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Place culpable
Fandom: Kengan ashura
Creado: 28/6/2026
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OscuroPsicológicoDramaTragediaThrillerCrimenCelosLenguaje ExplícitoViolencia GráficaAmbientación Canon
El Precio del Pecado: Un Pacto de Sangre y Placer
Kiryu Setsuna observaba el horizonte desde uno de los balcones de la Arena de la Isla Ganryu. Su mente era un torbellino de obsesión y locura, pero en el centro de ese caos siempre estaba la figura de Ohma Tokita. Su Dios. Su destructor. Sabía que para que Ohma finalmente lo aceptara, para que Ohma se convirtiera en el demonio que debía ser y lo castigara con la muerte que tanto anhelaba, primero debía eliminar las distracciones. Y la mayor distracción era aquel hombre: Niko Tokita, "Tiger Niko", el arquitecto de su miseria.
Sin embargo, el rastro de Niko era una sombra esquiva. Solo alguien con conexiones profundas en el inframundo, alguien que se moviera entre las sombras del asesinato y el espionaje, podría rastrearlo. Sus ojos se posaron en la figura imponente que caminaba por el jardín privado de los peleadores: Muteba Gizenga. El "Genocida".
Setsuna bajó con paso elegante, su cabello largo ondeando como una cascada de seda oscura. Al acercarse, notó que Muteba no necesitaba ojos para saber que él estaba allí. El mercenario se detuvo, rodeado por el aroma de su perfume caro y la presencia de varias mujeres que lo acompañaban usualmente, aunque en ese momento buscaba un respiro a solas.
— Necesito información —dijo Setsuna sin preámbulos, su voz era una melodía suave pero cargada de una intensidad inquietante.
Muteba se giró lentamente, una sonrisa depredadora dibujándose en su rostro.
— Kiryu Setsuna. El "Hermoso Demonio". No esperaba que buscaras mis servicios. Mis tarifas no son baratas, y lo que tú buscas es peligroso incluso para los estándares de este torneo.
— Sé quién eres y lo que haces —respondió Kiryu, ignorando el tono condescendiente—. Quiero localizar a Niko Tokita. Dime tu precio. Dinero, influencias... lo que sea.
Muteba soltó una carcajada profunda que resonó en su pecho musculoso. Dio un paso hacia Kiryu, acortando la distancia hasta que Setsuna pudo sentir el calor que emanaba del cuerpo del mercenario. Muteba inhaló profundamente, como si estuviera saboreando el aire alrededor del joven.
— El dinero es aburrido en este lugar, Kiryu. Aquí, en esta isla, las monedas que valen son otras. He observado tus peleas. Tienes una mezcla fascinante: un rostro de ángel, casi femenino, pero un cuerpo moldeado para la violencia más pura. Eres... provocativamente atractivo.
Setsuna frunció el ceño, una chispa de confusión cruzando sus ojos claros.
— Tenía entendido que solo te interesaban las mujeres.
— Me interesa la belleza y el placer, en todas sus formas —respondió Muteba, extendiendo una mano para rozar un mechón del cabello de Kiryu—. Y tú eres una rareza que me gustaría explorar. Mi precio por la ubicación de Tiger Niko es una noche. Una noche en mi habitación, donde me pertenecerás por completo.
El silencio se apoderó del lugar. Kiryu pensó en Ohma. Pensó en el dolor que Niko le había causado y en cómo su muerte era el único camino hacia su redención final. Si entregar su cuerpo a este hombre era el costo de su venganza, era un precio pequeño.
— Acepto —dijo Kiryu, con una frialdad que ocultaba el fuego de su locura—. Esta noche.
...
La habitación de Muteba era un santuario de lujo excesivo. El aire estaba cargado de incienso y el sonido suave de jazz clásico se filtraba por los altavoces. Cuando Kiryu entró, Muteba ya lo esperaba, vistiendo solo una bata de seda entreabierta que dejaba ver su físico hercúleo y lleno de cicatrices.
— Eres puntual —dijo Muteba, cerrando la puerta con llave—. Quítate la ropa. Quiero ver lo que he comprado.
Kiryu no dudó. Con movimientos lentos y casi ritualistas, se despojó de su túnica. Su cuerpo, aunque musculoso y definido por años de entrenamiento en el Estilo Koei, mantenía una elegancia grácil. Su piel era pálida, casi translúcida bajo las luces tenues.
Muteba se acercó, sus dedos enguantados (o a veces desnudos, revelando su tacto experto) recorriendo los hombros de Kiryu. El mercenario conocía los puntos de presión del cuerpo humano como nadie; no solo para matar, sino para maximizar la sensibilidad.
— Vamos a empezar —susurró Muteba, empujando a Kiryu hacia la cama de gran tamaño.
Lo que siguió fue una exhibición de dominación absoluta. Muteba no era sutil, pero era preciso. Sabía exactamente dónde presionar, dónde morder y dónde acariciar para que el cuerpo de Kiryu reaccionara en contra de su voluntad. La sumisión de Setsuna no era voluntaria en el sentido emocional, pero su cuerpo traicionaba su mente, respondiendo con espasmos de placer ante el conocimiento anatómico de Muteba.
— Tu cuerpo es una obra de arte, Kiryu —dijo Muteba, mientras sus manos se centraban en el pecho del joven.
Muteba comenzó un juego cruel y placentero con los pezones de Kiryu, pellizcando y masajeando con una técnica que enviaba descargas eléctricas directamente a la columna vertebral del peleador. Kiryu arqueó la espalda, un gemido involuntario escapando de sus labios.
— No... no hagas eso —jadeó Kiryu, intentando apartar las manos de Muteba, pero el mercenario era una montaña inamovible.
— El trato es que me perteneces —le recordó Muteba, intensificando el juego—. Y yo sé exactamente qué botones presionar para que te olvides de tu "Dios" por un momento.
El sexo fue salvaje, una batalla de voluntades donde Muteba ejercía una fuerza dominante que dejaba a Kiryu sin aliento. Era una tortura placentera; cada embestida de Muteba parecía querer romper la voluntad de acero de Setsuna. El mercenario lo manipulaba con una maestría que rozaba lo sádico, utilizando sus conocimientos de los puntos de placer para llevar a Kiryu al borde del colapso una y otra vez, solo para detenerse en el último segundo y prolongar su agonía.
Mientras tanto, en otras partes de la isla, la tensión del torneo continuaba. Yamashita Kazuo caminaba nervioso por los pasillos junto a Kaede, preocupado por el paradero de Ohma. No sabían que, en las sombras, figuras como Raian Kure observaban con desprecio y sed de sangre, esperando su turno para causar estragos.
Incluso Tomoko, la siempre entusiasta secretaria de Shion Akiyama, fantaseaba con los encuentros entre los peleadores, sin imaginar que uno de los más intensos estaba ocurriendo en ese mismo instante.
De vuelta en la habitación, el ambiente estaba saturado de sudor y deseo. Muteba había llevado a Kiryu a un estado de exhibicionismo involuntario, obligándolo a mirarse en los espejos del techo mientras lo poseía, forzándolo a reconocer su propia vulnerabilidad.
— Mírate —le ordenó Muteba, su voz resonando en el oído de Kiryu—. El gran Kiryu Setsuna, reducido a esto.
Kiryu, con los ojos nublados por el éxtasis y el dolor, solo podía pensar en que este sacrificio lo acercaba más a Ohma. Pero en el fondo de su mente fracturada, una nueva chispa de celos nacía. ¿Por qué Ohma no lo miraba así? ¿Por qué Ohma no lo reclamaba con esa ferocidad?
La sesión terminó horas después, dejando a Kiryu exhausto y marcado por las manos de Muteba. El mercenario se levantó con una agilidad sorprendente, como si no hubiera gastado energía alguna. Se acercó a un escritorio y escribió una dirección y una serie de coordenadas en un papel.
— Aquí tienes —dijo Muteba, lanzando el papel sobre el cuerpo exhausto de Kiryu—. Tiger Niko fue visto por última vez en el sector interior de la península. Se mueve con el apoyo de una facción disidente del Gusano.
Kiryu tomó el papel, sus manos temblando ligeramente. Se puso de pie, recuperando su compostura con una velocidad asombrosa, aunque sus movimientos eran aún un poco rígidos.
— Hemos terminado —dijo Kiryu, vistiéndose rápidamente.
— Por ahora —respondió Muteba con una sonrisa enigmática—. Si alguna vez necesitas más información, ya sabes que mi precio siempre es el mismo.
Kiryu salió de la habitación, cruzándose en el pasillo con un guardia de Katahara que lo miró con sospecha, pero el joven no le prestó atención. Su mente ya estaba en otro lugar.
Al llegar a la zona común, vio a Ohma a lo lejos. Ohma estaba hablando con Hanafusa, el médico loco, quien parecía estar examinando algunas de sus heridas recientes. Setsuna sintió una punzada de celos al ver a cualquiera acercarse a su Dios. Se acercó lentamente, ocultando las marcas bajo su ropa.
— Ohma... —susurró para sí mismo—. Pronto. Pronto seremos solo nosotros dos. He pagado el precio, y Niko ya no podrá protegerme de tu ira.
Raian Kure pasó por su lado, soltando una carcajada burlona al notar el estado de Kiryu.
— Hueles a sexo y desesperación, marica —dijo Raian con su habitual falta de tacto—. Parece que alguien se divirtió más de la cuenta.
Kiryu lo miró con una sonrisa gélida, sus ojos brillando con la luz de la técnica Rakshasa's Palm.
— No tienes idea de lo que soy capaz de hacer por amor, Raian.
Mientras tanto, Shion Akiyama y Kaede compartían un trago en el bar del hotel, discutiendo los resultados del día. Shion notó la tensión en el ambiente de la isla.
— Algo está cambiando —comentó Shion, mirando hacia la ventana—. Los peleadores están más inquietos de lo habitual. No es solo el torneo. Hay algo más profundo moviéndose bajo la superficie.
— Siempre es así con el Kengan —suspiró Kaede—. Solo espero que Ohma y el señor Yamashita salgan ilesos de esto.
En lo profundo de la isla, el intercambio de favores y la red de traiciones seguía tejiéndose. Muteba, satisfecho, se preparaba para su siguiente pelea, sabiendo que había obtenido algo mucho más valioso que el dinero: el conocimiento de que incluso los demonios tienen un precio.
Y Kiryu, con el mapa hacia su venganza en la mano, se preparaba para el acto final de su tragedia personal. La tortura que había sufrido a manos de Muteba no era nada comparada con la que él mismo estaba dispuesto a infligir y recibir en nombre de su obsesión. El torneo Kengan Ashura no era solo una competencia de fuerza; era un altar donde se sacrificaban cuerpos y almas, y Kiryu Setsuna estaba listo para ser el sumo sacerdote y la víctima al mismo tiempo.
El sol comenzó a salir sobre la Isla Ganryu, iluminando un escenario donde la sangre y el placer se mezclaban en la arena, y donde los secretos comprados con el cuerpo pronto estallarían en una violencia que nadie podría olvidar.
Sin embargo, el rastro de Niko era una sombra esquiva. Solo alguien con conexiones profundas en el inframundo, alguien que se moviera entre las sombras del asesinato y el espionaje, podría rastrearlo. Sus ojos se posaron en la figura imponente que caminaba por el jardín privado de los peleadores: Muteba Gizenga. El "Genocida".
Setsuna bajó con paso elegante, su cabello largo ondeando como una cascada de seda oscura. Al acercarse, notó que Muteba no necesitaba ojos para saber que él estaba allí. El mercenario se detuvo, rodeado por el aroma de su perfume caro y la presencia de varias mujeres que lo acompañaban usualmente, aunque en ese momento buscaba un respiro a solas.
— Necesito información —dijo Setsuna sin preámbulos, su voz era una melodía suave pero cargada de una intensidad inquietante.
Muteba se giró lentamente, una sonrisa depredadora dibujándose en su rostro.
— Kiryu Setsuna. El "Hermoso Demonio". No esperaba que buscaras mis servicios. Mis tarifas no son baratas, y lo que tú buscas es peligroso incluso para los estándares de este torneo.
— Sé quién eres y lo que haces —respondió Kiryu, ignorando el tono condescendiente—. Quiero localizar a Niko Tokita. Dime tu precio. Dinero, influencias... lo que sea.
Muteba soltó una carcajada profunda que resonó en su pecho musculoso. Dio un paso hacia Kiryu, acortando la distancia hasta que Setsuna pudo sentir el calor que emanaba del cuerpo del mercenario. Muteba inhaló profundamente, como si estuviera saboreando el aire alrededor del joven.
— El dinero es aburrido en este lugar, Kiryu. Aquí, en esta isla, las monedas que valen son otras. He observado tus peleas. Tienes una mezcla fascinante: un rostro de ángel, casi femenino, pero un cuerpo moldeado para la violencia más pura. Eres... provocativamente atractivo.
Setsuna frunció el ceño, una chispa de confusión cruzando sus ojos claros.
— Tenía entendido que solo te interesaban las mujeres.
— Me interesa la belleza y el placer, en todas sus formas —respondió Muteba, extendiendo una mano para rozar un mechón del cabello de Kiryu—. Y tú eres una rareza que me gustaría explorar. Mi precio por la ubicación de Tiger Niko es una noche. Una noche en mi habitación, donde me pertenecerás por completo.
El silencio se apoderó del lugar. Kiryu pensó en Ohma. Pensó en el dolor que Niko le había causado y en cómo su muerte era el único camino hacia su redención final. Si entregar su cuerpo a este hombre era el costo de su venganza, era un precio pequeño.
— Acepto —dijo Kiryu, con una frialdad que ocultaba el fuego de su locura—. Esta noche.
...
La habitación de Muteba era un santuario de lujo excesivo. El aire estaba cargado de incienso y el sonido suave de jazz clásico se filtraba por los altavoces. Cuando Kiryu entró, Muteba ya lo esperaba, vistiendo solo una bata de seda entreabierta que dejaba ver su físico hercúleo y lleno de cicatrices.
— Eres puntual —dijo Muteba, cerrando la puerta con llave—. Quítate la ropa. Quiero ver lo que he comprado.
Kiryu no dudó. Con movimientos lentos y casi ritualistas, se despojó de su túnica. Su cuerpo, aunque musculoso y definido por años de entrenamiento en el Estilo Koei, mantenía una elegancia grácil. Su piel era pálida, casi translúcida bajo las luces tenues.
Muteba se acercó, sus dedos enguantados (o a veces desnudos, revelando su tacto experto) recorriendo los hombros de Kiryu. El mercenario conocía los puntos de presión del cuerpo humano como nadie; no solo para matar, sino para maximizar la sensibilidad.
— Vamos a empezar —susurró Muteba, empujando a Kiryu hacia la cama de gran tamaño.
Lo que siguió fue una exhibición de dominación absoluta. Muteba no era sutil, pero era preciso. Sabía exactamente dónde presionar, dónde morder y dónde acariciar para que el cuerpo de Kiryu reaccionara en contra de su voluntad. La sumisión de Setsuna no era voluntaria en el sentido emocional, pero su cuerpo traicionaba su mente, respondiendo con espasmos de placer ante el conocimiento anatómico de Muteba.
— Tu cuerpo es una obra de arte, Kiryu —dijo Muteba, mientras sus manos se centraban en el pecho del joven.
Muteba comenzó un juego cruel y placentero con los pezones de Kiryu, pellizcando y masajeando con una técnica que enviaba descargas eléctricas directamente a la columna vertebral del peleador. Kiryu arqueó la espalda, un gemido involuntario escapando de sus labios.
— No... no hagas eso —jadeó Kiryu, intentando apartar las manos de Muteba, pero el mercenario era una montaña inamovible.
— El trato es que me perteneces —le recordó Muteba, intensificando el juego—. Y yo sé exactamente qué botones presionar para que te olvides de tu "Dios" por un momento.
El sexo fue salvaje, una batalla de voluntades donde Muteba ejercía una fuerza dominante que dejaba a Kiryu sin aliento. Era una tortura placentera; cada embestida de Muteba parecía querer romper la voluntad de acero de Setsuna. El mercenario lo manipulaba con una maestría que rozaba lo sádico, utilizando sus conocimientos de los puntos de placer para llevar a Kiryu al borde del colapso una y otra vez, solo para detenerse en el último segundo y prolongar su agonía.
Mientras tanto, en otras partes de la isla, la tensión del torneo continuaba. Yamashita Kazuo caminaba nervioso por los pasillos junto a Kaede, preocupado por el paradero de Ohma. No sabían que, en las sombras, figuras como Raian Kure observaban con desprecio y sed de sangre, esperando su turno para causar estragos.
Incluso Tomoko, la siempre entusiasta secretaria de Shion Akiyama, fantaseaba con los encuentros entre los peleadores, sin imaginar que uno de los más intensos estaba ocurriendo en ese mismo instante.
De vuelta en la habitación, el ambiente estaba saturado de sudor y deseo. Muteba había llevado a Kiryu a un estado de exhibicionismo involuntario, obligándolo a mirarse en los espejos del techo mientras lo poseía, forzándolo a reconocer su propia vulnerabilidad.
— Mírate —le ordenó Muteba, su voz resonando en el oído de Kiryu—. El gran Kiryu Setsuna, reducido a esto.
Kiryu, con los ojos nublados por el éxtasis y el dolor, solo podía pensar en que este sacrificio lo acercaba más a Ohma. Pero en el fondo de su mente fracturada, una nueva chispa de celos nacía. ¿Por qué Ohma no lo miraba así? ¿Por qué Ohma no lo reclamaba con esa ferocidad?
La sesión terminó horas después, dejando a Kiryu exhausto y marcado por las manos de Muteba. El mercenario se levantó con una agilidad sorprendente, como si no hubiera gastado energía alguna. Se acercó a un escritorio y escribió una dirección y una serie de coordenadas en un papel.
— Aquí tienes —dijo Muteba, lanzando el papel sobre el cuerpo exhausto de Kiryu—. Tiger Niko fue visto por última vez en el sector interior de la península. Se mueve con el apoyo de una facción disidente del Gusano.
Kiryu tomó el papel, sus manos temblando ligeramente. Se puso de pie, recuperando su compostura con una velocidad asombrosa, aunque sus movimientos eran aún un poco rígidos.
— Hemos terminado —dijo Kiryu, vistiéndose rápidamente.
— Por ahora —respondió Muteba con una sonrisa enigmática—. Si alguna vez necesitas más información, ya sabes que mi precio siempre es el mismo.
Kiryu salió de la habitación, cruzándose en el pasillo con un guardia de Katahara que lo miró con sospecha, pero el joven no le prestó atención. Su mente ya estaba en otro lugar.
Al llegar a la zona común, vio a Ohma a lo lejos. Ohma estaba hablando con Hanafusa, el médico loco, quien parecía estar examinando algunas de sus heridas recientes. Setsuna sintió una punzada de celos al ver a cualquiera acercarse a su Dios. Se acercó lentamente, ocultando las marcas bajo su ropa.
— Ohma... —susurró para sí mismo—. Pronto. Pronto seremos solo nosotros dos. He pagado el precio, y Niko ya no podrá protegerme de tu ira.
Raian Kure pasó por su lado, soltando una carcajada burlona al notar el estado de Kiryu.
— Hueles a sexo y desesperación, marica —dijo Raian con su habitual falta de tacto—. Parece que alguien se divirtió más de la cuenta.
Kiryu lo miró con una sonrisa gélida, sus ojos brillando con la luz de la técnica Rakshasa's Palm.
— No tienes idea de lo que soy capaz de hacer por amor, Raian.
Mientras tanto, Shion Akiyama y Kaede compartían un trago en el bar del hotel, discutiendo los resultados del día. Shion notó la tensión en el ambiente de la isla.
— Algo está cambiando —comentó Shion, mirando hacia la ventana—. Los peleadores están más inquietos de lo habitual. No es solo el torneo. Hay algo más profundo moviéndose bajo la superficie.
— Siempre es así con el Kengan —suspiró Kaede—. Solo espero que Ohma y el señor Yamashita salgan ilesos de esto.
En lo profundo de la isla, el intercambio de favores y la red de traiciones seguía tejiéndose. Muteba, satisfecho, se preparaba para su siguiente pelea, sabiendo que había obtenido algo mucho más valioso que el dinero: el conocimiento de que incluso los demonios tienen un precio.
Y Kiryu, con el mapa hacia su venganza en la mano, se preparaba para el acto final de su tragedia personal. La tortura que había sufrido a manos de Muteba no era nada comparada con la que él mismo estaba dispuesto a infligir y recibir en nombre de su obsesión. El torneo Kengan Ashura no era solo una competencia de fuerza; era un altar donde se sacrificaban cuerpos y almas, y Kiryu Setsuna estaba listo para ser el sumo sacerdote y la víctima al mismo tiempo.
El sol comenzó a salir sobre la Isla Ganryu, iluminando un escenario donde la sangre y el placer se mezclaban en la arena, y donde los secretos comprados con el cuerpo pronto estallarían en una violencia que nadie podría olvidar.
