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Residencia Gojo
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 27/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaEstudio de PersonajeAmbientación CanonHistoria DomésticaFluffHumor
El Palacio de Cristal y el Beso del Mañana
La Academia de Hechicería de Tokio era, para Shoko Ieiri, un lugar de sombras constantes, olor a formaldehído y el eterno zumbido de las luces de neón en su morgue. Pero incluso en ese entorno clínico y agotador, había un enigma que siempre lograba distraerla de sus informes de autopsia: Satoru Gojo. No era un enigma sobre su poder —todos sabían que era el más fuerte—, sino sobre su cotidianidad.
Shoko conocía su habitación en los dormitorios de la escuela. Era un espacio funcional, algo desordenado, lleno de bolsas de dulces y ropa de diseñador tirada por doquier. Sin embargo, ella sabía, con esa intuición afilada por años de observar lo que otros ignoraban, que eso no era un "hogar". Ni Nanami con su estoicismo, ni Utahime con su irritabilidad, ni siquiera el Director Yaga parecían tener una respuesta clara. ¿Dónde dormía el heredero del clan Gojo cuando no estaba exorcizando maldiciones de grado especial o molestando a sus alumnos?
Una tarde de viernes, mientras el sol se ocultaba tras los edificios de Shinjuku tiñendo el cielo de un naranja violento, Shoko decidió que ya había tenido suficiente misterio. Vio a Satoru caminando por el pasillo principal, con su habitual paso ligero, tarareando una canción pop que probablemente solo él encontraba pegadiza. Llevaba su uniforme oscuro y la venda sobre los ojos que ocultaba el infinito.
—Satoru, detente ahí —dijo Shoko, apoyada contra una columna, con un cigarrillo apagado entre los labios.
Gojo se detuvo en seco, girando la cabeza con una sonrisa juguetona.
—¡Shoko! ¿Vienes a decirme que finalmente has decidido dejar de fumar por mi salud? —preguntó él, acercándose con las manos en los bolsillos.
—No cuentes con ello —respondió ella, enderezándose—. Escucha, me aburro. Y tengo curiosidad. Me vas a llevar a tu casa.
Satoru ladeó la cabeza, su sonrisa vaciló apenas un milímetro.
—¿A mi habitación? Está un poco desordenada, Shoko, y no creo que quieras ver mi colección de...
—No hablo de la pocilga que tienes aquí —lo interrumpió ella, clavando sus ojos castaños, cansados pero decididos, en la venda de él—. Hablo de tu verdadera casa. La residencia del clan. La mansión que escondes de todo el mundo.
El silencio que siguió fue inusual. Gojo se rascó la nuca, y por un momento, pareció un adolescente atrapado en una travesura.
—Es un viaje largo, Shoko. Muy largo. De verdad, no hay nada divertido allí. Solo polvo y ancianos que me miran como si fuera una pieza de museo.
—Tengo el fin de semana libre y necesito salir de esta ciudad —insistió ella, dando un paso hacia su espacio personal—. Llévame, o le diré a Utahime que fuiste tú quien reemplazó su té por caldo de pescado el mes pasado.
Gojo soltó una carcajada sonora, rindiéndose.
—Está bien, está bien. Pero no te quejes si te cansas del paisaje.
El viaje fue, tal como Satoru advirtió, una odisea. A pesar de que Gojo podía teletransportarse en distancias cortas o usar su velocidad sobrehumana, para un viaje de ese tipo y con Shoko a cuestas, optaron por un vehículo privado que los llevó desde el bullicio de Tokio hacia el corazón histórico de Japón: Kioto.
Fueron casi ocho horas de trayecto. Shoko aprovechó para dormir gran parte del camino, su cabeza apoyada contra la ventanilla mientras el paisaje urbano se transformaba en bosques densos y montañas brumosas. Cuando finalmente el coche se detuvo y ella abrió los ojos, la noche ya había caído por completo, y el aire que entraba por la puerta abierta era mucho más frío y puro que el de la capital.
Al bajar del vehículo, Shoko se quedó sin palabras. Ante ella no se alzaba una casa, sino lo que parecía un complejo palaciego que desafiaba la lógica moderna. La residencia Gojo no era una mansión; eran dos, conectadas por puentes de madera lacada, rodeadas por muros de piedra blanca y jardines zen que parecían haber sido diseñados por dioses.
—Vaya... —susurró Shoko, dejando que el humo de su aliento se mezclara con la bruma nocturna—. Satoru, esto es... asquerosamente envidiable.
Gojo, que ya se había quitado la venda para dejar que sus Seis Ojos absorbieran la energía del lugar, se encogió de hombros con una indiferencia que solo alguien nacido en la opulencia podría poseer.
—Es un poco excesivo, ¿verdad? —dijo él, empezando a caminar hacia la entrada principal—. Mis antepasados tenían un complejo de superioridad bastante serio. Bueno, más que yo, si puedes creerlo.
Al entrar, el lujo se volvió tangible. Los suelos de madera de cedro pulida brillaban bajo la luz de las lámparas de papel tradicionales, pero también había toques de modernidad extrema: obras de arte contemporáneo que valían más que todo el presupuesto anual de la academia, y una tecnología integrada que pasaba casi desapercibida. Era el hogar de alguien que no solo era rico, sino que poseía el linaje más puro del mundo de la hechicería.
—He venido solo por unos trajes —explicó Satoru mientras caminaban por un pasillo que parecía no tener fin—. Los que tengo en Tokio están empezando a desgastarse y me da pereza ir de compras. Aquí tengo ropa que ni siquiera he estrenado en años.
Shoko caminaba con las manos en los bolsillos de su bata de laboratorio, que desentonaba cómicamente con el entorno. Observó las habitaciones abiertas: biombos pintados a mano con oro auténtico, jarrones de la dinastía Ming, y una limpieza tan absoluta que resultaba inquietante.
—Vives aquí solo —afirmó ella, no como una pregunta, sino como una observación—. Cuando vienes, no hay nadie más.
—Hay sirvientes, por supuesto, pero los envié a descansar antes de llegar —respondió Satoru, deteniéndose frente a una puerta doble—. Y los ancianos del clan viven en otra sección del complejo. Así que sí, en esta parte, estoy solo.
—Es demasiado grande, Satoru —dijo Shoko, mirando hacia el techo alto—. Es un lugar para una familia de veinte personas, no para un solo hombre que se alimenta de dulces y comida rápida.
Gojo se detuvo y la miró por encima del hombro. Sus ojos azules, que reflejaban la luz de la luna que entraba por los ventanales, parecían más profundos de lo habitual.
—Por eso prefiero mi habitación de tres por tres en Tokio —admitió con una sonrisa suave, casi melancólica—. Allí, si grito, Nanami me manda a callar desde la habitación de al lado o escucho a Itadori y los demás haciendo ruido. Aquí... aquí solo escucho el viento.
Decidieron quedarse a dormir, ya que la hora y el cansancio hacían que el regreso inmediato fuera imprudente. Satoru le asignó a Shoko una habitación que era, por sí sola, más grande que su apartamento completo. La cama tenía sábanas de seda que se sentían como agua contra la piel, y el silencio era tan denso que casi podía tocarse.
Shoko no pudo dormir de inmediato. Se dedicó a explorar un poco más, maravillada y a la vez algo abrumada por la magnitud del patrimonio de su amigo. En cada rincón veía la soledad de Satoru: un hombre que lo tenía todo, pero que buscaba la compañía de adolescentes y colegas excéntricos para no ahogarse en su propio palacio de cristal.
A la mañana siguiente, el sol de Kioto se filtró por las persianas de bambú, despertando a Shoko con una calidez que rara vez sentía en la morgue. Se levantó, se arregló el cabello castaño en su habitual coleta baja y se encontró con Satoru en la entrada principal. Él ya llevaba una maleta pequeña, probablemente llena de esos trajes de seda negra que tanto le gustaban.
El aire de la mañana era fresco y revitalizante. Mientras caminaban hacia el coche que los llevaría de vuelta a la estación para tomar el tren bala, Shoko se detuvo un momento para mirar la residencia una última vez. El contraste entre la majestuosidad del lugar y el hombre que caminaba a su lado, haciendo bromas sobre lo mucho que extrañaba su café de máquina, era fascinante.
—¿Sabes? —dijo Shoko, rompiendo el silencio mientras llegaban al vehículo—. Me he acostumbrado a esta comodidad en menos de doce horas. Es peligroso.
Satoru se rió, abriendo la puerta para ella.
—Cuidado, Shoko. Si te acostumbras demasiado, podrías empezar a exigir que te pague el sueldo en diamantes en lugar de yenes.
Shoko se giró hacia él. La luz del amanecer golpeaba el rostro de Gojo, haciendo que su piel blanca pareciera casi traslúcida y sus ojos brillaran con una intensidad eléctrica. Ella sonrió, una sonrisa que no era su habitual gesto de cansancio, sino algo más cálido, más travieso.
—Tal vez —dijo ella, acercándose un paso más de lo necesario—. Tal vez en un futuro esta residencia pase a llamarse "Residencia Gojo Ieiri".
Satoru parpadeó, procesando las palabras. Antes de que pudiera articular una de sus respuestas rápidas o un chiste sarcástico, Shoko se inclinó y le plantó un beso rápido y firme cerca de la comisura de los labios. Fue un roce breve, pero cargado de una intención que no necesitaba explicación.
Se apartó de inmediato, subiéndose al coche con una elegancia despreocupada, dejando a Satoru Gojo —el hombre que podía manipular el espacio y el tiempo, el ser más poderoso de la tierra— completamente petrificado en la acera.
Gojo se llevó una mano a la mejilla, con los ojos muy abiertos y un rubor inusual subiendo por su cuello. Se quedó allí, confundido y genuinamente nervioso, mientras Shoko lo miraba desde el asiento trasero con una ceja levantada y una expresión de triunfo.
—¿Te vas a quedar ahí parado todo el día, Satoru? —preguntó ella con tono burlón—. Tenemos un tren que perder.
Satoru sacudió la cabeza, soltando una risa nerviosa y algo torpe mientras rodeaba el coche para subir al asiento del conductor. Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que lo veía todo no tenía idea de qué decir, pero por la forma en que su corazón latía contra sus costillas, supo que el aburrimiento de su mansión en Kioto acababa de desaparecer para siempre.
Shoko conocía su habitación en los dormitorios de la escuela. Era un espacio funcional, algo desordenado, lleno de bolsas de dulces y ropa de diseñador tirada por doquier. Sin embargo, ella sabía, con esa intuición afilada por años de observar lo que otros ignoraban, que eso no era un "hogar". Ni Nanami con su estoicismo, ni Utahime con su irritabilidad, ni siquiera el Director Yaga parecían tener una respuesta clara. ¿Dónde dormía el heredero del clan Gojo cuando no estaba exorcizando maldiciones de grado especial o molestando a sus alumnos?
Una tarde de viernes, mientras el sol se ocultaba tras los edificios de Shinjuku tiñendo el cielo de un naranja violento, Shoko decidió que ya había tenido suficiente misterio. Vio a Satoru caminando por el pasillo principal, con su habitual paso ligero, tarareando una canción pop que probablemente solo él encontraba pegadiza. Llevaba su uniforme oscuro y la venda sobre los ojos que ocultaba el infinito.
—Satoru, detente ahí —dijo Shoko, apoyada contra una columna, con un cigarrillo apagado entre los labios.
Gojo se detuvo en seco, girando la cabeza con una sonrisa juguetona.
—¡Shoko! ¿Vienes a decirme que finalmente has decidido dejar de fumar por mi salud? —preguntó él, acercándose con las manos en los bolsillos.
—No cuentes con ello —respondió ella, enderezándose—. Escucha, me aburro. Y tengo curiosidad. Me vas a llevar a tu casa.
Satoru ladeó la cabeza, su sonrisa vaciló apenas un milímetro.
—¿A mi habitación? Está un poco desordenada, Shoko, y no creo que quieras ver mi colección de...
—No hablo de la pocilga que tienes aquí —lo interrumpió ella, clavando sus ojos castaños, cansados pero decididos, en la venda de él—. Hablo de tu verdadera casa. La residencia del clan. La mansión que escondes de todo el mundo.
El silencio que siguió fue inusual. Gojo se rascó la nuca, y por un momento, pareció un adolescente atrapado en una travesura.
—Es un viaje largo, Shoko. Muy largo. De verdad, no hay nada divertido allí. Solo polvo y ancianos que me miran como si fuera una pieza de museo.
—Tengo el fin de semana libre y necesito salir de esta ciudad —insistió ella, dando un paso hacia su espacio personal—. Llévame, o le diré a Utahime que fuiste tú quien reemplazó su té por caldo de pescado el mes pasado.
Gojo soltó una carcajada sonora, rindiéndose.
—Está bien, está bien. Pero no te quejes si te cansas del paisaje.
El viaje fue, tal como Satoru advirtió, una odisea. A pesar de que Gojo podía teletransportarse en distancias cortas o usar su velocidad sobrehumana, para un viaje de ese tipo y con Shoko a cuestas, optaron por un vehículo privado que los llevó desde el bullicio de Tokio hacia el corazón histórico de Japón: Kioto.
Fueron casi ocho horas de trayecto. Shoko aprovechó para dormir gran parte del camino, su cabeza apoyada contra la ventanilla mientras el paisaje urbano se transformaba en bosques densos y montañas brumosas. Cuando finalmente el coche se detuvo y ella abrió los ojos, la noche ya había caído por completo, y el aire que entraba por la puerta abierta era mucho más frío y puro que el de la capital.
Al bajar del vehículo, Shoko se quedó sin palabras. Ante ella no se alzaba una casa, sino lo que parecía un complejo palaciego que desafiaba la lógica moderna. La residencia Gojo no era una mansión; eran dos, conectadas por puentes de madera lacada, rodeadas por muros de piedra blanca y jardines zen que parecían haber sido diseñados por dioses.
—Vaya... —susurró Shoko, dejando que el humo de su aliento se mezclara con la bruma nocturna—. Satoru, esto es... asquerosamente envidiable.
Gojo, que ya se había quitado la venda para dejar que sus Seis Ojos absorbieran la energía del lugar, se encogió de hombros con una indiferencia que solo alguien nacido en la opulencia podría poseer.
—Es un poco excesivo, ¿verdad? —dijo él, empezando a caminar hacia la entrada principal—. Mis antepasados tenían un complejo de superioridad bastante serio. Bueno, más que yo, si puedes creerlo.
Al entrar, el lujo se volvió tangible. Los suelos de madera de cedro pulida brillaban bajo la luz de las lámparas de papel tradicionales, pero también había toques de modernidad extrema: obras de arte contemporáneo que valían más que todo el presupuesto anual de la academia, y una tecnología integrada que pasaba casi desapercibida. Era el hogar de alguien que no solo era rico, sino que poseía el linaje más puro del mundo de la hechicería.
—He venido solo por unos trajes —explicó Satoru mientras caminaban por un pasillo que parecía no tener fin—. Los que tengo en Tokio están empezando a desgastarse y me da pereza ir de compras. Aquí tengo ropa que ni siquiera he estrenado en años.
Shoko caminaba con las manos en los bolsillos de su bata de laboratorio, que desentonaba cómicamente con el entorno. Observó las habitaciones abiertas: biombos pintados a mano con oro auténtico, jarrones de la dinastía Ming, y una limpieza tan absoluta que resultaba inquietante.
—Vives aquí solo —afirmó ella, no como una pregunta, sino como una observación—. Cuando vienes, no hay nadie más.
—Hay sirvientes, por supuesto, pero los envié a descansar antes de llegar —respondió Satoru, deteniéndose frente a una puerta doble—. Y los ancianos del clan viven en otra sección del complejo. Así que sí, en esta parte, estoy solo.
—Es demasiado grande, Satoru —dijo Shoko, mirando hacia el techo alto—. Es un lugar para una familia de veinte personas, no para un solo hombre que se alimenta de dulces y comida rápida.
Gojo se detuvo y la miró por encima del hombro. Sus ojos azules, que reflejaban la luz de la luna que entraba por los ventanales, parecían más profundos de lo habitual.
—Por eso prefiero mi habitación de tres por tres en Tokio —admitió con una sonrisa suave, casi melancólica—. Allí, si grito, Nanami me manda a callar desde la habitación de al lado o escucho a Itadori y los demás haciendo ruido. Aquí... aquí solo escucho el viento.
Decidieron quedarse a dormir, ya que la hora y el cansancio hacían que el regreso inmediato fuera imprudente. Satoru le asignó a Shoko una habitación que era, por sí sola, más grande que su apartamento completo. La cama tenía sábanas de seda que se sentían como agua contra la piel, y el silencio era tan denso que casi podía tocarse.
Shoko no pudo dormir de inmediato. Se dedicó a explorar un poco más, maravillada y a la vez algo abrumada por la magnitud del patrimonio de su amigo. En cada rincón veía la soledad de Satoru: un hombre que lo tenía todo, pero que buscaba la compañía de adolescentes y colegas excéntricos para no ahogarse en su propio palacio de cristal.
A la mañana siguiente, el sol de Kioto se filtró por las persianas de bambú, despertando a Shoko con una calidez que rara vez sentía en la morgue. Se levantó, se arregló el cabello castaño en su habitual coleta baja y se encontró con Satoru en la entrada principal. Él ya llevaba una maleta pequeña, probablemente llena de esos trajes de seda negra que tanto le gustaban.
El aire de la mañana era fresco y revitalizante. Mientras caminaban hacia el coche que los llevaría de vuelta a la estación para tomar el tren bala, Shoko se detuvo un momento para mirar la residencia una última vez. El contraste entre la majestuosidad del lugar y el hombre que caminaba a su lado, haciendo bromas sobre lo mucho que extrañaba su café de máquina, era fascinante.
—¿Sabes? —dijo Shoko, rompiendo el silencio mientras llegaban al vehículo—. Me he acostumbrado a esta comodidad en menos de doce horas. Es peligroso.
Satoru se rió, abriendo la puerta para ella.
—Cuidado, Shoko. Si te acostumbras demasiado, podrías empezar a exigir que te pague el sueldo en diamantes en lugar de yenes.
Shoko se giró hacia él. La luz del amanecer golpeaba el rostro de Gojo, haciendo que su piel blanca pareciera casi traslúcida y sus ojos brillaran con una intensidad eléctrica. Ella sonrió, una sonrisa que no era su habitual gesto de cansancio, sino algo más cálido, más travieso.
—Tal vez —dijo ella, acercándose un paso más de lo necesario—. Tal vez en un futuro esta residencia pase a llamarse "Residencia Gojo Ieiri".
Satoru parpadeó, procesando las palabras. Antes de que pudiera articular una de sus respuestas rápidas o un chiste sarcástico, Shoko se inclinó y le plantó un beso rápido y firme cerca de la comisura de los labios. Fue un roce breve, pero cargado de una intención que no necesitaba explicación.
Se apartó de inmediato, subiéndose al coche con una elegancia despreocupada, dejando a Satoru Gojo —el hombre que podía manipular el espacio y el tiempo, el ser más poderoso de la tierra— completamente petrificado en la acera.
Gojo se llevó una mano a la mejilla, con los ojos muy abiertos y un rubor inusual subiendo por su cuello. Se quedó allí, confundido y genuinamente nervioso, mientras Shoko lo miraba desde el asiento trasero con una ceja levantada y una expresión de triunfo.
—¿Te vas a quedar ahí parado todo el día, Satoru? —preguntó ella con tono burlón—. Tenemos un tren que perder.
Satoru sacudió la cabeza, soltando una risa nerviosa y algo torpe mientras rodeaba el coche para subir al asiento del conductor. Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que lo veía todo no tenía idea de qué decir, pero por la forma en que su corazón latía contra sus costillas, supo que el aburrimiento de su mansión en Kioto acababa de desaparecer para siempre.
