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El Tormento de Melascula
Fandom: Nanatsu no Taizai
Creado: 27/6/2026
Etiquetas
FantasíaAcciónDramaAmbientación CanonEscena FaltantePsicológicoOscuro
El Secreto de las Sombras y la Risa Prohibida
La luna colgaba en lo alto del firmamento como un ojo de plata, observando el silencio sepulcral que envolvía los alrededores del Boar Hat. Para Merlin, el Pecado de la Gula, aquella paz era una anomalía estadística. Sus dedos largos y finos jugueteaban con una pequeña esfera de energía mientras sus ojos dorados escudriñaban la oscuridad del bosque circundante. Sabía que los Diez Mandamientos no eran de los que se quedaban de brazos cruzados, y la presencia de una energía oscura, aunque sutil, vibraba en el aire como una cuerda de violín a punto de romperse.
Sin decir una palabra a los demás, Merlin se deslizó fuera de la taberna. Su chaqueta oscura, abierta y reveladora, ondeaba ligeramente con la brisa nocturna. Sus pasos eran silenciosos, apenas rozando la hierba mientras se adentraba en la espesura de los árboles. Sin embargo, no estaba tan sola como creía.
—¡Señorita Merlin! ¡Espere, por favor! —Un susurro ahogado llegó desde atrás.
Merlin se detuvo en seco y suspiró, cerrando los ojos por un breve momento. Se giró para encontrarse con la figura menuda y curvilínea de Elizabeth Liones. La princesa, con su característico cabello plateado cubriéndole un ojo y su blusa púrpura que dejaba al descubierto su vientre, parecía fuera de lugar en medio de ese bosque sombrío.
—Princesa, es peligroso estar aquí fuera —dijo Merlin con su habitual tono calmado pero firme—. Debería estar en su habitación, descansando.
—Lo siento mucho —respondió Elizabeth, juntando las manos con timidez—, pero la vi salir con una expresión tan seria que me preocupé. No quería que fuera sola si algo malo iba a pasar.
Merlin observó la determinación en los ojos azules de la joven. Aunque Elizabeth era frágil en apariencia, su valentía siempre lograba sorprenderla. No obstante, en ese momento, era una distracción que no podía permitirse.
—Agradezco su preocupación, pero insisto en que regrese...
Antes de que Merlin pudiera terminar la frase, un destello de luz púrpura rasgó la oscuridad. El aire se volvió pesado, saturado de una magia densa y viscosa.
—¡Cuidado! —gritó Merlin, extendiendo su mano para conjurar un escudo, pero fue demasiado tarde.
Un rayo de energía oscura las golpeó a ambas con la precisión de un rayo. Merlin sintió cómo su conexión con el flujo mágico se cortaba de golpe, algo casi imposible para alguien de su calibre. Antes de que pudieran reaccionar, unas cadenas de energía translúcida brotaron del suelo, envolviendo sus muñecas y tobillos. Con un tirón violento, las cadenas las elevaron, dejando a ambas mujeres suspendidas en el aire, con los brazos estirados sobre sus cabezas y las piernas separadas, completamente vulnerables.
—Vaya, vaya... pero si son la pequeña muñeca de Liones y la "gran" maga de Belialuin —una voz melosa y cargada de veneno resonó entre los árboles.
De entre las sombras emergió Melascula, el Mandamiento de la Fe. Su largo cabello rosado flotaba como si tuviera vida propia, y su leotardo blanco contrastaba con la oscuridad de la noche. Se acercó flotando, con una sonrisa burlona grabada en su rostro juvenil.
—Melascula... —gruñó Merlin, intentando inútilmente invocar su magia.
—No te molestes, Merlin —dijo la demonio, rodeándolas con parsimonia—. Estas cadenas neutralizan cualquier rastro de poder mágico. Estás tan indefensa como un humano corriente. Y ahora, me diréis lo que quiero saber: ¿Dónde se esconde Meliodas en este momento y cuáles son los puntos ciegos de las defensas de Liones?
—No te diremos nada —respondió Elizabeth, aunque su voz temblaba ligeramente por el miedo.
Melascula soltó una carcajada estridente que erizó la piel de las cautivas.
—Oh, querida princesa, sé que no lo harás voluntariamente. Los humanos sois tan tercos. Pero no necesito torturaros con fuego o espadas para que habléis. Tengo métodos mucho más... entretenidos para doblegar vuestra voluntad.
La demonio se acercó primero a Elizabeth. La princesa jadeó, intentando encogerse, pero las cadenas la mantenían perfectamente expuesta. Melascula levantó una mano, observando con deleite la piel suave de la joven. Lentamente, extendió sus dedos hacia la axila derecha de Elizabeth, que estaba completamente descubierta debido al diseño de su blusa.
—Veamos qué tan valiente eres cuando tus sentidos te traicionen —susurró Melascula.
En cuanto las yemas de los dedos de la demonio rozaron la sensible piel de su axila, Elizabeth dio un respingo violento, soltando un pequeño chillido de sorpresa.
—¡Ah! ¡N-No! —exclamó la princesa, retorciéndose en sus ligaduras.
Melascula sonrió con malicia y comenzó a mover sus dedos con rapidez en los huecos de las axilas de Elizabeth. El efecto fue instantáneo. La timidez y la seriedad de la princesa se desvanecieron bajo una marea de risas incontrolables.
—¡Ja, ja, ja! ¡P-Por favor! ¡Ji, ji, ji! ¡Detente! —rogaba Elizabeth entre carcajadas, mientras sus hombros subían y bajaban frenéticamente.
Merlin observaba la escena con una mezcla de confusión y creciente nerviosismo. Nunca había visto un interrogatorio de este tipo. Era absurdo, casi ridículo, pero ver a Elizabeth tan fuera de control la hacía sentir una inquietud que rara vez experimentaba.
—¿Qué pasa, maga? —preguntó Melascula sin dejar de atormentar a la princesa—. ¿Te pone nerviosa ver a tu amiga así? No te preocupes, también tengo tiempo para ti.
Melascula dejó a Elizabeth jadeando por aire, con las mejillas encendidas y los ojos llorosos, y se desplazó frente a Merlin. La maga mantuvo una expresión impasible, aunque sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los puños.
—A ver si esa fachada de hielo aguanta esto —dijo la demonio.
Melascula imitó el movimiento, llevando sus manos a las axilas de Merlin. Al principio, la maga apretó los dientes y se mordió el labio inferior con fuerza. Una risa traicionera burbujeaba en su garganta, pero su orgullo le impedía soltarla. Sin embargo, Melascula no se detuvo; se volvió más agresiva, usando sus uñas para rascar ligeramente y sus dedos para presionar los puntos más sensibles.
—¡Mmm... ja! —El primer sonido escapó de los labios de Merlin, seguido rápidamente por una carcajada sonora—. ¡Ja, ja, ja! ¡Basta, Melascula! ¡Es... ja, ja, ja... inútil!
—No parece tan inútil desde aquí arriba —se burló el Mandamiento, disfrutando del espectáculo de ver a la mujer más inteligente de Britania retorcerse como una colegiala.
Después de unos minutos de tortura incesante, Melascula regresó su atención a Elizabeth. La princesa apenas se estaba recuperando cuando vio la mirada fija de la demonio en su vientre expuesto. El ombligo de Elizabeth parecía un blanco perfecto, y la joven intentó desesperadamente encoger las piernas para cubrirse, pero las cadenas se tensaron, manteniéndola estirada.
—Tu vientre parece ser muy... receptivo —comentó Melascula.
Hundió sus dedos en los costados de Elizabeth, justo en la zona de la cintura donde la piel era más delgada y sensible.
—¡¡NOOO!! ¡JA, JA, JA, JA! —El grito de Elizabeth fue casi un rugido de risa—. ¡AHÍ NO! ¡JI, JI, JI! ¡ME QUEMA! ¡JA, JA, JA!
Melascula no tuvo piedad. Sus manos recorrieron todo el vientre de la princesa, alternando entre caricias rápidas y cosquillas agresivas que hacían que Elizabeth sacudiera todo su cuerpo, haciendo vibrar las cadenas mágicas. La risa de la joven era constante, un sonido melodioso pero cargado de desesperación por el estímulo abrumador.
—Diez minutos y aún no has dicho ni una palabra sobre Meliodas —dijo Melascula, fingiendo decepción mientras se apartaba de una Elizabeth exhausta—. Quizás la maga sea más cooperativa después de una segunda ronda.
Merlin, que aún intentaba recuperar su compostura, sintió un escalofrío cuando Melascula se posicionó frente a ella. El diseño de la ropa de Merlin dejaba gran parte de su torso al descubierto, lo que facilitaba el trabajo de la demonio.
—Probemos aquí —dijo Melascula, pinchando con fuerza el costado de Merlin.
La reacción fue explosiva. Merlin se quebró por completo, soltando una risa histérica que nunca antes había emitido. Su torso era su punto débil absoluto, una vulnerabilidad que siempre había ocultado bajo capas de confianza y magia.
—¡JA, JA, JA, JA! ¡PARA! ¡TE LO ADVIERTO! ¡JA, JA, JA, JA! —Merlin se retorcía con una agilidad sorprendente para alguien encadenada, pero cada movimiento solo parecía exponer más su piel al ataque de Melascula.
—¡Qué ironía! —exclamó la demonio, moviendo sus dedos por el vientre de la maga sin control—. ¡La gran Merlin, reducida a un manojo de risas por unas simples cosquillas!
La tortura continuó durante quince minutos más. El bosque se llenó con los sonidos de las risas de ambas mujeres, un contraste surrealista con la oscuridad de la noche. Melascula se divertía genuinamente; aunque no estaba obteniendo la información estratégica que buscaba, el placer de humillar a dos de sus mayores obstáculos era recompensa suficiente.
Finalmente, Melascula se detuvo, dejando que el silencio volviera a reinar, roto solo por las respiraciones erráticas y pesadas de Merlin y Elizabeth.
—Bueno, me temo que mi tiempo se agota y tengo otros asuntos que atender —dijo Melascula con un suspiro fingido—. Pero antes de irme, quiero dejaros un último recuerdo. Algo para que no olvidéis este encuentro.
La demonio extendió ambos dedos índices. Con una lentitud tortuosa, se acercó a los ombligos de ambas mujeres simultáneamente.
—¡No, por favor, otra vez no! —suplicó Elizabeth, con la voz quebrada por el cansancio.
—Melascula... ni se te ocurra... —susurró Merlin, aunque no tenía fuerza para sonar amenazante.
Sin previo aviso, Melascula hundió sus dedos en sus ombligos y comenzó a girarlos y presionarlos con saña. Para ambas, fue la sensación más intensa y abrumadora de toda la noche. Sus risas estallaron de nuevo, pero esta vez acompañadas de lágrimas y espasmos violentos. Era una sensación eléctrica que recorría sus espinas dorsales, una invasión de su espacio personal que las dejaba completamente a merced de la demonio.
—¡¡JA, JA, JA, JA!! ¡BASTA! ¡POR FAVOR! ¡JA, JA, JA! —gritaban al unísono, intentando alejarse de los dedos inquisidores, pero las cadenas las retenían en su lugar, obligándolas a recibir cada segundo de aquel tormento.
Después de lo que parecieron horas, Melascula retiró sus manos y, con un chasquido de dedos, las cadenas se desvanecieron.
Elizabeth y Merlin cayeron al suelo de rodillas, completamente exhaustas. Sus músculos protestaban por el esfuerzo de las risas y la tensión, y sus mentes estaban demasiado nubladas como para intentar cualquier contraataque.
—Ha sido un placer, damas —dijo Melascula, elevándose hacia el cielo nocturno—. No he conseguido mis respuestas, pero veros así ha valido la pena. Hasta la próxima.
La demonio desapareció entre las nubes, dejando atrás un silencio pesado. Durante varios minutos, ninguna de las dos se movió. Merlin fue la primera en incorporarse, ajustándose la chaqueta con manos temblorosas y recuperando su máscara de indiferencia, aunque sus mejillas aún conservaban un rastro de rubor.
Elizabeth se levantó poco después, limpiándose las lágrimas de los ojos y arreglándose la falda azul. Se miraron por un breve instante, compartiendo un entendimiento mudo que no necesitaba palabras.
—Señorita Merlin... —comenzó Elizabeth, con la voz aún algo inestable.
—Princesa —la interrumpió Merlin, dándole la espalda para comenzar el camino de regreso al Boar Hat—. Lo que ha sucedido esta noche... la magia de esa demonio fue capaz de inducir reacciones físicas involuntarias. No es algo de lo que debamos preocuparnos, ni mucho menos informar.
Elizabeth asintió rápidamente, comprendiendo perfectamente el mensaje.
—Estoy de acuerdo. El señor Meliodas y los demás... no necesitan saber los detalles específicos de este interrogatorio.
—Exacto —concluyó Merlin, recuperando su paso firme—. Nunca volveremos a hablar de esto.
Caminaron de regreso a la taberna bajo la luz de la luna, manteniendo una distancia profesional, pero unidas por el secreto de una noche donde la risa había sido su mayor enemiga.
Sin decir una palabra a los demás, Merlin se deslizó fuera de la taberna. Su chaqueta oscura, abierta y reveladora, ondeaba ligeramente con la brisa nocturna. Sus pasos eran silenciosos, apenas rozando la hierba mientras se adentraba en la espesura de los árboles. Sin embargo, no estaba tan sola como creía.
—¡Señorita Merlin! ¡Espere, por favor! —Un susurro ahogado llegó desde atrás.
Merlin se detuvo en seco y suspiró, cerrando los ojos por un breve momento. Se giró para encontrarse con la figura menuda y curvilínea de Elizabeth Liones. La princesa, con su característico cabello plateado cubriéndole un ojo y su blusa púrpura que dejaba al descubierto su vientre, parecía fuera de lugar en medio de ese bosque sombrío.
—Princesa, es peligroso estar aquí fuera —dijo Merlin con su habitual tono calmado pero firme—. Debería estar en su habitación, descansando.
—Lo siento mucho —respondió Elizabeth, juntando las manos con timidez—, pero la vi salir con una expresión tan seria que me preocupé. No quería que fuera sola si algo malo iba a pasar.
Merlin observó la determinación en los ojos azules de la joven. Aunque Elizabeth era frágil en apariencia, su valentía siempre lograba sorprenderla. No obstante, en ese momento, era una distracción que no podía permitirse.
—Agradezco su preocupación, pero insisto en que regrese...
Antes de que Merlin pudiera terminar la frase, un destello de luz púrpura rasgó la oscuridad. El aire se volvió pesado, saturado de una magia densa y viscosa.
—¡Cuidado! —gritó Merlin, extendiendo su mano para conjurar un escudo, pero fue demasiado tarde.
Un rayo de energía oscura las golpeó a ambas con la precisión de un rayo. Merlin sintió cómo su conexión con el flujo mágico se cortaba de golpe, algo casi imposible para alguien de su calibre. Antes de que pudieran reaccionar, unas cadenas de energía translúcida brotaron del suelo, envolviendo sus muñecas y tobillos. Con un tirón violento, las cadenas las elevaron, dejando a ambas mujeres suspendidas en el aire, con los brazos estirados sobre sus cabezas y las piernas separadas, completamente vulnerables.
—Vaya, vaya... pero si son la pequeña muñeca de Liones y la "gran" maga de Belialuin —una voz melosa y cargada de veneno resonó entre los árboles.
De entre las sombras emergió Melascula, el Mandamiento de la Fe. Su largo cabello rosado flotaba como si tuviera vida propia, y su leotardo blanco contrastaba con la oscuridad de la noche. Se acercó flotando, con una sonrisa burlona grabada en su rostro juvenil.
—Melascula... —gruñó Merlin, intentando inútilmente invocar su magia.
—No te molestes, Merlin —dijo la demonio, rodeándolas con parsimonia—. Estas cadenas neutralizan cualquier rastro de poder mágico. Estás tan indefensa como un humano corriente. Y ahora, me diréis lo que quiero saber: ¿Dónde se esconde Meliodas en este momento y cuáles son los puntos ciegos de las defensas de Liones?
—No te diremos nada —respondió Elizabeth, aunque su voz temblaba ligeramente por el miedo.
Melascula soltó una carcajada estridente que erizó la piel de las cautivas.
—Oh, querida princesa, sé que no lo harás voluntariamente. Los humanos sois tan tercos. Pero no necesito torturaros con fuego o espadas para que habléis. Tengo métodos mucho más... entretenidos para doblegar vuestra voluntad.
La demonio se acercó primero a Elizabeth. La princesa jadeó, intentando encogerse, pero las cadenas la mantenían perfectamente expuesta. Melascula levantó una mano, observando con deleite la piel suave de la joven. Lentamente, extendió sus dedos hacia la axila derecha de Elizabeth, que estaba completamente descubierta debido al diseño de su blusa.
—Veamos qué tan valiente eres cuando tus sentidos te traicionen —susurró Melascula.
En cuanto las yemas de los dedos de la demonio rozaron la sensible piel de su axila, Elizabeth dio un respingo violento, soltando un pequeño chillido de sorpresa.
—¡Ah! ¡N-No! —exclamó la princesa, retorciéndose en sus ligaduras.
Melascula sonrió con malicia y comenzó a mover sus dedos con rapidez en los huecos de las axilas de Elizabeth. El efecto fue instantáneo. La timidez y la seriedad de la princesa se desvanecieron bajo una marea de risas incontrolables.
—¡Ja, ja, ja! ¡P-Por favor! ¡Ji, ji, ji! ¡Detente! —rogaba Elizabeth entre carcajadas, mientras sus hombros subían y bajaban frenéticamente.
Merlin observaba la escena con una mezcla de confusión y creciente nerviosismo. Nunca había visto un interrogatorio de este tipo. Era absurdo, casi ridículo, pero ver a Elizabeth tan fuera de control la hacía sentir una inquietud que rara vez experimentaba.
—¿Qué pasa, maga? —preguntó Melascula sin dejar de atormentar a la princesa—. ¿Te pone nerviosa ver a tu amiga así? No te preocupes, también tengo tiempo para ti.
Melascula dejó a Elizabeth jadeando por aire, con las mejillas encendidas y los ojos llorosos, y se desplazó frente a Merlin. La maga mantuvo una expresión impasible, aunque sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los puños.
—A ver si esa fachada de hielo aguanta esto —dijo la demonio.
Melascula imitó el movimiento, llevando sus manos a las axilas de Merlin. Al principio, la maga apretó los dientes y se mordió el labio inferior con fuerza. Una risa traicionera burbujeaba en su garganta, pero su orgullo le impedía soltarla. Sin embargo, Melascula no se detuvo; se volvió más agresiva, usando sus uñas para rascar ligeramente y sus dedos para presionar los puntos más sensibles.
—¡Mmm... ja! —El primer sonido escapó de los labios de Merlin, seguido rápidamente por una carcajada sonora—. ¡Ja, ja, ja! ¡Basta, Melascula! ¡Es... ja, ja, ja... inútil!
—No parece tan inútil desde aquí arriba —se burló el Mandamiento, disfrutando del espectáculo de ver a la mujer más inteligente de Britania retorcerse como una colegiala.
Después de unos minutos de tortura incesante, Melascula regresó su atención a Elizabeth. La princesa apenas se estaba recuperando cuando vio la mirada fija de la demonio en su vientre expuesto. El ombligo de Elizabeth parecía un blanco perfecto, y la joven intentó desesperadamente encoger las piernas para cubrirse, pero las cadenas se tensaron, manteniéndola estirada.
—Tu vientre parece ser muy... receptivo —comentó Melascula.
Hundió sus dedos en los costados de Elizabeth, justo en la zona de la cintura donde la piel era más delgada y sensible.
—¡¡NOOO!! ¡JA, JA, JA, JA! —El grito de Elizabeth fue casi un rugido de risa—. ¡AHÍ NO! ¡JI, JI, JI! ¡ME QUEMA! ¡JA, JA, JA!
Melascula no tuvo piedad. Sus manos recorrieron todo el vientre de la princesa, alternando entre caricias rápidas y cosquillas agresivas que hacían que Elizabeth sacudiera todo su cuerpo, haciendo vibrar las cadenas mágicas. La risa de la joven era constante, un sonido melodioso pero cargado de desesperación por el estímulo abrumador.
—Diez minutos y aún no has dicho ni una palabra sobre Meliodas —dijo Melascula, fingiendo decepción mientras se apartaba de una Elizabeth exhausta—. Quizás la maga sea más cooperativa después de una segunda ronda.
Merlin, que aún intentaba recuperar su compostura, sintió un escalofrío cuando Melascula se posicionó frente a ella. El diseño de la ropa de Merlin dejaba gran parte de su torso al descubierto, lo que facilitaba el trabajo de la demonio.
—Probemos aquí —dijo Melascula, pinchando con fuerza el costado de Merlin.
La reacción fue explosiva. Merlin se quebró por completo, soltando una risa histérica que nunca antes había emitido. Su torso era su punto débil absoluto, una vulnerabilidad que siempre había ocultado bajo capas de confianza y magia.
—¡JA, JA, JA, JA! ¡PARA! ¡TE LO ADVIERTO! ¡JA, JA, JA, JA! —Merlin se retorcía con una agilidad sorprendente para alguien encadenada, pero cada movimiento solo parecía exponer más su piel al ataque de Melascula.
—¡Qué ironía! —exclamó la demonio, moviendo sus dedos por el vientre de la maga sin control—. ¡La gran Merlin, reducida a un manojo de risas por unas simples cosquillas!
La tortura continuó durante quince minutos más. El bosque se llenó con los sonidos de las risas de ambas mujeres, un contraste surrealista con la oscuridad de la noche. Melascula se divertía genuinamente; aunque no estaba obteniendo la información estratégica que buscaba, el placer de humillar a dos de sus mayores obstáculos era recompensa suficiente.
Finalmente, Melascula se detuvo, dejando que el silencio volviera a reinar, roto solo por las respiraciones erráticas y pesadas de Merlin y Elizabeth.
—Bueno, me temo que mi tiempo se agota y tengo otros asuntos que atender —dijo Melascula con un suspiro fingido—. Pero antes de irme, quiero dejaros un último recuerdo. Algo para que no olvidéis este encuentro.
La demonio extendió ambos dedos índices. Con una lentitud tortuosa, se acercó a los ombligos de ambas mujeres simultáneamente.
—¡No, por favor, otra vez no! —suplicó Elizabeth, con la voz quebrada por el cansancio.
—Melascula... ni se te ocurra... —susurró Merlin, aunque no tenía fuerza para sonar amenazante.
Sin previo aviso, Melascula hundió sus dedos en sus ombligos y comenzó a girarlos y presionarlos con saña. Para ambas, fue la sensación más intensa y abrumadora de toda la noche. Sus risas estallaron de nuevo, pero esta vez acompañadas de lágrimas y espasmos violentos. Era una sensación eléctrica que recorría sus espinas dorsales, una invasión de su espacio personal que las dejaba completamente a merced de la demonio.
—¡¡JA, JA, JA, JA!! ¡BASTA! ¡POR FAVOR! ¡JA, JA, JA! —gritaban al unísono, intentando alejarse de los dedos inquisidores, pero las cadenas las retenían en su lugar, obligándolas a recibir cada segundo de aquel tormento.
Después de lo que parecieron horas, Melascula retiró sus manos y, con un chasquido de dedos, las cadenas se desvanecieron.
Elizabeth y Merlin cayeron al suelo de rodillas, completamente exhaustas. Sus músculos protestaban por el esfuerzo de las risas y la tensión, y sus mentes estaban demasiado nubladas como para intentar cualquier contraataque.
—Ha sido un placer, damas —dijo Melascula, elevándose hacia el cielo nocturno—. No he conseguido mis respuestas, pero veros así ha valido la pena. Hasta la próxima.
La demonio desapareció entre las nubes, dejando atrás un silencio pesado. Durante varios minutos, ninguna de las dos se movió. Merlin fue la primera en incorporarse, ajustándose la chaqueta con manos temblorosas y recuperando su máscara de indiferencia, aunque sus mejillas aún conservaban un rastro de rubor.
Elizabeth se levantó poco después, limpiándose las lágrimas de los ojos y arreglándose la falda azul. Se miraron por un breve instante, compartiendo un entendimiento mudo que no necesitaba palabras.
—Señorita Merlin... —comenzó Elizabeth, con la voz aún algo inestable.
—Princesa —la interrumpió Merlin, dándole la espalda para comenzar el camino de regreso al Boar Hat—. Lo que ha sucedido esta noche... la magia de esa demonio fue capaz de inducir reacciones físicas involuntarias. No es algo de lo que debamos preocuparnos, ni mucho menos informar.
Elizabeth asintió rápidamente, comprendiendo perfectamente el mensaje.
—Estoy de acuerdo. El señor Meliodas y los demás... no necesitan saber los detalles específicos de este interrogatorio.
—Exacto —concluyó Merlin, recuperando su paso firme—. Nunca volveremos a hablar de esto.
Caminaron de regreso a la taberna bajo la luz de la luna, manteniendo una distancia profesional, pero unidas por el secreto de una noche donde la risa había sido su mayor enemiga.
