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Idiota Llorón
Fandom: Dragon Ball Super
Creado: 27/6/2026
Etiquetas
RomanceAcciónAmbientación CanonRecortes de VidaDivergenciaAventura
Destellos de Orgullo y un Pulso Acelerado
El cielo de Sadala ardía en un tono anaranjado profundo, reflejando la intensidad de los dos guerreros que, en la cima de una meseta desértica, hacían vibrar el aire con cada choque de sus puños. La paz tras el Torneo de la Fuerza era un concepto relativo para los saiyans del Universo 6. Aunque el destino del multiverso ya no pendía de un hilo, la sed de poder y la ambición de superarse a sí mismos seguían más vivas que nunca.
Cabba se encontraba en una posición defensiva, bloqueando con dificultad una ráfaga de patadas ascendentes. Su rostro, habitualmente amable y sereno, estaba contraído en una mueca de concentración absoluta. Frente a él, Caulifla era un torbellino de energía magenta y cabellos azabaches que desafiaban la gravedad.
— ¡Vamos, Cabba! —gritó ella, lanzando un puñetazo que el joven apenas logró desviar con el antebrazo—. ¡No te guardes nada! ¡Dime de una vez cómo lo hiciste! ¡Dime cómo demonios alcanzaste el Super Saiyan 2 de esa forma tan sólida!
Cabba retrocedió de un salto, jadeando levemente. Sus ojos negros, ahora agudos y serenos bajo el fragor de la batalla, observaron a la líder de los criminales de Sadala.
— Ya te lo he dicho, Caulifla-san —respondió él con su característica educación, aunque su tono era firme—. No fue un truco de cosquilleo en la espalda esta vez. Fue la necesidad. Fue ver que todo lo que apreciaba estaba a punto de desaparecer. Simplemente dejé que la furia tomara el control para protegerlas a ti y a Kale.
Caulifla gruñó, frustrada. Se pasó una mano por su salvaje melena y acumuló energía en sus palmas, creando esferas de luz que iluminaron su rostro de facciones rebeldes.
— ¡Esa respuesta no me sirve de nada! —exclamó ella, lanzándose de nuevo al ataque—. Yo también sentí furia, ¡pero tú parecías tener un control distinto! ¡Más rápido, más estable! ¡No voy a dejar que un soldado debilucho como tú me deje atrás!
Cabba suspiró internamente. Sabía que, para Caulifla, el poder lo era todo, pero también sabía que ella valoraba su fuerza aunque nunca lo admitiría en voz alta. Él estaba allí porque ella se lo había pedido, o mejor dicho, se lo había ordenado con ese tono autoritario que él no podía rechazar. A pesar de que sus estilos de vida eran opuestos —él, un protector de la ley; ella, una forajida—, Cabba sentía una admiración profunda por su tenacidad. Y quizás, algo más que prefería no analizar demasiado.
— ¡Concéntrate! —rugió Caulifla, apareciendo súbitamente sobre él.
Lanzó un golpe descendente con ambos puños cerrados. Cabba reaccionó por instinto, elevando su ki y transformándose en Super Saiyan en una fracción de segundo. El destello dorado cegó momentáneamente la zona. El joven saiyan esquivó el impacto, pero Caulifla, en un alarde de agilidad, giró en el aire y trató de engancharlo del cuello con sus piernas.
— ¡Te tengo! —rio ella con suficiencia.
Sin embargo, el terreno bajo sus pies traicionó la maniobra. Una roca suelta, debilitada por las ráfagas de energía previas, se desmoronó justo cuando Caulifla aterrizaba para impulsarse de nuevo. La saiyan perdió el equilibrio de forma estrepitosa.
— ¡Cuidado! —exclamó Cabba, extendiendo los brazos para evitar que ella rodara por el precipicio.
El impulso fue demasiado fuerte. En lugar de sostenerla con firmeza, el peso de Caulifla lo arrastró a él también. Ambos cayeron al suelo con un golpe seco, levantando una nube de polvo.
Cuando el polvo se asentó, el silencio reinó en la meseta.
Cabba estaba de espaldas contra la tierra dura, y Caulifla se encontraba directamente sobre él, con las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza. Sus rostros estaban a escasos milímetros. Podían sentir el calor que emanaba del cuerpo del otro, un calor residual de la batalla y de la transformación que acababa de disiparse.
— Yo... lo siento, Caulifla-san —tartamudeó Cabba, sintiendo que su rostro ardía mucho más que por el esfuerzo físico.
Caulifla no respondió de inmediato. Sus ojos estrechos, usualmente llenos de fuego y desafío, estaban fijos en los de él. Por primera vez, Cabba vio algo diferente en esa mirada: una vulnerabilidad momentánea, una curiosidad que no tenía nada que ver con las técnicas de combate. El corazón de la saiyan latía con fuerza contra el pecho de Cabba, y ella no hizo ningún ademán de levantarse.
El nerviosismo se apoderó de Caulifla. Sus defensas, esas murallas de arrogancia y rebeldía que siempre mantenía en alto, empezaron a colapsar ante la cercanía del joven. Intentó apoyarse para impulsarse hacia arriba, pero sus brazos temblaron.
— Cállate, Cabba... —susurró ella, aunque sin su habitual agresividad.
Cabba, movido por un impulso que ni él mismo comprendía, no la soltó. Sus manos, que habían estado buscando equilibrio, se posaron con suavidad en la cintura de la chica. Fue un gesto instintivo, una forma de anclarse a ese momento.
— ¿Estás bien? —preguntó él en voz muy baja.
Caulifla sintió un escalofrío recorrer su espalda. La forma en que él la miraba, con esa mezcla de respeto y una ternura inusitada, la dejó desarmada. Lentamente, como si el tiempo se hubiera dilatado, ambos comenzaron a acortar la distancia que quedaba. No hubo palabras, solo la gravedad de una atracción que habían ignorado durante meses.
Sus labios chocaron. Fue un beso breve, torpe al principio, pero cargado de una electricidad que superaba a cualquier transformación de Super Saiyan. Fue el reconocimiento de dos guerreros que, más allá de la fuerza, habían encontrado un vínculo en el campo de batalla y fuera de él.
Se separaron tras unos segundos que parecieron una eternidad. El aire regresó a sus pulmones de forma abrupta.
Caulifla se puso de pie de un salto, dándole la espalda de inmediato. Se sacudió el polvo de sus pantalones morados con movimientos erráticos, tratando de recuperar su compostura.
— ¡Maldita sea! —exclamó, aunque su voz sonaba un poco más aguda de lo normal—. Eso fue... eso fue un accidente por el golpe, ¿entiendes?
Cabba se incorporó lentamente, rascándose la nuca, con una sonrisa tímida y el rostro aún sonrosado.
— Sí, por supuesto —respondió él, recuperando su tono educado, aunque sus ojos brillaban con una nueva comprensión—. Un accidente.
Caulifla se giró a medias, cruzándose de brazos. Su actitud rebelde estaba de vuelta, pero había un brillo diferente en sus pupilas.
— Tengo que irme —dijo ella con brusquedad—. Kale me está esperando para entrenar en la base. Seguramente cree que me he perdido o algo así.
— Entiendo. Ve con cuidado —dijo Cabba, inclinando levemente la cabeza en un gesto de respeto.
Caulifla comenzó a elevarse en el aire, pero antes de salir disparada hacia el horizonte, se detuvo y miró a Cabba por encima del hombro. Una sonrisa de suficiencia, la clásica sonrisa de la saiyan más fuerte del Universo 6, curvó sus labios.
— Oye, Cabba. Mañana a la misma hora —dijo ella, tratando de sonar indiferente pero fallando notablemente—. Quiero otra "sesión" de entrenamiento. Y más te vale haber pensado en cómo explicarme lo del Super Saiyan 2... o tendremos que repetir lo de hoy hasta que lo entiendas.
Sin esperar respuesta, estalló en una estela de ki y desapareció en el cielo crepuscular.
Cabba se quedó solo en la meseta, observando el rastro de energía que ella había dejado atrás. Se llevó los dedos a los labios, aún sintiendo el calor del beso. Sabía perfectamente que ella no se refería solo a las técnicas de combate.
— Mañana será un día interesante —susurró para sí mismo, mientras una sonrisa de determinación cruzaba su rostro y comenzaba su propio camino de regreso a casa.
Cabba se encontraba en una posición defensiva, bloqueando con dificultad una ráfaga de patadas ascendentes. Su rostro, habitualmente amable y sereno, estaba contraído en una mueca de concentración absoluta. Frente a él, Caulifla era un torbellino de energía magenta y cabellos azabaches que desafiaban la gravedad.
— ¡Vamos, Cabba! —gritó ella, lanzando un puñetazo que el joven apenas logró desviar con el antebrazo—. ¡No te guardes nada! ¡Dime de una vez cómo lo hiciste! ¡Dime cómo demonios alcanzaste el Super Saiyan 2 de esa forma tan sólida!
Cabba retrocedió de un salto, jadeando levemente. Sus ojos negros, ahora agudos y serenos bajo el fragor de la batalla, observaron a la líder de los criminales de Sadala.
— Ya te lo he dicho, Caulifla-san —respondió él con su característica educación, aunque su tono era firme—. No fue un truco de cosquilleo en la espalda esta vez. Fue la necesidad. Fue ver que todo lo que apreciaba estaba a punto de desaparecer. Simplemente dejé que la furia tomara el control para protegerlas a ti y a Kale.
Caulifla gruñó, frustrada. Se pasó una mano por su salvaje melena y acumuló energía en sus palmas, creando esferas de luz que iluminaron su rostro de facciones rebeldes.
— ¡Esa respuesta no me sirve de nada! —exclamó ella, lanzándose de nuevo al ataque—. Yo también sentí furia, ¡pero tú parecías tener un control distinto! ¡Más rápido, más estable! ¡No voy a dejar que un soldado debilucho como tú me deje atrás!
Cabba suspiró internamente. Sabía que, para Caulifla, el poder lo era todo, pero también sabía que ella valoraba su fuerza aunque nunca lo admitiría en voz alta. Él estaba allí porque ella se lo había pedido, o mejor dicho, se lo había ordenado con ese tono autoritario que él no podía rechazar. A pesar de que sus estilos de vida eran opuestos —él, un protector de la ley; ella, una forajida—, Cabba sentía una admiración profunda por su tenacidad. Y quizás, algo más que prefería no analizar demasiado.
— ¡Concéntrate! —rugió Caulifla, apareciendo súbitamente sobre él.
Lanzó un golpe descendente con ambos puños cerrados. Cabba reaccionó por instinto, elevando su ki y transformándose en Super Saiyan en una fracción de segundo. El destello dorado cegó momentáneamente la zona. El joven saiyan esquivó el impacto, pero Caulifla, en un alarde de agilidad, giró en el aire y trató de engancharlo del cuello con sus piernas.
— ¡Te tengo! —rio ella con suficiencia.
Sin embargo, el terreno bajo sus pies traicionó la maniobra. Una roca suelta, debilitada por las ráfagas de energía previas, se desmoronó justo cuando Caulifla aterrizaba para impulsarse de nuevo. La saiyan perdió el equilibrio de forma estrepitosa.
— ¡Cuidado! —exclamó Cabba, extendiendo los brazos para evitar que ella rodara por el precipicio.
El impulso fue demasiado fuerte. En lugar de sostenerla con firmeza, el peso de Caulifla lo arrastró a él también. Ambos cayeron al suelo con un golpe seco, levantando una nube de polvo.
Cuando el polvo se asentó, el silencio reinó en la meseta.
Cabba estaba de espaldas contra la tierra dura, y Caulifla se encontraba directamente sobre él, con las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza. Sus rostros estaban a escasos milímetros. Podían sentir el calor que emanaba del cuerpo del otro, un calor residual de la batalla y de la transformación que acababa de disiparse.
— Yo... lo siento, Caulifla-san —tartamudeó Cabba, sintiendo que su rostro ardía mucho más que por el esfuerzo físico.
Caulifla no respondió de inmediato. Sus ojos estrechos, usualmente llenos de fuego y desafío, estaban fijos en los de él. Por primera vez, Cabba vio algo diferente en esa mirada: una vulnerabilidad momentánea, una curiosidad que no tenía nada que ver con las técnicas de combate. El corazón de la saiyan latía con fuerza contra el pecho de Cabba, y ella no hizo ningún ademán de levantarse.
El nerviosismo se apoderó de Caulifla. Sus defensas, esas murallas de arrogancia y rebeldía que siempre mantenía en alto, empezaron a colapsar ante la cercanía del joven. Intentó apoyarse para impulsarse hacia arriba, pero sus brazos temblaron.
— Cállate, Cabba... —susurró ella, aunque sin su habitual agresividad.
Cabba, movido por un impulso que ni él mismo comprendía, no la soltó. Sus manos, que habían estado buscando equilibrio, se posaron con suavidad en la cintura de la chica. Fue un gesto instintivo, una forma de anclarse a ese momento.
— ¿Estás bien? —preguntó él en voz muy baja.
Caulifla sintió un escalofrío recorrer su espalda. La forma en que él la miraba, con esa mezcla de respeto y una ternura inusitada, la dejó desarmada. Lentamente, como si el tiempo se hubiera dilatado, ambos comenzaron a acortar la distancia que quedaba. No hubo palabras, solo la gravedad de una atracción que habían ignorado durante meses.
Sus labios chocaron. Fue un beso breve, torpe al principio, pero cargado de una electricidad que superaba a cualquier transformación de Super Saiyan. Fue el reconocimiento de dos guerreros que, más allá de la fuerza, habían encontrado un vínculo en el campo de batalla y fuera de él.
Se separaron tras unos segundos que parecieron una eternidad. El aire regresó a sus pulmones de forma abrupta.
Caulifla se puso de pie de un salto, dándole la espalda de inmediato. Se sacudió el polvo de sus pantalones morados con movimientos erráticos, tratando de recuperar su compostura.
— ¡Maldita sea! —exclamó, aunque su voz sonaba un poco más aguda de lo normal—. Eso fue... eso fue un accidente por el golpe, ¿entiendes?
Cabba se incorporó lentamente, rascándose la nuca, con una sonrisa tímida y el rostro aún sonrosado.
— Sí, por supuesto —respondió él, recuperando su tono educado, aunque sus ojos brillaban con una nueva comprensión—. Un accidente.
Caulifla se giró a medias, cruzándose de brazos. Su actitud rebelde estaba de vuelta, pero había un brillo diferente en sus pupilas.
— Tengo que irme —dijo ella con brusquedad—. Kale me está esperando para entrenar en la base. Seguramente cree que me he perdido o algo así.
— Entiendo. Ve con cuidado —dijo Cabba, inclinando levemente la cabeza en un gesto de respeto.
Caulifla comenzó a elevarse en el aire, pero antes de salir disparada hacia el horizonte, se detuvo y miró a Cabba por encima del hombro. Una sonrisa de suficiencia, la clásica sonrisa de la saiyan más fuerte del Universo 6, curvó sus labios.
— Oye, Cabba. Mañana a la misma hora —dijo ella, tratando de sonar indiferente pero fallando notablemente—. Quiero otra "sesión" de entrenamiento. Y más te vale haber pensado en cómo explicarme lo del Super Saiyan 2... o tendremos que repetir lo de hoy hasta que lo entiendas.
Sin esperar respuesta, estalló en una estela de ki y desapareció en el cielo crepuscular.
Cabba se quedó solo en la meseta, observando el rastro de energía que ella había dejado atrás. Se llevó los dedos a los labios, aún sintiendo el calor del beso. Sabía perfectamente que ella no se refería solo a las técnicas de combate.
— Mañana será un día interesante —susurró para sí mismo, mientras una sonrisa de determinación cruzaba su rostro y comenzaba su propio camino de regreso a casa.
