han-rim siempre encontraba el mismo anclaje.

—Informe de situación —ordenó Hwa-jin, ignorando el comentario de Geun-dae.

Han-rim dio un paso al frente, recuperando su profesionalismo.

—El instituto secundario Sehwa está encubriendo un sistema de apuestas ilegales dirigido por el hijo del director —explicó con rapidez—. Los estudiantes que no pueden pagar son obligados a realizar "servicios" que incluyen el acoso sistemático a otros compañeros para forzarlos a entrar en el círculo. Es una estructura piramidal de violencia.

Hwa-jin cerró el expediente con un golpe seco que hizo que Geun-dae diera un pequeño brinco.

—El director ha bloqueado todas las inspecciones externas alegando falta de pruebas —continuó Han-rim—. Pero tengo una fuente interna. Un estudiante que está dispuesto a hablar, aunque tiene miedo. Mucho miedo.

Hwa-jin se puso de pie. Su altura dominaba la estancia, y su presencia parecía llenar cada rincón de la oficina. Se acercó al ventanal, observando el tráfico de la ciudad con las manos entrelazadas a la espalda.

—El miedo es una herramienta eficaz —dijo Hwa-jin con voz grave—. Pero es frágil cuando se enfrenta a alguien que no tiene nada que perder. Han-rim, ¿crees que este estudiante resistirá la presión si los confrontamos directamente?

—Necesita saber que no estará solo —respondió ella con firmeza—. Necesita que alguien le demuestre que el sistema no es solo una red de mentiras.

Hwa-jin se giró lentamente.

—Geun-dae, prepara el equipo de intervención. No vamos a pedir permiso esta vez. Entraremos como una auditoría de emergencia.

—¡A la orden, jefe! —Geun-dae hizo un saludo militar exagerado, pero sus ojos brillaban con la emoción de la acción inminente. Salió de la oficina con pasos pesados y enérgicos, dejando a Han-rim y Hwa-jin a solas.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio compartido por dos personas que se entendían sin necesidad de verbos. Han-rim observó a Hwa-jin, notando la leve tensión en su mandíbula. Sabía que, aunque él no lo dijera, estos casos donde los adultos traicionaban la confianza de los jóvenes le producían un rechazo profundo.

—¿Estás bien? —preguntó Han-rim en voz baja, rompiendo la barrera profesional por un instante.

Hwa-jin la miró. Su expresión seguía siendo una máscara de granito, pero sus ojos se suavizaron apenas un milímetro.

—Es un caso eficiente —respondió él—. Nada más.

—Sabes que no me refiero a eso —insistió ella, acercándose un poco más—. Siempre te exiges demasiado cuando hay directores corruptos de por medio.

Hwa-jin soltó un suspiro casi imperceptible. Se sentó de nuevo en el borde de su escritorio, manteniendo esa postura firme que parecía no conocer el cansancio.

—No soporto el desperdicio de autoridad —dijo finalmente—. Aquellos que tienen el poder de proteger y eligen destruir, son los peores criminales.

Han-rim asintió. Se permitió una pequeña sonrisa, una de esas que solían relajar el ambiente a su alrededor.

—Por eso te sigo, Na Hwa-jin. Porque sé que nunca serás uno de ellos.

Él la observó en silencio durante un largo rato. A veces, Han-rim se preguntaba si él recordaba aquel encuentro bajo el puente con la misma claridad que ella. Para él, probablemente había sido una misión más, un acto de servicio en una carrera llena de ellos. Pero para ella, había sido el nacimiento de su libertad.

—Han-rim —dijo él, rompiendo el contacto visual para mirar un pequeño marco en su escritorio que contenía el reglamento de la agencia—. No te arriesgues innecesariamente hoy. Deja que Geun-dae se encargue de la fuerza bruta.

—Sabes que no puedo prometer eso —replicó ella con una chispa de desafío en los ojos—. Si veo a alguien necesitando ayuda, no voy a esperar a que llegue la caballería. Me enseñaste que el primer paso es pedir ayuda, pero el segundo es estar allí para darla.

Hwa-jin dejó escapar una sombra de lo que podría haber sido una sonrisa, o quizás solo fue un gesto de resignación ante la terquedad de su subordinada.

—Eres persistente.

—Es una de mis mejores cualidades —dijo ella con optimismo—. O de las peores, según a quién le preguntes.

—Es la cualidad que te mantiene viva —concluyó Hwa-jin, poniéndose de nuevo en pie—. Vámonos. No hagamos esperar a la justicia.

El operativo en el instituto Sehwa fue una coreografía de caos controlado. Mientras Geun-dae se encargaba de neutralizar a los matones del hijo del director en el gimnasio —disfrutando visiblemente de cada derribo y soltando bromas que desarmaban psicológicamente a los agresores—, Han-rim y Hwa-jin se dirigieron directamente a la oficina principal.

El director, un hombre de mediana edad con un traje demasiado caro para su salario, intentó gritar sobre derechos y protocolos.

—¡Esto es un atropello! ¡No pueden entrar así en mi propiedad! —bramó el hombre, con el rostro enrojecido.

Hwa-jin ni siquiera se inmutó. Caminó hacia el escritorio y dejó caer una carpeta con una fuerza que hizo saltar el portalápices.

—Esta ya no es su propiedad, director —dijo Hwa-jin con una frialdad que helaba la sangre—. Es una escena del crimen. Tenemos los registros de las transferencias bancarias y el testimonio de tres estudiantes.

—¡Mentiras! ¡Esos chicos no se atreverían! —el director miró a Han-rim, buscando un eslabón débil—. ¡Tú! ¡Señorita Im! Usted parece razonable. Podemos llegar a un acuerdo, una donación para su agencia...

Han-rim sintió esa antigua furia bullir en su interior. La misma que sintió bajo el puente. Se acercó al director, manteniendo una calma externa que era mucho más aterradora que cualquier grito.

—¿Sabe qué es lo que más me molesta de personas como usted? —preguntó ella, con una sonrisa relajada que no llegaba a sus ojos—. Que creen que todo tiene un precio porque ustedes se vendieron hace mucho tiempo. Pero hay cosas, como la dignidad de esos alumnos, que no están en el mercado.

En ese momento, la puerta se abrió y Geun-dae entró arrastrando a dos de los cabecillas de las apuestas, que lucían bastante maltrechos y asustados.

—Jefe, estos pajaritos ya están cantando la Traviata —dijo Geun-dae, limpiándose un poco de sudor de la frente—. Parece que el "negocio" familiar ha cerrado por quiebra técnica.

Hwa-jin asintió y miró al director, quien se hundió en su silla, dándose cuenta de que su imperio de papel se había desmoronado.

—Llévenselo —ordenó Hwa-jin a los agentes que esperaban en el pasillo.

Cuando la oficina quedó en silencio, Han-rim soltó un largo suspiro. Se apoyó en la pared, sintiendo el bajón de adrenalina. Geun-dae se acercó y le dio una palmada amistosa en el hombro, tan fuerte que casi la hace tambalear.

—¡Buen trabajo, Han-rim! Esa mirada que le diste al director casi hace que me confiese yo también.

—Gracias, Geun-dae. Solo... me alegra que haya terminado.

Hwa-jin, que había estado observando la escena desde el ventanal, se acercó a ellos. Se detuvo frente a Han-rim. Por un momento, el ruido del exterior —las sirenas, los gritos de los estudiantes, el ajetreo de los agentes— pareció desvanecerse.

—Lo has hecho bien —dijo Hwa-jin.

Eran solo cuatro palabras, pero viniendo de él, valían más que cualquier medalla. Han-rim lo miró, y por un instante, volvió a ver al hombre que la salvó. Pero esta vez, ya no se sentía como una víctima rescatada, sino como una igual que caminaba a su lado.

—Aprendí del mejor —respondió ella, con una sinceridad que hizo que Geun-dae soltara un silbido burlón.

—¡Vaya, qué momento tan emotivo! —exclamó Geun-dae—. ¿Significa esto que el jefe va a pagarnos la cena? Conozco un lugar de barbacoa coreana que...

—Geun-dae —lo interrumpió Hwa-jin, aunque esta vez no parecía molesto.

—¿Sí, jefe?

—Cierra la boca y ve al coche.

Geun-dae soltó una carcajada y salió trotando del despacho. Han-rim se dispuso a seguirlo, pero la voz de Hwa-jin la detuvo.

—Han-rim.

Ella se giró. Él seguía allí, bajo la luz del atardecer que se filtraba por la ventana, recortando su figura imponente.

—Aquel día, bajo el puente... —empezó él, y el corazón de Han-rim dio un vuelco—. No te ayudé porque me lo pidieras. Te ayudé porque, incluso antes de abrir la boca, tus ojos ya estaban luchando.

Han-rim sintió un nudo en la garganta. No supo qué decir. Hwa-jin no esperó una respuesta; simplemente pasó por su lado, rozando su hombro con el suyo en un gesto de apoyo silencioso, y salió de la habitación con su paso firme y decidido.

Ella se quedó allí un segundo más, sonriendo para sí misma. La herida de su pasado había cicatrizado por completo, dejando en su lugar una fuerza que nada podría quebrar. Ajustó su chaqueta, se pasó una mano por el cabello oscuro y caminó hacia la salida.

Tenía un equipo, tenía un propósito y, sobre todo, tenía la certeza de que, mientras Na Hwa-jin estuviera cerca, nadie volvería a luchar solo en la oscuridad.
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