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Mi Científico
Fandom: Dr. Stone
Creado: 27/6/2026
Etiquetas
Dolor/ConsueloRomanceDramaEstudio de PersonajeStonepunkPost-ApocalípticoAventuraAmbientación CanonHistoria Doméstica
El Corazón del Engranaje
El Perseo cortaba las olas del Pacífico con una determinación mecánica que contrastaba con el silencio sepulcral de la madrugada. El rugido del motor era un recordatorio constante de que el Reino de la Ciencia no se detenía, que el progreso no entendía de husos horarios ni de ritmos circadianos. En la cubierta, la brisa salada golpeaba con fuerza, pero dentro del camarote improvisado que servía como centro de mando, el aire estaba viciado por el olor a tinta, papel viejo y el rancio aroma del café recalentado.
Senku Ishigami estaba inclinado sobre una mesa repleta de mapas cartográficos y esquemas químicos. Sus ojos rojos, habitualmente brillantes con una chispa de malicia intelectual, estaban inyectados en sangre. Las ojeras se hundían en su rostro como surcos profundos en la tierra seca, y su cabello, aunque mantenía su verticalidad desafiante, lucía más desordenado que de costumbre.
Llevaba setenta y dos horas sin dormir más de veinte minutos seguidos. En su mente, los cálculos para el combustible, las raciones de comida y los posibles encuentros hostiles en Sudamérica se entrelazaban en un baile frenético. No podía permitirse un error. Un decimal mal colocado podría significar la muerte de sus amigos en un continente desconocido.
—Si la presión atmosférica varía al acercarnos al ecuador... —susurró para sí mismo, su voz apenas un hilo rasposo—, el catalizador necesitará un ajuste del diez por ciento... o quizá del doce... diez mil millones por ciento de probabilidad de que necesitemos más ácido nítrico...
De repente, una sombra se proyectó sobre su mapa. Senku no levantó la vista; pensó que era Ryusui viniendo a discutir la ruta o Gen con alguna de sus manipulaciones psicológicas para que comiera algo.
—Vete, Ryusui —masulló Senku, sin soltar el lápiz—. El ángulo de navegación ya está optimizado. No me hagas perder el tiempo con tu "codicia".
No hubo respuesta verbal. En su lugar, una mano firme y callosa se cerró sobre la suya. Antes de que Senku pudiera reaccionar, el lápiz le fue arrebatado con una rapidez felina.
—¡Oye! —exclamó Senku, parpadeando con pesadez mientras levantaba la cabeza—. ¿Qué demonios crees que...?
Se detuvo en seco al encontrarse con la mirada de Kohaku. La guerrera no vestía su armadura habitual para el combate, pero su postura era igual de imponente. Sus ojos azules, que normalmente brillaban con la emoción de la caza o la lealtad hacia su hermana, estaban fijos en él con una severidad que cortaba más que su propia daga de obsidiana.
—Basta, Senku —dijo ella. Su voz era baja, pero cargada de una autoridad incuestionable.
—Kohaku, no tengo tiempo para esto —respondió él, intentando recuperar su lápiz, aunque sus reflejos eran patéticos en ese estado—. Estamos cruzando el océano hacia el origen del rayo de petrificación. Si no planifico cada contingencia, nos convertiremos en estatuas de jardín antes de tocar tierra. Es pura lógica.
—La lógica dice que si el capitán de este barco se desploma por agotamiento, el barco entero se hunde —replicó Kohaku, dando un paso al frente y obligándolo a retroceder hacia el catre—. Mírate. Pareces un cadáver que ha olvidado morir. Tienes los ojos hundidos y tus manos tiemblan.
—Es el exceso de cafeína, no es... —Senku intentó una sonrisa arrogante, pero terminó en una mueca de cansancio que no pudo ocultar.
—Es una orden —lo interrumpió ella, señalando la cama—. No como tu guerrera, sino como alguien que no piensa dejar que te mates antes de llegar a Sudamérica. Acuéstate. Ahora.
Senku abrió la boca para protestar, para soltar alguna estadística sobre la eficiencia humana o para recordarle que él era el líder científico. Pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Había algo en la expresión de Kohaku, una mezcla de furia protectora y una vulnerabilidad oculta, que lo desarmó por completo. Era esa mirada que solo ella sabía darle: la mirada que veía a través de todas sus fórmulas y descubría al hombre que intentaba cargar con el peso del mundo sobre sus hombros.
—Eres una mujer problemática, leona —suspiró Senku, rindiéndose finalmente. Sus piernas flaquearon un poco mientras se sentaba en el borde del jergón—. Solo cerraré los ojos diez minutos.
—Dormirás hasta que el sol esté bien alto —sentenció Kohaku, cruzándose de brazos—. Y si intentas levantarte, te dejaré inconsciente de un golpe. Sabes que puedo hacerlo.
—Diez mil millones por ciento de que lo harías —murmuró él, dejándose caer hacia atrás.
En cuanto su cabeza tocó la almohada improvisada, el mundo empezó a dar vueltas. El cansancio acumulado cayó sobre él como una losa de piedra. Sus párpados, que habían luchado contra la gravedad durante días, finalmente se cerraron. El sonido del mar y el latido de su propio corazón se fundieron en un zumbido distante.
Kohaku se quedó de pie, observándolo. Esperó varios minutos hasta que la respiración de Senku se volvió lenta y acompasada. Solo entonces se permitió relajar los hombros. Se acercó a la mesa y comenzó a recoger los papeles desparramados, apilándolos con cuidado para no estropear los dibujos técnicos que, aunque no comprendía del todo, sabía que eran la clave de su supervivencia.
Se sentó en una silla junto a la cama, cumpliendo su promesa de vigilarlo. En el silencio de la noche, con la única luz de una lámpara de aceite oscilante, Kohaku se permitió observar a Senku de una manera que nunca haría frente a los demás.
Sin la máscara de la ciencia, sin las explicaciones grandilocuentes y la risa provocadora, Senku parecía casi frágil. Sus rasgos eran afilados, marcados por las cicatrices de la des-petrificación que cruzaban sus cejas como recordatorios de un pasado milenario. Kohaku pensó en el día que lo conoció, cuando lo vio por primera vez bajo aquel árbol, intentando levantar un tronco que claramente superaba sus fuerzas físicas.
Desde aquel momento, él no había dejado de asombrarla.
—Eres un hombre testarudo —susurró ella para sí misma, con una sonrisa triste asomando en sus labios—. Siempre pensando en los demás, siempre construyendo el futuro paso a paso, pieza a pieza...
Recordó cómo Senku había llegado a su aldea como un extraño y, en lugar de pedir ayuda, les había entregado el mundo. Recordó el sabor de la medicina que curó a Ruri, el brillo de las bombillas que iluminaron la noche por primera vez en tres mil años, y la seguridad con la que los guió a través de la guerra contra el Imperio de Tsukasa. Senku no peleaba con espadas, pero su mente era el arma más afilada que Kohaku había visto jamás.
Sin embargo, lo que más la conmovía no era su genio, sino su humanidad disfrazada de pragmatismo. Senku decía que todo lo hacía por la ciencia, por la eficiencia, pero Kohaku sabía la verdad. Lo hacía porque amaba a la humanidad. Lo hacía porque no podía soportar ver a nadie sufrir si había una solución química para evitarlo.
—¿Quién te cuida a ti, científico? —se preguntó en voz baja.
Se inclinó un poco más hacia él. El rostro de Senku estaba tranquilo ahora, libre de la tensión de los cálculos. Kohaku sintió un calor extraño en el pecho, una presión que no tenía nada que ver con el entrenamiento o el combate. Era una admiración profunda que se había transformado, con el paso de los meses y las batallas, en algo mucho más pesado y dulce.
Él era su pilar. El hombre que había convertido su mundo de piedra en un mundo de posibilidades.
Sin pensarlo mucho, movida por un impulso que desafiaba su propia naturaleza racional, Kohaku se acercó al rostro de Senku. Podía sentir el calor que emanaba de su piel. Por un segundo, dudó. Se recordó a sí misma que ella era una guerrera, que las distracciones románticas no tenían lugar en una misión tan peligrosa. Pero luego vio una pequeña arruga de preocupación que aún persistía en el entrecejo de Senku, incluso en sueños.
Con una delicadeza que contrastaba con sus manos expertas en el manejo de armas, Kohaku presionó sus labios contra los de él. Fue un beso breve, suave, apenas un roce que sabía a sal y a esa extraña mezcla de productos químicos que siempre rodeaba a Senku.
Fue una confesión silenciosa en la oscuridad del Perseo.
Al separarse, Kohaku sintió que sus mejillas ardían, pero no se alejó. Se quedó allí, mirándolo, con una expresión de absoluta determinación.
—No importa a qué continente vayamos, ni qué monstruos encontremos —murmuró, acariciando un mechón rebelde de su cabello rubio—. Yo seré tu escudo. Tú sigue mirando a las estrellas y construyendo el mañana, Senku. Yo me encargaré de que vivas para verlo.
Se acomodó de nuevo en la silla, con la mano apoyada en la empuñadura de su daga, vigilando el sueño del hombre que había robado el fuego de los dioses para dárselo a su pueblo. El científico descansaba, y mientras Kohaku estuviera allí, el Reino de la Ciencia estaba a salvo.
—Descansa —concluyó ella, cerrando los ojos por un momento para saborear el eco del beso—. Mi científico testarudo.
Fuera, el Perseo seguía avanzando hacia lo desconocido, impulsado por el motor de la ciencia y protegido por el corazón de una guerrera que finalmente había aceptado su verdad. El viaje sería largo y duro, pero por esa noche, el tiempo se había detenido, permitiendo que incluso el hombre más ocupado del mundo encontrara la paz en los brazos de la lealtad más pura.
Senku Ishigami estaba inclinado sobre una mesa repleta de mapas cartográficos y esquemas químicos. Sus ojos rojos, habitualmente brillantes con una chispa de malicia intelectual, estaban inyectados en sangre. Las ojeras se hundían en su rostro como surcos profundos en la tierra seca, y su cabello, aunque mantenía su verticalidad desafiante, lucía más desordenado que de costumbre.
Llevaba setenta y dos horas sin dormir más de veinte minutos seguidos. En su mente, los cálculos para el combustible, las raciones de comida y los posibles encuentros hostiles en Sudamérica se entrelazaban en un baile frenético. No podía permitirse un error. Un decimal mal colocado podría significar la muerte de sus amigos en un continente desconocido.
—Si la presión atmosférica varía al acercarnos al ecuador... —susurró para sí mismo, su voz apenas un hilo rasposo—, el catalizador necesitará un ajuste del diez por ciento... o quizá del doce... diez mil millones por ciento de probabilidad de que necesitemos más ácido nítrico...
De repente, una sombra se proyectó sobre su mapa. Senku no levantó la vista; pensó que era Ryusui viniendo a discutir la ruta o Gen con alguna de sus manipulaciones psicológicas para que comiera algo.
—Vete, Ryusui —masulló Senku, sin soltar el lápiz—. El ángulo de navegación ya está optimizado. No me hagas perder el tiempo con tu "codicia".
No hubo respuesta verbal. En su lugar, una mano firme y callosa se cerró sobre la suya. Antes de que Senku pudiera reaccionar, el lápiz le fue arrebatado con una rapidez felina.
—¡Oye! —exclamó Senku, parpadeando con pesadez mientras levantaba la cabeza—. ¿Qué demonios crees que...?
Se detuvo en seco al encontrarse con la mirada de Kohaku. La guerrera no vestía su armadura habitual para el combate, pero su postura era igual de imponente. Sus ojos azules, que normalmente brillaban con la emoción de la caza o la lealtad hacia su hermana, estaban fijos en él con una severidad que cortaba más que su propia daga de obsidiana.
—Basta, Senku —dijo ella. Su voz era baja, pero cargada de una autoridad incuestionable.
—Kohaku, no tengo tiempo para esto —respondió él, intentando recuperar su lápiz, aunque sus reflejos eran patéticos en ese estado—. Estamos cruzando el océano hacia el origen del rayo de petrificación. Si no planifico cada contingencia, nos convertiremos en estatuas de jardín antes de tocar tierra. Es pura lógica.
—La lógica dice que si el capitán de este barco se desploma por agotamiento, el barco entero se hunde —replicó Kohaku, dando un paso al frente y obligándolo a retroceder hacia el catre—. Mírate. Pareces un cadáver que ha olvidado morir. Tienes los ojos hundidos y tus manos tiemblan.
—Es el exceso de cafeína, no es... —Senku intentó una sonrisa arrogante, pero terminó en una mueca de cansancio que no pudo ocultar.
—Es una orden —lo interrumpió ella, señalando la cama—. No como tu guerrera, sino como alguien que no piensa dejar que te mates antes de llegar a Sudamérica. Acuéstate. Ahora.
Senku abrió la boca para protestar, para soltar alguna estadística sobre la eficiencia humana o para recordarle que él era el líder científico. Pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Había algo en la expresión de Kohaku, una mezcla de furia protectora y una vulnerabilidad oculta, que lo desarmó por completo. Era esa mirada que solo ella sabía darle: la mirada que veía a través de todas sus fórmulas y descubría al hombre que intentaba cargar con el peso del mundo sobre sus hombros.
—Eres una mujer problemática, leona —suspiró Senku, rindiéndose finalmente. Sus piernas flaquearon un poco mientras se sentaba en el borde del jergón—. Solo cerraré los ojos diez minutos.
—Dormirás hasta que el sol esté bien alto —sentenció Kohaku, cruzándose de brazos—. Y si intentas levantarte, te dejaré inconsciente de un golpe. Sabes que puedo hacerlo.
—Diez mil millones por ciento de que lo harías —murmuró él, dejándose caer hacia atrás.
En cuanto su cabeza tocó la almohada improvisada, el mundo empezó a dar vueltas. El cansancio acumulado cayó sobre él como una losa de piedra. Sus párpados, que habían luchado contra la gravedad durante días, finalmente se cerraron. El sonido del mar y el latido de su propio corazón se fundieron en un zumbido distante.
Kohaku se quedó de pie, observándolo. Esperó varios minutos hasta que la respiración de Senku se volvió lenta y acompasada. Solo entonces se permitió relajar los hombros. Se acercó a la mesa y comenzó a recoger los papeles desparramados, apilándolos con cuidado para no estropear los dibujos técnicos que, aunque no comprendía del todo, sabía que eran la clave de su supervivencia.
Se sentó en una silla junto a la cama, cumpliendo su promesa de vigilarlo. En el silencio de la noche, con la única luz de una lámpara de aceite oscilante, Kohaku se permitió observar a Senku de una manera que nunca haría frente a los demás.
Sin la máscara de la ciencia, sin las explicaciones grandilocuentes y la risa provocadora, Senku parecía casi frágil. Sus rasgos eran afilados, marcados por las cicatrices de la des-petrificación que cruzaban sus cejas como recordatorios de un pasado milenario. Kohaku pensó en el día que lo conoció, cuando lo vio por primera vez bajo aquel árbol, intentando levantar un tronco que claramente superaba sus fuerzas físicas.
Desde aquel momento, él no había dejado de asombrarla.
—Eres un hombre testarudo —susurró ella para sí misma, con una sonrisa triste asomando en sus labios—. Siempre pensando en los demás, siempre construyendo el futuro paso a paso, pieza a pieza...
Recordó cómo Senku había llegado a su aldea como un extraño y, en lugar de pedir ayuda, les había entregado el mundo. Recordó el sabor de la medicina que curó a Ruri, el brillo de las bombillas que iluminaron la noche por primera vez en tres mil años, y la seguridad con la que los guió a través de la guerra contra el Imperio de Tsukasa. Senku no peleaba con espadas, pero su mente era el arma más afilada que Kohaku había visto jamás.
Sin embargo, lo que más la conmovía no era su genio, sino su humanidad disfrazada de pragmatismo. Senku decía que todo lo hacía por la ciencia, por la eficiencia, pero Kohaku sabía la verdad. Lo hacía porque amaba a la humanidad. Lo hacía porque no podía soportar ver a nadie sufrir si había una solución química para evitarlo.
—¿Quién te cuida a ti, científico? —se preguntó en voz baja.
Se inclinó un poco más hacia él. El rostro de Senku estaba tranquilo ahora, libre de la tensión de los cálculos. Kohaku sintió un calor extraño en el pecho, una presión que no tenía nada que ver con el entrenamiento o el combate. Era una admiración profunda que se había transformado, con el paso de los meses y las batallas, en algo mucho más pesado y dulce.
Él era su pilar. El hombre que había convertido su mundo de piedra en un mundo de posibilidades.
Sin pensarlo mucho, movida por un impulso que desafiaba su propia naturaleza racional, Kohaku se acercó al rostro de Senku. Podía sentir el calor que emanaba de su piel. Por un segundo, dudó. Se recordó a sí misma que ella era una guerrera, que las distracciones románticas no tenían lugar en una misión tan peligrosa. Pero luego vio una pequeña arruga de preocupación que aún persistía en el entrecejo de Senku, incluso en sueños.
Con una delicadeza que contrastaba con sus manos expertas en el manejo de armas, Kohaku presionó sus labios contra los de él. Fue un beso breve, suave, apenas un roce que sabía a sal y a esa extraña mezcla de productos químicos que siempre rodeaba a Senku.
Fue una confesión silenciosa en la oscuridad del Perseo.
Al separarse, Kohaku sintió que sus mejillas ardían, pero no se alejó. Se quedó allí, mirándolo, con una expresión de absoluta determinación.
—No importa a qué continente vayamos, ni qué monstruos encontremos —murmuró, acariciando un mechón rebelde de su cabello rubio—. Yo seré tu escudo. Tú sigue mirando a las estrellas y construyendo el mañana, Senku. Yo me encargaré de que vivas para verlo.
Se acomodó de nuevo en la silla, con la mano apoyada en la empuñadura de su daga, vigilando el sueño del hombre que había robado el fuego de los dioses para dárselo a su pueblo. El científico descansaba, y mientras Kohaku estuviera allí, el Reino de la Ciencia estaba a salvo.
—Descansa —concluyó ella, cerrando los ojos por un momento para saborear el eco del beso—. Mi científico testarudo.
Fuera, el Perseo seguía avanzando hacia lo desconocido, impulsado por el motor de la ciencia y protegido por el corazón de una guerrera que finalmente había aceptado su verdad. El viaje sería largo y duro, pero por esa noche, el tiempo se había detenido, permitiendo que incluso el hombre más ocupado del mundo encontrara la paz en los brazos de la lealtad más pura.
