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Vino de la discordia
Fandom: Kengan ashura
Creado: 27/6/2026
Etiquetas
OscuroPsicológicoDramaViolencia GráficaViolaciónDiscriminaciónAmbientación CanonEstudio de PersonajeTragedia
Sed de Sangre y Pétalos Marchitos: El Precio del Pecado
El aire en el pasillo subterráneo de la Asociación Kengan era espeso, cargado con el olor a humedad y el rancio aroma de la violencia contenida. Setsuna Kiryu caminaba con su elegancia habitual, esa gracia casi felina que ocultaba la inestabilidad de su mente, hasta que un choque accidental terminó en el sonido cristalino de una botella rompiéndose contra el suelo de concreto.
El líquido rojo, un Cabernet Sauvignon de California cuya etiqueta gritaba exclusividad, se extendió como una mancha de sangre fresca. Frente a él, la figura imponente y malévola de Tiger Niko lo observaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos gélidos.
—Vaya, Kiryu —dijo Niko, su voz era un ronroneo peligroso—. Sabes que ese vino era un regalo personal para mis socios. No es algo que se pueda comprar en cualquier licorería de la esquina.
Setsuna lo miró con desdén, ajustando su postura.
—No me interesa tu vino ni tus deudas, Niko. Pídele a Shion que te lo pague si tanto te duele. Ella maneja las finanzas de la Academia Femenina Koyo, no yo.
La sonrisa de Tiger Niko se ensanchó, revelando una hilera de dientes que prometían tormento.
—Oh, qué curioso que menciones a Shion Akiyama. Estaba pensando precisamente en ella. Si no me pagas el valor de ese vino... y el "daño moral" por mi tiempo perdido, creo que iré a cobrárselo directamente a ella. Y no será con dinero. Quizás le rompa algo más que una botella.
El rostro de Setsuna palideció. Shion había sido de las pocas personas que lo habían tratado con una pizca de humanidad, alguien a quien, a su manera retorcida, respetaba. No podía permitir que este monstruo pusiera sus manos sobre ella.
—¿Qué quieres? —preguntó Kiryu, su voz temblando levemente por la rabia contenida—. Dime el precio.
Niko se acercó, invadiendo el espacio personal de Setsuna. Su mano, áspera y pesada, se posó sobre el hombro del joven luchador, apretando con una fuerza que amenazaba con dislocar el hueso.
—Tienes un físico envidiable, Setsuna. Una belleza que incluso un hombre como yo puede apreciar para otros fines. Vas a pagar tu deuda con tu cuerpo. Te voy a usar hasta que me aburra, y luego, quizás, te deje ir.
Setsuna sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Sabía que Niko no hablaba de un simple combate. Era algo mucho más oscuro.
—No me obligues a repetirlo —susurró Niko al oído de Kiryu—. Sígueme a la sala de interrogatorios privada. Ahora.
El camino hacia la sala fue una procesión de sombras. Al pasar por las áreas comunes, Setsuna vio las figuras de otros luchadores. Ohma Tokita estaba a lo lejos, hablando con Yamashita y Kaede. Setsuna quiso gritar su nombre, rogarle a su "Dios" que lo salvara, pero la mirada de Niko clavada en su nuca se lo impidió. Vio a Lihito y Cosmo charlando, a Akoya observando con su mirada de justicia fanática, y a Raian Kure, quien soltó una carcajada burlona al ver la expresión de derrota en el rostro de Kiryu.
—¡Miren eso! —gritó Raian, señalándolos—. ¡Parece que la "Belleza" finalmente encontró a su "Bestia"! ¿Vas a dejar que te rompa el juguete, Kiryu? ¡Qué marica!
Las burlas homofóbicas de Raian resonaron en el pasillo, pero Niko solo empujó a Setsuna hacia la habitación blindada, cerrando la puerta tras de ellos.
Dentro, la luz era blanca y cegadora. Tiger Niko no perdió el tiempo. Con un movimiento rápido, lanzó a Setsuna contra la mesa de metal.
—Quítate la ropa. Todo —ordenó Niko, sacando un teléfono—. Quiero fotos. Si intentas resistirte o si alguna vez piensas en contar esto, Shion recibirá un paquete muy desagradable.
Setsuna, con los dedos temblorosos, comenzó a desvestirse bajo la mirada lasciva y técnica de Niko. El hombre conocía la anatomía humana mejor que cualquier cirujano; sabía dónde presionar para causar dolor, dónde tocar para humillar.
—Eres una pieza de arte, Kiryu —dijo Niko, mientras disparaba fotos del cuerpo desnudo del luchador—. Lástima que estés tan roto por dentro. Pero eso lo hace más divertido.
Lo que siguió fue una exhibición de dominación y brutalidad. Niko no buscaba placer mutuo; buscaba la destrucción del espíritu de Setsuna. Lo encadenó a los soportes de la pared, forzándolo a una posición de sumisión involuntaria.
—¿Te gusta esto, Kiryu? —preguntó Niko, comenzando a jugar de forma ruda con el pecho y los pezones de Setsuna, retorciéndolos hasta que el joven soltó un grito de agonía—. Pareces una muñeca. ¿Dónde está tu Palma de Rakshasa ahora?
—¡Maldito...! —jadeó Setsuna, su cabeza cayendo hacia atrás mientras Niko usaba su conocimiento anatómico para presionar puntos nerviosos en sus muslos, provocando espasmos de dolor y una respuesta física no deseada.
—No me insultes mientras te estoy cobrando —dijo Niko con frialdad—. Ahora, vas a aprender lo que es ser un esclavo.
La violación fue salvaje. No hubo ternura, solo el impacto rudo de la carne contra la carne y el sonido de las cadenas tintineando. Niko se burlaba de él en cada embestida, recordándole lo patético que se veía, cómo su "Dios" Ohma nunca vendría a rescatarlo de esta inmundicia.
—Mírate —se burló Niko, agarrando el cabello largo de Setsuna para obligarlo a mirar a la cámara del teléfono—. Esta es la cara de la derrota. ¿Qué pensaría Nogi o el viejo Katahara si vieran a su preciado luchador siendo usado como un depósito de basura?
Setsuna cerró los ojos, intentando refugiarse en su locura, pero el dolor era demasiado real. La tortura física se mezclaba con la psicológica. Niko usaba comentarios mordaces sobre su sexualidad, burlándose de su obsesión por Ohma mientras lo sometía a actos que Kiryu nunca habría imaginado.
Horas más tarde, la puerta se abrió ligeramente. El doctor Hanafusa entró con su habitual aire de indiferencia clínica, sosteniendo unos papeles. Se detuvo al ver la escena: Setsuna encadenado, cubierto de sudor, sangre y fluidos, y Niko terminando de vestirse.
—Vaya —dijo Hanafusa, ajustándose los lentes—. Parece que han tenido una sesión intensa. Niko, recuerda que tengo que examinar a Kiryu para su próximo combate. Intenta no romperle nada que no pueda reparar en una hora.
—Es todo tuyo, doctor —respondió Niko con una sonrisa de suficiencia—. Ya me pagó la primera cuota.
Niko salió de la habitación, dejando a Setsuna colgado de las cadenas. El joven luchador respiraba con dificultad, sus ojos vacíos.
Hanafusa se acercó y comenzó a revisar las marcas en el cuerpo de Setsuna con una precisión aterradora.
—Interesante —murmuró el médico—. Ha atacado tus centros nerviosos de forma que tu cuerpo responderá con placer al dolor durante los próximos días. Es una técnica de condicionamiento físico bastante avanzada.
—Mátame —susurró Setsuna.
—No puedo hacer eso, Kiryu. Tienes deudas que pagar —dijo Hanafusa, mientras tomaba una muestra de sangre—. Además, Shion y Hatsumi te están buscando. Shion parece muy preocupada por ti.
El nombre de Shion trajo a Setsuna de vuelta a la realidad. El peso del chantaje era una cadena más fuerte que el acero en sus muñecas.
Días después, Setsuna caminaba por los jardines de la mansión de Katahara. Se sentía sucio, marcado permanentemente por la sombra de Niko. Al cruzarse con Kanoh Agito, el Colmillo de Metsudo se detuvo y lo observó con detenimiento.
—Tu aura ha cambiado, Kiryu —dijo Kanoh con su voz profunda—. Hay un rastro de una bestia sobre ti.
—No es nada, Kanoh —respondió Setsuna, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Solo estoy entrenando de una forma... diferente.
A lo lejos, vio a Tiger Niko hablando con Edward Wu, sosteniendo su teléfono y mostrándole algo que hizo que ambos hombres rieran. Setsuna apretó los puños hasta que sus uñas perforaron la palma de sus manos. Sabía que esto no terminaría pronto. Niko lo poseía, tenía las fotos, tenía su dignidad y, sobre todo, tenía la seguridad de Shion en sus manos.
Esa noche, Setsuna regresó a la habitación de Niko por voluntad propia, arrastrando sus pies y su orgullo. El hombre lo esperaba sentado en un sillón de cuero, con una botella de ese mismo vino caro de California abierta sobre la mesa.
—Llegas a tiempo, esclavo —dijo Niko, señalando el suelo a sus pies—. Arrodíllate. Tenemos mucho de qué hablar sobre tu anatomía y cómo puedo seguir explorándola.
Setsuna se arrodilló, bajando la cabeza. El sexo apasionado y brutal que siguió fue una mezcla de odio y una sumisión que empezaba a quebrar lo último que quedaba de su cordura. Cada toque de Niko era un recordatorio de su esclavitud forzada, cada burla una herida en su alma.
—Eres mío, Kiryu —susurró Niko mientras lo dominaba una vez más—. Y vas a disfrutar cada segundo de tu destrucción.
Mientras el sol comenzaba a salir sobre la isla de Ganryu, Setsuna Kiryu entendió que el precio del vino roto no era dinero, sino su existencia misma, convertida ahora en un juguete para el hombre que representaba todo lo que él odiaba y, en su retorcida psique, empezaba a temer con una devoción aterradora.
El líquido rojo, un Cabernet Sauvignon de California cuya etiqueta gritaba exclusividad, se extendió como una mancha de sangre fresca. Frente a él, la figura imponente y malévola de Tiger Niko lo observaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos gélidos.
—Vaya, Kiryu —dijo Niko, su voz era un ronroneo peligroso—. Sabes que ese vino era un regalo personal para mis socios. No es algo que se pueda comprar en cualquier licorería de la esquina.
Setsuna lo miró con desdén, ajustando su postura.
—No me interesa tu vino ni tus deudas, Niko. Pídele a Shion que te lo pague si tanto te duele. Ella maneja las finanzas de la Academia Femenina Koyo, no yo.
La sonrisa de Tiger Niko se ensanchó, revelando una hilera de dientes que prometían tormento.
—Oh, qué curioso que menciones a Shion Akiyama. Estaba pensando precisamente en ella. Si no me pagas el valor de ese vino... y el "daño moral" por mi tiempo perdido, creo que iré a cobrárselo directamente a ella. Y no será con dinero. Quizás le rompa algo más que una botella.
El rostro de Setsuna palideció. Shion había sido de las pocas personas que lo habían tratado con una pizca de humanidad, alguien a quien, a su manera retorcida, respetaba. No podía permitir que este monstruo pusiera sus manos sobre ella.
—¿Qué quieres? —preguntó Kiryu, su voz temblando levemente por la rabia contenida—. Dime el precio.
Niko se acercó, invadiendo el espacio personal de Setsuna. Su mano, áspera y pesada, se posó sobre el hombro del joven luchador, apretando con una fuerza que amenazaba con dislocar el hueso.
—Tienes un físico envidiable, Setsuna. Una belleza que incluso un hombre como yo puede apreciar para otros fines. Vas a pagar tu deuda con tu cuerpo. Te voy a usar hasta que me aburra, y luego, quizás, te deje ir.
Setsuna sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Sabía que Niko no hablaba de un simple combate. Era algo mucho más oscuro.
—No me obligues a repetirlo —susurró Niko al oído de Kiryu—. Sígueme a la sala de interrogatorios privada. Ahora.
El camino hacia la sala fue una procesión de sombras. Al pasar por las áreas comunes, Setsuna vio las figuras de otros luchadores. Ohma Tokita estaba a lo lejos, hablando con Yamashita y Kaede. Setsuna quiso gritar su nombre, rogarle a su "Dios" que lo salvara, pero la mirada de Niko clavada en su nuca se lo impidió. Vio a Lihito y Cosmo charlando, a Akoya observando con su mirada de justicia fanática, y a Raian Kure, quien soltó una carcajada burlona al ver la expresión de derrota en el rostro de Kiryu.
—¡Miren eso! —gritó Raian, señalándolos—. ¡Parece que la "Belleza" finalmente encontró a su "Bestia"! ¿Vas a dejar que te rompa el juguete, Kiryu? ¡Qué marica!
Las burlas homofóbicas de Raian resonaron en el pasillo, pero Niko solo empujó a Setsuna hacia la habitación blindada, cerrando la puerta tras de ellos.
Dentro, la luz era blanca y cegadora. Tiger Niko no perdió el tiempo. Con un movimiento rápido, lanzó a Setsuna contra la mesa de metal.
—Quítate la ropa. Todo —ordenó Niko, sacando un teléfono—. Quiero fotos. Si intentas resistirte o si alguna vez piensas en contar esto, Shion recibirá un paquete muy desagradable.
Setsuna, con los dedos temblorosos, comenzó a desvestirse bajo la mirada lasciva y técnica de Niko. El hombre conocía la anatomía humana mejor que cualquier cirujano; sabía dónde presionar para causar dolor, dónde tocar para humillar.
—Eres una pieza de arte, Kiryu —dijo Niko, mientras disparaba fotos del cuerpo desnudo del luchador—. Lástima que estés tan roto por dentro. Pero eso lo hace más divertido.
Lo que siguió fue una exhibición de dominación y brutalidad. Niko no buscaba placer mutuo; buscaba la destrucción del espíritu de Setsuna. Lo encadenó a los soportes de la pared, forzándolo a una posición de sumisión involuntaria.
—¿Te gusta esto, Kiryu? —preguntó Niko, comenzando a jugar de forma ruda con el pecho y los pezones de Setsuna, retorciéndolos hasta que el joven soltó un grito de agonía—. Pareces una muñeca. ¿Dónde está tu Palma de Rakshasa ahora?
—¡Maldito...! —jadeó Setsuna, su cabeza cayendo hacia atrás mientras Niko usaba su conocimiento anatómico para presionar puntos nerviosos en sus muslos, provocando espasmos de dolor y una respuesta física no deseada.
—No me insultes mientras te estoy cobrando —dijo Niko con frialdad—. Ahora, vas a aprender lo que es ser un esclavo.
La violación fue salvaje. No hubo ternura, solo el impacto rudo de la carne contra la carne y el sonido de las cadenas tintineando. Niko se burlaba de él en cada embestida, recordándole lo patético que se veía, cómo su "Dios" Ohma nunca vendría a rescatarlo de esta inmundicia.
—Mírate —se burló Niko, agarrando el cabello largo de Setsuna para obligarlo a mirar a la cámara del teléfono—. Esta es la cara de la derrota. ¿Qué pensaría Nogi o el viejo Katahara si vieran a su preciado luchador siendo usado como un depósito de basura?
Setsuna cerró los ojos, intentando refugiarse en su locura, pero el dolor era demasiado real. La tortura física se mezclaba con la psicológica. Niko usaba comentarios mordaces sobre su sexualidad, burlándose de su obsesión por Ohma mientras lo sometía a actos que Kiryu nunca habría imaginado.
Horas más tarde, la puerta se abrió ligeramente. El doctor Hanafusa entró con su habitual aire de indiferencia clínica, sosteniendo unos papeles. Se detuvo al ver la escena: Setsuna encadenado, cubierto de sudor, sangre y fluidos, y Niko terminando de vestirse.
—Vaya —dijo Hanafusa, ajustándose los lentes—. Parece que han tenido una sesión intensa. Niko, recuerda que tengo que examinar a Kiryu para su próximo combate. Intenta no romperle nada que no pueda reparar en una hora.
—Es todo tuyo, doctor —respondió Niko con una sonrisa de suficiencia—. Ya me pagó la primera cuota.
Niko salió de la habitación, dejando a Setsuna colgado de las cadenas. El joven luchador respiraba con dificultad, sus ojos vacíos.
Hanafusa se acercó y comenzó a revisar las marcas en el cuerpo de Setsuna con una precisión aterradora.
—Interesante —murmuró el médico—. Ha atacado tus centros nerviosos de forma que tu cuerpo responderá con placer al dolor durante los próximos días. Es una técnica de condicionamiento físico bastante avanzada.
—Mátame —susurró Setsuna.
—No puedo hacer eso, Kiryu. Tienes deudas que pagar —dijo Hanafusa, mientras tomaba una muestra de sangre—. Además, Shion y Hatsumi te están buscando. Shion parece muy preocupada por ti.
El nombre de Shion trajo a Setsuna de vuelta a la realidad. El peso del chantaje era una cadena más fuerte que el acero en sus muñecas.
Días después, Setsuna caminaba por los jardines de la mansión de Katahara. Se sentía sucio, marcado permanentemente por la sombra de Niko. Al cruzarse con Kanoh Agito, el Colmillo de Metsudo se detuvo y lo observó con detenimiento.
—Tu aura ha cambiado, Kiryu —dijo Kanoh con su voz profunda—. Hay un rastro de una bestia sobre ti.
—No es nada, Kanoh —respondió Setsuna, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Solo estoy entrenando de una forma... diferente.
A lo lejos, vio a Tiger Niko hablando con Edward Wu, sosteniendo su teléfono y mostrándole algo que hizo que ambos hombres rieran. Setsuna apretó los puños hasta que sus uñas perforaron la palma de sus manos. Sabía que esto no terminaría pronto. Niko lo poseía, tenía las fotos, tenía su dignidad y, sobre todo, tenía la seguridad de Shion en sus manos.
Esa noche, Setsuna regresó a la habitación de Niko por voluntad propia, arrastrando sus pies y su orgullo. El hombre lo esperaba sentado en un sillón de cuero, con una botella de ese mismo vino caro de California abierta sobre la mesa.
—Llegas a tiempo, esclavo —dijo Niko, señalando el suelo a sus pies—. Arrodíllate. Tenemos mucho de qué hablar sobre tu anatomía y cómo puedo seguir explorándola.
Setsuna se arrodilló, bajando la cabeza. El sexo apasionado y brutal que siguió fue una mezcla de odio y una sumisión que empezaba a quebrar lo último que quedaba de su cordura. Cada toque de Niko era un recordatorio de su esclavitud forzada, cada burla una herida en su alma.
—Eres mío, Kiryu —susurró Niko mientras lo dominaba una vez más—. Y vas a disfrutar cada segundo de tu destrucción.
Mientras el sol comenzaba a salir sobre la isla de Ganryu, Setsuna Kiryu entendió que el precio del vino roto no era dinero, sino su existencia misma, convertida ahora en un juguete para el hombre que representaba todo lo que él odiaba y, en su retorcida psique, empezaba a temer con una devoción aterradora.
