
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
My one and only
Fandom: Teach you a lesson
Creado: 27/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeCrimenHistoria DomésticaDetectivescoPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje ExplícitoRecortes de VidaFluffAmbientación Canon
El eco de la disciplina
El gimnasio de la sede de la Autoridad de Protección de los Derechos Educativos estaba sumido en una penumbra azulada, interrumpida solo por el resplandor de las luces de emergencia y el rítmico sonido de los impactos contra el saco de boxeo. Na Hwa-jin no se detenía. Sus nudillos, envueltos en vendas ya desgastadas, golpeaban el cuero con una precisión quirúrgica. Cada golpe era una válvula de escape, una forma de silenciar el ruido constante de sus propios pensamientos.
Para el resto del mundo, Hwa-jin era una roca. Un hombre de hierro capaz de desmantelar redes de corrupción escolar y someter a los delincuentes más violentos sin parpadear. Pero allí, en la soledad de la noche, la armadura mostraba sus grietas.
—Si sigues así, vas a terminar rompiendo el soporte, Hwa-jin. O tus manos. Lo que ocurra primero.
Hwa-jin no necesitó girarse para saber quién estaba allí. La voz de Lim Han-rim era inconfundible: suave, cargada de una confianza natural y, en ese momento, teñida de una preocupación que Hwa-jin preferiría ignorar. El supervisor se detuvo, apoyando la frente contra el saco sudado, respirando con dificultad.
—Es tarde, Han-rim —dijo Hwa-jin, sin mirarlo—. Deberías estar en casa.
Han-rim caminó hacia él con esa elegancia relajada que siempre lo caracterizaba. Se apoyó contra una de las columnas del gimnasio, cruzando los brazos sobre el pecho. Su mirada recorrió la figura tensa de Hwa-jin, deteniéndose en sus hombros rígidos.
—Podría decir lo mismo de ti —respondió Han-rim con una sonrisa ligera—. Pero ambos sabemos que eres un adicto al trabajo. O que estás huyendo de algo.
Hwa-jin se enderezó, soltando un suspiro pesado mientras comenzaba a desenrollar las vendas de sus manos. Sus dedos estaban ligeramente entumecidos.
—No huyo de nada. Solo mantengo la forma.
—Hwa-jin, te conozco desde hace años —Han-rim se acercó unos pasos más, invadiendo ese espacio personal que Hwa-jin solía proteger con tanto celo—. Llevas semanas más reservado de lo habitual. Y eso, viniendo de ti, es decir mucho. ¿Es por el caso de la semana pasada? ¿O hay algo más que te está carcomiendo?
Hwa-jin finalmente levantó la vista. Los ojos oscuros y penetrantes del supervisor chocaron con la expresión serena y empática de Han-rim. Por un momento, el silencio fue tan denso que se podía cortar. Hwa-jin sintió esa punzada familiar en el pecho, esa mezcla de admiración y frustración que siempre le provocaba la cercanía del otro hombre.
Había pasado mucho tiempo ocultando lo que sentía. Había enterrado sus emociones bajo capas de deber, disciplina y una frialdad autoimpuesta. Era más fácil ser un arma que ser un hombre con deseos. Especialmente cuando esos deseos involucraban a su compañero más cercano, a la única persona que realmente parecía ver a través de sus muros.
—No es nada, Han-rim —insistió Hwa-jin, aunque su voz sonó menos firme de lo que pretendía—. Solo estoy cansado.
Han-rim no se tragó la mentira. Dio un paso más, quedando a escasos centímetros. Pudo oler el sudor y el aroma metálico del gimnasio, pero también la presencia imponente de Hwa-jin. Sin pedir permiso, Han-rim extendió una mano y tomó la muñeca de Hwa-jin, inspeccionando los nudillos enrojecidos.
—Estás sangrando un poco —observó Han-rim en voz baja—. Vamos a mi oficina. Tengo un botiquín allí.
—Puedo hacerlo yo mismo.
—Lo sé —Han-rim le dedicó una de esas sonrisas optimistas que siempre lograban desarmar a Hwa-jin—. Pero deja que alguien cuide de ti por una vez. No te hará menos temible, te lo aseguro.
Hwa-jin quiso protestar, quiso soltarse y reafirmar su independencia, pero el contacto de los dedos de Han-rim sobre su piel era cálido y extrañamente reconfortante. Asintió casi imperceptiblemente y lo siguió por los pasillos silenciosos del edificio.
La oficina de Han-rim era un reflejo de su personalidad: ordenada pero acogedora, con algunas plantas que sobrevivían gracias a su cuidado persistente y fotos de misiones pasadas. Hwa-jin se sentó en una de las sillas frente al escritorio mientras Han-rim buscaba el alcohol y las vendas limpias.
—Siéntate derecho —pidió Han-rim, sentándose frente a él.
El proceso fue lento y meticuloso. Han-rim limpió las heridas con suavidad, soplando ligeramente cuando veía a Hwa-jin tensarse. La cercanía era embriagadora. Hwa-jin podía ver las pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos de Han-rim, la forma en que mordía su labio inferior por la concentración.
—Eres demasiado bueno en esto —murmuró Hwa-jin, rompiendo el silencio.
—¿En curar heridas? —Han-rim levantó la vista y le guiñó un ojo—. Alguien tiene que arreglar lo que tú rompes, Hwa-jin. Incluyéndote a ti mismo.
Hwa-jin apartó la mirada, sintiendo que su máscara se deslizaba peligrosamente.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó de repente, la pregunta cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Han-rim se detuvo, sosteniendo la mano de Hwa-jin entre las suyas. Su expresión se volvió seria, perdiendo la ligereza habitual.
—Porque eres importante para mí —respondió con sencillez—. Y porque sé que, aunque te esfuerces en parecer una máquina, tienes un corazón que late ahí dentro. A veces creo que te asusta que alguien lo note.
Hwa-jin sintió un nudo en la garganta. La lealtad que sentía por Han-rim era absoluta, pero lo que bullía debajo era algo mucho más voraz y difícil de controlar. Era un anhelo que lo mantenía despierto por las noches, una necesidad de protección que iba más allá del deber profesional.
—A veces es mejor no sentir nada —dijo Hwa-jin, su voz apenas un susurro—. Los sentimientos nublan el juicio. Hacen que cometas errores.
—O hacen que valga la pena luchar —replicó Han-rim, sin soltar su mano—. Hwa-jin, mírame.
Hwa-jin obedeció, encontrándose con la mirada abierta y honesta de su compañero. No había juicio allí, solo una aceptación silenciosa que resultaba aterradora.
—Llevas años cargando con todo el peso del mundo sobre tus hombros —continuó Han-rim—. No tienes que hacerlo solo. Si hay algo que te molesta, si hay algo que… que sientes que no puedes decir, quiero que sepas que estoy aquí.
Hwa-jin sintió que el muro que había construido durante tanto tiempo finalmente cedía. La tensión acumulada en el gimnasio, los años de silencio, la admiración secreta… todo convergió en ese momento.
—¿Incluso si lo que tengo que decir cambia las cosas entre nosotros? —preguntó Hwa-jin, su mirada intensa fija en la de Han-rim.
Han-rim sonrió, una sonrisa pequeña y triste, como si ya supiera la respuesta.
—Nada podría cambiar lo que siento por ti, Hwa-jin. Eres mi compañero, mi mejor amigo. Pero creo que ambos sabemos que hay algo más flotando en el aire desde hace mucho tiempo.
Hwa-jin se inclinó hacia adelante, la distancia entre ellos reduciéndose a casi nada. Podía sentir el aliento de Han-rim en su rostro. Su instinto analítico le decía que diera marcha atrás, que protegiera su posición, pero su corazón, ese órgano que tanto intentaba ignorar, gritaba lo contrario.
—No soy bueno con las palabras, Han-rim —dijo Hwa-jin, su voz profunda y ronca—. Ya lo sabes.
—Entonces no uses palabras —susurró Han-rim.
Fue Hwa-jin quien cerró el espacio. No fue un movimiento brusco, sino una acción cargada de una vacilación impropia de él. Cuando sus labios finalmente se encontraron con los de Han-rim, fue como si una descarga eléctrica recorriera su columna vertebral. El beso fue al principio tentativo, una exploración de un terreno prohibido, pero pronto se volvió más profundo, más necesitado.
Han-rim respondió con la misma intensidad, rodeando el cuello de Hwa-jin con sus brazos, atrayéndolo más hacia él. Hwa-jin soltó un gruñido bajo, sus manos grandes y ásperas acunando el rostro de Han-rim con una delicadeza sorprendente. En ese contacto, Hwa-jin vertió todo lo que no había podido decir: su miedo a perderlo, su respeto infinito, y ese amor silencioso que lo había estado consumiendo.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. Hwa-jin apoyó su frente contra la de Han-rim, manteniendo los ojos cerrados, tratando de asimilar lo que acababa de suceder.
—Eso… —empezó Han-rim, soltando una risita nerviosa pero feliz—, eso definitivamente no fue un error de juicio.
Hwa-jin abrió los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña y genuina sonrisa curvó sus labios. Era una expresión que pocos tenían el privilegio de ver.
—Supongo que tienes razón —admitió Hwa-jin—. Como de costumbre.
Han-rim le acarició la mejilla con el pulgar, su mirada llena de un afecto que ya no necesitaba ocultarse.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Han-rim.
Hwa-jin tomó la mano de Han-rim y entrelazó sus dedos, observando el contraste entre sus manos.
—Mañana seguiremos trabajando —dijo Hwa-jin con su habitual tono serio, aunque sus ojos brillaban de una manera diferente—. Seguiremos limpiando este sistema podrido. Pero esta noche… esta noche no quiero pensar en el trabajo.
Han-rim asintió, recostando su cabeza en el hombro del hombre más alto.
—Me parece un plan excelente, supervisor Na.
Se quedaron así durante un largo rato, en el silencio protector de la oficina, mientras el mundo exterior seguía su curso caótico. Para Na Hwa-jin, la batalla constante de ocultar sus sentimientos finalmente había terminado. No era una rendición, sino una victoria diferente, una que no se ganaba con los puños, sino con la valentía de ser vulnerable frente a la única persona que realmente lo conocía.
El eco de los golpes en el gimnasio había sido reemplazado por la calma de dos respiraciones acompasadas. La disciplina seguía ahí, pero ahora, tenía un propósito más allá del deber. Tenía un nombre, una sonrisa y una mano cálida que no pensaba soltar.
—Han-rim —dijo Hwa-jin después de un rato.
—¿Dime?
—Gracias. Por no dejarme solo.
Han-rim se separó lo justo para mirarlo a los ojos y besarle la punta de la nariz, un gesto juguetón que hizo que Hwa-jin soltara un suspiro resignado pero divertido.
—Siempre estaré aquí, Hwa-jin. Incluso cuando te pongas insoportable con tu entrenamiento nocturno.
—Entonces tendré que asegurarme de que valga la pena —concluyó Hwa-jin, atrayéndolo de nuevo hacia él, agradecido por haber encontrado finalmente el valor para dejar de luchar contra lo inevitable.
Para el resto del mundo, Hwa-jin era una roca. Un hombre de hierro capaz de desmantelar redes de corrupción escolar y someter a los delincuentes más violentos sin parpadear. Pero allí, en la soledad de la noche, la armadura mostraba sus grietas.
—Si sigues así, vas a terminar rompiendo el soporte, Hwa-jin. O tus manos. Lo que ocurra primero.
Hwa-jin no necesitó girarse para saber quién estaba allí. La voz de Lim Han-rim era inconfundible: suave, cargada de una confianza natural y, en ese momento, teñida de una preocupación que Hwa-jin preferiría ignorar. El supervisor se detuvo, apoyando la frente contra el saco sudado, respirando con dificultad.
—Es tarde, Han-rim —dijo Hwa-jin, sin mirarlo—. Deberías estar en casa.
Han-rim caminó hacia él con esa elegancia relajada que siempre lo caracterizaba. Se apoyó contra una de las columnas del gimnasio, cruzando los brazos sobre el pecho. Su mirada recorrió la figura tensa de Hwa-jin, deteniéndose en sus hombros rígidos.
—Podría decir lo mismo de ti —respondió Han-rim con una sonrisa ligera—. Pero ambos sabemos que eres un adicto al trabajo. O que estás huyendo de algo.
Hwa-jin se enderezó, soltando un suspiro pesado mientras comenzaba a desenrollar las vendas de sus manos. Sus dedos estaban ligeramente entumecidos.
—No huyo de nada. Solo mantengo la forma.
—Hwa-jin, te conozco desde hace años —Han-rim se acercó unos pasos más, invadiendo ese espacio personal que Hwa-jin solía proteger con tanto celo—. Llevas semanas más reservado de lo habitual. Y eso, viniendo de ti, es decir mucho. ¿Es por el caso de la semana pasada? ¿O hay algo más que te está carcomiendo?
Hwa-jin finalmente levantó la vista. Los ojos oscuros y penetrantes del supervisor chocaron con la expresión serena y empática de Han-rim. Por un momento, el silencio fue tan denso que se podía cortar. Hwa-jin sintió esa punzada familiar en el pecho, esa mezcla de admiración y frustración que siempre le provocaba la cercanía del otro hombre.
Había pasado mucho tiempo ocultando lo que sentía. Había enterrado sus emociones bajo capas de deber, disciplina y una frialdad autoimpuesta. Era más fácil ser un arma que ser un hombre con deseos. Especialmente cuando esos deseos involucraban a su compañero más cercano, a la única persona que realmente parecía ver a través de sus muros.
—No es nada, Han-rim —insistió Hwa-jin, aunque su voz sonó menos firme de lo que pretendía—. Solo estoy cansado.
Han-rim no se tragó la mentira. Dio un paso más, quedando a escasos centímetros. Pudo oler el sudor y el aroma metálico del gimnasio, pero también la presencia imponente de Hwa-jin. Sin pedir permiso, Han-rim extendió una mano y tomó la muñeca de Hwa-jin, inspeccionando los nudillos enrojecidos.
—Estás sangrando un poco —observó Han-rim en voz baja—. Vamos a mi oficina. Tengo un botiquín allí.
—Puedo hacerlo yo mismo.
—Lo sé —Han-rim le dedicó una de esas sonrisas optimistas que siempre lograban desarmar a Hwa-jin—. Pero deja que alguien cuide de ti por una vez. No te hará menos temible, te lo aseguro.
Hwa-jin quiso protestar, quiso soltarse y reafirmar su independencia, pero el contacto de los dedos de Han-rim sobre su piel era cálido y extrañamente reconfortante. Asintió casi imperceptiblemente y lo siguió por los pasillos silenciosos del edificio.
La oficina de Han-rim era un reflejo de su personalidad: ordenada pero acogedora, con algunas plantas que sobrevivían gracias a su cuidado persistente y fotos de misiones pasadas. Hwa-jin se sentó en una de las sillas frente al escritorio mientras Han-rim buscaba el alcohol y las vendas limpias.
—Siéntate derecho —pidió Han-rim, sentándose frente a él.
El proceso fue lento y meticuloso. Han-rim limpió las heridas con suavidad, soplando ligeramente cuando veía a Hwa-jin tensarse. La cercanía era embriagadora. Hwa-jin podía ver las pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos de Han-rim, la forma en que mordía su labio inferior por la concentración.
—Eres demasiado bueno en esto —murmuró Hwa-jin, rompiendo el silencio.
—¿En curar heridas? —Han-rim levantó la vista y le guiñó un ojo—. Alguien tiene que arreglar lo que tú rompes, Hwa-jin. Incluyéndote a ti mismo.
Hwa-jin apartó la mirada, sintiendo que su máscara se deslizaba peligrosamente.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó de repente, la pregunta cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Han-rim se detuvo, sosteniendo la mano de Hwa-jin entre las suyas. Su expresión se volvió seria, perdiendo la ligereza habitual.
—Porque eres importante para mí —respondió con sencillez—. Y porque sé que, aunque te esfuerces en parecer una máquina, tienes un corazón que late ahí dentro. A veces creo que te asusta que alguien lo note.
Hwa-jin sintió un nudo en la garganta. La lealtad que sentía por Han-rim era absoluta, pero lo que bullía debajo era algo mucho más voraz y difícil de controlar. Era un anhelo que lo mantenía despierto por las noches, una necesidad de protección que iba más allá del deber profesional.
—A veces es mejor no sentir nada —dijo Hwa-jin, su voz apenas un susurro—. Los sentimientos nublan el juicio. Hacen que cometas errores.
—O hacen que valga la pena luchar —replicó Han-rim, sin soltar su mano—. Hwa-jin, mírame.
Hwa-jin obedeció, encontrándose con la mirada abierta y honesta de su compañero. No había juicio allí, solo una aceptación silenciosa que resultaba aterradora.
—Llevas años cargando con todo el peso del mundo sobre tus hombros —continuó Han-rim—. No tienes que hacerlo solo. Si hay algo que te molesta, si hay algo que… que sientes que no puedes decir, quiero que sepas que estoy aquí.
Hwa-jin sintió que el muro que había construido durante tanto tiempo finalmente cedía. La tensión acumulada en el gimnasio, los años de silencio, la admiración secreta… todo convergió en ese momento.
—¿Incluso si lo que tengo que decir cambia las cosas entre nosotros? —preguntó Hwa-jin, su mirada intensa fija en la de Han-rim.
Han-rim sonrió, una sonrisa pequeña y triste, como si ya supiera la respuesta.
—Nada podría cambiar lo que siento por ti, Hwa-jin. Eres mi compañero, mi mejor amigo. Pero creo que ambos sabemos que hay algo más flotando en el aire desde hace mucho tiempo.
Hwa-jin se inclinó hacia adelante, la distancia entre ellos reduciéndose a casi nada. Podía sentir el aliento de Han-rim en su rostro. Su instinto analítico le decía que diera marcha atrás, que protegiera su posición, pero su corazón, ese órgano que tanto intentaba ignorar, gritaba lo contrario.
—No soy bueno con las palabras, Han-rim —dijo Hwa-jin, su voz profunda y ronca—. Ya lo sabes.
—Entonces no uses palabras —susurró Han-rim.
Fue Hwa-jin quien cerró el espacio. No fue un movimiento brusco, sino una acción cargada de una vacilación impropia de él. Cuando sus labios finalmente se encontraron con los de Han-rim, fue como si una descarga eléctrica recorriera su columna vertebral. El beso fue al principio tentativo, una exploración de un terreno prohibido, pero pronto se volvió más profundo, más necesitado.
Han-rim respondió con la misma intensidad, rodeando el cuello de Hwa-jin con sus brazos, atrayéndolo más hacia él. Hwa-jin soltó un gruñido bajo, sus manos grandes y ásperas acunando el rostro de Han-rim con una delicadeza sorprendente. En ese contacto, Hwa-jin vertió todo lo que no había podido decir: su miedo a perderlo, su respeto infinito, y ese amor silencioso que lo había estado consumiendo.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. Hwa-jin apoyó su frente contra la de Han-rim, manteniendo los ojos cerrados, tratando de asimilar lo que acababa de suceder.
—Eso… —empezó Han-rim, soltando una risita nerviosa pero feliz—, eso definitivamente no fue un error de juicio.
Hwa-jin abrió los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña y genuina sonrisa curvó sus labios. Era una expresión que pocos tenían el privilegio de ver.
—Supongo que tienes razón —admitió Hwa-jin—. Como de costumbre.
Han-rim le acarició la mejilla con el pulgar, su mirada llena de un afecto que ya no necesitaba ocultarse.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Han-rim.
Hwa-jin tomó la mano de Han-rim y entrelazó sus dedos, observando el contraste entre sus manos.
—Mañana seguiremos trabajando —dijo Hwa-jin con su habitual tono serio, aunque sus ojos brillaban de una manera diferente—. Seguiremos limpiando este sistema podrido. Pero esta noche… esta noche no quiero pensar en el trabajo.
Han-rim asintió, recostando su cabeza en el hombro del hombre más alto.
—Me parece un plan excelente, supervisor Na.
Se quedaron así durante un largo rato, en el silencio protector de la oficina, mientras el mundo exterior seguía su curso caótico. Para Na Hwa-jin, la batalla constante de ocultar sus sentimientos finalmente había terminado. No era una rendición, sino una victoria diferente, una que no se ganaba con los puños, sino con la valentía de ser vulnerable frente a la única persona que realmente lo conocía.
El eco de los golpes en el gimnasio había sido reemplazado por la calma de dos respiraciones acompasadas. La disciplina seguía ahí, pero ahora, tenía un propósito más allá del deber. Tenía un nombre, una sonrisa y una mano cálida que no pensaba soltar.
—Han-rim —dijo Hwa-jin después de un rato.
—¿Dime?
—Gracias. Por no dejarme solo.
Han-rim se separó lo justo para mirarlo a los ojos y besarle la punta de la nariz, un gesto juguetón que hizo que Hwa-jin soltara un suspiro resignado pero divertido.
—Siempre estaré aquí, Hwa-jin. Incluso cuando te pongas insoportable con tu entrenamiento nocturno.
—Entonces tendré que asegurarme de que valga la pena —concluyó Hwa-jin, atrayéndolo de nuevo hacia él, agradecido por haber encontrado finalmente el valor para dejar de luchar contra lo inevitable.
