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Idiota Admirable
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 28/6/2026
Etiquetas
RomanceDolor/ConsueloFluffHistoria DomésticaAmbientación CanonEstudio de PersonajeDrama
La fragilidad de un héroe testarudo
El silencio en la sala común del Colegio Técnico de Magia de Tokio era denso, casi palpable. Nobara Kugisaki estaba sentada en un sillón individual, cruzada de brazos, con una expresión que habría hecho temblar a cualquier maldición de grado especial. Sus ojos naranjas estaban fijos en la figura que descansaba en el sofá frente a ella, y si las miradas pudieran incinerar, Yuji Itadori ya no sería más que un montón de cenizas rojas y negras.
Estaba furiosa. No, furiosa era una palabra que se quedaba corta. Estaba hirviendo de una rabia gélida que nacía directamente del miedo que había sentido apenas unas horas atrás.
Tres maldiciones de primer grado. No una, ni dos, sino tres. Y el muy idiota no había esperado refuerzos, no había pedido ayuda, ni siquiera había intentado una retirada táctica para protegerse. Se había lanzado de cabeza al epicentro del caos, convirtiéndose en un escudo humano para ella y para un grupo de civiles que ni siquiera sabían lo que estaba pasando. Había recibido cortes profundos, impactos que habrían pulverizado los huesos de cualquier otro, y todo con esa determinación suicida que tanto la sacaba de quicio.
Gracias a Shoko, las heridas físicas estaban cerradas. La técnica de maldición inversa había hecho su magia, borrando las cicatrices superficiales, pero no podía borrar la imagen de Yuji colapsando en el suelo cubierto de sangre una vez que el último enemigo fue exorcizado.
—Eres un completo imbécil, Itadori —susurró Nobara para sí misma, apretando los puños sobre sus rodillas.
Observó a Yuji. Él estaba profundamente dormido, ajeno al torbellino de emociones que ella estaba experimentando. Su sudadera roja estaba un poco arrugada y su respiración era rítmica, tranquila. Verlo así, tan vulnerable y en paz, provocó un cambio repentino en el pecho de Nobara. La ira comenzó a ceder, dejando paso a una melancolía pesada.
Se fijó en sus manos, llenas de callos y pequeñas marcas que ni siquiera Shoko se molestaba en quitar. Esas manos cargaban con el peso de un demonio milenario. Nobara se inclinó un poco hacia adelante, observando los rasgos del chico. Recordó los meses en los que todos pensaron que estaba muerto. El vacío que dejó en el equipo, la soledad que ella misma ocultó tras una fachada de indiferencia y compras compulsivas.
¿Cómo podía ser tan fuerte? No se refería a su fuerza física, que era innegable, sino a su espíritu. Yuji cargaba con la sentencia de muerte de Sukuna cada segundo de su vida. Sabía que su destino final era la ejecución, y aun así, despertaba cada mañana con una sonrisa honesta, dispuesto a socializar, a ayudar, a ser el rayo de sol en un mundo que se caía a pedazos.
Cualquier otra persona se habría quebrado. Ella misma, a pesar de su orgullo y su fuerza, a veces sentía que el peso de ser hechicera era asfixiante. Pero Yuji seguía ahí. Luchando por personas que no conocía, protegiendo a sus amigos con un desinterés que rozaba la locura.
"Es un idiota sin autocuidado", pensó Nobara, sintiendo un nudo en la garganta. "Un idiota casi suicida. Pero es el idiota más admirable que he conocido".
Se levantó del sillón con pasos silenciosos, acercándose al sofá. La luz de la tarde entraba por la ventana, bañando el cabello rosado de Yuji en un tono dorado. Nobara se quedó de pie junto a él, contemplándolo. Sintió una punzada de admiración tan profunda que le dolió. Admiraba su honestidad, su falta de malicia, la forma en que su sola presencia hacía que el ambiente se sintiera menos hostil.
De repente, los párpados de Yuji temblaron. Sus ojos se abrieron lentamente, desenfocados por el sueño, hasta que se toparon directamente con la figura de Nobara cerniéndose sobre él.
—¡Ah! ¡Kugisaki! —Yuji dio un respingo, casi cayéndose del sofá por la sorpresa—. ¡Me asustaste!
Nobara no retrocedió. Mantuvo su mirada fija en la de él, con el ceño fruncido de nuevo, aunque esta vez sus ojos no brillaban con odio.
—Despertaste, bello durmiente —dijo ella con voz afilada.
Yuji se sentó rápidamente, rascándose la nuca con nerviosismo. La culpa inundó sus facciones de inmediato. Recordaba la misión, recordaba los gritos de Nobara pidiéndole que retrocediera y cómo él la había ignorado por completo para recibir un golpe que iba dirigido a ella.
—Oye, Nobara... yo... —Yuji bajó la mirada, jugueteando con el dobladillo de su chaqueta negra—. Siento lo de hoy. Sé que te puse nerviosa y que probablemente arruiné el plan de ataque, pero es que vi a esa gente y luego vi que esa maldición iba hacia ti y... no pude evitarlo. Lo siento de verdad. No volverá a...
¡ZAS!
El sonido de la mano de Nobara impactando contra la coronilla de Yuji resonó en toda la habitación.
—¡Ay! ¡¿Y eso por qué fue?! —exclamó Yuji, encogiéndose y frotándose la zona afectada con ambas manos.
—¡Por ser un imprudente! —gritó ella, aunque su voz tembló un poco al final—. ¡Por no pensar en ti mismo ni un segundo! ¿Tienes idea de lo que pasaría si no llegamos a tiempo con Shoko? ¡Eres un idiota, Itadori!
Yuji se quedó callado, esperando una segunda ronda de golpes o tal vez una reprimenda más larga sobre su falta de estrategia. Cerró los ojos con fuerza, preparándose para el impacto.
Sin embargo, lo que sintió no fue otro golpe.
Nobara se inclinó hacia adelante, sujetando el rostro de Yuji con ambas manos. Sus dedos estaban fríos, pero su tacto era sorprendentemente delicado. Antes de que él pudiera procesar lo que estaba sucediendo, ella presionó sus labios contra los de él.
Fue un beso breve, pero cargado de una intensidad que las palabras nunca podrían alcanzar. Era un beso que sabía a alivio, a una confesión silenciosa de miedo y a una admiración que Nobara nunca se atrevería a admitir en voz alta. Era cálido, sincero, y por un momento, el mundo exterior —las maldiciones, Sukuna, la muerte inminente— dejó de existir.
Cuando ella se separó, apenas unos centímetros, Yuji estaba completamente congelado. Sus ojos estaban muy abiertos, sus mejillas se habían teñido de un rojo más intenso que su sudadera y su boca estaba entreabierta, tratando de formular una frase que no llegaba.
Nobara lo miró. La dureza en su rostro se había derretido por completo, dejando ver una sonrisa tierna, casi dulce, algo que muy pocos tenían el privilegio de presenciar.
—Si vuelves a asustarme así —dijo ella, recuperando su tono habitual pero con un brillo travieso en los ojos—, el próximo golpe no será en la cabeza, y te aseguro que dolerá mucho más que las maldiciones de hoy.
Yuji parpadeó varias veces, asimilando la amenaza y el beso al mismo tiempo. Una sonrisa lenta y torpe comenzó a dibujarse en su rostro, esa sonrisa honesta que siempre lograba desarmar a Nobara.
—¿Eso significa que estás preocupada por mí? —preguntó él con un tono juguetón, aunque su corazón latía con tanta fuerza que temía que ella pudiera escucharlo.
Nobara resopló y se alejó un paso, recuperando su postura altiva y cruzándose de brazos, aunque el rubor en sus propias mejillas la delataba por completo.
—No te lo creas tanto, tonto. Solo no quiero tener que cargar con tu cadáver, es muy pesado y arruinaría mis zapatos nuevos.
Yuji soltó una carcajada limpia, levantándose del sofá. Se sentía ligero, como si el peso de Sukuna y de sus responsabilidades se hubiera evaporado, aunque fuera por un instante. Se acercó a ella, rascándose la mejilla.
—Gracias, Nobara. De verdad.
Ella lo miró de reojo, suavizando su expresión una vez más. Sabía que Yuji seguiría siendo el mismo idiota sacrificado de siempre, porque esa era su naturaleza, pero al menos ahora él sabía que no estaba solo en esa carga.
—Camina, vamos a la cocina —ordenó ella, dándose la vuelta para que él no viera cuánto estaba sonriendo—. Tengo hambre y tú vas a cocinar algo decente para compensarme por el susto.
—¡Claro! —respondió Yuji con entusiasmo, siguiéndola de cerca—. ¿Qué te apetece? ¿Hacemos ramen?
—Ramen suena bien —dijo ella, deteniéndose en la puerta y mirándolo por encima del hombro—. Pero ni se te ocurra ponerle esos ingredientes raros que te gustan.
—¡Oye, mis recetas son geniales!
—Son un atentado contra el gusto, Itadori.
Caminaron juntos por el pasillo, sus voces resonando en las paredes del colegio. Afuera, el mundo seguía siendo un lugar peligroso y oscuro, lleno de monstruos y sombras. Pero allí dentro, entre bromas y amenazas de golpes, había una chispa de algo invencible. Una conexión forjada en la batalla y sellada con un beso que prometía que, sin importar lo que viniera, no se dejarían caer.
Nobara caminaba un paso por delante, sintiendo el calor de la presencia de Yuji a su espalda. Admiraba su fuerza, sí, pero sobre todo admiraba su capacidad de seguir siendo humano en un mundo deshumanizado. Y mientras él estuviera a su lado, ella se encargaría de recordarle, a base de besos o de golpes, que su vida también valía la pena ser salvada.
Estaba furiosa. No, furiosa era una palabra que se quedaba corta. Estaba hirviendo de una rabia gélida que nacía directamente del miedo que había sentido apenas unas horas atrás.
Tres maldiciones de primer grado. No una, ni dos, sino tres. Y el muy idiota no había esperado refuerzos, no había pedido ayuda, ni siquiera había intentado una retirada táctica para protegerse. Se había lanzado de cabeza al epicentro del caos, convirtiéndose en un escudo humano para ella y para un grupo de civiles que ni siquiera sabían lo que estaba pasando. Había recibido cortes profundos, impactos que habrían pulverizado los huesos de cualquier otro, y todo con esa determinación suicida que tanto la sacaba de quicio.
Gracias a Shoko, las heridas físicas estaban cerradas. La técnica de maldición inversa había hecho su magia, borrando las cicatrices superficiales, pero no podía borrar la imagen de Yuji colapsando en el suelo cubierto de sangre una vez que el último enemigo fue exorcizado.
—Eres un completo imbécil, Itadori —susurró Nobara para sí misma, apretando los puños sobre sus rodillas.
Observó a Yuji. Él estaba profundamente dormido, ajeno al torbellino de emociones que ella estaba experimentando. Su sudadera roja estaba un poco arrugada y su respiración era rítmica, tranquila. Verlo así, tan vulnerable y en paz, provocó un cambio repentino en el pecho de Nobara. La ira comenzó a ceder, dejando paso a una melancolía pesada.
Se fijó en sus manos, llenas de callos y pequeñas marcas que ni siquiera Shoko se molestaba en quitar. Esas manos cargaban con el peso de un demonio milenario. Nobara se inclinó un poco hacia adelante, observando los rasgos del chico. Recordó los meses en los que todos pensaron que estaba muerto. El vacío que dejó en el equipo, la soledad que ella misma ocultó tras una fachada de indiferencia y compras compulsivas.
¿Cómo podía ser tan fuerte? No se refería a su fuerza física, que era innegable, sino a su espíritu. Yuji cargaba con la sentencia de muerte de Sukuna cada segundo de su vida. Sabía que su destino final era la ejecución, y aun así, despertaba cada mañana con una sonrisa honesta, dispuesto a socializar, a ayudar, a ser el rayo de sol en un mundo que se caía a pedazos.
Cualquier otra persona se habría quebrado. Ella misma, a pesar de su orgullo y su fuerza, a veces sentía que el peso de ser hechicera era asfixiante. Pero Yuji seguía ahí. Luchando por personas que no conocía, protegiendo a sus amigos con un desinterés que rozaba la locura.
"Es un idiota sin autocuidado", pensó Nobara, sintiendo un nudo en la garganta. "Un idiota casi suicida. Pero es el idiota más admirable que he conocido".
Se levantó del sillón con pasos silenciosos, acercándose al sofá. La luz de la tarde entraba por la ventana, bañando el cabello rosado de Yuji en un tono dorado. Nobara se quedó de pie junto a él, contemplándolo. Sintió una punzada de admiración tan profunda que le dolió. Admiraba su honestidad, su falta de malicia, la forma en que su sola presencia hacía que el ambiente se sintiera menos hostil.
De repente, los párpados de Yuji temblaron. Sus ojos se abrieron lentamente, desenfocados por el sueño, hasta que se toparon directamente con la figura de Nobara cerniéndose sobre él.
—¡Ah! ¡Kugisaki! —Yuji dio un respingo, casi cayéndose del sofá por la sorpresa—. ¡Me asustaste!
Nobara no retrocedió. Mantuvo su mirada fija en la de él, con el ceño fruncido de nuevo, aunque esta vez sus ojos no brillaban con odio.
—Despertaste, bello durmiente —dijo ella con voz afilada.
Yuji se sentó rápidamente, rascándose la nuca con nerviosismo. La culpa inundó sus facciones de inmediato. Recordaba la misión, recordaba los gritos de Nobara pidiéndole que retrocediera y cómo él la había ignorado por completo para recibir un golpe que iba dirigido a ella.
—Oye, Nobara... yo... —Yuji bajó la mirada, jugueteando con el dobladillo de su chaqueta negra—. Siento lo de hoy. Sé que te puse nerviosa y que probablemente arruiné el plan de ataque, pero es que vi a esa gente y luego vi que esa maldición iba hacia ti y... no pude evitarlo. Lo siento de verdad. No volverá a...
¡ZAS!
El sonido de la mano de Nobara impactando contra la coronilla de Yuji resonó en toda la habitación.
—¡Ay! ¡¿Y eso por qué fue?! —exclamó Yuji, encogiéndose y frotándose la zona afectada con ambas manos.
—¡Por ser un imprudente! —gritó ella, aunque su voz tembló un poco al final—. ¡Por no pensar en ti mismo ni un segundo! ¿Tienes idea de lo que pasaría si no llegamos a tiempo con Shoko? ¡Eres un idiota, Itadori!
Yuji se quedó callado, esperando una segunda ronda de golpes o tal vez una reprimenda más larga sobre su falta de estrategia. Cerró los ojos con fuerza, preparándose para el impacto.
Sin embargo, lo que sintió no fue otro golpe.
Nobara se inclinó hacia adelante, sujetando el rostro de Yuji con ambas manos. Sus dedos estaban fríos, pero su tacto era sorprendentemente delicado. Antes de que él pudiera procesar lo que estaba sucediendo, ella presionó sus labios contra los de él.
Fue un beso breve, pero cargado de una intensidad que las palabras nunca podrían alcanzar. Era un beso que sabía a alivio, a una confesión silenciosa de miedo y a una admiración que Nobara nunca se atrevería a admitir en voz alta. Era cálido, sincero, y por un momento, el mundo exterior —las maldiciones, Sukuna, la muerte inminente— dejó de existir.
Cuando ella se separó, apenas unos centímetros, Yuji estaba completamente congelado. Sus ojos estaban muy abiertos, sus mejillas se habían teñido de un rojo más intenso que su sudadera y su boca estaba entreabierta, tratando de formular una frase que no llegaba.
Nobara lo miró. La dureza en su rostro se había derretido por completo, dejando ver una sonrisa tierna, casi dulce, algo que muy pocos tenían el privilegio de presenciar.
—Si vuelves a asustarme así —dijo ella, recuperando su tono habitual pero con un brillo travieso en los ojos—, el próximo golpe no será en la cabeza, y te aseguro que dolerá mucho más que las maldiciones de hoy.
Yuji parpadeó varias veces, asimilando la amenaza y el beso al mismo tiempo. Una sonrisa lenta y torpe comenzó a dibujarse en su rostro, esa sonrisa honesta que siempre lograba desarmar a Nobara.
—¿Eso significa que estás preocupada por mí? —preguntó él con un tono juguetón, aunque su corazón latía con tanta fuerza que temía que ella pudiera escucharlo.
Nobara resopló y se alejó un paso, recuperando su postura altiva y cruzándose de brazos, aunque el rubor en sus propias mejillas la delataba por completo.
—No te lo creas tanto, tonto. Solo no quiero tener que cargar con tu cadáver, es muy pesado y arruinaría mis zapatos nuevos.
Yuji soltó una carcajada limpia, levantándose del sofá. Se sentía ligero, como si el peso de Sukuna y de sus responsabilidades se hubiera evaporado, aunque fuera por un instante. Se acercó a ella, rascándose la mejilla.
—Gracias, Nobara. De verdad.
Ella lo miró de reojo, suavizando su expresión una vez más. Sabía que Yuji seguiría siendo el mismo idiota sacrificado de siempre, porque esa era su naturaleza, pero al menos ahora él sabía que no estaba solo en esa carga.
—Camina, vamos a la cocina —ordenó ella, dándose la vuelta para que él no viera cuánto estaba sonriendo—. Tengo hambre y tú vas a cocinar algo decente para compensarme por el susto.
—¡Claro! —respondió Yuji con entusiasmo, siguiéndola de cerca—. ¿Qué te apetece? ¿Hacemos ramen?
—Ramen suena bien —dijo ella, deteniéndose en la puerta y mirándolo por encima del hombro—. Pero ni se te ocurra ponerle esos ingredientes raros que te gustan.
—¡Oye, mis recetas son geniales!
—Son un atentado contra el gusto, Itadori.
Caminaron juntos por el pasillo, sus voces resonando en las paredes del colegio. Afuera, el mundo seguía siendo un lugar peligroso y oscuro, lleno de monstruos y sombras. Pero allí dentro, entre bromas y amenazas de golpes, había una chispa de algo invencible. Una conexión forjada en la batalla y sellada con un beso que prometía que, sin importar lo que viniera, no se dejarían caer.
Nobara caminaba un paso por delante, sintiendo el calor de la presencia de Yuji a su espalda. Admiraba su fuerza, sí, pero sobre todo admiraba su capacidad de seguir siendo humano en un mundo deshumanizado. Y mientras él estuviera a su lado, ella se encargaría de recordarle, a base de besos o de golpes, que su vida también valía la pena ser salvada.
