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Bestia sumisa

Fandom: Kengan ashura

Creado: 28/6/2026

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El Precio de la Sangre y el Cristal

La luz de la luna se filtraba de forma irregular a través de las persianas de la oficina privada de Setsuna Kiryu. El silencio era denso, cargado con el olor metálico de la violencia reciente. Setsuna respiraba con dificultad, sintiendo una satisfacción enfermiza recorrer sus venas. Había cumplido su cometido: hacer sufrir a Niko Tokita, el "Otro Niko", aquel que lo había usado como un peón para atormentar a su amado Ohma. Ver el rastro de destrucción que había dejado a su paso era la única forma de arte que Kiryu comprendía.

Sin embargo, la paz de los psicópatas es efímera. Un golpe seco y rítmico resonó en la puerta de madera pesada. Antes de que Setsuna pudiera siquiera invocar el *Flash de Fuego*, la puerta se abrió de par en par.

Niko Tokita entró en la habitación. Pero no era el Niko sereno y manipulador de siempre; su rostro estaba contraído en una mueca de furia gélida. En su mano derecha sostenía el cuello de una botella rota, una reliquia de cristal oscuro que, hasta hace unas horas, contenía uno de los vinos más caros de un exclusivo viñedo de California.

—¿Sabes cuánto tiempo me tomó conseguir esto, Setsuna? —La voz de Niko era un rugido contenido, un siseo que recordaba a una serpiente a punto de atacar.

Kiryu se limitó a sonreír con esa demencia característica, ladeando la cabeza.

—Es solo vidrio y jugo de uva fermentado, Niko. Pensé que preferías el sabor de la sangre.

Niko se acercó a paso lento, su aura de opresión llenando cada rincón del cuarto.

—Los Gusanos no son generosos con los sueldos, mocoso. Tardé años en reunir los fondos para ese lujo personal. No es solo el vino; es el respeto que me has faltado. Ahora, tienes una deuda conmigo. Una deuda de sangre y de dinero que no tienes.

Setsuna soltó una carcajada seca, sus ojos brillando con el *Rakshasa's Palm* latente en sus dedos.

—No me importa tu dinero ni tus caprichos. Lárgate de aquí antes de que decida que tu cuello se vería mejor retorcido.

Niko se detuvo a escasos centímetros de él. Una sonrisa siniestra, cargada de una malicia que incluso a Kiryu le dio escalofríos, cruzó su rostro.

—Oh, entiendo. Tú no valoras tu vida. Pero... ¿qué hay de ellas? Shion Soryuin y Tomoko. Tu empleadora y su secretaria. Son mujeres tan... frágiles. Sería una lástima que el Gusano decidiera que sus muertes son el pago adecuado por tu insolencia.

El cuerpo de Setsuna se tensó instantáneamente. La mención de Shion y Tomoko fue como una descarga eléctrica. A pesar de su locura, ellas eran lo más parecido a un ancla que tenía en este mundo de violencia. No podía permitir que Niko pusiera sus manos sobre ellas.

—No te atrevas a tocarlas —gruñó Setsuna, su voz temblando de rabia.

—Entonces págame —dijo Niko, recorriendo con la mirada el cuerpo de Setsuna—. Tienes un cuerpo interesante, Kiryu. Siempre has sido demasiado afeminado para tu propio bien, con ese cabello largo y esos rasgos que confunden a cualquiera. Si no puedes pagar con oro, pagarás con carne.

Setsuna sintió un nudo en el estómago. Sabía exactamente a qué se refería. La humillación era el lenguaje favorito de Niko.

—¿Quieres... mi cuerpo? —preguntó Setsuna, sus manos temblando ligeramente.

—Quiero que entiendas tu lugar —respondió Niko, acercándose más, invadiendo su espacio personal—. Quiero probar el producto antes de decidir si la deuda está saldada. Sé exactamente qué botones presionar en ti, Setsuna. Conozco tu anatomía mejor que tú mismo. Sé dónde tocar para que dejes de rugir y empieces a gemir.

Kiryu cerró los ojos con fuerza. La idea de someterse a Niko era repugnante, un ultraje a su devoción por Ohma. Pero la imagen de Shion y Tomoko siendo torturadas por los hombres de Niko era peor.

—Está bien —susurró Setsuna, la sumisión involuntaria pesando en sus hombros como plomo—. Haz lo que quieras. Pero déjalas fuera de esto.

Niko soltó una carcajada burlona, una que resonó en el pasillo donde, irónicamente, otros luchadores y empleados del torneo Kengan pasaban sin sospechar nada.

—Lévame a tu habitación, "belleza". Vamos a ver si eres tan resistente en la cama como en la arena.

El camino hacia la habitación fue un calvario de silencio. Setsuna caminaba delante, sintiendo la mirada depredadora de Niko clavada en su espalda. Al entrar, Niko cerró la puerta con llave y empujó a Setsuna contra la pared. El impacto le sacó el aire, pero antes de que pudiera recuperarse, las manos de Niko ya estaban sobre él.

—Mírate —se mofó Niko, sujetando el rostro de Setsuna con una fuerza bruta—. Tienes miedo. El gran "Demonio Hermoso" temblando como una colegiala. ¿Dónde está esa arrogancia ahora?

—Cállate y termina con esto —espetó Setsuna, aunque su voz carecía de fuerza.

Niko no perdió tiempo. Con un movimiento violento, desgarró la camisa de seda de Setsuna, dejando al descubierto su torso pálido y marcado por cicatrices de entrenamientos inhumanos. Niko comenzó a recorrer con sus dedos los puntos de presión que conocía tan bien, aquellos que enviaban descargas de placer y dolor mezclados directamente al sistema nervioso.

—Sé que te gusta el dolor, Setsuna. Pero esto no será como tus fantasías con Ohma. Esto será puramente sobre quién es el dueño aquí.

Niko bajó sus manos hacia el pecho de Kiryu, iniciando un juego cruel con sus pezones, apretando y retorciendo con una técnica que buscaba la sumisión física absoluta. Setsuna soltó un gemido ahogado, odiando la forma en que su cuerpo respondía ante el conocimiento anatómico superior de su agresor.

—¿Qué pasa? —se burló Niko al oído—. ¿Es esto lo que esperabas? Eres tan patético. Un pequeño juguete roto que solo sirve para ser usado. Me pregunto qué pensaría el resto de tus "amiguitos" si te vieran así.

En ese momento, el pasillo exterior se llenó de ruidos. Las voces de Yamashita y Ohma se escuchaban a lo lejos, discutiendo sobre el próximo combate. La cercanía de Ohma hizo que el corazón de Setsuna se acelerara, una mezcla de anhelo y vergüenza extrema.

—¡Ohma! —gritó Setsuna internamente, pero Niko le tapó la boca con una mano áspera mientras lo lanzaba sobre la cama.

—Ni se te ocurra —advirtió Niko—. Si haces un ruido, iré por la secretaria de inmediato.

El encuentro se volvió brutal. Niko no buscaba placer mutuo; buscaba dominación total. Cada movimiento era calculado para humillar, para recordar a Setsuna su posición de inferioridad. Mientras tanto, en otras partes del recinto, la vida seguía. Raian Kure probablemente estaba matando a alguien por diversión, y Muteba disfrutando de sus propios placeres, ajenos al calvario que Kiryu vivía bajo el mando del hombre que más odiaba.

Niko se detuvo un momento para observar el desastre en el que había convertido a Setsuna. El cabello largo del joven estaba enredado, su rostro rojo de esfuerzo y humillación, y sus ojos vidriosos.

—Eres una pequeña perra muy útil, Kiryu —dijo Niko con un comentario burlesco—. Casi pareces una mujer de verdad desde este ángulo. No me extraña que estés tan obsesionado con Tokita; dos fenómenos de la misma especie.

La burla homofóbica golpeó a Setsuna más fuerte que cualquier golpe físico. Intentó revolverse, pero Niko aplicó una técnica de sumisión en sus articulaciones que lo dejó paralizado por el dolor.

—No te muevas. Aún no he terminado de cobrarme los intereses de ese vino.

La noche se prolongó en una espiral de sexo apasionado pero carente de afecto, una tortura física y psicológica donde Niko hacía gala de su conocimiento sobre los límites del cuerpo humano. Cada vez que Setsuna intentaba disociar, Niko lo traía de vuelta con un mordisco en el cuello o un tirón violento de cabello.

Horas más tarde, Niko se levantó, vistiéndose con la parsimonia de quien acaba de terminar una tarea mundana. Setsuna quedó tendido en la cama, su cuerpo temblando por el agotamiento y el abuso.

—Considera esto el primer pago —dijo Niko, ajustándose el cinturón—. Todavía me debes mucho. Y si vuelves a tocar mis pertenencias, lo que te hice hoy será un juego de niños comparado con lo que les haré a Soryuin y a esa chica Tomoko.

Niko salió de la habitación sin mirar atrás, dejando a Setsuna en la oscuridad. El joven se acurrucó, sintiendo el peso de la suciedad en su piel. En su mente, la imagen de Ohma se desvanecía, reemplazada por la fría realidad de su deuda.

A lo lejos, pudo escuchar la risa escandalosa de Raian y los pasos pesados de Akoya patrullando los pasillos con su retorcido sentido de la justicia. Nadie vendría a salvarlo. En el mundo de Kengan, la fuerza era la única ley, y esa noche, Setsuna Kiryu había aprendido que incluso el demonio más hermoso podía ser encadenado por un hombre que conocía sus debilidades.

Se prometió a sí mismo que esto no quedaría así. Pero mientras intentaba levantarse, sus piernas cedieron. El daño no era solo físico; Niko había fracturado algo en su interior que ni siquiera el *Rakshasa's Palm* podría reparar. La deuda estaba pagada, por ahora, pero el precio había sido su última pizca de dignidad.
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