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¿Por qué ella y yo no?
Fandom: Fairy Tail
Creado: 27/6/2026
Etiquetas
DramaAngustiaRomanceEstudio de PersonajeCelosAmbientación CanonDivergencia
El eco de un corazón de cristal
La algarabía en el gremio de Fairy Tail siempre había sido el sonido favorito de Lucy Heartfilia. Era un caos reconfortante, lleno de mesas volando, risas estruendosas y el aroma a cerveza y comida casera. Sin embargo, hoy ese mismo ruido se sentía como clavos rozando una pizarra.
Lucy estaba sentada en la barra, jugueteando con el borde de su vaso de zumo. Llevaba su atuendo de viaje habitual: esa blusa azul y blanca sin mangas que dejaba al descubierto su vientre y su ombligo, y su minifalda plisada donde sus llaves celestiales tintineaban con cada pequeño movimiento. Se había esmerado en peinar su cabello rubio en dos coletas altas, dejando que los mechones frontales enmarcaran su rostro, esperando, quizás inconscientemente, que cierto Dragon Slayer notara lo bien que se veía hoy.
Pero Natsu no estaba mirando.
— ¡Mira esto, Lisanna! —exclamó Natsu desde una mesa cercana, rodeado por una pequeña multitud—. ¡Puedo comer más fuego que antes! ¡Observa!
Natsu, con su característico chaleco negro abierto mostrando su pecho musculoso y su eterna bufanda de escamas al cuello, inhaló profundamente y soltó una llamarada controlada que formó la silueta de un Happy volador. Lisanna Strauss, sentada a su lado, soltó una risita melodiosa. Su cabello blanco y corto brillaba bajo las luces del gremio, y sus ojos azules rebosaban una ternura que Lucy encontraba dolorosa de presenciar.
— Sigues siendo tan presumido como cuando éramos niños, Natsu —dijo Lisanna, tocándole el brazo con naturalidad—. Pero me encanta.
Lucy desvió la mirada rápidamente, sintiendo un nudo amargo en la garganta. Al principio, cuando Lisanna regresó de Edolas, Lucy se sintió genuinamente feliz. Había escuchado las historias, sabía cuánto había sufrido la familia Strauss y cuánto había afectado su pérdida a Natsu. Lisanna era, además, una persona encantadora; era dulce, amable y la había recibido con los brazos abiertos. Era imposible odiarla.
Pero con el paso de las semanas, el espacio que Lucy ocupaba en la vida de Natsu comenzó a encogerse. Las misiones en equipo se volvieron raras. Las irrupciones de Natsu por su ventana disminuyeron. Ahora, dondequiera que estuviera la bufanda blanca, estaba el cabello corto y plateado.
— ¿Estás bien, Lu-chan? —preguntó Levy, acercándose con preocupación.
— ¡Oh! Sí, perfectamente —respondió Lucy, forzando una sonrisa radiante, esa que solía usar cuando quería presumir de su confianza—. Solo pensaba en qué novela escribir a continuación. La inspiración me desborda, ya sabes.
— Si tú lo dices... —Levy no parecía convencida, pero antes de que pudiera insistir, un golpe seco sobre la mesa principal llamó la atención de todos.
Natsu se había puesto de pie, subiéndose a la mesa con una energía desbordante. Tenía una mano entrelazada con la de Lisanna, quien se sonrojaba pero no apartaba la vista del joven de cabello rosado.
— ¡Oigan, todos! ¡Escuchen! —gritó Natsu, su voz resonando en cada rincón del salón—. ¡Tengo algo importante que decir!
El gremio guardó silencio. Incluso Gray y Gajeel dejaron de pelear por un momento. Lucy sintió que el aire se volvía pesado, como si la gravedad hubiera aumentado de golpe sobre sus hombros.
— ¡Lisanna y yo estamos juntos! —anunció Natsu con una sonrisa de colmillos afilados, levantando sus manos unidas—. ¡Somos una pareja oficial!
Un segundo de silencio sepulcral fue seguido por una explosión de júbilo. Mira, desde la barra, rompió a llorar de felicidad mientras abrazaba a Elfman. Cana brindó con un barril entero, y los gritos de "¡Ya era hora!" y "¡Felicidades!" llenaron el aire.
Lucy sintió un crujido. No fue físico, pero juraría que escuchó el sonido de algo rompiéndose dentro de su pecho. El mundo pareció desdibujarse. Automáticamente, sus manos comenzaron a aplaudir. Sus labios se curvaron en una mueca que imitaba una sonrisa.
— ¡Felicidades, chicos! —gritó ella, camuflando su voz entre la multitud.
— ¡Gracias, Lucy! —respondió Lisanna, saludándola con la mano libre, con una sinceridad que solo hizo que Lucy se sintiera más miserable.
Natsu la miró por un breve segundo. Sus ojos negros, siempre tan transparentes, parecieron brillar con su alegría habitual, pero no se detuvieron en ella más de lo necesario. Volvió a reírse con Happy, quien volaba alrededor gritando su clásico "¡Se gustaaaaan!".
Lucy no pudo soportarlo más. Se levantó con movimientos mecánicos, asegurándose de que su látigo y sus llaves estuvieran en su lugar.
— Me retiro, tengo que... pagar el alquiler —le mintió a Levy sin mirarla a los ojos—. ¡Disfruten la fiesta!
Salió del gremio a paso rápido. Una vez que las puertas dobles se cerraron tras ella, el silencio de Magnolia la golpeó como un balde de agua fría. Caminó hacia el canal, sus botas altas de cuero resonando contra el pavimento de piedra.
¿Por qué dolía tanto? Natsu era su mejor amigo, su compañero. Él le había enseñado lo que significaba pertenecer a una familia. Ella debería estar celebrando que él hubiera recuperado el amor que creía perdido hace años. Odiarlos era estúpido. Lisanna no había hecho nada malo; era perfecta. Era dulce, era una maga de transformación increíble, y tenía una historia compartida con Natsu que Lucy nunca podría igualar.
— "Hagamos una familia", eso le dijo ella cuando eran niños —susurró Lucy para sí misma, apoyándose en la barandilla del puente.
Las lágrimas, que había contenido con tanto esfuerzo, comenzaron a rodar por sus mejillas, cayendo al agua del canal. Se sentía pequeña, superficial. ¿De qué servía ser segura de sí misma, presumir de su apariencia o de su atractivo, si al final del día la persona que más le importaba prefería la calidez sencilla y pura de alguien más?
— Soy tan egoísta —sollozó, cubriéndose el rostro con las manos—. Una parte de mí... una parte horrible de mí desearía que ella nunca hubiera vuelto de Edolas.
Se sintió asqueada por el pensamiento. Lisanna era su amiga. Fairy Tail estaba completo de nuevo gracias a su regreso. Pero el vacío en su propio costado, allí donde Natsu solía caminar, era un abismo negro que no sabía cómo llenar.
— ¿Por qué ella? —preguntó al aire, su voz quebrada—. Yo estuve ahí. Fuimos a la Torre del Cielo, fuimos a la Isla Tenrou, luchamos contra Phantom Lord... yo estuve a su lado en cada paso. ¿Por qué ella... y no yo?
— ¿Lucy?
La rubia dio un salto, limpiándose frenéticamente los ojos con el dorso de la mano. Se giró para encontrar a Natsu parado a unos metros. No llevaba su sonrisa habitual; parecía confundido, casi preocupado.
— ¿Natsu? ¿Qué haces aquí? Deberías estar celebrando con Lisanna —dijo ella, tratando de recuperar su tono altivo y seguro, pero su voz la traicionó con un leve gallo al final.
— Te fuiste muy rápido —dijo él, acercándose lentamente. El viento agitó su bufanda—. Oliste a tristeza desde que Lisanna y yo dimos la noticia. ¿Pasa algo? ¿Estás herida?
Lucy soltó una carcajada seca, carente de humor.
— ¿Herida? No, Natsu. Estoy bien. Solo... el alquiler, ya sabes. Capricornio me dijo que debería poner mis finanzas en orden.
Natsu frunció el ceño. Se detuvo frente a ella, invadiendo su espacio personal como solía hacer, pero esta vez Lucy retrocedió un paso. El pecho descubierto de Natsu, su aroma a fuego y hogar, todo lo que antes la hacía sentir segura, ahora se sentía como una herida abierta.
— Estás mintiendo —sentenció él con esa honestidad brutal que lo caracterizaba—. Lucy, eres mi mejor amiga. Si no estás feliz por nosotros...
— ¡Estoy feliz! —le interrumpió ella, alzando la voz más de lo necesario—. ¡Estoy increíblemente feliz por ustedes! Lisanna es maravillosa y tú eres... tú eres Natsu. Hacen una pareja perfecta.
— Entonces, ¿por qué lloras? —preguntó él, extendiendo una mano para tocarle el hombro.
Lucy esquivó el contacto, girándose de nuevo hacia el agua. Sus coletas se agitaron con el movimiento brusco.
— Porque soy una tonta, Natsu. Porque a veces las personas se dan cuenta de que el lugar que creían que era suyo, en realidad nunca les perteneció. Solo estaba prestado.
— No entiendo de qué hablas —admitió él, rascándose la nuca con frustración—. Nada ha cambiado. Seguimos siendo un equipo, ¿verdad? Lisanna se unirá a nosotros en las misiones y será como antes.
— ¡No será como antes! —estalló ella, dándose la vuelta con los ojos inyectados en sangre y las mejillas empapadas—. ¡Nada volverá a ser igual! Tú la miras a ella como si fuera el sol, Natsu. Y yo... yo solo soy la chica que te acompaña a comer después.
Natsu se quedó helado. Sus ojos negros se abrieron de par en par, procesando las palabras de la maga estelar. El silencio se prolongó, solo roto por el sonido del agua fluyendo bajo el puente.
— Lucy... yo no sabía que tú...
— No digas nada —le cortó ella, recuperando una pizca de su dignidad—. No te atrevas a pedirme disculpas por ser feliz. No tienes la culpa de no quererme de esa manera. Y Lisanna mucho menos.
Lucy pasó por su lado, rozando su hombro con el de él. Se detuvo un segundo, sin mirarlo.
— Solo... dame un poco de tiempo, ¿si? Necesito aprender a ser solo tu "compañera" de nuevo.
— Lucy, espera —intentó él, pero ella ya había empezado a correr.
Natsu se quedó solo en el puente, el aroma de las lágrimas de Lucy todavía flotando en el aire, mezclado con el perfume de vainilla que ella siempre usaba. Miró su mano, la misma que hace unos momentos sostenía la de Lisanna, y por primera vez en su vida, el Dragon Slayer de Fuego sintió un frío que su magia no podía calentar.
Mientras tanto, en su apartamento, Lucy Heartfilia se dejó caer contra la puerta cerrada. Se quitó las botas y se abrazó las rodillas, escondiendo el rostro en su falda. El tintineo de sus llaves celestiales fue el único consuelo en la oscuridad de su habitación.
Había sido honesta, y sin embargo, se sentía más vacía que nunca. Sabía que mañana tendría que ir al gremio, sonreírle a Lisanna, bromear con Gray y actuar como si su corazón no estuviera esparcido en pedazos por todo el suelo de Magnolia.
Porque así era Fairy Tail. Porque amaba a sus amigos más que a su propio dolor. Pero esa noche, bajo la luz de la luna que regía a sus espíritus, Lucy se permitió romperse por completo, deseando en silencio que el fuego de Natsu nunca hubiera quemado tanto.
Lucy estaba sentada en la barra, jugueteando con el borde de su vaso de zumo. Llevaba su atuendo de viaje habitual: esa blusa azul y blanca sin mangas que dejaba al descubierto su vientre y su ombligo, y su minifalda plisada donde sus llaves celestiales tintineaban con cada pequeño movimiento. Se había esmerado en peinar su cabello rubio en dos coletas altas, dejando que los mechones frontales enmarcaran su rostro, esperando, quizás inconscientemente, que cierto Dragon Slayer notara lo bien que se veía hoy.
Pero Natsu no estaba mirando.
— ¡Mira esto, Lisanna! —exclamó Natsu desde una mesa cercana, rodeado por una pequeña multitud—. ¡Puedo comer más fuego que antes! ¡Observa!
Natsu, con su característico chaleco negro abierto mostrando su pecho musculoso y su eterna bufanda de escamas al cuello, inhaló profundamente y soltó una llamarada controlada que formó la silueta de un Happy volador. Lisanna Strauss, sentada a su lado, soltó una risita melodiosa. Su cabello blanco y corto brillaba bajo las luces del gremio, y sus ojos azules rebosaban una ternura que Lucy encontraba dolorosa de presenciar.
— Sigues siendo tan presumido como cuando éramos niños, Natsu —dijo Lisanna, tocándole el brazo con naturalidad—. Pero me encanta.
Lucy desvió la mirada rápidamente, sintiendo un nudo amargo en la garganta. Al principio, cuando Lisanna regresó de Edolas, Lucy se sintió genuinamente feliz. Había escuchado las historias, sabía cuánto había sufrido la familia Strauss y cuánto había afectado su pérdida a Natsu. Lisanna era, además, una persona encantadora; era dulce, amable y la había recibido con los brazos abiertos. Era imposible odiarla.
Pero con el paso de las semanas, el espacio que Lucy ocupaba en la vida de Natsu comenzó a encogerse. Las misiones en equipo se volvieron raras. Las irrupciones de Natsu por su ventana disminuyeron. Ahora, dondequiera que estuviera la bufanda blanca, estaba el cabello corto y plateado.
— ¿Estás bien, Lu-chan? —preguntó Levy, acercándose con preocupación.
— ¡Oh! Sí, perfectamente —respondió Lucy, forzando una sonrisa radiante, esa que solía usar cuando quería presumir de su confianza—. Solo pensaba en qué novela escribir a continuación. La inspiración me desborda, ya sabes.
— Si tú lo dices... —Levy no parecía convencida, pero antes de que pudiera insistir, un golpe seco sobre la mesa principal llamó la atención de todos.
Natsu se había puesto de pie, subiéndose a la mesa con una energía desbordante. Tenía una mano entrelazada con la de Lisanna, quien se sonrojaba pero no apartaba la vista del joven de cabello rosado.
— ¡Oigan, todos! ¡Escuchen! —gritó Natsu, su voz resonando en cada rincón del salón—. ¡Tengo algo importante que decir!
El gremio guardó silencio. Incluso Gray y Gajeel dejaron de pelear por un momento. Lucy sintió que el aire se volvía pesado, como si la gravedad hubiera aumentado de golpe sobre sus hombros.
— ¡Lisanna y yo estamos juntos! —anunció Natsu con una sonrisa de colmillos afilados, levantando sus manos unidas—. ¡Somos una pareja oficial!
Un segundo de silencio sepulcral fue seguido por una explosión de júbilo. Mira, desde la barra, rompió a llorar de felicidad mientras abrazaba a Elfman. Cana brindó con un barril entero, y los gritos de "¡Ya era hora!" y "¡Felicidades!" llenaron el aire.
Lucy sintió un crujido. No fue físico, pero juraría que escuchó el sonido de algo rompiéndose dentro de su pecho. El mundo pareció desdibujarse. Automáticamente, sus manos comenzaron a aplaudir. Sus labios se curvaron en una mueca que imitaba una sonrisa.
— ¡Felicidades, chicos! —gritó ella, camuflando su voz entre la multitud.
— ¡Gracias, Lucy! —respondió Lisanna, saludándola con la mano libre, con una sinceridad que solo hizo que Lucy se sintiera más miserable.
Natsu la miró por un breve segundo. Sus ojos negros, siempre tan transparentes, parecieron brillar con su alegría habitual, pero no se detuvieron en ella más de lo necesario. Volvió a reírse con Happy, quien volaba alrededor gritando su clásico "¡Se gustaaaaan!".
Lucy no pudo soportarlo más. Se levantó con movimientos mecánicos, asegurándose de que su látigo y sus llaves estuvieran en su lugar.
— Me retiro, tengo que... pagar el alquiler —le mintió a Levy sin mirarla a los ojos—. ¡Disfruten la fiesta!
Salió del gremio a paso rápido. Una vez que las puertas dobles se cerraron tras ella, el silencio de Magnolia la golpeó como un balde de agua fría. Caminó hacia el canal, sus botas altas de cuero resonando contra el pavimento de piedra.
¿Por qué dolía tanto? Natsu era su mejor amigo, su compañero. Él le había enseñado lo que significaba pertenecer a una familia. Ella debería estar celebrando que él hubiera recuperado el amor que creía perdido hace años. Odiarlos era estúpido. Lisanna no había hecho nada malo; era perfecta. Era dulce, era una maga de transformación increíble, y tenía una historia compartida con Natsu que Lucy nunca podría igualar.
— "Hagamos una familia", eso le dijo ella cuando eran niños —susurró Lucy para sí misma, apoyándose en la barandilla del puente.
Las lágrimas, que había contenido con tanto esfuerzo, comenzaron a rodar por sus mejillas, cayendo al agua del canal. Se sentía pequeña, superficial. ¿De qué servía ser segura de sí misma, presumir de su apariencia o de su atractivo, si al final del día la persona que más le importaba prefería la calidez sencilla y pura de alguien más?
— Soy tan egoísta —sollozó, cubriéndose el rostro con las manos—. Una parte de mí... una parte horrible de mí desearía que ella nunca hubiera vuelto de Edolas.
Se sintió asqueada por el pensamiento. Lisanna era su amiga. Fairy Tail estaba completo de nuevo gracias a su regreso. Pero el vacío en su propio costado, allí donde Natsu solía caminar, era un abismo negro que no sabía cómo llenar.
— ¿Por qué ella? —preguntó al aire, su voz quebrada—. Yo estuve ahí. Fuimos a la Torre del Cielo, fuimos a la Isla Tenrou, luchamos contra Phantom Lord... yo estuve a su lado en cada paso. ¿Por qué ella... y no yo?
— ¿Lucy?
La rubia dio un salto, limpiándose frenéticamente los ojos con el dorso de la mano. Se giró para encontrar a Natsu parado a unos metros. No llevaba su sonrisa habitual; parecía confundido, casi preocupado.
— ¿Natsu? ¿Qué haces aquí? Deberías estar celebrando con Lisanna —dijo ella, tratando de recuperar su tono altivo y seguro, pero su voz la traicionó con un leve gallo al final.
— Te fuiste muy rápido —dijo él, acercándose lentamente. El viento agitó su bufanda—. Oliste a tristeza desde que Lisanna y yo dimos la noticia. ¿Pasa algo? ¿Estás herida?
Lucy soltó una carcajada seca, carente de humor.
— ¿Herida? No, Natsu. Estoy bien. Solo... el alquiler, ya sabes. Capricornio me dijo que debería poner mis finanzas en orden.
Natsu frunció el ceño. Se detuvo frente a ella, invadiendo su espacio personal como solía hacer, pero esta vez Lucy retrocedió un paso. El pecho descubierto de Natsu, su aroma a fuego y hogar, todo lo que antes la hacía sentir segura, ahora se sentía como una herida abierta.
— Estás mintiendo —sentenció él con esa honestidad brutal que lo caracterizaba—. Lucy, eres mi mejor amiga. Si no estás feliz por nosotros...
— ¡Estoy feliz! —le interrumpió ella, alzando la voz más de lo necesario—. ¡Estoy increíblemente feliz por ustedes! Lisanna es maravillosa y tú eres... tú eres Natsu. Hacen una pareja perfecta.
— Entonces, ¿por qué lloras? —preguntó él, extendiendo una mano para tocarle el hombro.
Lucy esquivó el contacto, girándose de nuevo hacia el agua. Sus coletas se agitaron con el movimiento brusco.
— Porque soy una tonta, Natsu. Porque a veces las personas se dan cuenta de que el lugar que creían que era suyo, en realidad nunca les perteneció. Solo estaba prestado.
— No entiendo de qué hablas —admitió él, rascándose la nuca con frustración—. Nada ha cambiado. Seguimos siendo un equipo, ¿verdad? Lisanna se unirá a nosotros en las misiones y será como antes.
— ¡No será como antes! —estalló ella, dándose la vuelta con los ojos inyectados en sangre y las mejillas empapadas—. ¡Nada volverá a ser igual! Tú la miras a ella como si fuera el sol, Natsu. Y yo... yo solo soy la chica que te acompaña a comer después.
Natsu se quedó helado. Sus ojos negros se abrieron de par en par, procesando las palabras de la maga estelar. El silencio se prolongó, solo roto por el sonido del agua fluyendo bajo el puente.
— Lucy... yo no sabía que tú...
— No digas nada —le cortó ella, recuperando una pizca de su dignidad—. No te atrevas a pedirme disculpas por ser feliz. No tienes la culpa de no quererme de esa manera. Y Lisanna mucho menos.
Lucy pasó por su lado, rozando su hombro con el de él. Se detuvo un segundo, sin mirarlo.
— Solo... dame un poco de tiempo, ¿si? Necesito aprender a ser solo tu "compañera" de nuevo.
— Lucy, espera —intentó él, pero ella ya había empezado a correr.
Natsu se quedó solo en el puente, el aroma de las lágrimas de Lucy todavía flotando en el aire, mezclado con el perfume de vainilla que ella siempre usaba. Miró su mano, la misma que hace unos momentos sostenía la de Lisanna, y por primera vez en su vida, el Dragon Slayer de Fuego sintió un frío que su magia no podía calentar.
Mientras tanto, en su apartamento, Lucy Heartfilia se dejó caer contra la puerta cerrada. Se quitó las botas y se abrazó las rodillas, escondiendo el rostro en su falda. El tintineo de sus llaves celestiales fue el único consuelo en la oscuridad de su habitación.
Había sido honesta, y sin embargo, se sentía más vacía que nunca. Sabía que mañana tendría que ir al gremio, sonreírle a Lisanna, bromear con Gray y actuar como si su corazón no estuviera esparcido en pedazos por todo el suelo de Magnolia.
Porque así era Fairy Tail. Porque amaba a sus amigos más que a su propio dolor. Pero esa noche, bajo la luz de la luna que regía a sus espíritus, Lucy se permitió romperse por completo, deseando en silencio que el fuego de Natsu nunca hubiera quemado tanto.
