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spiderman en mi villano faborito 1
Fandom: el fadom que sea de mi villano faborito o y spiderman
Creado: 27/6/2026
Etiquetas
CrossoverIsekai / Fantasía PortalUA (Universo Alternativo)AventuraHumorCrack / Humor ParódicoPelícula de AmigosCiencia FicciónFluffAcciónDolor/ConsueloÓpera Espacial
Entre Rayos Láser y Pañales: Un Encuentro Inesperado
La ciudad de Gru no se parecía en nada a la Nueva York que Peter Parker conocía. No había rascacielos infinitos que rasgaran las nubes, ni el ruido ensordecedor del tráfico de la Quinta Avenida. En su lugar, había una arquitectura extraña, un tanto gótica y caricaturesca, con casas que parecían sacadas de un libro de cuentos retorcidos. Peter, todavía con el traje de Spider-Man bajo su ropa de civil, caminaba por las calles sintiéndose como un pez fuera del agua.
—Esto tiene que ser otra dimensión —murmuró para sí mismo, ajustándose la mochila—. O Mysterio me dio un golpe más fuerte de lo que pensaba.
Hacía apenas unas horas, tras despertar en un callejón desconocido, Peter había tenido que entrar en acción. Un robot gigante, con un diseño ridículamente redondeado pero letal, había intentado asaltar el banco local. Spider-Man lo había desmantelado en tiempo récord, salvando a los transeúntes y dejando al villano de turno —un tipo con un traje naranja chillón que no paraba de gritar sobre su "vector"— pegado a una farola con telarañas.
Sin embargo, lo que más le inquietaba no era el robot, sino lo que había visto después en una pantalla gigante en la plaza central. Un reportaje especial hablaba de "El Villano del Siglo": un hombre calvo, con una nariz prominente y un acento extraño llamado Gru. Las imágenes mostraban a este hombre rodeado de pequeñas criaturas amarillas con overoles, los "Minions".
—Si quiero volver a casa, tengo que encontrar a alguien que sepa de tecnología avanzada —pensó Peter—. Y ese tal Gru parece tener de sobra. Si es un villano, tendré que detenerlo, pero quizás sus máquinas tengan la clave de mi regreso.
Mientras tanto, en la fortaleza de Gru, el caos era de una naturaleza muy distinta.
Gru acababa de adoptar a tres niñas —Margo, Edith y Agnes— como parte de su plan maestro para robar la Luna. Pero la paternidad no era tan sencilla como disparar un rayo congelante. Las niñas estaban explorando la casa, y lo que Gru temía finalmente sucedió: las pequeñas descubrieron la entrada secreta al laboratorio subterráneo.
—¡Guau! —exclamó Edith, cuyos ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y peligro—. ¿Para qué sirve este botón?
—¡Edith, no toques nada! —advirtió Margo, la mayor, pero ya era tarde.
Edith había accionado una palanca que activó un prototipo de láser desintegrador de alta precisión. El rayo azul neón cruzó la habitación con un zumbido eléctrico. Agnes, que sostenía a su amado unicornio de peluche, soltó un grito de horror cuando el rayo impactó directamente en el juguete.
En un parpadeo, el peluche se convirtió en una pequeña columna de cenizas.
—¡Mi unicornio! —sollozó Agnes, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Era tan blandito que me quería morir, y ahora ya no está!
Gru, que acababa de entrar corriendo al laboratorio, se llevó las manos a la cabeza. El llanto de Agnes era capaz de perforar tímpanos y, lo que era peor, de ablandar su corazón de villano, algo que él no estaba dispuesto a admitir.
—¡No, no, no! ¡No llores! —suplicó Gru, agachándose frente a ella—. Yo... yo te conseguiré otro. ¡Uno mejor! ¡Uno que dispare fuego!
—¡Quiero el mío! —gritó Agnes, rompiendo en un llanto inconsolable.
Gru suspiró, frustrado. Sabía que no podía simplemente comprar cualquier peluche; Agnes era muy particular. Recordó que había un modelo idéntico en una tienda de juguetes de colección al otro lado de la ciudad, pero él estaba demasiado ocupado con el Dr. Nefario planeando el robo del siglo.
—¡Minions! —gritó Gru, haciendo un gesto con la mano.
Tres pequeñas criaturas amarillas aparecieron de inmediato: Kevin, Stuart y Bob. Kevin parecía el líder, Stuart tenía un solo ojo y Bob era el más pequeño y entusiasta.
—Escuchen bien —dijo Gru, señalando las cenizas—. Necesito que vayan a la tienda de juguetes y recuperen un unicornio idéntico a este. Sin errores. Y por favor... —miró a Agnes, que seguía sollozando—, ¡dense prisa!
Los tres Minions saludaron militarmente, aunque Bob terminó tropezando con sus propios pies. Para pasar desapercibidos en el mundo exterior, Gru les había ordenado usar disfraces. Stuart se puso una peluca rubia y un vestido de mujer, Kevin se puso un traje de ejecutivo que le quedaba enorme, y el pequeño Bob fue metido en un carrito de bebé, vestido con un mameluco rosa y un gorrito con pompones.
—¡Bello! —exclamó Bob, emocionado por su disfraz de bebé.
Los tres salieron de la guarida, empujando el carrito con una energía caótica, sin saber que su camino estaba a punto de cruzarse con el de un superhéroe arácnido.
Peter Parker caminaba por la acera, todavía analizando el mapa de la ciudad en su teléfono (que milagrosamente tenía señal, aunque los nombres de las calles no tenían sentido). De repente, su sentido arácnido le dio un ligero hormigueo. No era una señal de peligro inminente, sino más bien una alerta de "algo muy extraño está pasando".
Se detuvo y miró hacia adelante. Un grupo de... personas... se acercaba.
A primera vista, parecía una madre muy alta y delgada con un vestido algo mal ajustado, acompañada por un hombre bajito con un maletín y un bebé en un cochecito. Pero Peter no era un adolescente común. Sus ojos captaron detalles que otros ignorarían: la "madre" tenía una piel de un amarillo chillón y un solo ojo gigante tras unas gafas de protección. El "ejecutivo" apenas medía sesenta centímetros y el "bebé"... bueno, el bebé tenía una sonrisa demasiado ancha y ojos de diferentes colores.
—¿Pero qué rayos...? —murmuró Peter, deteniéndose en seco.
Los Minions también se detuvieron. Kevin (el ejecutivo) miró a Peter de arriba abajo. Stuart (la madre) se ajustó la peluca, que se le estaba resbalando.
Peter se quedó paralizado. Había luchado contra alienígenas, hombres de arena y científicos con tentáculos mecánicos, pero nunca había visto nada parecido a estos pequeños seres amarillos. Recordó las noticias que vio en la televisión.
—Ustedes... ustedes son los aliados de Gru, ¿verdad? —preguntó Peter, entrecerrando los ojos con sospecha.
Kevin y Stuart se miraron entre sí. Empezaron a murmurar en su extraño lenguaje, una mezcla de francés, español, italiano y palabras sin sentido.
—¿Pee-ter Par-ker? —preguntó Kevin, señalándolo con un dedo enguantado.
—¿Cómo saben mi...? Ah, claro, la máscara —Peter se dio cuenta de que, aunque no llevaba el traje puesto, su actitud delataba que no era un civil normal—. Escuchen, no quiero problemas. Solo busco a Gru.
Bob, desde el carrito de bebé, miró a Peter con pura admiración. Para el pequeño Minion, aquel chico alto con mochila parecía alguien interesante. Bob levantó su pequeña mano enguantada y agitó los dedos con entusiasmo.
—¡Hola! —dijo Bob con una voz aguda y dulce.
Peter, que estaba preparado para saltar o lanzar una telaraña en cualquier momento, se quedó descolocado por la ternura del gesto. La sospecha en su rostro comenzó a disolverse, reemplazada por una mueca de confusión total.
—Eh... hola —respondió Peter, levantando la mano con timidez—. Hola, pequeño... ¿bebé?
Bob soltó una risita y sacó un oso de peluche pequeño de debajo de su manta, mostrándoselo a Peter como si fuera un tesoro.
—¡Papoy! —exclamó Bob.
Peter soltó un suspiro y se rascó la nuca. No podía evitarlo; tenía una debilidad por las cosas inocentes, y aunque estos seres trabajaran para un villano, no parecían tener una pizca de maldad en ese momento.
—Vale, esto es oficialmente lo más raro que me ha pasado esta semana —dijo Peter, relajando los hombros—. Y eso incluye el hecho de que ayer me mordió una paloma radiactiva en un sueño.
Stuart se acercó a Peter y, con una fuerza sorprendente para su tamaño, le dio un palmetazo en la pierna, como saludando a un viejo amigo.
—¡Bello, spidery-man! —dijo Stuart, tratando de sonar casual mientras su peluca terminaba de caerse, revelando sus escasos pelos negros en la cabeza calva y amarilla.
Peter sonrió a pesar de sí mismo.
—Supongo que no son tan peligrosos como dicen las noticias —comentó Peter, mirando al trío—. O al menos, no ahora mismo. ¿Qué están haciendo aquí afuera disfrazados de... bueno, de lo que sea que intenten ser?
Kevin señaló hacia la calle principal, donde se veía el letrero de una juguetería a lo lejos, y luego hizo un gesto de llanto dramático, imitando a Agnes.
—¿Buscan un juguete? —tradujo Peter—. ¿El gran villano Gru los envió a comprar un juguete?
Los tres Minions asintieron con vigor.
—Bueno —dijo Peter, ajustándose la mochila—, yo también voy hacia allá. Si me ayudan a encontrar a su jefe después, supongo que puedo acompañarlos para asegurarme de que no causen un desastre... o de que nadie los secuestre para un programa de investigación científica.
Kevin extendió la mano hacia Peter.
—¡Compaye! —exclamó el Minion.
Peter estrechó la pequeña mano amarilla, sintiendo que acababa de meterse en un lío mucho más grande y extraño de lo que podía imaginar. No sabía que, mientras él ayudaba a estos pequeños seres, Gru estaba terminando de preparar un arma que podría cambiar el destino de ambos mundos, ni que su presencia en esta ciudad no era un simple accidente dimensional.
—Muy bien, equipo —dijo Peter, empezando a caminar junto al carrito—. Vamos a por ese unicornio. Pero si intentan robar un banco en el camino, los pegaré a todos al techo, ¿entendido?
Los Minions celebraron con gritos ininteligibles, y Bob, desde su carrito, intentó lanzar una telaraña imaginaria con sus manos, imitando lo que había visto en los carteles de la ciudad sobre el nuevo héroe.
Peter Parker, el asombroso Spider-Man, estaba oficialmente haciendo de niñera para los secuaces del villano más grande del mundo. Y en el fondo, sabía que esto solo era el comienzo de una aventura muy, muy extraña.
—Esto tiene que ser otra dimensión —murmuró para sí mismo, ajustándose la mochila—. O Mysterio me dio un golpe más fuerte de lo que pensaba.
Hacía apenas unas horas, tras despertar en un callejón desconocido, Peter había tenido que entrar en acción. Un robot gigante, con un diseño ridículamente redondeado pero letal, había intentado asaltar el banco local. Spider-Man lo había desmantelado en tiempo récord, salvando a los transeúntes y dejando al villano de turno —un tipo con un traje naranja chillón que no paraba de gritar sobre su "vector"— pegado a una farola con telarañas.
Sin embargo, lo que más le inquietaba no era el robot, sino lo que había visto después en una pantalla gigante en la plaza central. Un reportaje especial hablaba de "El Villano del Siglo": un hombre calvo, con una nariz prominente y un acento extraño llamado Gru. Las imágenes mostraban a este hombre rodeado de pequeñas criaturas amarillas con overoles, los "Minions".
—Si quiero volver a casa, tengo que encontrar a alguien que sepa de tecnología avanzada —pensó Peter—. Y ese tal Gru parece tener de sobra. Si es un villano, tendré que detenerlo, pero quizás sus máquinas tengan la clave de mi regreso.
Mientras tanto, en la fortaleza de Gru, el caos era de una naturaleza muy distinta.
Gru acababa de adoptar a tres niñas —Margo, Edith y Agnes— como parte de su plan maestro para robar la Luna. Pero la paternidad no era tan sencilla como disparar un rayo congelante. Las niñas estaban explorando la casa, y lo que Gru temía finalmente sucedió: las pequeñas descubrieron la entrada secreta al laboratorio subterráneo.
—¡Guau! —exclamó Edith, cuyos ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y peligro—. ¿Para qué sirve este botón?
—¡Edith, no toques nada! —advirtió Margo, la mayor, pero ya era tarde.
Edith había accionado una palanca que activó un prototipo de láser desintegrador de alta precisión. El rayo azul neón cruzó la habitación con un zumbido eléctrico. Agnes, que sostenía a su amado unicornio de peluche, soltó un grito de horror cuando el rayo impactó directamente en el juguete.
En un parpadeo, el peluche se convirtió en una pequeña columna de cenizas.
—¡Mi unicornio! —sollozó Agnes, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Era tan blandito que me quería morir, y ahora ya no está!
Gru, que acababa de entrar corriendo al laboratorio, se llevó las manos a la cabeza. El llanto de Agnes era capaz de perforar tímpanos y, lo que era peor, de ablandar su corazón de villano, algo que él no estaba dispuesto a admitir.
—¡No, no, no! ¡No llores! —suplicó Gru, agachándose frente a ella—. Yo... yo te conseguiré otro. ¡Uno mejor! ¡Uno que dispare fuego!
—¡Quiero el mío! —gritó Agnes, rompiendo en un llanto inconsolable.
Gru suspiró, frustrado. Sabía que no podía simplemente comprar cualquier peluche; Agnes era muy particular. Recordó que había un modelo idéntico en una tienda de juguetes de colección al otro lado de la ciudad, pero él estaba demasiado ocupado con el Dr. Nefario planeando el robo del siglo.
—¡Minions! —gritó Gru, haciendo un gesto con la mano.
Tres pequeñas criaturas amarillas aparecieron de inmediato: Kevin, Stuart y Bob. Kevin parecía el líder, Stuart tenía un solo ojo y Bob era el más pequeño y entusiasta.
—Escuchen bien —dijo Gru, señalando las cenizas—. Necesito que vayan a la tienda de juguetes y recuperen un unicornio idéntico a este. Sin errores. Y por favor... —miró a Agnes, que seguía sollozando—, ¡dense prisa!
Los tres Minions saludaron militarmente, aunque Bob terminó tropezando con sus propios pies. Para pasar desapercibidos en el mundo exterior, Gru les había ordenado usar disfraces. Stuart se puso una peluca rubia y un vestido de mujer, Kevin se puso un traje de ejecutivo que le quedaba enorme, y el pequeño Bob fue metido en un carrito de bebé, vestido con un mameluco rosa y un gorrito con pompones.
—¡Bello! —exclamó Bob, emocionado por su disfraz de bebé.
Los tres salieron de la guarida, empujando el carrito con una energía caótica, sin saber que su camino estaba a punto de cruzarse con el de un superhéroe arácnido.
Peter Parker caminaba por la acera, todavía analizando el mapa de la ciudad en su teléfono (que milagrosamente tenía señal, aunque los nombres de las calles no tenían sentido). De repente, su sentido arácnido le dio un ligero hormigueo. No era una señal de peligro inminente, sino más bien una alerta de "algo muy extraño está pasando".
Se detuvo y miró hacia adelante. Un grupo de... personas... se acercaba.
A primera vista, parecía una madre muy alta y delgada con un vestido algo mal ajustado, acompañada por un hombre bajito con un maletín y un bebé en un cochecito. Pero Peter no era un adolescente común. Sus ojos captaron detalles que otros ignorarían: la "madre" tenía una piel de un amarillo chillón y un solo ojo gigante tras unas gafas de protección. El "ejecutivo" apenas medía sesenta centímetros y el "bebé"... bueno, el bebé tenía una sonrisa demasiado ancha y ojos de diferentes colores.
—¿Pero qué rayos...? —murmuró Peter, deteniéndose en seco.
Los Minions también se detuvieron. Kevin (el ejecutivo) miró a Peter de arriba abajo. Stuart (la madre) se ajustó la peluca, que se le estaba resbalando.
Peter se quedó paralizado. Había luchado contra alienígenas, hombres de arena y científicos con tentáculos mecánicos, pero nunca había visto nada parecido a estos pequeños seres amarillos. Recordó las noticias que vio en la televisión.
—Ustedes... ustedes son los aliados de Gru, ¿verdad? —preguntó Peter, entrecerrando los ojos con sospecha.
Kevin y Stuart se miraron entre sí. Empezaron a murmurar en su extraño lenguaje, una mezcla de francés, español, italiano y palabras sin sentido.
—¿Pee-ter Par-ker? —preguntó Kevin, señalándolo con un dedo enguantado.
—¿Cómo saben mi...? Ah, claro, la máscara —Peter se dio cuenta de que, aunque no llevaba el traje puesto, su actitud delataba que no era un civil normal—. Escuchen, no quiero problemas. Solo busco a Gru.
Bob, desde el carrito de bebé, miró a Peter con pura admiración. Para el pequeño Minion, aquel chico alto con mochila parecía alguien interesante. Bob levantó su pequeña mano enguantada y agitó los dedos con entusiasmo.
—¡Hola! —dijo Bob con una voz aguda y dulce.
Peter, que estaba preparado para saltar o lanzar una telaraña en cualquier momento, se quedó descolocado por la ternura del gesto. La sospecha en su rostro comenzó a disolverse, reemplazada por una mueca de confusión total.
—Eh... hola —respondió Peter, levantando la mano con timidez—. Hola, pequeño... ¿bebé?
Bob soltó una risita y sacó un oso de peluche pequeño de debajo de su manta, mostrándoselo a Peter como si fuera un tesoro.
—¡Papoy! —exclamó Bob.
Peter soltó un suspiro y se rascó la nuca. No podía evitarlo; tenía una debilidad por las cosas inocentes, y aunque estos seres trabajaran para un villano, no parecían tener una pizca de maldad en ese momento.
—Vale, esto es oficialmente lo más raro que me ha pasado esta semana —dijo Peter, relajando los hombros—. Y eso incluye el hecho de que ayer me mordió una paloma radiactiva en un sueño.
Stuart se acercó a Peter y, con una fuerza sorprendente para su tamaño, le dio un palmetazo en la pierna, como saludando a un viejo amigo.
—¡Bello, spidery-man! —dijo Stuart, tratando de sonar casual mientras su peluca terminaba de caerse, revelando sus escasos pelos negros en la cabeza calva y amarilla.
Peter sonrió a pesar de sí mismo.
—Supongo que no son tan peligrosos como dicen las noticias —comentó Peter, mirando al trío—. O al menos, no ahora mismo. ¿Qué están haciendo aquí afuera disfrazados de... bueno, de lo que sea que intenten ser?
Kevin señaló hacia la calle principal, donde se veía el letrero de una juguetería a lo lejos, y luego hizo un gesto de llanto dramático, imitando a Agnes.
—¿Buscan un juguete? —tradujo Peter—. ¿El gran villano Gru los envió a comprar un juguete?
Los tres Minions asintieron con vigor.
—Bueno —dijo Peter, ajustándose la mochila—, yo también voy hacia allá. Si me ayudan a encontrar a su jefe después, supongo que puedo acompañarlos para asegurarme de que no causen un desastre... o de que nadie los secuestre para un programa de investigación científica.
Kevin extendió la mano hacia Peter.
—¡Compaye! —exclamó el Minion.
Peter estrechó la pequeña mano amarilla, sintiendo que acababa de meterse en un lío mucho más grande y extraño de lo que podía imaginar. No sabía que, mientras él ayudaba a estos pequeños seres, Gru estaba terminando de preparar un arma que podría cambiar el destino de ambos mundos, ni que su presencia en esta ciudad no era un simple accidente dimensional.
—Muy bien, equipo —dijo Peter, empezando a caminar junto al carrito—. Vamos a por ese unicornio. Pero si intentan robar un banco en el camino, los pegaré a todos al techo, ¿entendido?
Los Minions celebraron con gritos ininteligibles, y Bob, desde su carrito, intentó lanzar una telaraña imaginaria con sus manos, imitando lo que había visto en los carteles de la ciudad sobre el nuevo héroe.
Peter Parker, el asombroso Spider-Man, estaba oficialmente haciendo de niñera para los secuaces del villano más grande del mundo. Y en el fondo, sabía que esto solo era el comienzo de una aventura muy, muy extraña.
